Bienvenido, bienvenida,
Si algo te conmueve o te sugiere alguna idea, te doy las gracias por compartirla.
Besos y/o abrazos.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Feliz Navidad

¿Te imaginas una Navidad, en la que de repente, se apagan todas las luces y desaparecen todas las cosas, y los platos, y las copas, y no hay regalos, ni perfumes, ni besugo, ni cordero, ni nada que nos cierre la boca, ni tan siquiera ropas, ni coches, ni autobuses, ni tranvías de metal, ni paredes, ni portales y sólo estamos las personas?

sábado, 22 de diciembre de 2007

Caricias Cotidianas

Ha dejado de llover,
y las gotas limpias en las hojas de los olmos centellean
fecundadas del sol, este invierno de tropel.
La brisa fresca entre las ramas se pasea.

Tierra de vapor.

A lo lejos el tren levanta niebla a su costado,
casi se oye desde este banco de madera.
Va cargado de volveres de otro rato,
como el mío que en el tiempo se sujeta.

Volver que allá viene.

Has dejado de toser, y levantas una ceja,
risueño, de día nuevo que inauguras.
Ya sin fiebre, cansancio ni pereza,
con ganas de comer y de disputas,

Y algo te apetece.

Esos ojos de calma se han pausado,
diez minutos en los míos detenidos,
un abrazo, un beso, un olor raro
me ha recorrido un desafío.

Se han puesto a descansar.

He encontrado, en una caja de galletas,
el pacto eterno que nos dimos.
Buenos cumplidores de promesas
conservamos cada una y sus trocitos.
Y no hay cristal.

Alguien ha leído tu poema,
y lo ha llantado sin dominio y con pasión,
desatando nudo a nudo la cadena,
trocando el dolor del trovador.
Y no hay mentiras.

Te han pagado la clases de guitarra,
maestro de vihuela, de los cursos de verano,
¡eras rico! me dijiste esta mañana,
en el salto sin querer me has pisado.

Sin dejar de reír.

Albergo en mi seno tu semilla
que ha roto en flor mi vientre,
siento como dentro se respira
ha creado vida esa simiente.

Que no para de gritar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Invierno, natural.

En la lucha para proteger nuestro planeta, no seremos simples espectadores...

martes, 18 de diciembre de 2007

Tea Time


Es cierto, de vez en cuando una pausa para contemplar, para contemplarse, para contemplarte.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Asimetria A

. ¿Por qué cuando más lo necesito me quedo sin tabaco? Que frío, joder. Y encima esta lluvia me está calando hasta los huesos. Me he perdido y llego tarde una vez más llego tarde. . ¿Quién me mandaría no coger el paraguas? Si es que no llovía en el otro sitio. ¿Perdone, tiene un cigarro? Vaya, lo siento. Espere que le limpio. Disculpe, discúlpeme no he visto el charco. Lo siento, adiós adiós. Y encima no fumaba.
. Abandono. Me vuelvo a casa, cojo un taxi y vuelvo a casa. ¡Uf! que tiritona. Y donde pillo un taxi yo por aquí, si esto no es ni mundo. A ver por allí parece que hay más luz. Menuda cuestecita. Esto deben ser las cocheras que me dijo el tío. Entonces no estoy tan lejos. Un parque. Tiene que haber un parque con castaños cerca y en la calle ancha la segunda a la derecha. ¿A la derecha o a la izquierda? Ya no me acuerdo, pero creo que voy bien.
. Ese debe ser el parque porque me acabo de torcer el pie con una castaña. Una calle ancha... Pues no la veo, ¡si no hay calles aquí! Con este frío y esta lluvia me estoy meando. Ni miro la hora, debe ser tardísimo. ¡La calle ancha!. Vamos esta debe ser la ancha porque no hay otra, pero vamos que ancha lo que se dice ancha no es.
. ¡Ey! Un taxi... ¿lo cojo? ¡Eh! ¡Por dudar! Ahora lo he perdido por dudar. Mañana en la cama con cuarenta de fiebre, como si lo viese.
. La segunda, derecha, era derecha, seguro.
. Una puerta de espejo azul. “Cuentos”.
. Aquí es.
. Hola, buenas noches. Soy el protagonista del cuento que estaban imaginando. Disculpe el retraso estaba perdido.

Asimetria B

. En el lugar en el que la ciudad perdió su nombre, deambula Gael en busca de identidad. Está inquieto, presiente que se ha perdido, y el tiempo pasa, le aprieta, conocedor como es de que si cambia el día no llegará a ser quien quiere ser.
. Ha salido tarde del otro lado, no es precisamente la puntualidad su mejor virtud.
. Llueve copiosamente y Gael que no estaba preparado para el agua, empieza a encoger lentamente y todo lo que le circunda adquiere un tamaño descomunal, caricaturesco.
. Corre en todas direcciones buscando un tobogán que le transporte del imaginario al imaginado, atravesando la atmósfera de un planeta que sueña.
. Le han hablado de un espejo azul que comunica estos mundos paralelos, y lo busca desesperadamente. Tanto que está a punto de claudicar, darse por siempre huérfano de cuento. Sin embargo es incapaz de volver sobre sus pasos pues los pasos en el viento desaparecen para siempre.
. Divisa a lo lejos una manada de castaños que celebran sus campeonatos anuales de natación. Gaél pregunta al castaño más viejo el lugar exacto del espejo azul, y éste le señala la segunda cara de la luna. Es fácil encontrar la segunda cara de la luna, siempre está detrás. Y detrás siempre es un lugar conocido. Gaél llega diminuto, empapado y muy cansado a la segunda cara de la luna donde se reconoce al fondo de un reflejo azul.
. Un cartel de madera se bambolea por el viento, Reza: cuentos. Gael lo atraviesa y le recibe un comité de mil personajes conocidos de todos los cuentos vestidos de todos los colores, eternamente inmortales. – Ya eres uno de los nuestros, lee en una gran pancarta. Parece ser que te han nombrado protagonista del último cuento del universo, le susurra el Mago de Oz, y una niña pirata le da un beso de espuma.
. Disculpen el retraso no terminaba de encontrarme. Dijo Gaél antes del fin.

Asimetria A

. ¿Por qué cuando más lo necesito me quedo sin tabaco? Que frío, joder. Y encima esta lluvia me está calando hasta los huesos. Me he perdido y llego tarde una vez más llego tarde. ¿Quién me mandaría no coger el paraguas? Si es que no llovía en el otro sitio. ¿Perdone, tiene un cigarro? Vaya, lo siento, espere que le limpio. Disculpe, discúlpeme no he visto el charco. Lo siento, adiós adiós. Y encima no fumaba.

. Abandono. Me vuelvo a casa, cojo un taxi y vuelvo a casa. Uffff que tiritona. Y donde pillo un taxi yo por aquí, si esto no es ni mundo. A ver por allí parece que hay más luz. Menuda cuestecita. Esto deben ser las cocheras que me dijo el tío. Entonces no estoy tan lejos. Un parque tiene que haber un parque con castaños cerca y en la calle ancha la segunda a la derecha. ¿A la derecha o a la izquierda? Ya no me acuerdo, pero creo que voy bien.

. Ese debe ser el parque porque me acabo de torcer el pie con una castaña. Una calle ancha... pues no la veo, si no hay calles aquí! Con este frío y esta lluvia me estoy meando. Ni miro la hora, debe ser tardísimo. ¡La calle ancha!. Vamos esta debe ser la ancha porque no hay otra, pero vamos que ancha lo que se dice ancha no es.

. ¡Ey! Un taxi... ¿lo cojo? ¡Ehhh! ¡Por dudar! Ahora lo he perdido por dudar. Mañana en la cama, como si lo viese. La segunda, derecha, era derecha, seguro.

. Una puerta de espejo azul: “Cuentos”.
. Aquí es.

. Hola, buenas noches. Soy el protagonista del cuento que estaban imaginando. Disculpe el retraso estaba perdido.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El, ruidos y ella.

. Un hombre solo camina rápido por la calle empinada. Hace sol, los días van siendo cada vez más fríos, anticipando un invierno que ya casi se respira. En la calle apenas hay gente, un lunes cualquiera, hora de comer. El paso sereno y firme lo aproxima a la puerta de un garaje que se abre a su paso de forma automática, mágico sésamo del mando a distancia. Los zapatos nuevos hacen eco en las paredes del corredor techado que lleva al lugar en el que descansa una motocicleta, cabalgadura de asfalto y adoquines.

Ruge el motor al subir la rampa casi imposible. En nada la calle recibe gases y sonidos tan urbanos. La hora es la justa, si no hay imprevistos. Cree que es mejor no hacer esperar. Todo es línea recta, sortear los coches le produce una cierta satisfacción, un aire de superioridad y en apenas unos minutos ronda, casco en mano por el lugar del encuentro. Mira de soslayo la ventana que ama, aunque sabe que no distinguirá nada en ella. El aire parece como electrizado, trae una corriente fresca que casi, con los nervios, parece frío. En verdad no es frío.

Mira el reloj. Bien, faltan dos minutos. No tardará. Es fácil pensar mientras se espera contemplando los surcos que hace el arlequinado de baldosines en el suelo. Tiembla, de frío o de nervios. ¿Nervios por qué?

Llevan un mes juntos, y ha esperado ya unas cuantas veces, no es la primera que llega unos minutos antes. No está alegre, presiente. Respira de forma agitada, aunque no parece darse cuenta.

Al fondo de la calle, cruzando por el paso de cebra viene ella. Tan igual. Tan inexpresiva, con los ojos furtivos y las manos escondidas. El la mira y sabe que la quiere.

Se saludan, cordialmente, se saludan, sin excesos públicos ni alardes, igual que otras veces.

El propone un plan de tarde, caminar entre árboles urbanos, fuera del ruido de los coches y el trajín de peatones con destino.

Ella lamenta la hora, tiene un compromiso después. Sin embargo accede.

El parece molesto, quizá enfadado, pero en realidad está triste. Piensa: - Así estoy en su orden de prioridades. Ella en vano o en ficción hace por llamarlo, pero su amigo no contesta. Trata de disculparse, pero no puede postergar la cita.

