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martes, 11 de julio de 2017

ONCE DE JULIO DE DOS MIL DIECISIETE



Hoy, según el almanaque, el sol ha salido a las seis y cincuenta y tres minutos. Es martes, un martes cualquiera del mes de julio de un año que posiblemente volverá a ser el más caluroso de la última década.

Hoy hace exactamente cincuenta años que mi abuelo Clemente moría de una angina de pecho en la playa de Oyambre.  Había nacido el viernes quince de marzo de mil novecientos dieciocho. Tenía cuarenta y nueve años.

Siete meses y cuatro días después, el quince de marzo de mil novecientos sesenta y ocho, mi abuelo Clemente habría cumplido cincuenta años.

Ese día nací yo. Era viernes.

Hoy tengo exactamente la misma edad que tenía mi abuelo Clemente cuando murió de una angina de pecho en la playa de Oyambre. Era martes.

El sol se esconderá en el horizonte a las ventiuna horas con cuarenta y siete minutos, en Madrid.



viernes, 7 de julio de 2017



                 DUDANDO   (Para Diana Pereyra)

                               I
Desde el balcón de mi descanso,
esta tonta mañana de septiembre,
veo en tu suelo soleado
la sombra de un pétalo caído
de la última rosa del verano.

Otra verdad que se marchita,
como el límite entre el cielo y el infierno,
como la soledad a ratos preferida,
como la victoria de los buenos,
como nuestra lenta eternidad.

                         II
Dudando.

Dudando
del tiempo en los relojes de cuerda,
de otro otoño en la misma ciudad,
de un Dios amable que me espera,
de ver lo que estoy mirando.
del reflejo de la lluvia en la acera.

Dudando.

Dudando
de lo que dicen merece respeto,
de  estar perdido en el camino,
de la llegada de quien deseo,
de este hombre que me mira,
en los ojos grises del espejo.

Dudando.

Dudando
de la trémula sombra de la llama
del color de las ideas cansadas
de la desilusión que la certeza delata
de todo lo nuevo que es pasado,
del nombre que entre labios pronuncias.

Dudando

Dudando
de los abrazos amigos
del primero de mis últimos pasos,
de una lágrima excusada por el frío,
de un error de fe consumado.
de mi gesto arrepentido.


III
Este tiempo de silencio.
Este fugaz instante.
Esta mañana quieta.
Este viento de tormenta.
Barullo en los rincones de la casa.


IV
Es un temblor de duda
el que ocupa este silencio
que otro tiempo fue creencia.
Dudar si bien me quieres
o es acaso
alguna herida necesidad.

Desnudo de certezas,
prefiero seguir dudando. 

jueves, 25 de abril de 2013

Otro abril



Un niño,
a orillas de un río que fluye,
Un padre
que escucha el canto húmedo
de las piedras.

Un niño que pregunta:
- Padre, ¿Qué es el río?
¿El agua o el sitio,
 por el que pasa?

Un padre en pausa
que responde:
- Hijo, quizá no me comprendas,
pero el río
ni es el agua
ni es el sitio.
el río es la interacción.

Hoy el niño ya no es niño,
pero llora en seco,
como las piedras
del cauce sin agua
de aquel río.

Escribe poemas de asma
Y grita:
- ¡Estás en fuga!

Esperando en la orilla
en este abril de quinto aniversario,
al otro lado del cauce seco,
creyó ver al padre aparecido

-¡Estás en fuga!
De nuevo grita,

Ahora que me faltas,
ni eras tú,
ni era yo,
era la interacción,
y ya no hay río,
pero sé
que volverá la lluvia.

jueves, 18 de octubre de 2012

Amenaza lluvia



Hoy,

que durará tanto
como al pronunciarlo,
muy temprano me amenaza
-          Te voy a llover,
y me muestra,
plomizo,
su seno de espuma colmado,
que empieza a desgarrarse,
como arañando despacio
una pared.

Su viento huele
levemente a tristeza,
tristeza de otoño
que corresponde.

Sin embargo no me hiere,
se confunde,
y la lluvia en este caso
me fecunda
el ánimo
sediento.

viernes, 20 de julio de 2012

La puerta


En la mitad de la tapia que linda con la calle Mayor hay una gran puerta siempre cerrada. La madera carcomida y astillada que la forma, se aferra entre si, lanzando crujidos por sus múltiples remaches oxidados. Por limen hay un gran adoquín de granito y un pequeño orificio, como una herida permanentemente abierta, deja pasar la luz del otro lado. No hay más vanos visibles en toda la tapia.

