La madre de Karím Rojas no llegó a conocer a su hijo. En el mismo momento que él vio la luz ella le entregó el testigo de la vida que se escapaba tiñendo de sangre todas las sábanas hervidas con que le asistió la partera de Villa el Salvador. Karím Rojas por parte de madre y Rojas nuevamente por parte de madre, pues al igual que muchos de sus vecinos era de padre no conocido, nacía huérfano. Rosita, su abuela, que bajó de la sierra a Lima con su esposo y sus siete hijos sobrevivientes, adoptaría a Karim como hijo propio.
El padre de Marta Bermejo estaba feliz. Por fin, el tercer de sus vástagos era niña. La cara se le iluminaba al recibir de la matrona el cuerpecito recién lavado de Marta. Su madre, exhausta aun por el trance. Sus dos hermanos entre el asombro y la ternura. A los pocos días el mirador de la casa hervía en rosas rojas llegadas de todos los rincones, no en vano los múltiples viajes de su padre y su carácter firme pero afable le proporcionaba un elenco de amigos incluso al otro lado del Mediterráneo..
Karím pronto tuvo que dejar los estudios, y eso que no se le daba mal. Con gran disgusto de su profesor recogió el último boletín de notas y retiró su expediente que no conoció el reprobado. La crisis económica que vivía El Perú causaba estragos entre los habitantes de Villa el Salvador, que sobre la arena trataban de cambiar el mimbre de sus viviendas por ladrillo y calamita. La abuela Rosita, ya viuda y castigada por la vida y por la edad no podía seguir trasportando el agua diaria, y a lo último, por culpa de la artrosis, siquiera podía tejer sus textiles artesanías con las que daba de comer a su nieto.
Así con 13 años Karim Rojas empezó a trabajar haciendo recados, limpiando zapatos, ayudando en la construcción. A los 16 un vecino, casi un compadre, incapacitado para siempre por una caída, le contrató para llevar su moto-taxi. Desde entonces el muchacho recorría de arriba abajo, de abajo arriba las calles de Villa el Salvador gritando a su paso, porteando bultos, acortando las distancias sin sombra de las muchas cuadras. De lo que ganaba apartaba un poco para techar en condiciones la casa, que se embarraba con los charcos al llover, y sobre todo, para aportar su granito de arena a la comunidad y llevar el agua potable y el alcantarillado hasta cada casa en el sector. Era un plan vecinal en el que cada familia aportaba una parte, dentro de sus posibilidades, y Karim quería ser generoso. Imaginaba la calle limpia, un caño en la cocina por el que abriendo la llave, como una fuente, corriese un limpio y abundante chorro cristalino y no necesitase comprarla a la cisterna o caminar varios kilómetros para acarrearla cuando no llegaban los soles para pagarla. Se imaginaba, cuando llevaba su moto-taxi saltando entre las piedras, que corría por grandes avenidas asfaltadas en un gran taxi amarillo en el que llevaba a su abuelita a ver las vitrinas de la capital. Juntando las monedas esperaba alcanzar lo suficiente para poco a poco ir haciendo real su sueño.
Marta Bermejo era una alumna aplicada. Terminó la secundaria siendo premio extraordinario al mejor expediente académico. No olvidaba las palabras de su último tutor cuando al entregarle el premio le dijo: “acuérdate de mi cuando seas ministra” Para sus padres Marta era el faro que debía guiar a sus dos hermanos mayores, más vividores y menos aplicados. La carrera de Derecho le tuvo cinco años centrada y concentrada en sus estudios, pasaba las tardes de verano en el cenador del jardín de su casa hasta que no quedaba luz, preparando el curso venidero.