Sólo disponen de dos horas

Ambos suben a la moto, ella pregunta si ha traído su casco, él contesta que claro, otro un poquito más ancho, para que no le apriete. No hablan mucho. Él parece que acelera. Salen, como otras veces por la calle de enfrente, un poco más deprisa que de costumbre. Ella asida al soporte trasero, esta vez no lo abraza, y él lo espera.

Toman con cierta brusquedad las curvas de la carretera, y frena sin el cuidado acostumbrado. Ella pregunta que si está nervioso. Él calla. Dos brusquedades más y ella le dice que si está nervioso es mejor parar. Él procura suavizar la marcha.

Han llegado al parque. El cielo se ha medio cubierto de nubes, nubes del pronto otoño, de aguaceros fugaces y olor a tierra húmeda.

Ella lleva paraguas, como si supiese más certeramente que iba a llover.

Empiezan a pasear, lentamente. No se han besado. Él habla de los árboles del parque, de los colores de las hojas, antes tan verdes, de las castañas que salpican el camino. Todo, como si nada ocurriese, como si ese olor almizclado que flotaba entre ellos fuese imperceptible.

Caminaron pausado, e incluso sonrieron un par de veces, buscando cada vez rincones más calmos en ese inmenso jardín urbano.

Empezaba a chispear. Ella hizo uso de su paraguas, invitándole a aproximarse. El, en aparentando independencia, comenta que la lluvia no le importa.

Dieron una cuantas vueltas, hablando de lugares comunes, hasta que ella, frenando sus pasos, le reclama los ojos, y en ellos clava la frase que él estaba esperando y temiendo toda la tarde.

“Creo que es mejor que lo dejemos”.

Ya estaba fuera, ya lo sabía el otoño y el viento lo arrastró. La lluvia era testigo. “Es mejor que lo dejemos...”

Mejor para quién, pensó él. Y siguió escuchando, mirando al suelo, todos esos argumentos que da quien no ama a alguien que ama y es abandonado. Ella, más firme que nunca, más clara que tantas veces indecisas, más fuerte que el silencio, hablaba y hablaba mientras él desarmaba una nube de pensamientos fugaces sin sentir aún el dolor, como un golpe seco que tambalea pero que no duele hasta que uno se ve las heridas.

Hablaron sí, esta vez si hablaron, ella de su sentencia, él de su lamento. No discutieron, él no sabe discutir en las derrotas. Los sentimientos no se discuten.

No hay otro, repetía ella. Él no lo podía creer.

Así anduvieron, hasta que ella miró el reloj. Se hacía tarde, las seis y media amenazaban como una censura, y ella no debía retrasarse. Ambos caminaron a la parada de un autobús cualquiera, se abrazaron. Sí, se abrazaron un tiempo que le supo a final. Ella le regalaba su paraguas, él no quiso aceptarlo. Por esto casi sí que discuten.

Vino el autobús. Se miraron. Ella subió, canceló el billete y mientras el autobús iniciaba a andar, ella caminando en contra parecía no moverse al avanzar por el pasillo.

Él se quedó allí un rato, mirando al autobús bajo la lluvia, con la mente en otro sitio, el corazón latiendo fuerte, sin poder llorar aun.

. Un hombre solo camina rápido por la calle empinada, la lluvia cae incesante y el silencio le acompaña. Afuera, los coches rugen contra el tiempo y el viento arrastra hojas de la otra primavera.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Mirando a Heliogábalo

Narciso Olivares nunca llegaba con tanta antelación a una reunión, por solemne e importante que fuese. Quizá es que esta vez, más que venir huía. Huía de la monotonía gris de una ciudad gris con mar sin olas. Tenía por delante casi cuatro horas sin contenido previsto. Se acomodó en el hotel, enfrente del congreso de los Diputados, como era habitual. Segunda planta. Una ducha de agua fría, la separación entre el viaje y la estancia. Unas horas de ropa cómoda antes de volver a introducirse en su traje recto de raya diplomática. La reunión-cena se prolongaría hasta tarde, por lo que no le sentaría nada mal este paréntesis de informalidad. Tenía entendido que había una exposición temporal en el Thyssen, le quedaba cerca y en un tiempo no excesivo se podría recorrer sin agobio. 57 cuadros de la colección particular de un empresario Mexicano.

Había transcurrido una hora y recorrido más de la mitad de la exposición que no dejaba de parecerle algo convencional, cuando, Narciso Olivares se detuvo en la quinta sala contemplando con detenimiento un cuadro que le había llamado poderosamente la atención. Se trataba de una pintura de Sir Lawrence Alma-Tadema, un pintor neoclásico del XIX, “Las rosas de Heliogábalo” era su título. Tan absorto estaba en la pintura que olvidó incluso el lugar en el que se encontraba, y por unos instantes se vio dentro del mismo cuadro, dando vida a sus personajes. Se imaginaba vestido con una túnica, venteando pétalos perfumados de rosas riendo entre otros jóvenes en el momento ocioso de una inmediata bacanal.

Este estado transitorio de enajenación fue súbitamente interrumpido cuando una joven de pelo negro y boina calada chocó bruscamente con la espalda de Narciso. La joven portaba unas grandes gafas oscuras y golpeaba sobre el firme una vara blanca a modo de bastón.

- Lo siento, - se disculpó la señorita.
- No, perdone, la culpa es mía, no me fijé que venía, le contestó Narciso, echándose ligeramente hacia atrás.
- Caballero, ¿Le importuno si le pido que me describa el cuadro que estaba usted mirando? Pidió la joven sonriendo a ningún sitio.
- Claro, no se si seré capaz de expresárselo fielmente, no entiendo mucho de pintura, pero lo intentaré.

Ella se enganchó al brazo de Narciso recogiendo el bastón, plegándolo en una pequeña cartera y con la cabeza orientada al cuadro escuchó atentamente.

Narciso trató de volver dentro del cuadro, como había logrado unos minutos antes. Le explicó a aquella joven que era cuadro de olor intenso. Cientos de pétalos de rosa volaban por el velador de un jardín de columnas, en el cual diez o doce jóvenes de ambos sexos descansaban entre risas. Unos cuantos de ellos, al fondo sobre un mostrador, miraban, posando tal vez, al espectador, que los observa. Otros en primer plano, intuyéndose más que viéndose, tumbados en un lecho cubierto de pétalos de rosa. Al fondo del cuadro se adivinaba un horizonte lejano de colinas suaves, en todo caso, el jardín de columnas se encontraba en una atalaya privilegiada, el día parecía ir concluyendo en una cómoda temperatura, y algunas cortinas de lienzo crema, agitadas por el mismo viento que arrancaba los pétalos, cerraban la escena. Una joven tocaba un instrumento de viento al fondo.

Después de la descripción ambos quedaron unos minutos en silencio, tras los cuales, la joven puso palabras a sus pensamientos:

- Ayer en ese mismo escenario se celebraba una boda cuya consumación en el lecho conyugal era testificada por los invitados en medio de una gran algarabía. Antes de ayer los hijos del destierro romano celebraban en su confinamiento la llegada de la primavera, y con ella, los ardores de la juventud. Hoy había objetos, y personas incluso lugares y horizontes, pero nada ocurría.

La joven agradeció el tiempo y las palabras a Narciso, y desapareció por el quiebro del pasillo.

- Todas las tardes desde que se inauguró la exposición, sin falta, viene hasta esta sala, se detiene delante del cuadro y pide por favor a alguien que le describa la pintura. – Explicó a un Narciso inmóvil uno de los guías del museo. - Dice la joven que tiene el mayor de los privilegios. Mientras el resto sólo observa un cuadro, ella, cada tarde, y sobre el mismo lienzo, contempla una obra diferente. - Continuó el guía.

- No le falta razón. Asintió Narciso, y volvió a mirar el cuadro.

martes, 6 de noviembre de 2007

Malas Compañías

Lo peor de todo, para Sandra, fue tener que dar la razón a Carlos.

Tú sigue tan confiada, y verás como un día te vas a llevar un susto. - Le repetía cada vez que recogía a alguien extraño haciendo autoestop.

Era sábado por la noche, llevaba algo de prisa, como siempre. Tenía el tiempo justo para estar en Madrid. sesenta kilómetros no son tantos, cuarenta y cinco minutos quizá sean escasos, teniendo en cuenta que el cuatro latas verde de Sandra no supera los 110 km hora cuesta abajo.

A la altura de Torrelaguna, apenas recorridos cinco kilómetros, Sandra esperaba a ralentí el cambio de color del semáforo para continuar, cuando alguien se aproximó a la ventanilla izquierda del coche. No se fijó muy bien en su rostro, hacía frío y el hombre estaba cubierto hasta la nariz con una cazadora impermeable. Preguntó con fragilidad si se dirigía hacia Madrid, añadiendo que había perdido el ultimo autobús. Sandra le respondió afirmativamente invitándole a entrar en el coche. El hombre no parecía muy charlatán, durante los primeros kilómetros apenas respondió con algún monosílabo a las preguntas cordiales de Sandra. Estaba como encogido, con las manos entre las piernas, y por el rabillo del ojo pudo observar como se acunaba rítmicamente de atrás a adelante. Tras un silencio, empezó a contarle.

Acababa de salir del calabozo de Torrelaguna, era toxicómano y tenía un mono de varios días que le hacía tiritar. Necesitaba ponerse un pico cuanto antes. Le pidió dar brillo a la carrera, y sin poder prometerle más de lo que el coche daba de sí, Sandra aceleró mostrando la intención de secundar su solicitud. Su corazón se revolucionaba a la par que el motor de vehículo que conducía. Custodiaba al sujeto con miradas furtivas, hasta que éste, rompiendo su silencio le pidió un favor:

- Llegando a Madrid, ¿Me podrías llevar hasta San Blas?, estoy muy mal y podría hacer cualquier tontería. - Le dijo.

