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Besos y/o abrazos.

sábado, 23 de junio de 2007

4 DE ABRIL

No quiero poner tu nombre a una ola
Que rápido vino de lejos
Que beso mi orilla
Que llenó mi pecho de espuma
Que abrazó un instante la arena
Que pronto volvió al mar, su casa
Que se fundió en un mar revuelto
Y se perdió en el horizonte





Prefiero dárselo a la marea
Que sigue fiel a la luna
Que lleva toda el agua consigo y la devuelve
Que hace mar lo que fue tierra
Que no hace ruido y atrapa
Que desnuda y viste las rocas cada vez
Que no tiene prisa
Y que siempre llega, aun dormida.

Esperanza y Expectativa

A veces utilizamos esperanza y expectativa de forma indiferente. Las definiciones primeras apenas aclaran en una lectura somera la diferencia. Quizá esperanza tenga una connotación más subjetiva, más intuitiva de posibilidad lo que nos provoca un estado de ánimo, mientras que la expectativa parece objetivamente razonable.

Quizá, estas ideas permitan profundizar en la diferencia.

EXPECTATIVA

Es la expectativa la posibilidad razonable de que algo suceda..
Es concreta, se basa en datos y deducciones, análisis e interpretaciones.

Es finita mira cerca en el espacio y el tiempo. Tiene fecha de caducidad.
Parte de una suposición
Es personal, lo que se debe cumplir, lo que quiero que se cumpla.
Es intransferible, aunque se puede producir simultáneamente entre varios individuos.
Va de dentro a fuera, lo que elaboro se contrasta con lo que es.

Llegado un momento, no depende de uno, sino del paso del tiempo.

Parte de certezas subjetivas
Se verifica.
Permite pocas alternativas para ser satisfecha
Su incumplimiento conduce a la frustración
Convierte a la esperanza en lo concreto y la aniquila.
Nos aliena cuando obliga a la realidad a ser como nosotros queremos que sea y esto, como casi siempre, no ocurre.


ESPERANZA

Es la esperanza el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
Camina sin hitos hacia un horizonte al que uno cree aproximarse sin identificar sus formas concretas y que se nutre de pequeñas pistas subjetivas que animan la ilusión.
Tiende a infinito mira lejos en el espacio y en el tiempo. Puede durar toda la vida.
Parte del deseo
Puede colectivizarse, un deseo colectivo que algún día llegará.
Puede pasar de generación a generación.
Va de fuera a dentro. Lo que percibo me hace elaborar un deseo diferente.
Requiere un compromiso activo, exige participación permanente para que se realice.
Cuenta con pocas certezas
Es difícil de evaluar
Admite varios caminos para ser cumplida
Su incumplimiento conduce a la desilusión
Relaja la rigidez de la expectativa y la relativiza.
Es alienante cuando únicamente nos traslada a una realidad diferente en la ensoñación, dejando de transformar la realidad vivida.

jueves, 21 de junio de 2007



domingo, 17 de junio de 2007

MARTA Y KARIM (Expectativa y Esperanza)

La madre de Karím Rojas no llegó a conocer a su hijo. En el mismo momento que él vio la luz ella le entregó el testigo de la vida que se escapaba tiñendo de sangre todas las sábanas hervidas con que le asistió la partera de Villa el Salvador. Karím Rojas por parte de madre y Rojas nuevamente por parte de madre, pues al igual que muchos de sus vecinos era de padre no conocido, nacía huérfano. Rosita, su abuela, que bajó de la sierra a Lima con su esposo y sus siete hijos sobrevivientes, adoptaría a Karim como hijo propio.

El padre de Marta Bermejo estaba feliz. Por fin, el tercer de sus vástagos era niña. La cara se le iluminaba al recibir de la matrona el cuerpecito recién lavado de Marta. Su madre, exhausta aun por el trance. Sus dos hermanos entre el asombro y la ternura. A los pocos días el mirador de la casa hervía en rosas rojas llegadas de todos los rincones, no en vano los múltiples viajes de su padre y su carácter firme pero afable le proporcionaba un elenco de amigos incluso al otro lado del Mediterráneo..