En invierno, tras el cristal de su habitación contemplaba como el viento agitaba con fuerza los cipreses y despoblaba las últimas hojas rezagadas de los sauces. Su padre le tomaba las lecciones que ella recitaba cuidadosamente. Marta quería ser Juez, y para ello tenía que ejercitarse en oratoria desde pronto. Había recibido en herencia un sentido profundo de la disciplina y de la justicia, y ella, que tenía fe en si misma, se imaginaba, perdiendo la mirada entre las monótonas letras de sus voluminosos libros de texto, vistiendo su toga negra bien planchada y alzando la voz: “visto para sentencia” poniéndose en pie con dignidad. Otras veces se angustiaba y su cara se llenaba de granitos que no paraba de manosearse y rascarse hasta hacerse heridas. Apenas tenía vida social, más allá de su familia y su gran amiga Elena, cómplice de sus pensamientos más transgresores y sumidero de sus obsesiones. A Marta y a Elena les unían no sólo los estudios, sino estar enamoradas a la vez de Eduardo, y nunca confesarlo.
Eduardo era atractivo, alegre, deportista, tenía una inteligencia natural que como es propio no le animaba mucho a esforzarse en lo académico sino a creatividad y el ingenio, lo que le hacía prácticamente inaccesible. Elena lo imaginaba acariciando sus mechones, cediéndole cortésmente el paso, abrumándola con regalos exclusivos, sintiéndose protegida en cada azar. Eduardo habitaba ya en esos días en su corazón.
La cancha se transformaba los domingos en un verdadero, aunque humilde, estadio de fútbol. Todos los muchachos de la cuadra medían sus virtudes en cada pase, en cada penalti o en cada gol imaginando ser cualquiera de las estrellas de ese firmamento mundial que era, además, el deporte nacional. Karim derrochaba energía en los encuentros, y terminaba cada partido con un montón de abrazos cosechados en cada gol y algún que otro moratón en las canillas. Las muchachas asistían en grupos, poco atentas al enfrentamiento, y más a las acrobacias de sus admirados oficiales. Karim sentía atracción por las muchachas, por todas decía él a sus colegas, y posiblemente por todas era correspondido. Su sonrisa y sobre todo su mirada rasgada era capaz de seducir hasta los árbitros de turno que despachaban condescendencia en alguna que otra dura entrada. Quería casarse, pronto, para formar la familia que él no tuvo. Notaba el peso de los besos que aun no había dado y deseaba aliviar esta carga entre los brazos de cualquiera de aquellas espectadoras de domingo. El desparpajo con sus pares contrastaba en cambio con su timidez con las mujeres.
Los exámenes se sucedían, y los éxitos consecuentes. Marta Bermejo con el paso de los años fue revistiéndose de una belleza, y ante todo de un porte admirable. Era solemne. Su presencia en las fiestas familiares, controvertido oasis de desgana y relaciones para la joven, captaba las miradas de los asistentes. Incluso de Eduardo, que al fin resultó ser un pariente lejano. Estos momentos eran las únicas licencias que se permitía volcada ya como estaba preparando las oposiciones. Después vertía sus suspiros entre el derecho administrativo y el procesal recordando sus conversaciones con Eduardo, música de piano en el ambiente fresco del jardín, tratando de extraer de ellas una guía que alimentase el sueño de ser amante. Dos años antes de la fecha programada para su primera prueba opositora que superó holgadamente, Marta enamoró a Eduardo. Pagó el precio de la distancia y la rabia no expresada de Elena. Y Elena fue olvido. Meses después anunció a su familia el noviazgo. Su padre, conteniendo su contrariedad, felicitó a su hija previniéndole sobre la vigilancia que Marta debía mantener para no alterar su preparación para Juez. El primer año de relación se fue moteando de discusiones y reconciliaciones. Aquel muchacho ingenioso, atractivo, amable y educado provocaba constantemente los celos perniciosos en la joven. Las virtudes del apuesto varón se difuminaban en ella al no contar con la dedicación exclusiva. No toleraba el nombre de ninguna otra en sus labios. El segundo año fue todo un tormento bajo su piel, hasta que decidió la abrupta ruptura al confirmar sus temores ancestrales. Eduardo sorprendido con Elena en actitud amatoria. ¿Fueron sus temores aviso o causa de aquella infidelidad? Sólo lo sabe la vida y quizá Eduardo.