No estaba en ella ponerse a discutir, ni siquiera contradecirle levemente. Esperó sin responder unos segundos, quizá aparentando una decisión.

- De acuerdo, voy con algo de prisa, pero no me importa acercarte hasta allí, le dijo sin inflexión.

Sandra mantenía un gesto tenso que le restaba, sólo parcialmente, su revoltoso y personal toque femenino. En apariencia se mostraba serena, sin embargo su pierna izquierda no paraba de moverse incontroladamente. Recordaba a Carlos y sus palabras de reproche.

Entraron en la M-30, las luces de la ciudad atravesaban las ventanillas y convertían el espacio interior del coche en un espacio familiar, más cálido.

San Blas empezaba a estar cerca y el hombre parecía más inquieto. Pidió prolongar el favor. Sandra escuchó manteniendo la mirada al frente. Quería que lo acercase a casa de su madre, lo esperase mientras se hacía con algo de dinero y posteriormente fuese con él a pillar la droga. Ella, secamente, dio su palabra de que lo haría. Aparcó junto a unas casas de ladrillo donde al parecer vivía la madre del sujeto. Éste dejó su mochila en el coche como prenda de confianza, y pidiéndole, casi suplicándole le dijo:

- Por favor, no me la juegues, no te vayas.

- Te he dado mi palabra, no me iré. - Respondió Sandra segura de si misma. No creía que nadie le haya tratado hasta ahora como ella le estaba tratando,

Volvió pronto. Al parecer había conseguido algo de dinero, tenía la mano derecha hinchada y un corte en los nudillos. El hombre fue indicando los giros que habían de tomar hasta que llegaron a unos módulos prefabricados en medio de la nada y en cuyo interior se dibujaban sombras a contra luz.

- Aquí es. No pares el motor, .- le dijo agitado, - Muévete despacio y con la luz apagada. Voy a pillar en esa casa, y luego salimos cagando leches.

Bajó del coche tambaleándose, y fue directo a uno de los módulos de sombra. Los charcos reflejaban la luz lejana de la ciudad, los perros sin dueño vagaban de un lado a otro y pandillas de chiquillos alborotaban la calle como si no pasase nada.

Ella esperaba alerta, él volvió enseguida.

- No tenían. Vamos un poco más adelante. Ordenó mientras entraba en el coche.

Aquello parecía que no iba a terminar nunca. A escasos cien metros le ordenó parar de nuevo, salió del coche y fue a otro módulo. Resbaló torpemente en un charco llevando la rodilla al suelo.

De pronto media docena de adolescentes surgidos de la nada, se diría que gitanos, empezaron a bambolear el coche con fuerza. Uno de ellos mostraba un gran palo. La cabeza de Sandra oscilaba de izquierda a derecha al compás del coche. Uno de los chicos, clavó sus ojos rasgados en Sandra esbozando una sonrisa maliciosa. Ella instintivamente le respondió con la mano en un ademán negativo, ante lo cual y para su sorpresa, se echaron para atrás, dejaron de empujar el coche, y como habían aparecido desaparecieron. En esto llegó de nuevo el autoestopista. Su presencia, en medio de aquel infierno llegó a parecerle a Sandra incluso familiar. Esta vez si que había obtenido lo que buscaba y lo exhibió ante ella con satisfacción.

- Vamos a salir de aquí, - Dijo. - Ten cuidado, hay una zanja que deberás pasar con precaución, la ponen para que nadie se pire sin fichar. A la salida hay un semáforo, y los maderos estarán esperando. No pares, aunque esté el puto semáforo en rojo no pares. Échale pelotas y no pares que si no te pillan la placa y te la pueden liar.

Con semejantes instrucciones poco tenía Sandra que decidir a estas alturas, así que efectivamente ante los ojos de la misma policía se saltó el semáforo, chillaron las ruedas delanteras del cuatro latas verde y pusieron pies en polvorosa. La luz de las calles se clavaba en las pupilas, como al salir de una discoteca y ya hubiese amanecido. Unos minutos mas tarde el hombre mandó detenerse.

- Déjame aquí, - le dijo. Miró a Sandra a los ojos por primera vez, y con una amabilidad impostada continuó:

- Pensé en algún momento llevarme la radio, tu peluco, hasta el buga enterito. Ahora a la luz y que te veo la carita, hasta me entran ganas de montármelo contigo sobre la yerba. Te has portado muy bien, churri, tienes palabra y no puedo otra cosa que agradecértelo. Le plantó un beso en el aire y le gritó: ¡Que te vaya bonito! mientras abría la puerta del coche y sin mirar atrás se perdió entre unos arbustos.

Media hora mas tarde Sandra atravesó la puerta del café en el que aún se encontraban sus amigos, ya con las copas vacías.

- No me digáis nada, ahora os lo cuento, ¿Vale? pero todos calladitos, y especialmente tú, Carlos.

jueves, 1 de noviembre de 2007

La Rosa de Jericó *

“He bebido nuevamente agua de ese pozo. Satisfecho, desansiado, ligero. Estado en el que ahora me hallo, como cada vez que bebo esta agua hechizada.”

“Trato de espaciar los intervalos, pero sumar siquiera unas horas al anterior se convierte en una tormenta de espera. Son muchos destinos transitados parando en este pozo, necesario y liberador sorbo, ya forma paisaje de mi piel, no soy sin él, quizá él no sea sin mi."
Estaba llegando y el espacio entre el pozo y yo, el tiempo entre el presente inmediatamente fugaz y el pose de mis labios sobre el agua fresca, se dilataba infinito. Tiritaba , incontroladamente tiritaba, no de frío, aunque sentía frío. Mis pulmones removían todo el aire insuficiente de alrededor buscando la esencia extraviada. Agitadamente avanzaba. En el minuto de víspera, un extraño y oscuro vacío absorbía mi energía vital, mi chi, mi prana, perforando mis entrañas, vaciando mi abdomen, y una cortina semitransparente me nublaba la vista. Era imposible que nada en ese momento se interpusiera entre el pozo y yo, entre sus aguas y mi garganta. Me habría desgarrado las manos abriendo caminos para llegar a él. Ahora saciado, a esperar la próxima carencia y volver apresuradamente, no hay más, a adorar su brocal.”

.......................


La noche luminosa de luna se rasgaba por gritos de parto en Fuenteseca de Montiel. El frío del invierno subrayaba el silencio quebrado. Se agitan las mujeres en torno a la casa de Haydee. Su hija, la única, estaba expulsando del vientre la vida que llevaba albergando nueve meses. Contaban que, hasta entonces, nadie había nacido en Fuenteseca. El escaso medio centenar de vecinos, posiblemente venidos de otras tierras o habitantes de siempre en ningún lugar, eran absolutamente mujeres. Apenas tres hombres sobrevivían el invierno en la villa, casi de sobra, arrumbados de la vida social y emocional de ellas. En este pueblo de amazonas, Haydee representaba la fortaleza de la mujer en lo creado. Una fuerza más absorbente que donante, gravitadora de las energías circundantes, tótem espiritual de un pueblo de misándricas, mujer que señalaba quien debía sentarse a la izquierda y quien a la derecha.

Nadie quiso saber quien pudo sembrar una vida en la hija de Haydee. Por supuesto de los anteriores tres ni se sospechaba, la hija de Haydee nunca salió del pueblo hasta la fecha y las más beatas lo atribuían al Espíritu Santo que, en forma de paloma, juraron observarlo hace nueve meses. Sin embargo, quizá por ello y sin juicio, la hija de Haydee penó con el castigo de no ser nombrada el resto de su vida.

Al amanecer del día posterior al parto, como siempre fue en las tierras de en medio, las viejas procesionarían hasta la casa de la recién parida llevándole obsequios e intenciones. Apenas la claridad desteñía las nubes, se iban abriendo las puertas menores de las casas a intervalos casi regulares, y de una en una, envueltas en mil paños de lana casi negra, convergían, enlutadas, en el hogar alumbrado.

El grupo era como un rosario, que, en silencio, transitaba con el mismo entusiasmo que en los funerales, y se disolvía enseguida. Cada mujer, a su tiempo, a su pausa, se aproximaba a los pies de la cama de la nueva madre, depositaba un objeto preciado y como una jaculatoria liberaban parabienes al recién nacido. Había sido niño, doble gracia en Fuenteseca de Montiel.

Los ojos grises y encogidos de las mujeres halladas se abrieron trémulamente al reconocer entre las procesionarias a la Vieja Molinera. Ella llegaba cuando las últimas partían. Tanto era el tiempo en que la Vieja Molinera no se hacía visible, que muchos meses atrás se la dio por muerta. Si la soledad tuviese rostro de mujer, sería el de la Vieja Molinera. Ya de niña, cuentan, hablaba sola por los eriales, y su sombra recorría los caminos las noches de luna clara, huyendo de si misma. ¿Cómo supo la eremita que era alba de parto? Quizá el olor de la matriz granada, del varón neonato, o de los calostros generosos de la nunca más nombrada, despertase en la Vieja Molinera el recuerdo de parto de sus tres niños muertos.

Como las demás, no hablaba. Permaneció inmóvil ante los pies de la cama de la hija de Haydee, fijando sus ojos hundidos sobre el ciánico niño. Musitaba también como las demás, palabras irreconocibles que salían por el poco espacio que permitían sus gastados dientes. Las mandíbulas se agarrotaban por la tensión visible de sus músculos. Depositó sobre la colcha unas ramas de laurel, aventó un frasco de alcohol de salvia y desapareció. La Vieja Molinera nunca más fue vista por Fuenteseca.
Abel Santamaría creció entre algodones, algodones figurados con rostro de mujer que le privaban del deseo antes siquiera de haberlo concebido, y algodones hidrófilos pues su salud delicada demandaba cuidados constantes. Era débil, pálido, blando, Abel reflejaba en su rostro la desilusión de las gentes de la villa que habían esperado de él la liberación definitiva de aquel matriarcado, y sin embargo el muchacho se apagaba a medida que cumplían los años. Su madre había probado todas las yerbas de los montes, y el chico no recobraba la vitalidad.