Karím pronto tuvo que dejar los estudios, y eso que no se le daba mal. Con gran disgusto de su profesor recogió el último boletín de notas y retiró su expediente que no conoció el reprobado. La crisis económica que vivía El Perú causaba estragos entre los habitantes de Villa el Salvador, que sobre la arena trataban de cambiar el mimbre de sus viviendas por ladrillo y calamita. La abuela Rosita, ya viuda y castigada por la vida y por la edad no podía seguir trasportando el agua diaria, y a lo último, por culpa de la artrosis, siquiera podía tejer sus textiles artesanías con las que daba de comer a su nieto.
Así con 13 años Karim Rojas empezó a trabajar haciendo recados, limpiando zapatos, ayudando en la construcción. A los 16 un vecino, casi un compadre, incapacitado para siempre por una caída, le contrató para llevar su moto-taxi. Desde entonces el muchacho recorría de arriba abajo, de abajo arriba las calles de Villa el Salvador gritando a su paso, porteando bultos, acortando las distancias sin sombra de las muchas cuadras. De lo que ganaba apartaba un poco para techar en condiciones la casa, que se embarraba con los charcos al llover, y sobre todo, para aportar su granito de arena a la comunidad y llevar el agua potable y el alcantarillado hasta cada casa en el sector. Era un plan vecinal en el que cada familia aportaba una parte, dentro de sus posibilidades, y Karim quería ser generoso. Imaginaba la calle limpia, un caño en la cocina por el que abriendo la llave, como una fuente, corriese un limpio y abundante chorro cristalino y no necesitase comprarla a la cisterna o caminar varios kilómetros para acarrearla cuando no llegaban los soles para pagarla. Se imaginaba, cuando llevaba su moto-taxi saltando entre las piedras, que corría por grandes avenidas asfaltadas en un gran taxi amarillo en el que llevaba a su abuelita a ver las vitrinas de la capital. Juntando las monedas esperaba alcanzar lo suficiente para poco a poco ir haciendo real su sueño.

Marta Bermejo era una alumna aplicada. Terminó la secundaria siendo premio extraordinario al mejor expediente académico. No olvidaba las palabras de su último tutor cuando al entregarle el premio le dijo: “acuérdate de mi cuando seas ministra” Para sus padres Marta era el faro que debía guiar a sus dos hermanos mayores, más vividores y menos aplicados. La carrera de Derecho le tuvo cinco años centrada y concentrada en sus estudios, pasaba las tardes de verano en el cenador del jardín de su casa hasta que no quedaba luz, preparando el curso venidero.
En invierno, tras el cristal de su habitación contemplaba como el viento agitaba con fuerza los cipreses y despoblaba las últimas hojas rezagadas de los sauces. Su padre le tomaba las lecciones que ella recitaba cuidadosamente. Marta quería ser Juez, y para ello tenía que ejercitarse en oratoria desde pronto. Había recibido en herencia un sentido profundo de la disciplina y de la justicia, y ella, que tenía fe en si misma, se imaginaba, perdiendo la mirada entre las monótonas letras de sus voluminosos libros de texto, vistiendo su toga negra bien planchada y alzando la voz: “visto para sentencia” poniéndose en pie con dignidad. Otras veces se angustiaba y su cara se llenaba de granitos que no paraba de manosearse y rascarse hasta hacerse heridas. Apenas tenía vida social, más allá de su familia y su gran amiga Elena, cómplice de sus pensamientos más transgresores y sumidero de sus obsesiones. A Marta y a Elena les unían no sólo los estudios, sino estar enamoradas a la vez de Eduardo, y nunca confesarlo.
Eduardo era atractivo, alegre, deportista, tenía una inteligencia natural que como es propio no le animaba mucho a esforzarse en lo académico sino a creatividad y el ingenio, lo que le hacía prácticamente inaccesible. Elena lo imaginaba acariciando sus mechones, cediéndole cortésmente el paso, abrumándola con regalos exclusivos, sintiéndose protegida en cada azar. Eduardo habitaba ya en esos días en su corazón.