Un día la esperanza de Karim se hizo carne, y una de las muchachas con las que flirteaba le atribuyó un embarazo. No lo dudó. No se sabe si por él o por que era lo propio, y en dos meses el vecindario celebraba la gran fiesta matrimonial. Él estaba feliz. No había imaginado el camino, pero ahí estaba, fundando la familia que tantas noches había soñado, y además su abuela, ya encamada para siempre, contaría con compañía permanente bajo el techo. No iba a ser fácil, de dos ahora eran cuatro las bocas que habría que mantener. Las horas de moto-taxi se multiplicaron, apenas veía a su mujer, a la que fue queriendo con el tiempo ni a su hijo en quien proyectaba todos sus sueños, pero los momentos de encuentro eran de profunda intensidad. Todos cantaban lo mucho que se querían.
La ruptura con Eduardo aisló más a Marta en sus oposiciones. Las horas frente al escritorio aumentaron considerablemente, innecesarios los descansos para el paseo con su exnovio. El aliento de sus padres, e incluso de sus hermanos, impidieron que Marta perdiese la cabeza y la cercanía de sus pruebas le permitió un empujón adicional que aseguró su éxito. Tras cuatro exámenes interminables, y dos años eternos, Marta había obtenido el segundo puesto en las oposiciones. Por fin se vestiría de Toga, y además podría elegir el lugar. Esos días fueron fiesta ininterrumpida en el chalet de Villaviciosa. Marta y casi con la misma intensidad su padre, habían cumplido su sueño.
Esa noche el viento golpeaba los cuatro costados de la casa. Fuerte, húmedo, oscuro. La mamá abrazaba a su hijo en el cuarto de la abuela tratando de calmarlo. Lo agitaba arriba abajo entre sus brazos, como ronroneando ansiosamente para ello. El golpe en la puerta no parecía diferente a los maltratos del viento, por lo que Gustavo, íntimo de Karim se tomó la licencia de cruzar el umbral de la puerta sin escuchar el permiso. Venía agitado, más que la noche si cabe. Tras sus primeras palabras sólo hubo llanto y abrazos apegados. Gustavo relataba entre suspiros el accidente que en esa noche oscura había segado la vida de Karim.
La ambulancia tardó en llegar, y eterno se hacía el tiempo del traslado al hospital de Getafe. El sol rasgaba la mañana tímidamente. Marta ingresó ya cadáver. ¡No es justo!, eran las únicas palabra que podía pronunciar en gritos su padre. El rostro enjuto, la mirada ausente, rotos de lágrimas toda la familia asistía incrédula a la sentencia del doctor. Un infarto. Ha sido un infarto fulminante. Marta Bermejo resultó ser mujer de corazón frágil. El desgaste de los últimos años, el esfuerzo de los últimos días, el temor de la investidura trenzaron la soga con la que se le fue la vida.
Toda la comuna fue convocada sobre la colina en la que se estableció hace años el cementerio provisional. Hacía unas semanas que Sendero había volado nuevamente la tumba de Madre Coraje, Maria Elena. Ahora Karím, que no conoció su madre, yacía a escasos metros de aquella madre de todos. Su hijo depositó una rosa blanca sobre la piedra sin inscripción que sellaba la tumba de Karim Rojas. Esa tarde se reunían los vecinos con la municipalidad para acordar el trazado de la acometida de agua. La abuela, la mujer y el hijo de Karim beberían agua de la llave, en su propia casa.
El césped convertía en pradera aquella loma seria del cementerio “El descanso” Allí, para despedir a Marta habían sido convocados la familia en pleno, amigos y amigos de amigos, hasta el propio Eduardo, que de verdad la quería, aun incluso. Nadie se atrevía a hablar, por no romper el silencio sostenido. Alguno dejó de creer en Dios aquel día. Los operarios del cementerio colocaron sobre la lápida el sin fin de coronas de flores que clamaban el sufrimiento de la comitiva. Una semana después llegó al domicilio de los Bermejo una carta oficial en la que confirmaban la plaza solicitada por Marta en la Audiencia Provincial Penal de Madrid.