Una tarde de otro invierno, siendo a todas luces Abel ya más próximo a un joven que a un niño, se detuvo en Fuenteseca una familia gitana que recorría en varios carromatos la comarca. Una gitana de media edad caminaba junto con una joven tostada, quizá su hija, de ojos verdes y cabellera manzanilla, indudablemente gitana también, portando varias tinajas de barro colmadas de agua, a lomos de un borrico. Abel sólo cruzó la mirada con aquellos ojos rasgados de la joven y se sintió plomizo, reactivado, inquieto. Por primera vez sentía algo parecido a un deseo. Deseo de permanecer en aquella mirada, deseo de beber aquella agua acarreada. Su voluntad no era suficiente, y la familia gitana partió sin dejar más rastro que un corazón dañado.

Después de aquel día Abel únicamente se sentía bien en soledad. En cuanto tenía oportunidad escapaba al final del pueblo, a la casa desvencijada y mefítica en la que vivió y dicen que murió la Vieja Molinera, cuya única riqueza fueron las aguas cristalinas de su pozo. A ese lugar no se atrevería a llegar nadie más. Entre zarzas, parras invasoras, y escaramujos pasaba las tardes perdidas y pese a su poca vitalidad, en sus escondidas tardes creaba un mundo imaginario de reinas y príncipes en el que gobernaba sin titubeos. Empezó, como un ritual, a beber agua del pozo, y le supo mágica. Cada tarde, a la hora de la brisa, tras ahogar la sed en el agua, se sentía resucitando, vigoroso, reconciliado con lo inánime, con su naturaleza, con su entorno, con sus vecinas.

Empezó a salir de si mismo, a conversar con las mujeres del pueblo, a reconocerse en ellas, pudo separarse de todo aquello identificando por primera vez los límites de su piel, reconociendo su sombra en el suelo, descubriendo el eco de sus cantos en el valle y el sonido de sus pasos en los caminos. Sin embargo, era incapaz de sentir distancia con el pozo de la casa de la Vieja Molinera. Beber el agua de aquel pozo era similar a recordar la mirada de aquella joven gitana que un día le clavó los ojos. Con esta nueva energía quiso definitivamente salir en busca de aquella cíngara que en un instante habitó en él y de él no salía. Tras una ilusión de posibilidad debía volver a aplacar la sed con el agua de aquel pozo, y sólo de aquel pozo. Se reconoció incapaz de no acudir, incapaz de evitar sus proximidades, rozaba la locura al despertar cuando en sus pesadillas el pozo se presentaba seco.
El pozo le engullía en cada sorbo, y Abel Santamaría cada vez pertenecía más a él. Se reconoció impotente, y se vio a si mismo atrapado en esa extraña dependencia. No podría abandonar nunca el pueblo en busca de aquella muchacha de mirada esmeralda, el pozo de la Vieja Molinera le atrapaba absolutamente a través de sus aguas vírgenes.

Poco a poco iba perdiendo la razón, y en una de las tardes repetidas se cruzó en el camino con un ciego vendedor de sortilegios. El ciego enseguida percibió su presencia, e incluso adivinó que se trataba de un joven solitario. Abel dejó que aquel hombre le posase la mano sobre la cara, recorriéndola en una lenta estela áspera. Permanecieron en silencio casi una hora, únicamente respirando, sentados uno junto al otro al borde del camino, hasta que el ciego con voz quebrada y tan áspera como sus curtidas manos se dirigió a Abel:

“Todo es ritmo, es período, es frecuencia, es ciclo. Volvemos a pasar por los mismos sitios una y otra vez, hasta hacer surcos en el camino y creemos que estamos haciendo algo nuevo porque cambian de lado las sombras. Y sin embargo obtenemos siempre el mismo resultado: aproximación, distancia, distancia, aproximación. A veces nos damos cuenta de la trampa de certeza en la que estamos atrapados y nos parece la vida desorientada, sin sentido y todo se hace duda. Llega el pánico de navegar sin osa mayor ni menor, ni mucho menos estrella polar. En este espacio solo pueden entrar y efímeramente quedarse los fuertes, el resto huye. Todos de alguna manera preferimos la guía, aunque nos atrape dentro de los márgenes del camino y difumine el horizonte.”

“ La muchacha de ojos verdes habita en el pozo, es su Náyade. Guiada por otra ninfa mayor, retornó a su elemento tras la muerte definitiva de un espíritu oscuro que le impedía regresar y habitaba en el cuerpo de una vieja traicionada. Cometiste la imprudencia de mirarle a los ojos, y quedaste atrapado en su eterna sed. Para librarte de la sed, solamente debes dejar de visitar la fuente, no beber las aguas y sobre todo no esconderte en aquel retiro encantado. Aunque lo pienses imposible, es el camino. No hay magias, ni sortilegios que pueda ofrecerte más que esta piedra para que aprietes en la debilidad. No temas si no fuiste el salvador que esperaban. Soporta el tránsito de los cuchillos de la duda, la angustia del misterio y la amenaza de la derrota y una mañana amanecerás sin sed. Tu poder nacerá de la constancia. Al nacer y en un embrujo, te otorgaron la necesidad de amar, y no pusieron hombre que te enseñara a hacerlo. No trates de resistirte, pero ama lo real, lo posible, y ante todo, ama en libertad. Sólo sin sed consentirás que fluya el río sin querer apresarlo. Sólo sin sed dejaras de temer que no llueva”

Al parecer Abel sintió más temor al cavilar la posibilidad de liberarse de esa sed que cuando se descubrió absorto por ella.

* Planta original de Afganistan que cuando se seca, las hojas y ramas se contraen formando una pelota apretada. Cuando coge humedad, "revive", reverdece, incluso después de muchos años de cortada.

sábado, 27 de octubre de 2007

Abigail

GENIO



Paisajes desdibujados, de blancas luces y azotadas líneas abriendo caminos.
Ríos de viento y color huyendo del tiempo buscan la belleza.
Paisajes de hielo, de pacíficos horizontes en tierra de contradicciones.
Paisajes de irrealidad, de equilibrio, de instantes eternos y unicornios imposibles.
Paisajes de dudas, de juego entre el lienzo y la pintura, la inquietud de lo inacabado.
Paisajes de ausencias, ausente el hombre, lobo para el hombre.
Ausente su devastadora tormenta, que no hace prisioneros, su naturaleza traicionada.
Ausentes el ruido y el poder, los muros del miedo y las banderas.
Paisajes de humo, de riqueza y pateras. Paisajes de flores y abismos.

ABIGAIL

Paisajes desdibujados, de blancas luces y azotadas líneas abriendo caminos.

Ríos de viento y color huyendo del tiempo buscan la belleza.
Paisajes desdibujados, de blancas luces y azotadas líneas abriendo caminos.Ríos de viento y color huyendo del tiempo buscan la belleza.Paisajes de hielo, de pacíficos horizontes en tierra de contradicciones.Paisajes de irrealidad, de equilibrio, de instantes eternos y unicornios imposibles.Paisajes de dudas, de juego entre el lienzo y la pintura, la inquietud de lo inacabado.Paisajes de ausencias, ausente el hombre, lobo para el hombre.Ausente su devastadora tormenta, que no hace prisioneros, su naturaleza traicionada.Ausentes el ruido y el poder, los muros del miedo y las banderas.Paisajes de humo, de riqueza y pateras. Paisajes de flores y abismos.

jueves, 25 de octubre de 2007

miércoles, 24 de octubre de 2007

Palabra de Mística

Adela mantis había pasado ya por sus seis mudas. Al desvestirse de la última de ellas se vistió precisamente del color de la primavera. El campo, recién segado, se tapizaba de un verde intenso, apenas salpicado por las primeras amapolas de junio. Devota como las de su especie, era una hembra de gran porte y perfecta sincromía con su entorno. Bellamente egipcia, rectilínea, estilizada, misteriosa, toda su vida larvaria anterior únicamente tenía una finalidad: procrearse, perpetuarse. No tanto por ella misma, sino por su propia especie. Su vida tenía sentido en la medida en que contribuyese a continuar la sucesión natural de sus congéneres. Realmente, como individuo, tenía poco valor, muy poco. “Ningún individuo vale más que su especie”, rezaba un cartel a la entrada del cementerio de insectos.

Los ardores de la madurez y la presión de su ooteca interior le provocaban una cierta ansiedad. Buscaría, desesperadamente, un macho para fecundar sus óvulos mimados. No valía cualquiera, en el prado todos los machos de mantis religiosa estarían dispuestos a dispersar generosos sus gametos. No en vano su misión existencial, a fin de cuentas, era esa. Ella sin embargo, haciendo uso de sus estrenadas artes, escogería al poeta, al músico o al trapecista, si se pusiesen a su alcance.

Reinaldo era un macho de segundo año, y su tiempo no daba mucho más de sí. No había sabido, o querido, como sus hermanos, entrar en la competición dantesca por perpetuarse, era incapaz de librar cualquier batalla, su naturaleza no era competitiva, y aceptaba, casi resignadamente, emprender su último vuelo sin dejar sus semillas esparcidas. Durante el tiempo de su forma adulta se había deleitado con su propia anatomía, sorprendido en cada momento con lo inverosímil de su similitud vegetal. Absorto en su propia belleza sucedía los días de sol y las noches de luna, en las cuales disfrutaba contemplando su sombra alargada proyectándose sobre la arena azul cobalto del camino.

Una tarde, ya las espigas granadas, en una atalaya improvisada sobre una gavilla de heno, Adela liberaba al viento del Este sus intensas feromonas.
Al tiempo, Reinaldo, en otro lugar y con los ojos cerrados, recorría mentalmente su propio cuerpo siguiendo las cosquillas que los rayos del sol dejaban en su queratina protectora, como un ritual más de su místico hedonismo.

Y el mismo viento que levantó los aromas de Adela, envolvió a Reinaldo por un segundo.

Pareciendo magia, Reinaldo salió de su semiletargo sintiendo un terrible pulso de avanzar, de recorrer contra el viento, sin una meta cierta, en busca de algo que desconocía por completo. Resistiendo los envites de aquel aire embriagante, no tardó en divisar a una hembra nefertítica, miméticamente confundida con las ramas del heno.

