Mucho antes que otros sábados y obviamente antes de las once y once, la primera hora de dos dígitos y ninguno de ellos el cero, que es la consigna que doy a la gente que me conoce para que no me llame antes al telefono los fines de semana.
He amanecido descansado, con Bruja, mi gata, subida sobre mi espalda al darse cuenta de que ya me había despertado. En la misma posición en que había dormido, con los ojos aun cerrados, pero traspasado el umbral del estado inconsciente al consciente. La sensación era de libertad frente a todo un día por delante, y de un cierto sabor intenso a vida, tras un extraño pero significativo sueño.
Recordaba con claridad el sueño, posiblemente el último de cuantos esta noche habré soñado. Rememoro sus imágenes intensas y de color.
Alguien me había encargado cambiar de lugar los libros de la biblioteca. Alguien con capacidad para poder tomar esa decisión, y sobre todo para infundir en mi la convicción de que aquello, independientemente del sentido que tuviese hacerlo, podía y debía hacerlo. Era una instrucción, y en mi estaba la responsabilidad de realizarla, la capacidad y la autoridad delegada.
Era mi colegio. El colegio en el que cursé toda la enseñanza primaria y la secundaria, todo mi tiempo escolar. No recuerdo el rostro ni la persona que me confirió tal cometido. Yo, ya ajeno a la vida de aquel centro, recuerdo que mi referencia topográfica me hacía dirigir la mirada y el pensamiento, dentro del propio sueño, a mi casa al lado de la plaza de toros, al noroeste de Madrid, como indicándome a mi misco cual era mi verdadero sitio.
Recordaba con claridad el sueño, posiblemente el último de cuantos esta noche habré soñado. Rememoro sus imágenes intensas y de color.
Alguien me había encargado cambiar de lugar los libros de la biblioteca. Alguien con capacidad para poder tomar esa decisión, y sobre todo para infundir en mi la convicción de que aquello, independientemente del sentido que tuviese hacerlo, podía y debía hacerlo. Era una instrucción, y en mi estaba la responsabilidad de realizarla, la capacidad y la autoridad delegada.
Era mi colegio. El colegio en el que cursé toda la enseñanza primaria y la secundaria, todo mi tiempo escolar. No recuerdo el rostro ni la persona que me confirió tal cometido. Yo, ya ajeno a la vida de aquel centro, recuerdo que mi referencia topográfica me hacía dirigir la mirada y el pensamiento, dentro del propio sueño, a mi casa al lado de la plaza de toros, al noroeste de Madrid, como indicándome a mi misco cual era mi verdadero sitio.
Había mostrado mi voluntad de colaborar desinteresadamente con el centro dedicando un tiempo, haciendo algo, un voluntariado en él. No gozaba con la sensación de pertenencia, ni a la comunidad escolar, ajena a mi en ese momento, ni a ningún colectivo vinculado a la labor social. Sin embargo, independientemente del pasado emocional que me unía al colegio, hay otros vínculos difusos que si que aparecen con significado en el sueño.
Era un día luminoso, de claridad, color, espacio tridimensional, sombras y cielo azul. Me recuerdo en el sueño atravesando los patios donde jugábamos, o jugaban, pues yo no era muy aficionado a ello, al fútbol en los recreos y tras el tiempo de comer hasta el inicio de las clases de la tarde.
Era un día luminoso, de claridad, color, espacio tridimensional, sombras y cielo azul. Me recuerdo en el sueño atravesando los patios donde jugábamos, o jugaban, pues yo no era muy aficionado a ello, al fútbol en los recreos y tras el tiempo de comer hasta el inicio de las clases de la tarde.
Aparezco, sin concluir el tránsito, en la plaza de la Iglesia. Ésta si la visualizo con claridad, lo mismo que el puesto de Tomás, un pequeño kiosko donde Tomás, quizá el personaje más permanente de aquel periodo escolar, vendía bocadillos, helados, palmeras de chocolate y perritos calientes, además de constituir un pequeño club de privilegiados, generalmente los más gamberros del colegio, que se congregaban en su interior. Digo el personaje más permanente pues los profesores cambiaban con el paso de los cursos, incluso los curas pasado el tiempo desaparecían, pero Tomas estaba siempre allí. Nunca tuve más contacto con el que el comercial que le era propio, aunque sí escuché comentarios con su selecto club, que me proporcionaban una fuente de realidad muy en contraste con la norma y las enseñanzas de los profesores. Era, de algún modo una puerta abierta a otra realidad que existía, evidentemente que existía, pero que para mi era completamente ajena e imperceptible en el recorrido de mi casa al colegio, del colegio a mi casa o de mis fines de semana y vacaciones en la sierra.