Un muchacho de no más de 14 observa desde la otra acera de la calle. Hace calor.

Una vieja de negro y gris pasa por delante de la puerta y mirando al suelo, se santigua nerviosa tres veces seguidas.

Más tarde un hombre enjuto se alza sobre el adoquín y cerrando el ojo derecho apoya el izquierdo sobre el orificio de la puerta. Se vuelve en un instante tapando con sus huesudas manos la boca desencajada. Corre en todas direcciones.

El muchacho observa.

Dos mujeres que han visto la escena, no pueden evitar mirar en turnos a través de la puerta. A los pocos instantes, una de las mujeres grita en dos escalas mientras la otra parece desmayarse.

- ¡No mires!, ¡No mires!  - Imploran al muchacho en su huida.

El niño de pie, está asustado. Escucha el ladrido de dos canes que parecen seis cuando los devuelve la tapia.

Indeciso piensa: - Haga lo que haga me voy a arrepentir.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La Conferencia


Las oscuras tardes de otoño se hacían largas cuando Martina no tenía tareas que hacer. Como aun no hacía demasiado frío, de vez en cuando daba una vuelta por el barrio. Miraba los escaparates, se hacía la encontradiza con algún vecino y se liaba a charlar o si no se topaba con nadie, se metía en la iglesia donde pasaba un rato sentada y calentita.

            Una de estas tardes de paseo en las que amenazaba la lluvia, Martina vio luces encendidas y escuchó mucho barullo en un local cercano. Como la puerta estaba entreabierta, se puso a fisgar por la rendija. De pronto un golpe de viento se llevó su sombrero de flores y al tratar de agarrarlo se dio un resbalón que la introdujo por completo en la sala. Un joven la agarró del brazo.

        Hola, ¿puedo ayudarle en algo?
        Ehm, hola,  estaba buscando mi gorro. - Titubeó Martina
        Lo tiene usted en la mano, - respondió el joven.

Y cuando quiso darse cuenta estaba sentada sobre una incómoda silla plegable en medio de un gran salón escuchando atentamente la exposición de un hombre gordo de mediana edad que se había presentado como Gaspar Figueres.

            La democratización de la estupidez. Ponía en letras grandes en un cartel al fondo. Confundida se dejó seducir por unas pastas de te que pasaban en una bandeja. Hacía calorcito por lo que decidió quedarse un rato.

            El orador paseaba de un lado a otro de un pequeño escenario mientras un potente foco lo alumbraba.

- ¡Con la democratización del crédito y el avance de la tecnología se ha generalizado    la estupidez!  - Gritaba el tal Gaspar.
            - Realmente no es que ahora haya más estúpidos- prosiguió,
- Sino que ahora muchos más pueden demostrar que lo son. Cuantitativamente la estupidez sigue siendo la misma, pero ahora ¡es mucho más visible!

            Martina no sabía si estaba entendiendo bien lo que aquel hombre quería decir y  observaba atenta el recorrido de las pastas mientras el resto de del auditorio asentía con mucha seguridad.

            - ¡Tomemos un ejemplo! - Gritó el conferenciante.

            - ¡Probad a dar un paseo en vuestro coche! especialmente un viernes, y veréis la cantidad de estúpidos que se empeñan en hacer ostentación de su gran estupidez. Conducen en zig-zag, realizan bruscas maniobras o adelantamientos sin sentido, acosan a otros vehículos y hacen rugir sus motores de cientos de caballos. ¡Son cientos, miles quizá! los que se empeñan en enseñar al mundo que ellos también son estúpidos, que son estúpidos ¡porque pueden serlo!

            Todas las personas aplaudían con furia, algunos incluso se levantaban y proferían gritos de conformidad. Martina aplaudía tímidamente y le decía en voz alta al chico joven que se había sentado a su lado, que ella no conducía porque no tenía carnet.

            - ¡Si amigas y amigos! Con las tarjetas de crédito, la estupidez se ha democratizado. Ya cualquiera accede a un coche potente, a un teléfono móvil de última generación o a un televisor más grande que las paredes de su propia casa. ¡Antiguamente era sólo una minoría elegida la que podía lucir la estupidez! Eran estúpidos y además eran ricos.

Las tarjetas de crédito son pues revolucionarias, ¡más que Marx, que Gandhi o que el mismo Jesucristo!