De pronto una duda. ¿En qué era diferente aquella mantis religiosa de las anteriores? Reinaldo notaba que algo distinto se estaba produciendo. Por primera vez sentía una atracción irracional e incontrolada que le conducía de forma insoportable ante aquella hembra. Sintió miedo. Había presenciado en otras ocasiones el final de un macho atrapado sin piedad por una hembra. No parecía existir otro término que el de morir devorado en el momento de máximo placer copulativo. Quiso resistirse, pero Adela, que ya se había percatado de su presencia, supo colocarse muy cerca, cerrando levemente su mirada y dirigiéndose a Reinaldo envuelta en una magia inefable.

- No temas, - le dijo,- no soy como las demás. Prometo darte tanta descendencia como espigas alcance tu mirada, y a cada una de ellas pondré tu nombre.

- No trates de embaucarme, se bien como sois las de tu calaña, me llevarás donde no quiero ir, encadenado a mis instintos, y darás buena cuenta sobre mi cuerpo, como todas lo hicieron sobre los otros. - Contestaba Reinaldo.

- ¿En que te basas para pensar así? ¿Es que acaso conociste a otras? No, yo no soy así, nos engarzaremos en un abrazo infinito, latiremos juntos, dejarás sobre mi tu raza y yo, generosa, haré un monte con tu nombre y podrás contemplarlo desde lo alto. Te dejaré partir. Solamente estaré contigo para saciar tu sed, y luego te irás, es mi palabra.

- Desconfío, - contestó Reinaldo. - Utilizas malas artes para convencerme, pero no caeré en la tentación.

- ¿Dudas de mi? No olvides que soy religiosa, como tú. ¿O acaso dudas de ti mismo?

Esta insinuación dejó pensativo a Reinaldo. ¿Qué motivos tenía para desconfiar de Adela? ¿No era realmente distinta a las demás y sin embargo presentía que levemente afín a él??

- Déjame acariciarte, - le pidió titubeante Reinaldo.

- Claro, acércate, siente mi abdomen fecundo, recréate entre mis brazos, absorbiendo lentamente mis esencias, descansa. Insisto, no temas, no soy como las demás. - Repitió Adela.

Reinaldo, rendido, venciendo a su propia voluntad, se perdió entre el tórax de aquella hembra, cerrando los ojos, abandonándose al elixir de tantas pasiones, aspirando cada milímetro de su cuerpo, y acabar clavando certero su aguijón de macho en un escorzo casi imposible. Todas las estrellas del firmamento pasaron en un instante ante él. Adela ensanchada aun más, mostraba a Reinaldo como un apéndice sobre sus espaldas. Brevemente inspiró, cerrando también los ojos. Se fundieron en una pausa un instante casi eterno. Adela, recuperando la presencia consciente y en un arrebato de pasión, giró su cabeza 180 grados y de un mordisco certero arrancó la testuz a Reinaldo.

Terminado el acto amatorio, Adela lentamente se separó del cuerpo inerte que le asía.

- No debiste retar a la naturaleza de las cosas, padre exánime, no hay promesa que la venza, ni deseo, ni estrategia, ni siquiera religión. Las cosas, serán como son. - Se despedía lentamente Adela del cuerpo de Reinaldo.

Y depositó su ooteca fértil de espuma sobre una roca adecuada.

jueves, 18 de octubre de 2007

Mr. Watling

Fuiste infinitivo en el tiempo de los años pares,
Existías,
en el arcón de lo imaginario existías.

Y de ese abismo de la no existencia sensitiva
con el retardo de un genio
procedente de una lámpara frotada en otro tiempo,
apareces.

En los albores del dolor apareces,
En el punto de inflexión apareces,
En el momento de la herencia significativa apareces,
A modo de una cortinilla invisible apareces.

De existir a ser. Eres.

Por un instante fuiste gerundio,
Por dos instantes,
Por tres instantes

¿Cuántos instantes?

3n + n2 = par

¿Es aplicable en lo que vive la teoría de la inducción?

Cada gerundio va dando paso a un participio repetido,
decurrente en la sucesión de los días impares,
guadiánico y desapareces.

En el humo de la hojarasca desapareces.
En la resaca anetílica desapareces.
En la espuma del trueno de esta noche, desapareces.
A modo de crepúsculo, desapareces.

De ser a estar. Estás.

¿Qué verbo es igual a n?

¿Quién?

Tú.

Gustav dice:

"Aquél que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir"

No hay destino, hay caminos. Que se cruzan con otros caminos, que a veces llevan al mismo sitio, o a sitios distintos, o a ningún sitio, o dan vueltas sobre si mismos, y otras veces, escasas, se juntan en un nuevo y único camino.
Todo es caminar...

Los sueños están dejando de serlo cuando abrimos los ojos, y hay luz y no hay olor.
Mejor que un sueño, al abrir los ojos, es que estés tú, que esté yo, por eso te he soñado, por eso me has soñado.
Tabaco y madreselva.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Si me invitan, voy


¿Alguien en su sano juicio rechazaría escuchar a Tadzio sin Visconti haciendo vibrar las cuerdas de un piano con las dos primeras páginas del Scherzo nº 1 opus 20 de Chopin? No se si mi juicio es sano, no me corresponde, pero yo no lo rechazaría.


Sentirse Gustav Aschenbach por un momento


jueves, 11 de octubre de 2007



miércoles, 10 de octubre de 2007

martes, 9 de octubre de 2007

free music

lunes, 8 de octubre de 2007



En la Fiesta Nacional

DE BANDERAS Y COLORES
(El poder de las banderas y las banderas del poder)


Es de todos conocido el poder simbólico de las banderas, y como símbolo, su fin parece ser el de comunicar. Han servido para facilitar el atraque de los buques, el aterrizaje de los aviones, otras nos indican el estado de la mar, a cuadros el final de una carrera, simbolizan un territorio, un estado, una ideología, un equipo de fútbol, una rendición... De ellas quedan excluidas los ciegos, curiosa contradicción, pues los que las usan, en muchos casos, lo que dicen es que las sienten.

En este caso, me refiero a las banderas que representan una ideología, no meros instrumentos consensuados de comunicación.

Cuando la bandera se carga de ideología, se hace entonces un instrumento también.

Porta, es decir traslada en una sola presencia una fuerte carga significativa, y generalmente no por el significado original de sus colores, o de sus estudiados escudos, sino porque sitúa dentro a quien la porta, a quien camina tras ella o a quien la coloca y habita bajo su sombra.

Cuando el símbolo se transforma en instrumento, entonces además de incluir, puede, aunque no necesariamente, excluir.

La bandera reduce tras de si un conjunto de pensamientos, doctrinas, antecedentes históricos, que puestos sobre la mesa de debate generarían diversas posturas, concepciones, corrientes. Reducidas en una bandera, se hacen uniformes, unitarias, equivalentes. Hace de la diversidad unidad. El pensamiento, por abstracto genera debate, posiciones, divergencias. La bandera reduce a dentro o fuera. De los míos o ajeno, amigo o enemigo.

Simplifica.

Entonces el símbolo, adquiere un valor.

Como posiciona, como significa, como uniformiza, vale mucho. Hay que defender este valor, que llega a ser último. ¡Moriré por mi bandera! Dicen..

Y el símbolo deja de ser valor por símbolo, y adquiere entidad propia. Un valor ajeno al mercado, no tiene oferta ni demanda, pero pesa, pesa en la medida que representa un poder. El poder de una masa, el poder de un ejercito, el poder de un estado. Bajo la bandera, el individuo cree adquirir el poder que representa, lo que le añade más valor aun.

La bandera se transforma en un fin. Cuantas más banderas, mejor, más poder.

El poder se vale siempre del miedo para perpetuarse. La presencia de la bandera pirata daba miedo de por si a los comerciantes del mar en otras épocas. La bandera con la esvástica se convierte en un elemento de gran poder, de gran temor en el siglo pasado, y luego de su posesión un delito.

Hay banderas sin poder, pero no poder sin bandera. Las grandes empresas invierten y gastan grandes sumas en su imagen corporativa, otra bandera del poder, de la unidad, de la uniformidad. La bandera no da el poder, pero lo transmite, lo advierte, lo concentra.

Es por todo ello, por lo que no me gustan las banderas, no quiero las banderas, sueño sin banderas.

Sin embargo, se incrustan en mi las banderas, y me gusta desfilar tras la bandera arcoiris, o me provoca una sonrisa la bandera republicana y no lo puedo evitar, cuando la bandera española sube al podio en las competiciones deportivas siento un cierto placer, y rabia, cuando en la espoleta de un misil hay una bandera de España y la inscripción made in Spain. De chile me traje muchas cosas, casi todas por dentro, de entre las de fuera, una bandera chilena. Intuyo entonces que las banderas me significan, soy también reo de su poder.

Desde que he nacido, la bandera de España ha ido de la mano del poder de la derecha. En mi colegio, los fachas llevaban una banderita española en la correa del reloj, se izaba la bandera y sonaba el himno nacional en las mañanas, y se arriaba en las tardes, solemnemente. Los “buenos” de entonces se llamaban nacionales. La democracia diluyo el valor, restó el poder simbólico de la bandera a la derecha, el escudo pasó a llamarse constitucional, y fue otro.

El patriotismo (He coreado muchas veces, un patriota, un idiota, en unas cuantas manifestaciones) nunca me ha interesado, más que para luchar contra el, se llame así o se disfrace de nacionalismo, del territorio que sea. Creo en la autodeterminación de los pueblos, que libremente se asocian en estados, países, federaciones porque juntos defienden mejor sus intereses, en las clases, en el internacionalismo proletario (pero que desfasado, por dios...) no en los territorios.