Es la esperanza el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
Es la expectativa la posibilidad razonable de que algo suceda.
El padre de Marta Bermejo estaba feliz. Por fin, el tercer de sus vástagos era niña. La cara se le iluminaba al recibir de la matrona el cuerpecito recién lavado de Marta. Su madre, exhausta aun por el trance. Sus dos hermanos entre el asombro y la ternura. A los pocos días el mirador de la casa hervía en rosas rojas llegadas de todos los rincones, no en vano los múltiples viajes de su padre y su carácter firme pero afable le proporcionaba un elenco de amigos incluso al otro lado del Mediterráneo..
Karím pronto tuvo que dejar los estudios, y eso que no se le daba mal. Con gran disgusto de su profesor recogió el último boletín de notas y retiró su expediente que no conoció el reprobado. La crisis económica que vivía El Perú causaba estragos entre los habitantes de Villa el Salvador, que sobre la arena trataban de cambiar el mimbre de sus viviendas por ladrillo y calamita. La abuela Rosita, ya viuda y castigada por la vida y por la edad no podía seguir trasportando el agua diaria, y a lo último, por culpa de la artrosis, siquiera podía tejer sus textiles artesanías con las que daba de comer a su nieto.
Así con 13 años Karim Rojas empezó a trabajar haciendo recados, limpiando zapatos, ayudando en la construcción. A los 16 un vecino, casi un compadre, incapacitado para siempre por una caída, le contrató para llevar su moto-taxi. Desde entonces el muchacho recorría de arriba abajo, de abajo arriba las calles de Villa el Salvador gritando a su paso, porteando bultos, acortando las distancias sin sombra de las muchas cuadras. De lo que ganaba apartaba un poco para techar en condiciones la casa, que se embarraba con los charcos al llover, y sobre todo, para aportar su granito de arena a la comunidad y llevar el agua potable y el alcantarillado hasta cada casa en el sector. Era un plan vecinal en el que cada familia aportaba una parte, dentro de sus posibilidades, y Karim quería ser generoso. Imaginaba la calle limpia, un caño en la cocina por el que abriendo la llave, como una fuente, corriese un limpio y abundante chorro cristalino y no necesitase comprarla a la cisterna o caminar varios kilómetros para acarrearla cuando no llegaban los soles para pagarla. Se imaginaba, cuando llevaba su moto-taxi saltando entre las piedras, que corría por grandes avenidas asfaltadas en un gran taxi amarillo en el que llevaba a su abuelita a ver las vitrinas de la capital. Juntando las monedas esperaba alcanzar lo suficiente para poco a poco ir haciendo real su sueño.
Marta Bermejo era una alumna aplicada. Terminó la secundaria siendo premio extraordinario al mejor expediente académico. No olvidaba las palabras de su último tutor cuando al entregarle el premio le dijo: “acuérdate de mi cuando seas ministra” Para sus padres Marta era el faro que debía guiar a sus dos hermanos mayores, más vividores y menos aplicados. La carrera de Derecho le tuvo cinco años centrada y concentrada en sus estudios, pasaba las tardes de verano en el cenador del jardín de su casa hasta que no quedaba luz, preparando el curso venidero.
En invierno, tras el cristal de su habitación contemplaba como el viento agitaba con fuerza los cipreses y despoblaba las últimas hojas rezagadas de los sauces. Su padre le tomaba las lecciones que ella recitaba cuidadosamente. Marta quería ser Juez, y para ello tenía que ejercitarse en oratoria desde pronto. Había recibido en herencia un sentido profundo de la disciplina y de la justicia, y ella, que tenía fe en si misma, se imaginaba, perdiendo la mirada entre las monótonas letras de sus voluminosos libros de texto, vistiendo su toga negra bien planchada y alzando la voz: “visto para sentencia” poniéndose en pie con dignidad. Otras veces se angustiaba y su cara se llenaba de granitos que no paraba de manosearse y rascarse hasta hacerse heridas. Apenas tenía vida social, más allá de su familia y su gran amiga Elena, cómplice de sus pensamientos más transgresores y sumidero de sus obsesiones. A Marta y a Elena les unían no sólo los estudios, sino estar enamoradas a la vez de Eduardo, y nunca confesarlo.