La cancha se transformaba los domingos en un verdadero, aunque humilde, estadio de fútbol. Todos los muchachos de la cuadra medían sus virtudes en cada pase, en cada penalti o en cada gol imaginando ser cualquiera de las estrellas de ese firmamento mundial que era, además, el deporte nacional. Karim derrochaba energía en los encuentros, y terminaba cada partido con un montón de abrazos cosechados en cada gol y algún que otro moratón en las canillas. Las muchachas asistían en grupos, poco atentas al enfrentamiento, y más a las acrobacias de sus admirados oficiales. Karim sentía atracción por las muchachas, por todas decía él a sus colegas, y posiblemente por todas era correspondido. Su sonrisa y sobre todo su mirada rasgada era capaz de seducir hasta los árbitros de turno que despachaban condescendencia en alguna que otra dura entrada. Quería casarse, pronto, para formar la familia que él no tuvo. Notaba el peso de los besos que aun no había dado y deseaba aliviar esta carga entre los brazos de cualquiera de aquellas espectadoras de domingo. El desparpajo con sus pares contrastaba en cambio con su timidez con las mujeres.

Los exámenes se sucedían, y los éxitos consecuentes. Marta Bermejo con el paso de los años fue revistiéndose de una belleza, y ante todo de un porte admirable. Era solemne. Su presencia en las fiestas familiares, controvertido oasis de desgana y relaciones para la joven, captaba las miradas de los asistentes. Incluso de Eduardo, que al fin resultó ser un pariente lejano. Estos momentos eran las únicas licencias que se permitía volcada ya como estaba preparando las oposiciones. Después vertía sus suspiros entre el derecho administrativo y el procesal recordando sus conversaciones con Eduardo, música de piano en el ambiente fresco del jardín, tratando de extraer de ellas una guía que alimentase el sueño de ser amante. Dos años antes de la fecha programada para su primera prueba opositora que superó holgadamente, Marta enamoró a Eduardo. Pagó el precio de la distancia y la rabia no expresada de Elena. Y Elena fue olvido. Meses después anunció a su familia el noviazgo. Su padre, conteniendo su contrariedad, felicitó a su hija previniéndole sobre la vigilancia que Marta debía mantener para no alterar su preparación para Juez. El primer año de relación se fue moteando de discusiones y reconciliaciones. Aquel muchacho ingenioso, atractivo, amable y educado provocaba constantemente los celos perniciosos en la joven. Las virtudes del apuesto varón se difuminaban en ella al no contar con la dedicación exclusiva. No toleraba el nombre de ninguna otra en sus labios. El segundo año fue todo un tormento bajo su piel, hasta que decidió la abrupta ruptura al confirmar sus temores ancestrales. Eduardo sorprendido con Elena en actitud amatoria. ¿Fueron sus temores aviso o causa de aquella infidelidad? Sólo lo sabe la vida y quizá Eduardo.

Un día la esperanza de Karim se hizo carne, y una de las muchachas con las que flirteaba le atribuyó un embarazo. No lo dudó. No se sabe si por él o por que era lo propio, y en dos meses el vecindario celebraba la gran fiesta matrimonial. Él estaba feliz. No había imaginado el camino, pero ahí estaba, fundando la familia que tantas noches había soñado, y además su abuela, ya encamada para siempre, contaría con compañía permanente bajo el techo. No iba a ser fácil, de dos ahora eran cuatro las bocas que habría que mantener. Las horas de moto-taxi se multiplicaron, apenas veía a su mujer, a la que fue queriendo con el tiempo ni a su hijo en quien proyectaba todos sus sueños, pero los momentos de encuentro eran de profunda intensidad. Todos cantaban lo mucho que se querían.

La ruptura con Eduardo aisló más a Marta en sus oposiciones. Las horas frente al escritorio aumentaron considerablemente, innecesarios los descansos para el paseo con su exnovio. El aliento de sus padres, e incluso de sus hermanos, impidieron que Marta perdiese la cabeza y la cercanía de sus pruebas le permitió un empujón adicional que aseguró su éxito. Tras cuatro exámenes interminables, y dos años eternos, Marta había obtenido el segundo puesto en las oposiciones. Por fin se vestiría de Toga, y además podría elegir el lugar. Esos días fueron fiesta ininterrumpida en el chalet de Villaviciosa. Marta y casi con la misma intensidad su padre, habían cumplido su sueño.

Esa noche el viento golpeaba los cuatro costados de la casa. Fuerte, húmedo, oscuro. La mamá abrazaba a su hijo en el cuarto de la abuela tratando de calmarlo. Lo agitaba arriba abajo entre sus brazos, como ronroneando ansiosamente para ello. El golpe en la puerta no parecía diferente a los maltratos del viento, por lo que Gustavo, íntimo de Karim se tomó la licencia de cruzar el umbral de la puerta sin escuchar el permiso. Venía agitado, más que la noche si cabe. Tras sus primeras palabras sólo hubo llanto y abrazos apegados. Gustavo relataba entre suspiros el accidente que en esa noche oscura había segado la vida de Karim.