Para mi ser español no es un privilegio, ni un orgullo, ni un derecho, es una circunstancia histórica. Amo a mi gente, educado y empapado en las costumbres de la tierra en la que he vivido, no puedo sino sentir cierto cariño por ellas, las que me gustan, otras no. Asocio los olores, los colores de los paisajes y los paisanajes, me entiendo con quien cohabito, amo lo que conozco. Ese es mi único patriotismo. Odio las fronteras, excepto las del misterio y de la piel que me separa de ti y me hace desear invadirla.

Lo de la bandera de hoy es solo una estrategia. Los que desean vender Endesa a E’on, los del amigo americano y el enemigo bolivariano hacen hoy de la bandera española y su defensa (¿defensa de que?) su poder. Lo esperado, lo normal es que los que no somos de los suyos, nos pongamos al otro lado, al lado de fuera.

Sólo pretendo, y no es más que una idea, una estrategia, hacer un cortafuegos con el fuego. Contrarrestar su poder con un contrapoder, quitarles lo que no les pertenece y para mi no tiene mas valor que el sentimental, pero que es su estrategia de poder.

Potenciar las dos españas es un juego muy peligroso al que se están prestando unos y otros, y no lo quiero en absoluto, me asusta, me da terror.

Por el momento no se me ha ocurrido otra forma de tratar de contrarrestar esta infiltración ideológica de la que tarde o temprano, si no encuentro vacuna, me arrastrará a ponerme detrás de otra bandera.


domingo, 7 de octubre de 2007




sábado, 29 de septiembre de 2007

LA SEÑORITA DE GUMIEL

Natalia Vélez no era precisamente más fea que otras de su quinta, más bien todo lo contrario, ni más tímida, ni siquiera más recatada. Mujer presencia, esbelta, pausada, Natalia Vélez era simplemente exigente. El muchacho que no era feo, era vulgar, el que no era vulgar no tenía picardía, el que tenía picardía no sabía tratar a las mujeres, y el que tenía todo, Germán del Riego, hace dos años celebró su primera misa. Posiblemente, más que deseo despertase admiración y respeto, para nadie era indiferente, y se cuenta que en la comarca, ningún hombre se casaba de verdad con la mujer a la que amaba, y todos amaban a la misma.
El rostro blanco de luna de Natalia se iba ajando a los ojos de la vida, no tanto para ella, que sin embargo sentía en su interior la semilla inquieta de la desesperanza. Quizá había tenido la mala suerte de nacer tan bella en un lugar equivocado.

Las noches de verano, bajo el tilo de su jardín, despedía los días envuelta en rasos y tules dormideros, admirando a la luna solitaria en una extraña empatía. El fragoso tilo, que un día plantó su bisabuelo, era el único testigo de su zozobra, y alguna que otra lágrima nutrió sus raíces aquellas noches. Ante el resto de la humanidad Natalia se mostraba fría y aromada.

Al final cayó el otoño, como lo hacen las nubes en las mañanas del invierno, envolviéndolo todo, silenciándolo todo. El bullicio del verano rehabitador de las aldeas escasas como Gumiel, corría la cortina abrigándose en espera de la penúltima estación. Ese día de otoño hacía sol, sol caricioso, tostado, luz de cobre, de paja, hacedor de largas sombras. Entró en el bar un caballero. Entró en silencio, y trajo consigo el silencio, como el otoño. Las cabezas de los moradores confluían, como pocas veces, en un único horizonte: el rostro luminoso de aquel caballero estilizado. Vestía ropa urbana, casual, de salir el domingo de excursión. Saludó amablemente, interrumpiendo las miradas insidiosas que retornaron a su paisaje anterior, dejando, de soslayo alguna mirada furtiva. Se pidió un cortado y tras un breve y quemante sorbo, preguntó por la hostería. En Gumiel había una pequeña casa rural, regentada por un matrimonio, Ingrid y Johan, que hace años llegó de Alemania, y que era no sólo un punto de entrada de extraños turistas ocasionales, sino el verdadero centro cultural del municipio, pues en su lento e imposible proceso de enculturación, se dedicaban a organizar exposiciones monográficas de pintores españoles contemporáneos, siempre haciendo uso de láminas de calidad traídas de quien sabe donde. También, los jueves, la propia Ingrid, tocaba el violonchelo a cuantos quisiesen tener a bien escuchar. Natalia Vélez era una asidua a los conciertos de Ingrid, pareciendo que juntaba puntos por asistencia para titularse en algo.

El caballero se alojaría en la casa rural de los alemanes. La casa no era muy grande, se hacía llamar “El tiempo detenido” apenas tenía tres habitaciones y un amplio, amable y cuidadosamente decorado salón en el cual se podía tomar un café y a la vez deleitarse con las láminas ocasionales, eso sí todas acompañadas de cuidadosos paneles explicativos en un español un tanto germanizado, que la gente de Gumiel atribuyó a un uso más culto del castellano. El caballero no queriendo interrumpir el concierto de violonchelo, se quedó atrás, pegado a una barandilla que perimetraba la balconada de la casa, mirando al río. Portaba una antigua maleta cosida, un paraguas y un maletín de trabajo. Sonreía con facilidad, lo cual no pasó desapercibido a Natalia, situada en una silla plegable, con su vestido de conciertos, justo enfrente de la concertista, y justo enfrente del caballero en tránsito que quedaba por detrás de la interpretación.
Concluido el espectáculo, Ingrid retornó al interior, Natalia la seguía, como cada jueves pareciendo mecerse en cada paso, como lo hacen las jirafas en los documentales, y el caballero del paraguas, el maletín y la maleta, también detrás, como sin prisa.

Ingrid, evitando cruzarse en miradas con Natalia, atrajo con la suya al caballero, el cual le indico su necesidad de alojamiento.
- Para cuantos días preguntó Ingrid resbalando las erres.
- Lo desconozco, respondió el caballero - quizá un mes, quizá dos días, no le puedo asegurar. ¿Sería posible? Interrogó con cortesía.
- Por supuesto, no hay inconveniente, no solemos completar salvo raras excepciones – Respondió la alemana, atascándose al pronunciar “excepciones” impulsando sendas escupiduras al mostrador.
Marcos Blázquez Urcelai, terminado en i latina, se identificó el hasta entonces anónimo caballero cuando a solicitud de Ingrid, debía rellenar un formulario.
Natalia, desalentada pues esta tarde ni siquiera había podido expresarle a la concertista, ahora en las veces de recepcionista, lo magnifico del concierto, decidió volver a su casa antes de que la noche cerrase completamente.

Esa misma noche, Natalia Vélez, tuvo un sueño intenso. El caballero del paraguas, el maletín y la maleta, se le apareció en sueños, familiarmente conocido de otro tiempo, y abrazándole, con los labios casi sin mover, le susurró al oído: miénteme cuanto necesites, pero está prohibido enamorarse. Tras esa especie de oráculo, Natalia despertó sobresaltada. ¿Cómo es posible que aquel personaje de suplemento dominical hubiese impactado tanto en ella? ¿Qué escondía aquella inquietud?

Decidida, fue a visitar a Ingrid, buscando cualquier excusa por el camino. En su inconfesable estaba la intención de enfrentar su ira a ese señor Blázquez por invadir la intimidad de sus sueños, o quizá de caer rendida a sus pies por el mismo motivo. O ambas cosas y en ese orden.
El Scherzo Op. 20 de Chopin llenaba los vacíos de la sala de café. Bajo el arco de la puerta Natalia se pausa, dibujando en su mirada una búsqueda, evidentemente la de aquel caballero aparecido en sueños. Estaba allí, sentado en una butaca forrada de lino, cómodo, ensimismado. En frente una butaca gemela, vacía, y en medio una mesa de cristal sobre la que extendía numerosos folios manuscritos y sobrescritos, y una taza de café ya terminado. Natalia sin dudarlo se dirigió al caballero y preguntó: - ¿espera usted a alguien? A lo que Marcos sin poder ocultar indiferencia, respondió: - Quizá a usted, si su nombre es Inspiración. Natalia, sin alterarse, le preguntó si resultaría inconveniente sentarse en aquella butaca. El caballero, en un gesto que agradeció Natalia se alzó de su butaca y aproximó caballerosamente el sillón gemelo a la espalda de aquella mujer, invitándole a sentarse.

Se presentaron, hablaron del tiempo y del pueblo, de sus orígenes y costumbres, del calor, de la tranquilidad. Natalia le preguntó sin rodeos cual era el motivo de su estancia. Marcos Blázquez le confesó que era escritor. Había decidido retirarse unos días en busca de inspiración. Necesitaba definir uno de los personajes de su ultima novela, y no lograba dotarlo de fuerza, de personalidad para dar por terminada la obra. Pensó que alejado de lo cotidiano, una frescura creativa se apoderaría de él, proporcionándole algo nuevo, tan necesaria la novedad para su creación continua. Charlaron hasta que la tarde dejó de serlo, y dispuestos estaban a seguir enfrascados en el encuentro. Natalia tenía una gran habilidad para parecer amena, para decorar con anécdotas sus reflexiones y observaciones, provocando constantemente a su interlocutor, jugando con la ambigüedad, hablando de lo que quería decir y trasluciendo a la vez mucho más oculto tras sus labios, midiendo sus palabras. Marcos que además de gran seductor, era un atento escuchante, disfrutaba con las provocaciones de Natalia, y como en un envido más, entraba al juego dialéctico sin acalorarse.
- Vas a ser tú el personaje de mi ultima historia. - Afirmó Marcos Blázquez a Natalia Vélez, sosteniéndole la mano en un juego similar a una caricia, similar a una prueba que mutuamente se realizaban como tomando el pulso a un supuesto enfermo. Era la tercera tarde consecutiva que merendaban juntos, y Natalia, ya de pié había anunciado su despedida. No respondió palabra alguna, sonrió a medio diente, se giró y se perdió en el fondo de salón, saludando, sin parar, a Johan que custodiaba la barra del café secando una taza con un paño.
Marcos mantuvo largo rato la sonrisa que acompañaron a sus últimas palabras, y su mirada se fue estrechando, como agudizando el pensamiento, como traduciendo cierto orgullo malicioso ante el reto que se había marcado. A fin de cuentas, salir en busca de la inspiración, ciertamente le estaba inspirando. Trataría a partir de ahora de explorar la insondable personalidad de Natalia, buceando en sus inquietudes, sus recursos y sus trampas, lidiará con su esquiva naturaleza, con su verbo fácil pero impenetrable, aprendería las técnicas de su ironía, y asociaría cada mueca de su cara perfecta a una emoción fugaz.