¡Hoy, los ricos y los pobres pueden demostrar al mundo lo estúpidos que son! 

            El auditorio en pie aplaudía enfervorizado las palabras de Gaspar. Martina, que también se había puesto en pie, realmente para seguir viendo más que para participar en la ovación, estaba un poco asustada y había decidido volverse ya a casa. A lo tonto había echado la tarde y se había entretenido suficiente.

            Estaba saliendo del local cuando el chico que le hizo entrar le volvió a tomar del brazo mientras le preguntaba que qué tal. Ella contestó con un parco bien, bien, mientras tiraba en dirección a la puerta. Él insistió, y tampoco se trataba de empezar a jugar al tirasoga con su brazo, por lo que con una sonrisa de circunstancias, Martina habló un rato con el muchacho mientras miraba de reojo a la salida.

            No se arrepintió de haberse colado en aquella charla, ni de la docena de pastas de té que se comió. En cambio si que le pesó haber dado el teléfono de casa al chico que, durante varios meses, no paró de llamarla para que volviese al local a escuchar otra conferencia y por supuesto para hacerse socia del Club de la Ciencia para un Mundo Nuevo.

Ella insistía en que aunque las pastas eran muy ricas, no tenía coche, no sabía conducir y a su edad  ya no se iba a sacar el carnet.

viernes, 4 de noviembre de 2011

La elección

No tenía riquezas heredadas, ni fortuna adquirida. Apenas disponía de una pequeña pensión que el estado ingresaba en su cartilla de ahorro, y ella estiraba, como una masa de hacer empanadillas, para llegar a fin de mes. 
Disponía sin embargo de ciencia, incluso arte según algunos, en la cocina.  

Recuerda que no hace tanto tiempo, cada mañana antes de hacer la compra, se acercaba al parque del Sur donde Raimundo esperaba entre cartones y mantas resobadas su ración diaria de comida. Guisar para ella sola, aunque fuesen dos raciones, tenía poco agradecimiento y ella necesitaba confirmar de vez en cuando que seguía siendo maestra de las patatas con níscalos o de los callos con garbanzos, entre otros suculentos platos.

Raimundo se había convertido en su pobre de cabecera, y le tenía aprecio, aunque apenas cambiaron unas palabras. Ella descontaba el agradecimiento retirando la escudilla rebañada antes de dejarle un nuevo y abundante guiso.

A la hora de dormir siempre tenía en sus oraciones presente a Raimundo que, pese al cuidado de sus platos, seguía siendo tan pobre como el día que lo escuchó por primera vez, sentado en el mismo banco y gritando desordenadamente a sus perros.

            Fue entonces cuando una noche no pudo conciliar el sueño. Había mentado a Raimundo en su padrenuestro, pero le había surgido un dilema y no estaba tranquila. Le daba vueltas y vueltas sin encontrar una solución que le permitiese descansar. A su sobrino mayor, después de diez años trabajados para un famoso constructor, le habían echado a la calle sin indemnización ni hasta luego. Como protesta él y varios compañeros despedidos habían decidido instalarse en tiendas de campaña enfrente de la sede de la constructora y denunciar públicamente el atropello. El frío y las incomodidades se compensaban por la ayuda solidaria de los vecinos, familiares y simpatizantes con la causa. Martina sentía que debía apoyar a su sobrino y a sus compañeros. Era una causa justa y además era su sobrino.

Tenía que elegir entre llevar su guiso diario al campamento como signo y contribución solidaria, dejando a Raimundo sin colación o seguir llevándoselo a éste privando de su apoyo al campamento.  Su platito de potaje no era en si mismo tan valioso, pero ella sentía que podía convertir su ración en una herramienta de resistencia que ayudaría a luchar contra la injusticia.

            Pero ¿Quién se encargaría de Raimundo? ¿Se moriría de hambre? ¿Habría otro alma caritativa que compartiese sus habichuelas, aunque no fuesen tan ricas como las que ella cocinaba?

            Al fin, Martina no sólo decidió llevar cada mañana el plato de puerros con estofado o las lentejas con chorizo a su sobrino, sino que al cabo de una semana aceptó ser la cocinera del campamento, para alegría de los resistentes y sus allegados.

            Los días fueron pasando, eran cada vez  más las tiendas de campaña alineadas en la calle, y el censo de activistas se hacía más numeroso. Martina iba temprano a diario a organizar la intendencia y a dar consuelo a aquellos estómagos luego agradecidos.