La ambulancia tardó en llegar, y eterno se hacía el tiempo del traslado al hospital de Getafe. El sol rasgaba la mañana tímidamente. Marta ingresó ya cadáver. ¡No es justo!, eran las únicas palabra que podía pronunciar en gritos su padre. El rostro enjuto, la mirada ausente, rotos de lágrimas toda la familia asistía incrédula a la sentencia del doctor. Un infarto. Ha sido un infarto fulminante. Marta Bermejo resultó ser mujer de corazón frágil. El desgaste de los últimos años, el esfuerzo de los últimos días, el temor de la investidura trenzaron la soga con la que se le fue la vida.

Toda la comuna fue convocada sobre la colina en la que se estableció hace años el cementerio provisional. Hacía unas semanas que Sendero había volado nuevamente la tumba de Madre Coraje, Maria Elena. Ahora Karím, que no conoció su madre, yacía a escasos metros de aquella madre de todos. Su hijo depositó una rosa blanca sobre la piedra sin inscripción que sellaba la tumba de Karim Rojas. Esa tarde se reunían los vecinos con la municipalidad para acordar el trazado de la acometida de agua. La abuela, la mujer y el hijo de Karim beberían agua de la llave, en su propia casa.

El césped convertía en pradera aquella loma seria del cementerio “El descanso” Allí, para despedir a Marta habían sido convocados la familia en pleno, amigos y amigos de amigos, hasta el propio Eduardo, que de verdad la quería, aun incluso. Nadie se atrevía a hablar, por no romper el silencio sostenido. Alguno dejó de creer en Dios aquel día. Los operarios del cementerio colocaron sobre la lápida el sin fin de coronas de flores que clamaban el sufrimiento de la comitiva. Una semana después llegó al domicilio de los Bermejo una carta oficial en la que confirmaban la plaza solicitada por Marta en la Audiencia Provincial Penal de Madrid.



Es la esperanza el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.

Es la expectativa la posibilidad razonable de que algo suceda.

domingo, 10 de junio de 2007

Posiblemente te quiera

Hoy no sé que me ocurre que todo es blando
Yo estoy blando, el aire está blando,
Mis manos blandas, como mi pensamiento.

Creo que es porque te quiero.
Sólo sé eso, que te quiero.
Es cierto, te quiero.

No sé como decirte algo tan sencillo como eso,
Para no asustarte, para que no te alejes.
Para no dormirte sin acunarte.

Tú lo sabes, te quiero, y tú lo dices, te quiero.

¿Entonces por qué todo es blando?

Será porque no estás,
por nuestra distancia cercana,
o porque estás,
por nuestra cercana distancia.

Mira que te quiero, te quiero, te quiero,
Y me faltan te quieros para decirte

Te quiero de día cuando amanezco,
De tarde, cuando descanso,
De noche, cuando me acuesto.

A veces, incluso pienso que te quiero,
Y me da la risa.
Y me acuerdo de tu risa, y entonces
Pienso que te quiero.

Ni siquiera el instante fugaz de un beso
Me deja olvidar que te quiero.
Ni por un fugaz te quiero de tus labios
Podría olvidar que te estoy queriendo.

Blandos son tus labios, y blando es tu cuerpo
Blando mi corazón y mis pensamientos.

Sólo sé que te estoy queriendo.
Mucho. Sí, mucho.
Aunque no sé que es mucho,
Ni sé que es Te quiero.

martes, 5 de junio de 2007

La Komuna (Transición)