Eduardo era atractivo, alegre, deportista, tenía una inteligencia natural que como es propio no le animaba mucho a esforzarse en lo académico sino a creatividad y el ingenio, lo que le hacía prácticamente inaccesible. Elena lo imaginaba acariciando sus mechones, cediéndole cortésmente el paso, abrumándola con regalos exclusivos, sintiéndose protegida en cada azar. Eduardo habitaba ya en esos días en su corazón.
La cancha se transformaba los domingos en un verdadero, aunque humilde, estadio de fútbol. Todos los muchachos de la cuadra medían sus virtudes en cada pase, en cada penalti o en cada gol imaginando ser cualquiera de las estrellas de ese firmamento mundial que era, además, el deporte nacional. Karim derrochaba energía en los encuentros, y terminaba cada partido con un montón de abrazos cosechados en cada gol y algún que otro moratón en las canillas. Las muchachas asistían en grupos, poco atentas al enfrentamiento, y más a las acrobacias de sus admirados oficiales. Karim sentía atracción por las muchachas, por todas decía él a sus colegas, y posiblemente por todas era correspondido. Su sonrisa y sobre todo su mirada rasgada era capaz de seducir hasta los árbitros de turno que despachaban condescendencia en alguna que otra dura entrada. Quería casarse, pronto, para formar la familia que él no tuvo. Notaba el peso de los besos que aun no había dado y deseaba aliviar esta carga entre los brazos de cualquiera de aquellas espectadoras de domingo. El desparpajo con sus pares contrastaba en cambio con su timidez con las mujeres.
Los exámenes se sucedían, y los éxitos consecuentes. Marta Bermejo con el paso de los años fue revistiéndose de una belleza, y ante todo de un porte admirable. Era solemne. Su presencia en las fiestas familiares, controvertido oasis de desgana y relaciones para la joven, captaba las miradas de los asistentes. Incluso de Eduardo, que al fin resultó ser un pariente lejano. Estos momentos eran las únicas licencias que se permitía volcada ya como estaba preparando las oposiciones. Después vertía sus suspiros entre el derecho administrativo y el procesal recordando sus conversaciones con Eduardo, música de piano en el ambiente fresco del jardín, tratando de extraer de ellas una guía que alimentase el sueño de ser amante. Dos años antes de la fecha programada para su primera prueba opositora que superó holgadamente, Marta enamoró a Eduardo. Pagó el precio de la distancia y la rabia no expresada de Elena. Y Elena fue olvido. Meses después anunció a su familia el noviazgo. Su padre, conteniendo su contrariedad, felicitó a su hija previniéndole sobre la vigilancia que Marta debía mantener para no alterar su preparación para Juez. El primer año de relación se fue moteando de discusiones y reconciliaciones. Aquel muchacho ingenioso, atractivo, amable y educado provocaba constantemente los celos perniciosos en la joven. Las virtudes del apuesto varón se difuminaban en ella al no contar con la dedicación exclusiva. No toleraba el nombre de ninguna otra en sus labios. El segundo año fue todo un tormento bajo su piel, hasta que decidió la abrupta ruptura al confirmar sus temores ancestrales. Eduardo sorprendido con Elena en actitud amatoria. ¿Fueron sus temores aviso o causa de aquella infidelidad? Sólo lo sabe la vida y quizá Eduardo.