Natalia Vélez volvió a su casa inconscientemente más despacio que nunca, pensando, más bien lucubrando los pasos esenciales de aquel juego que por fin Marcos había verbalizado, pues ella, mucho antes ya se había dado cuenta de lo atractiva que podía resultar para un personaje imposible de novela. Quizá desde el momento en que supo que Marcos era escritor ella adoptó el papel de protagonista de un relato, de un personaje interesante quizá, interpretando, como sólo ella sabía hacer, un personaje de si misma. Sin embargo, aquel interesante reto se transformó por un momento en causa de temor. ¿De verdad Natalia quería ser descubierta? ¿Transparente? ¿Conocida? ¿Acaso descubrir que ella es realmente un enigma no era ya conocerla? ¿Dejaría de ser ella misma si ya no fuese un enigma?

Desde aquel momento los encuentros entre ambos, que fueron frecuentes e intensos tenían algo de juego, algo de misterioso. Trataban de protegerse seduciéndose mutuamente, tratando, como Gracián, de descubrir el alma ajena y guardar la suya para la defensa. Sin embargo, en ocasiones Natalia quedaba inerme.
Llegaron a besarse. En un descuido impersonal Natalia recibió los labios de espuma de Marcos, interrumpiendo su disertación sobre la incoherencia entre la inspiración y la disciplina. Como si continuase su discurso, sin solución de continuidad se sumergieron en el lenguaje de los labios, de la proximidad, del tacto. Estos arrebatos se repetían, como marcando los compases de un concierto, cadentes, pero constantes, sin interrumpir sino posponiendo la conversación iniciada. Ante cada ósculo ambos volvían con indiferencia al verbo, como si no pasase nada, como si lo ocurrido no fuese entre ellos, como la música de fondo de aquel salón.

¿Cómo se sentía Natalia ante cada tertulia?
Libre. Natalia Vélez se sentía libre consigo misma, dueña de si misma, consciente. Ajena a todo lo que hasta hace poco había configurado su presencia en cualquier lugar publico, la compostura. No es que la perdiese, es que no era necesaria. Por primera vez en mucho tiempo Natalia se estaba expresando, y experimentado que no por ello se sentía más insegura, más desprotegida. No significaba una ruptura con lo anterior, ni con el entorno de siempre, significaba un renacer sin perder la esencia, un aflorar aspectos no compartidos pero siempre reconocidos.

¿Y después? ¿Cómo se sentía Natalia después de cada cita, de cada beso?
Despegada. Sus momentos junto a Marcos se estaban dotando de una cierta adherencia. No lo identificaba como necesidad, pero sí una cierta adherencia, deseo de no separarse, conociendo, sin embargo, certeramente lo inevitable que resultaría. Y recuerdo. Apenas concluían la tertulia y ya estaba recordando, dejando en ella esa irritación provocada por la separación.
No olvidaba aquel sueño premonitorio, y aquella explícita prohibición, y cada noche, al encontrarse consigo misma ya acostada, temía estar aproximándose al umbral vedado. En cierto modo, aquel estado era ante todo debilidad. Y la debilidad, hace al humano transparente. Natalia se dio cuenta de que Marcos se iría cuando tuviese construido su personaje. Cuanto más mostrase de si misma, cuanto mas descubriese él de sus adentros, más próximo estaría el tiempo de alejarse. Debía llevar a sus adentros la debilidad. ¿Podría? ¿Podría realmente Natalia impedirse a si misma enamorarse? ¿Podría dejarse llevar y mantener en sus adentros la debilidad?

No tuvo oportunidad de responderse. El último viernes de octubre Marcos dejó un sobre a Ingrid dirigido a la Srta. Vélez. Natalia acudía a las cinco, como todas las tardes anteriores al salón de El Tiempo Detenido. Ingrid, con gesto posiblemente triste, entregó a Natalia el sobre. Contenía un pequeño trozo de papel, desproporcionado frente a un sobre tan grande. En él, apenas una breve despedida: “tus silencios me mostraron lo que ocultaban tus palabras. Obra concluida. No olvides nuestro último beso”.

Natalia Vélez perdió a su amante por no impedir enamorarse. ¿Acaso fue Marcos el que quiso enamorarle para deshacerse de ella? ¿Era posible impedirlo? ¿Qué tipo de duelo corresponde a semejante pérdida?

No volvieron a encontrarse, meses después a El Tiempo Detenido llegó un ejemplar de título “Tántalo contra Midas”, de Marcos Blázquez Urcelai y prólogo de Víctor Salazar. Estaba dedicado a la señorita de Gumiel.

Natalia fue incapaz de terminarlo.

martes, 31 de julio de 2007

Naufragio sin Gaviota

Por fin, a lo lejos, entre la bruma se adivinaba algo similar a tierra firme. Baltasar ya no daba crédito a sus ojos. El cansancio convertía en ficticia cualquier superficie iluminada por el sol en su cenit. Rodeado de tanta agua, tenía la garganta seca, la piel seca, los labios secos, una elipse de sal los rodea, los ojos secos. Remaba por continuidad, sin fuerzas. El brusco golpe del casco de la barca con la arena catapultó a Baltasar sobre la orilla.

Habían pasado varias horas, cuando Baltasar abrió los ojos. No sabía si atardecía o estaba amaneciendo. Había recuperado algo de energía, la suficiente como para ponerse en pie y sacudirse la arena de la cara y de su pelo negro revuelto, enmadejado, haciendo vedejas con el mar y la arena. La marea había dejado tras de si una playa extensa y la barca, a su lado, estaba encallada como una roca en la arena, rodeada de sendos surcos simétricos, como lágrimas derramadas por las últimas olas de la bajamar.

Tenía que beber. Cierta lucidez le permitía distinguir sus prioridades. La barca debía ser afirmada, confirmada en algún lugar seguro para evitar ser arrastrada de nuevo al mar infinito y poder retornar en algún momento al lugar del que ilusionadamente partió. Pero eso vendría después. Agua. Lo imprescindible era el agua entonces. Arrastrando los pies escocidos dejó el mar a sus espaldas e inició una expedición por una selva que casi le abrazaba. Este mar vegetal, casi imposible, compacto, unitario, dejaba ciertos regueros por los que, con dificultad, podía penetrarla. El olor a sal terció a un olor húmico al adentrarse.

Sonaban los chasquidos de las ramas secas sobre sus pisadas. Tal espesura no sería posible si no hubiese una fuente copiosa de agua en aquel paisaje, pensó. No tenía miedo, sólo sentía debilidad y sed, mucha sed. Tras quizá un par de horas de caminar, la temperatura había subido significativamente en el interior de aquel paraguas vegetal. A no mucha distancia, a no mucho tiempo, un reflejo, como una perla, como un guiño fugaz, un cristalito de luz que atravesó sus ojos verdes un instante. Hacia allí, dirigió, firmes en la debilidad, sus pesados pasos hacia aquel espejo fugaz . Sí, era un angosto manantial que fluía de cristal borboteando, invisible, sobre las rocas en un aquelarre arbóreo que lo custodiaba y escondía. Cayó de rodillas ante él. Sus manos entraron con fruición en al agua como una punta de lanza atraviesa un fardo de heno aún fresco. El agua estaba fría, muy fría, helada. Enseguida lo percibieron sus manos, que hubo de retirarlas como acalambradas ante tal contraste. El tesoro incoloro resbalaba entre las grietas veteadas de sus manos. Acercó los labios, también arrugados, formando un cono absorbente tratando de succionar lo más rápidamente posible. Apenas el primer trago se posó sobre su lengua, la imposible temperatura del elemento lo obligó a retirarlos de inmediato. El agua estaba allí, pero estaba imposible.

Miró en derredor tratando de encontrar algún instrumento cóncavo que le permitiese recabar siquiera un puñado de agua para, ya mansa, poder beberla. Una semilla, similar a un coco podría ser el útil necesario. La quebró de un golpe seco contra el suelo, dejó manar una leche verdiblanca casi con la espesura de la miel, dejando una grieta suficiente que permitió a Baltasar romper la cáscara en dos mitades. Retiró la pulpa, verde pálida, de un olor penetrante y una textura fibrosa, adherida a la corteza como si de un liquen se tratase. Arrancó aquella carne haciendo uso firme de sus uñas mugrientas. El cuenco, ya desnudo, como una pelota de tenis partida, podrá servir. Con ambas mitades complementarias acudió de nuevo al manantial, y las llenó de agua cristalina. Buscó un haz de sol que burlase la cubierta forestal, y colocó los improvisados cuencos bajo su calor. Repitió la operación unas cuantas veces, llegando a juntar una docena de recipientes colmados de agua. Habían pasado unos minutos, suficientes para que la temperatura del agua, bajo el sol escogido y castigante, fuese templada. Tras semejante acto racional de paciencia probó de nuevo. Hubo de escupir el bocado con una gran arcada. Esas semillas desconocidas habían transmitido un amargor espeso al agua que la hacía imposible, nuevamente imposible, de deglutir. Era como si un mecanismo natural y automático convirtiese el acto de deglutir en acto de expulsar. Devastado rompió a llorar sin lágrimas.

Había permanecido durante varios días a la deriva rodeado de agua que no podía digerir, y ahora, tras encontrar un manantial virgen, la propia virginidad de su origen la igualaba en imposibilidad. Entró en una sensación similar al vértigo estético, ese que se produce cuando uno entra en una casa desconocida y de repente nota un mareo indefinido, y como una revelación se escuchó a si mismo que decía: << El tiempo enfría la sopa y calienta el plato>> las palabras que repetía, cuando era niño, su abuela para apremiar el inicio de la comida. Aquellas palabras, y jugando con el tiempo y el espacio, le llevó, en medio de semejante estupor a seguir el curso del arrollo naciente, con la certeza de que el agua, en su discurrir a qué lugar sabe, iría contagiándose de la temperatura de lo que roce, convirtiéndola en un licor posible.