En unos días no habrá velas encendidas, no habrá.
Necesito todo el aire.
Pero seguirán los ecos del golpeteo del agua, en la fuente, entre los peces.
Alguna melodía sí.
Sonará, a lo lejos, o de cerca, la de siempre u otra, con otro son.
Los silencios tendrán otro sabor, y las palabras otra melodía,
pero serán igual silencios, y palabras.
Muchas palabras, más palabras, por favor, más palabras.
Los abrazos, los besos de entrada, de salida, o del discurrir, serán más besos.
Con los ojos hablaremos lo que de otros modos no encontramos.
El tiempo será el que marque los ritmos, los acordes de nuestro encuentro.
Y el tiempo será invierno.
Luego primavera, y hasta verano, antes del otoño, que se desnudará de nuevo en otro invierno y siempre será así,
hasta que deje de serlo.
Serán un poco menores las ausencias, y más grandes las presencias,
incluida la suya, incluida la mía.
Saldrán a borbotones las ideas, los humores, durante un instante de un reloj, durante un incierto estar, un cierto fue.
Volveremos, cada concluir del día, a saciar los apetitos renovados,
que retornarán,
por escogidos que sean los alimentos compartidos y repartidos.
Es efímera el hambre, efímera la saciedad.
Cada vez, también, ensalivaremos nuevas uvas fermentadas, de aquí, de allá, de entonces y de hoy, aprendices de sumilleres.
Y seguiremos llevándonos al final, concluido en sí un pedacito de vida más, cada uno a su rincón, su fiel soledad.
Pero no por ello dejarán de ser nuestros días, nuestras noches, nuestros tiempos, formando en el presente ya un recuerdo, echándonos, incluso, un poquito de menos.

lunes, 4 de junio de 2007

Un sueño curioso

Hoy me he levantado a las diez y media.
Mucho antes que otros sábados y obviamente antes de las once y once, la primera hora de dos dígitos y ninguno de ellos el cero, que es la consigna que doy a la gente que me conoce para que no me llame antes al telefono los fines de semana.
He amanecido descansado, con Bruja, mi gata, subida sobre mi espalda al darse cuenta de que ya me había despertado. En la misma posición en que había dormido, con los ojos aun cerrados, pero traspasado el umbral del estado inconsciente al consciente. La sensación era de libertad frente a todo un día por delante, y de un cierto sabor intenso a vida, tras un extraño pero significativo sueño.

Recordaba con claridad el sueño, posiblemente el último de cuantos esta noche habré soñado. Rememoro sus imágenes intensas y de color.

Alguien me había encargado cambiar de lugar los libros de la biblioteca. Alguien con capacidad para poder tomar esa decisión, y sobre todo para infundir en mi la convicción de que aquello, independientemente del sentido que tuviese hacerlo, podía y debía hacerlo. Era una instrucción, y en mi estaba la responsabilidad de realizarla, la capacidad y la autoridad delegada.

Era mi colegio. El colegio en el que cursé toda la enseñanza primaria y la secundaria, todo mi tiempo escolar. No recuerdo el rostro ni la persona que me confirió tal cometido. Yo, ya ajeno a la vida de aquel centro, recuerdo que mi referencia topográfica me hacía dirigir la mirada y el pensamiento, dentro del propio sueño, a mi casa al lado de la plaza de toros, al noroeste de Madrid, como indicándome a mi misco cual era mi verdadero sitio.
Había mostrado mi voluntad de colaborar desinteresadamente con el centro dedicando un tiempo, haciendo algo, un voluntariado en él. No gozaba con la sensación de pertenencia, ni a la comunidad escolar, ajena a mi en ese momento, ni a ningún colectivo vinculado a la labor social. Sin embargo, independientemente del pasado emocional que me unía al colegio, hay otros vínculos difusos que si que aparecen con significado en el sueño.

Era un día luminoso, de claridad, color, espacio tridimensional, sombras y cielo azul. Me recuerdo en el sueño atravesando los patios donde jugábamos, o jugaban, pues yo no era muy aficionado a ello, al fútbol en los recreos y tras el tiempo de comer hasta el inicio de las clases de la tarde.
Aparezco, sin concluir el tránsito, en la plaza de la Iglesia. Ésta si la visualizo con claridad, lo mismo que el puesto de Tomás, un pequeño kiosko donde Tomás, quizá el personaje más permanente de aquel periodo escolar, vendía bocadillos, helados, palmeras de chocolate y perritos calientes, además de constituir un pequeño club de privilegiados, generalmente los más gamberros del colegio, que se congregaban en su interior. Digo el personaje más permanente pues los profesores cambiaban con el paso de los cursos, incluso los curas pasado el tiempo desaparecían, pero Tomas estaba siempre allí. Nunca tuve más contacto con el que el comercial que le era propio, aunque sí escuché comentarios con su selecto club, que me proporcionaban una fuente de realidad muy en contraste con la norma y las enseñanzas de los profesores. Era, de algún modo una puerta abierta a otra realidad que existía, evidentemente que existía, pero que para mi era completamente ajena e imperceptible en el recorrido de mi casa al colegio, del colegio a mi casa o de mis fines de semana y vacaciones en la sierra.