El malvado constructor claudicó. Los obreros despedidos siguieron despedidos, pero fueron indemnizados, y en el aire quedó una cierta sensación de posibilidad. Resistiendo había sido posible la justicia. Martina pensaba que su ración primero y que su ciencia y su conciencia después, habían participado en aquel logro.

Se sentía un poco culpable por Raimundo. ¿Qué habría sido de él sin su plato diario?

            Otro día fue a visitarlo al parque, y allí seguía, como si el tiempo no hubiese transcurrido, acurrucado junto a sus tres perros sarnosos, sus cartones y sus mantas resobadas.

            Algo había cambiado sin embargo en Martina.

En aquel campamento solidario, había conocido a Juliana, una trabajadora social que daba clases para adultos en un centro de mujeres maltratadas. Y también había conocido a Ernesto, coordinador de un centro okupado en el barrio de Prosperidad donde vivía en una comunidad de dieciséis personas que organizaban actividades y talleres de teatro para el barrio.

Las excelencias culinarias de Martina fueron tan bien evaluadas, que ahora se debatía ante una nueva disyuntiva: Colaborar como cocinera en el centro de mujeres a cambio de unas perrillas que nada mal le iban a venir, o participar en el centro okupa cocinando para la comunidad. En el centro okupa no recibiría nada a cambio, podría participar en las actividades del centro, pero eso también podría hacerlo sin cocinar para ellos.

            Martina volvió a no poder conciliar el sueño. 

            Desde muy joven había querido cambiar las cosas de un mundo injusto y tenía otra vez que tomar una decisión sobre cómo hacerlo, mientras iba incorporando los nombres de más personas en sus oraciones.

jueves, 27 de octubre de 2011

El Lado Izquierdo de la Cama

          El retrato que sobre la pared del fondo preside la habitación parece incompleto. Una mujer mayor, sentada en una robusta butaca tapizada, dirige la punta de sus pies y el resto de su pequeño cuerpo hacia el centro de la foto, mientras a su lado, otra butaca igual de robusta, aparece vacía, como si un ocupante reciente hubiese escapado de la escena en el momento en que se disparaba el flash.

            La foto ha dejado un cerco oscuro en el entelado que cubre la pared, indicando: - este es mi sitio.

Martina es una anciana de costumbres. Se levanta temprano. Primero descuelga y confirma que el teléfono tiene línea, después toca el timbre de la puerta. Sonríe ligeramente cuando escucha el ding-dong.

Prepara el desayuno. Toma dos tazas, dos platos pequeños y dos vasos para zumo. Calienta un cazo de leche mientras coloca con mimo los dos juegos de desayuno y saca cuatro magdalenas de una caja de latón. Cuando la leche humea, la retira del fuego y sirve uno de los vasos dejando el resto de leche caliente en el cazo. Toma asiento, y desnuda primero una y luego otra de las magdalenas mientras mira de hito en hito la silla vacía de enfrente.

La mujer limpia el polvo todos los días, incluyendo el enorme marco de la fotografía  y, también a diario, pasa los paños sobre el parqué, caminando despacito de un extremo a otro de la casa. De vez en cuando se mira en un gran espejo que deforma la imagen y se ve danzando con un apuesto caballero.

Sale a media mañana, y hace la compra para dos en el mercado, pero cocina para ella sola.

Sobre la mesa camilla hay una caja de costura abierta y un pantalón de caballero lleno de remiendos. Lo compró hace muchos años en un mercadillo y de vez en cuando le añade un zurcido, al calor del brasero. Lo plancha y lo vuelve a guardar hasta la próxima ocasión en la que volverá a repetir la misma operación.

Por las noches, después de recoger el juego de platos sobre los que ha cenado, y el otro juego intacto que completaba la mesa, entra en el baño, cierra el pestillo, se lava la cara, se enjuaga la boca, deshace el moño y se empapa de Álvarez Gómez. Se mete en la cama y ocupa solo el lado izquierdo, dejando el lado derecho libre, con el embozo abierto.

Sabe que las mujeres solteras organizan tanto su vida para la soledad que no dejan sitio para un hombre cuando llega. Sin embargo ella lo tiene preparado. Ha dejado libre medio armario en su habitación y en cada mesita hay un cajón vacío.

El único inconveniente es que todos los hombres interesantes que ha conocido a lo largo de su vida, quieren dormir en el lazo izquierdo de la cama, y ese es, indefectiblemente, el lado de Martina.