Así fue. Apenas bastaron unos centenares de metros para que esta vez sus manos entrasen y saliesen de su cauce, aproximando, siquiera parcialmente entre los dedos, parte de ese manantial crecido a lo más hondo de su garganta. Sació la sed irredenta, volviendo a sentir la posibilidad de sobrevivir.

Ahora necesitaba recuperar energías, reconstruir su cuerpo castigado con algún aporte sólido. En ese momento hizo consciente que estaba en un lugar desconocido. Era desconocido el lugar geográfico, el suelo arenoso, los árboles y arbustos, y hasta los sonidos de la espesura, que hasta entonces no había percibido, le resultaban completamente ajenos. Formas inusuales de hojas, de tallos, de olores. Ya había experimentado el denso amargor de aquellos cocos, necesitaba encontrar algún fruto que le permitiese confiar en si mismo, en sus posibilidades de no formar parte definitiva de ese lugar desconocido. Resolvió fiarse de su olfato. Comería aquello cuyo olor le fuese familiar.

Tomó de árboles y arbustos bayas y bayucos, frutos, semillas, vainas, raíces, todo aquello que recordaba podía ser sujeto de ser comido. Las olisqueaba intensamente, tal cuales y partiéndolas, aproximando a su boca sólo aquellas que desprendiesen un aroma familiar. La selva aquella era generosa en frutos. Recolectó cientos de ellos, de formas y tamaños indescriptibles, completamente ajenos a todo lo que había conocido hasta entonces en su ciudad, en sus viajes, en sus mercados. Tras reconocer un olor familiar, acaso sin identificar certeramente, pero a fin de cuentas familiar, probaba con la punta de la lengua, ya lubricada tras la rehidratación anterior, sensaciones que transmitían las piezas que, superada la prueba del rememoramiento olfativo, aproximaba dudoso a su boca. Descartaba los amargos, nada comestible debía ser amargo, y lo excesivamente ácido. Con prudencia, masticaba los dulces, buscando los matices reconocibles entre sus muelas. Nunca había prestado tanta atención al trabajo de sus sentidos, descubriendo la cantidad de variaciones que era capaz de percibir. Sin embargo, a la hora de clasificarlos se refería a si mismo otros sabores ya conocidos. Así unas bayas amarillo transparente, del tamaño de un guisante, le recordaban al sabor intenso de las fresas, o creía estar comiendo nueces cuando comía la arenilla que resultaba de machacar unas cápsulas coriáceas que proporcionaba un árbol similar a un roble. Así fue saciando su apetito, pensó incluso probar con algún insecto, pero fue incapaz, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Logró sentirse satisfecho.

Tanto había caminado en busca de nutrientes que cuando alzó la vista un poco más allá de su inmediato entorno descubrió nuevamente el mar.

Esta vez el mar estaba frente a él, y el sol seguía ligeramente acariciándolo por detrás. Dedujo que en su caminar lineal había atravesado aquella superficie supramarina que bien podía ser una isla, una península o un istmo. Bajó, ahora con cuidado, hasta la playa, hasta la nueva playa igual de extensa que la que le dio firmeza a sus pies cuando despertó, igual de blanca, igual de paradisíaca. Quiso aproximarse a ella para percibir, desde su extremo, las dimensiones de la tierra firme que pisaba.

Las rocas se levantaban con mayor majestuosidad que las que recordaba del otro costado. Mas fuertes, más bravas, más impetuosas. No cabe duda que aquel paisaje, independientemente de su dramática situación, era bonito, fotográfico, catalogable. Sentía no disponer de una cámara que fijase aquella estampa, congelase el instante, para, ya salvado, ya de vuelta, ya reinsertado en su rutina, poder recordar aquel paisaje y decirse a sí mismo, una vez estuve allí.

En uno de los extremos de la cala, que como una sonrisa se abría al mar, había una oquedad amplia, oscura. Una cueva parecía. Baltasar caminó hacia ella, movido quizá por la curiosidad, quizá por el instinto natural que aquel recoveco despertaba a modo de seno materno, de refugio, quizá en busca de algún vestigio humano en su interior.

La luz apenas penetraba dentro, por lo que Baltasar hubo de esperar un tiempo para aclimatar la vista a esta nueva espesura. Logró dibujar los contornos iniciales de aquella boca del mundo. El lecho era arenoso, y daba la sensación de que en determinadas circunstancias se llenaba de mar. Hacía fresco, y un cierto desasosiego se apoderó de él. Con la vista puesta a medio camino para no golpear la cabeza con ningún saliente rocoso, tropezó con un objeto desapercibido que nacía a sus pies. Rascó la arena con su mano derecha, pero no llegó a caer. Sintió un dolor intenso en la espinilla. Apretó su mano en la herida, tratando de mitigar el golpe, y a sus ojos de penumbra apareció algo similar a un arcón enterrado.

Escarbó agitadamente, el perímetro arenoso que lo engullía, rescatando hasta la altura suficiente para que toda la parte superior quedase al descubierto y así tratar de abrirla. Debía llevar un largo tiempo allí semienterrada, pues los herrajes se notaban toscos al tacto, ásperos, herrumbrosos. En una especie de acto reflejo condicionado por la presencia de aquél arcón, su pensamiento voló hasta su habitación en Madrid, y como si en una avioneta en vuelo rasante viajase, encontró la caja que, bajo su cama, acumula cientos de fotos, entradas de cine, cartas de amor y desamor y un sin fin de objetos y papeles con los que se podría escribir la historia de su vida, su tesoro de recuerdos y vivencias amalgamadas.

Vuelto de aquel viaje casi astral, la acomodación de sus pupilas le permitió descubrir una placa en la parte superior de la tapa. I. S. Hadnick pudo deducir, si bien no tenía la certeza de si la S sería realmente una B. Logró abrir aquel gran baúl sin mucha dificultad. Le bastó un golpe de pierna en el broche para que saltase sin problemas. Una intensa emoción dilataba el tiempo que permaneció ante el cofre pudiendo abrirlo sin hacerlo.

Por fin lo hizo. Las bisagras no giraban bien, por lo que el movimiento de apertura fue como en fases y empujones. El baúl estaba lleno de frascos de cristal. Con sorpresa, Baltasar cogió dos, uno en cada mano, y se aproximó rápidamente a la entrada de la cueva para poder ver con claridad el contenido, si es que era posible. En uno de los frascos, y con un perfecto etiquetado, podía leerse: Helen kiss. En su interior, a través del cristal algo blanquecino por el paso del tiempo y la humedad, se podía vislumbrar un gas rojizo mate, con un poso líquido de color rojo intenso, transparente. En el otro frasco el rótulo indicaba: To be fighting a losing battle. En este caso, el color del gas era amarillo, e igualmente en la parte inferior un fluido transparente del mismo color. Baltasar no comprendía nada. Fue de nuevo al baúl y no había más que frascos con extrañas leyendas en inglés, Michael’s Born, I find my loser ring, At last i’d said I love you Martha,... y en su interior siempre un color distinto, por ligero que sea el matiz que lo diferencia.

Baltasar decidió abrir uno. No resultó fácil, no giraba ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera iba bajo presión. Lo intentó un largo rato, un bote en cuyo interior el gas azul marino parecía mucho más misterioso. Sin saber cómo el bote se abrió. Dedujo que el movimiento de apertura era más simple de lo que había imaginado. En cuanto el gas fue liberado, un sonido hueco, agudo, infinitesimal, aflautado, sorprendió a Baltasar. El gas se disipó rápidamente, asfixiando a Baltasar e irritando violentamente las mucosas y los ojos. Salió corriendo agitando todo el cuerpo, con los ojos cerrados, respirando superficialmente y escupiendo por doquier. El frasco yacía sobre la arena sin contenido alguno. Tras el estupor, Baltasar lo retomó en su mano, con cierta precaución. La leyenda había desaparecido. My sweet Martha se había esfumado como por arte de birlibirloque.

Baltasar no satisfecho decidió abrir otro de ellos, que figuraba como Mam´s dead, de color verde turquesa. Repitió la operación, e igualmente sin saber cómo se abrió el tarro produciendo un sonido similar al anterior. Baltasar, que había cubierto su cara y sus ojos con la camisa roída que casi se había fundido con su piel tostada, encontró un gas ligeramente dulce y sabroso al paladar, que le produjo una extraña sensación de paella bien guisada.

Absorto en sus pensamientos volvió sus pasos al interior de la cueva, se quedó un rato meditando, sin comprender nada. Envuelto en estos pensamientos irreconciliables, fijo la mirada más allá al interior de la cueva, y reconoció el perfil de otro baúl muy similar al anterior. Sorteando el primero corrió hacía el otro cofre, menos enterrado y en mejor estado si cabe que el otro. Consiguió arrastrarlo hasta el atrio de la cueva, donde la luz del día permitió, empapado en sudor y asombro, leer su propio nombre troquelado sobre la cubierta: B. Enriquez Catarroja. No había duda. Ese baúl tosco llevaba su nombre. Tiritando, nervioso, torpe y espeso trató de abrir infructuosamente el cofre. Llegó a voltearlo, haciendo acopio de fuerza, escuchando el tintineo de frascos que chocan en su interior. En el tejido del baúl, que al volcarlo había dejado al descubierto la cara inferior, se leía:

“Nadie puede abrir, en un acto verosímil, el cofre de sus propios recuerdos.”

Y en una segunda línea:

“Nadie puede recordar verazmente la esencia de los recuerdos ajenos.”

Baltasar abrazó el cofre como quien abraza la almohada tras un abandono, lloró, esta vez si fluyeron lágrimas por sus ojos.

Una expedición científica toma tierra en la costa norte de la Isla del Olvido, titulaba el diario de mayor tirada nacional, y haya un naufrago abrazado a una pequeña barca de remos en la orilla.