La iglesia era el centro del Colegio. Creo que arquitectónicamente aún lo sigue siendo, pero con un valor simbólico bastante diferente a cómo era entonces.

Delante de la Iglesia, en el sueño aparece, a modo de invernadero, es decir como una estructura de cristal pero sin cerrar, dejando o por lo menos dando la sensación de estar con un lateral abierto, y dos medios paneles, igualmente acristalados a los lados. Una especie de semi-local, con la falsa sensación de estar al aire libre, pero bajo protección.

Había mucha gente por todos los lados, y de todas las edades. La imagen estática de una de las salidas del colegio, casi como un camino en pendiente, por el lado izquierdo, como si fuese una puerta de servicio, aparece en el sueño como un escenario firme, recurrente. Una posoble huída.

Estoy en esa especie de semi invernadero, de cristales muy transparentes, sin calor. Ante mi hay un mostrador, de melamina marrón veteado, y tras el un grupo numeroso de chicas, todo chicas jóvenes, escolares, que se mueven de un lado para otro, excepto un par de ellas que permanecen sentadas. Parece que son las que mandan dentro y fuera de allí entre sus pares. Me parecen todas muy pijas. Incluso un par de niños que pasan por la estancia, me parecen pijos.
Me dirijo a una de las chicas, que permanece sentada, con cierta sensación de no pertenencia a aquel colectivo, pero con una misión concreta, un objetivo transmitido por ese poder que no aparece personificado en el sueño. Indico a la chica que tengo que trasladar los libros de la biblioteca al espacio que hay entre la Iglesia y el puesto de Tomás. Ese espacio está lleno de gente que pasea, un pequeño murete bajo de grandes piedras desgastadas proporciona la pequeña verticalidad en el fondo de aquel espacio, sobre el que se inclina, retenida, una cuesta sembrada de lirios sin flor aun, y colmada por una hilera de pequeños árboles, acaso olmos, que delimitan el territorio del colegio, ahí arriba, de la calle de todos.
Tengo la sensación de que aquella interlocutora no es la persona indicada para comentarle mi misión, pero no alcanzo a imaginar a nadie más a quien decirlo. A su izquierda hay otra chica, de pelo casi rubio, más bien castaño claro, y de tez blanca nacarada, que no para de hablar con unos y con otros, también desde su silla. Más pija si cabe que el resto, y posiblemente en el último curso de bachillerato. Reclamo su atención, que me dispensa por unos instantes, antes de responder a otra persona, ante lo cual le dirijo un par de frases que sólo recuerdo impositivas, algo así como que transmitiese “Le estoy hablando, haga el favor de prestarme la atención que merezco y no atender otras solicitudes procedentes de otras personas”, quizá: “¿No se da cuenta que le estoy hablando?" una especie de regañina por interrumpir mi exposición. En ese instante tengo la sensación de que no están reconociendo mi autoridad. (Estas no saben quien soy yo y se me escapa en el sueño una leve reflexión: ¿quién soy yo?) Realmente me doy cuenta de que pare ellas, por mucha misión voluntaria que me haya encomendado la autoridad sin rostro, no soy nadie, un extraño. Como veo que siguen sin proporcionarme el reconocimiento que creo merecer, les indico, a estas dos adolescentes y el conjunto de otras chicas que a un lado y a otro del mostrador revolotean, que soy el hermano de Don Javier. Mi hermano, es profesor del colegio, y creo que bien conocido y bien reconocido.

Es cierto que el rostro de ellas releja una luz diferente ante esta posible identificación, parece que ya me sitúan en algún contexto, pero no por ello me prestan más atención. Me dejan, sin embargo, explicarles que es lo que quiero hacer. Me doy cuenta al hacerlo, que en el fondo la misión es un poco absurda. Trasladar los libros de la biblioteca, una sala amplia bien habilitada para ser biblioteca a un espacio exterior en el cual no estaba prevista la construcción ni siquiera de un techo o similar. En medio de esta conversación me imaginaba trasladando las estanterías metálicas, este tipo de estanterías de hágalo usted mismo, frágiles, grises, frías con el convencimiento de estar haciendo algo realmente sin sentido, pero con la sensación de estar cumpliendo una instrucción, y lo relajante que en esa recreación el hecho me suponía. Al tiempo me imaginaba haciendo solo aquel tedioso traslado, lo que añadía más absurda complacencia.