Un día la esperanza de Karim se hizo carne, y una de las muchachas con las que flirteaba le atribuyó un embarazo. No lo dudó. No se sabe si por él o por que era lo propio, y en dos meses el vecindario celebraba la gran fiesta matrimonial. Él estaba feliz. No había imaginado el camino, pero ahí estaba, fundando la familia que tantas noches había soñado, y además su abuela, ya encamada para siempre, contaría con compañía permanente bajo el techo. No iba a ser fácil, de dos ahora eran cuatro las bocas que habría que mantener. Las horas de moto-taxi se multiplicaron, apenas veía a su mujer, a la que fue queriendo con el tiempo ni a su hijo en quien proyectaba todos sus sueños, pero los momentos de encuentro eran de profunda intensidad. Todos cantaban lo mucho que se querían.
La ruptura con Eduardo aisló más a Marta en sus oposiciones. Las horas frente al escritorio aumentaron considerablemente, innecesarios los descansos para el paseo con su exnovio. El aliento de sus padres, e incluso de sus hermanos, impidieron que Marta perdiese la cabeza y la cercanía de sus pruebas le permitió un empujón adicional que aseguró su éxito. Tras cuatro exámenes interminables, y dos años eternos, Marta había obtenido el segundo puesto en las oposiciones. Por fin se vestiría de Toga, y además podría elegir el lugar. Esos días fueron fiesta ininterrumpida en el chalet de Villaviciosa. Marta y casi con la misma intensidad su padre, habían cumplido su sueño.
Esa noche el viento golpeaba los cuatro costados de la casa. Fuerte, húmedo, oscuro. La mamá abrazaba a su hijo en el cuarto de la abuela tratando de calmarlo. Lo agitaba arriba abajo entre sus brazos, como ronroneando ansiosamente para ello. El golpe en la puerta no parecía diferente a los maltratos del viento, por lo que Gustavo, íntimo de Karim se tomó la licencia de cruzar el umbral de la puerta sin escuchar el permiso. Venía agitado, más que la noche si cabe. Tras sus primeras palabras sólo hubo llanto y abrazos apegados. Gustavo relataba entre suspiros el accidente que en esa noche oscura había segado la vida de Karim.
La ambulancia tardó en llegar, y eterno se hacía el tiempo del traslado al hospital de Getafe. El sol rasgaba la mañana tímidamente. Marta ingresó ya cadáver. ¡No es justo!, eran las únicas palabra que podía pronunciar en gritos su padre. El rostro enjuto, la mirada ausente, rotos de lágrimas toda la familia asistía incrédula a la sentencia del doctor. Un infarto. Ha sido un infarto fulminante. Marta Bermejo resultó ser mujer de corazón frágil. El desgaste de los últimos años, el esfuerzo de los últimos días, el temor de la investidura trenzaron la soga con la que se le fue la vida.
Toda la comuna fue convocada sobre la colina en la que se estableció hace años el cementerio provisional. Hacía unas semanas que Sendero había volado nuevamente la tumba de Madre Coraje, Maria Elena. Ahora Karím, que no conoció su madre, yacía a escasos metros de aquella madre de todos. Su hijo depositó una rosa blanca sobre la piedra sin inscripción que sellaba la tumba de Karim Rojas. Esa tarde se reunían los vecinos con la municipalidad para acordar el trazado de la acometida de agua. La abuela, la mujer y el hijo de Karim beberían agua de la llave, en su propia casa.
El césped convertía en pradera aquella loma seria del cementerio “El descanso” Allí, para despedir a Marta habían sido convocados la familia en pleno, amigos y amigos de amigos, hasta el propio Eduardo, que de verdad la quería, aun incluso. Nadie se atrevía a hablar, por no romper el silencio sostenido. Alguno dejó de creer en Dios aquel día. Los operarios del cementerio colocaron sobre la lápida el sin fin de coronas de flores que clamaban el sufrimiento de la comitiva. Una semana después llegó al domicilio de los Bermejo una carta oficial en la que confirmaban la plaza solicitada por Marta en la Audiencia Provincial Penal de Madrid.
Es la esperanza el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
Es la expectativa la posibilidad razonable de que algo suceda.

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