Reivindicar mi fraternal relación con aquel supuesto joven, cortés y dinámico profesor no me situó en una posición más convincente, ni siquiera percibí el reconocimiento esperado, no me hacían caso.

Sin embargo, poco después y sin transición, si sentí ese poder por un instante.

Una sombra enorme surcó el cielo, a mi izquierda, y por el rabillo del ojo reconocí la silueta de un avión enorme que caía del cielo, apenas a unos centenares de metros del colegio, ahora pensando como si cayese sobre el edificio de Telecomunicaciones en la plaza de Cibeles. Esa fracción de segundo que distó entre lo que pude percibir de soslayo y la bocanada de humo, fuego y un estruendo ensordecedor que le siguió me llenó de poder. Anticipé el hecho al corrillo de chicas que se encontraban delante mía. Anticipar el hecho que estaba ocurriendo, aunque fuese con nula capacidad para intervenir en él, mucho menos evitar sus consecuencias, me otorgó el privilegio del conocimiento previo, de la información caliente de lo que iba a pasar, de la pre-visión pues así se lo transmití a las chicas, las cuales en el intervalo que transcurrió entre lo que les describí y lo que posteriormente confirmaron apenas pudieron abrir la boca. Que la comunicación que transmití fuese el anuncio de una gran catástrofe sobredimensionaba el poder de la noticia y por lo tanto, mi poder.

Cuando ya era un hecho, el avión estrellado en pleno centro de Madrid, el fuego empezaba a avanzar a velocidad de vértigo, y se sucedió otra explosión, de menor calibre, pero de mayor impacto para quienes dirigíamos la mirada hacia la izquierda. La Torre de Valencia, que siempre había presidido la línea del cielo en mi tiempo escolar, esta vez, y no se por qué, teñida de un color azul marino intenso, vivo, sombreado, se desmoronaba como si se tratase de una pieza de dominó en aquella vorágine de ruidos humo y llamas. En ese momento la gente empezó a correr y gritar en todas direcciones. Por un segundo dirigí mi naciente carrera hacia la salida, que antes fue entrada oficial al Colegio por el lado del retiro, para poner a salvo el coche que había aparcado allí. Era el 206 que compré a mi cuñado hace unos años. En la imagen de ese momento en el auto gris-marrón presidía el solemne rozón que un día le hice en un costado con un bolardo municipal.

Sólo fue por un momento, enseguida cambié la dirección de mi carrera para ir hacia los patios, también aceleradamente, y con el pensamiento fugaz de que entre huir y salvar el coche sólo había una opción y tenía que decidir. Sin transición había optado por salvarme, corriendo hacía los patios, con la certeza de haber tomado la decisión adecuada.

El sueño se interrumpe con esta sensación de decisión correcta y huida entre el amplio espacio de los patios. Al fondo los edificios de Doctor Esquerdo ajeno a lo que está pasando simbolizan un horizonte de tierra segura.

domingo, 3 de junio de 2007

A modo de introducción

Hola a tod@s,
Había algunas sugerencias, tenía algunas intenciones, pero no daba el paso. Temo crearme dependencias, y esta puede llegar a ser una. Estar a la altura, aportar con la frecuencia necesaria novedades, abrir determinadas reflexiones, creencias y opiniones a un espacio más anónimo y más universal, sujeto a la crítica por ello, construían en mi un cierto bloqueo, y una cierta pereza. Ahora, sin embargo, aprendiendo a dejar las cosas cuando ya no me interesan, dejando en un plano inferior la fidelidad a lo emprendido sobre la voluntad y la apetencia o incluiso la conveniencia, liberado de las cadenas del pasado construido, me apetece.
Tengo costumbre de contarme por escrito bastantes cosas, incluso algunas que de otra manera no sabría ponerlas en el lenguaje. Casi siempre las conservo, y algunas veces me las leo. Pocas, una minoría, las he leido en voz alta, o las he compartido en ciertos espacios y foros.
En este espacio quiero poner algunas de ellas. Nuevas, antiguas, abiertas, cerradas reflexiones e historias. Son para compartir. Es un experimento.