La iglesia era el centro del Colegio. Creo que arquitectónicamente aún lo sigue siendo, pero con un valor simbólico bastante diferente a cómo era entonces.
Delante de la Iglesia, en el sueño aparece, a modo de invernadero, es decir como una estructura de cristal pero sin cerrar, dejando o por lo menos dando la sensación de estar con un lateral abierto, y dos medios paneles, igualmente acristalados a los lados. Una especie de semi-local, con la falsa sensación de estar al aire libre, pero bajo protección.
Había mucha gente por todos los lados, y de todas las edades. La imagen estática de una de las salidas del colegio, casi como un camino en pendiente, por el lado izquierdo, como si fuese una puerta de servicio, aparece en el sueño como un escenario firme, recurrente. Una posoble huída.
Estoy en esa especie de semi invernadero, de cristales muy transparentes, sin calor. Ante mi hay un mostrador, de melamina marrón veteado, y tras el un grupo numeroso de chicas, todo chicas jóvenes, escolares, que se mueven de un lado para otro, excepto un par de ellas que permanecen sentadas. Parece que son las que mandan dentro y fuera de allí entre sus pares. Me parecen todas muy pijas. Incluso un par de niños que pasan por la estancia, me parecen pijos.
La iglesia era el centro del Colegio. Creo que arquitectónicamente aún lo sigue siendo, pero con un valor simbólico bastante diferente a cómo era entonces.
Delante de la Iglesia, en el sueño aparece, a modo de invernadero, es decir como una estructura de cristal pero sin cerrar, dejando o por lo menos dando la sensación de estar con un lateral abierto, y dos medios paneles, igualmente acristalados a los lados. Una especie de semi-local, con la falsa sensación de estar al aire libre, pero bajo protección.
Había mucha gente por todos los lados, y de todas las edades. La imagen estática de una de las salidas del colegio, casi como un camino en pendiente, por el lado izquierdo, como si fuese una puerta de servicio, aparece en el sueño como un escenario firme, recurrente. Una posoble huída.
Estoy en esa especie de semi invernadero, de cristales muy transparentes, sin calor. Ante mi hay un mostrador, de melamina marrón veteado, y tras el un grupo numeroso de chicas, todo chicas jóvenes, escolares, que se mueven de un lado para otro, excepto un par de ellas que permanecen sentadas. Parece que son las que mandan dentro y fuera de allí entre sus pares. Me parecen todas muy pijas. Incluso un par de niños que pasan por la estancia, me parecen pijos.
Me dirijo a una de las chicas, que permanece sentada, con cierta sensación de no pertenencia a aquel colectivo, pero con una misión concreta, un objetivo transmitido por ese poder que no aparece personificado en el sueño. Indico a la chica que tengo que trasladar los libros de la biblioteca al espacio que hay entre la Iglesia y el puesto de Tomás. Ese espacio está lleno de gente que pasea, un pequeño murete bajo de grandes piedras desgastadas proporciona la pequeña verticalidad en el fondo de aquel espacio, sobre el que se inclina, retenida, una cuesta sembrada de lirios sin flor aun, y colmada por una hilera de pequeños árboles, acaso olmos, que delimitan el territorio del colegio, ahí arriba, de la calle de todos.
Tengo la sensación de que aquella interlocutora no es la persona indicada para comentarle mi misión, pero no alcanzo a imaginar a nadie más a quien decirlo. A su izquierda hay otra chica, de pelo casi rubio, más bien castaño claro, y de tez blanca nacarada, que no para de hablar con unos y con otros, también desde su silla. Más pija si cabe que el resto, y posiblemente en el último curso de bachillerato. Reclamo su atención, que me dispensa por unos instantes, antes de responder a otra persona, ante lo cual le dirijo un par de frases que sólo recuerdo impositivas, algo así como que transmitiese “Le estoy hablando, haga el favor de prestarme la atención que merezco y no atender otras solicitudes procedentes de otras personas”, quizá: “¿No se da cuenta que le estoy hablando?" una especie de regañina por interrumpir mi exposición. En ese instante tengo la sensación de que no están reconociendo mi autoridad. (Estas no saben quien soy yo y se me escapa en el sueño una leve reflexión: ¿quién soy yo?) Realmente me doy cuenta de que pare ellas, por mucha misión voluntaria que me haya encomendado la autoridad sin rostro, no soy nadie, un extraño. Como veo que siguen sin proporcionarme el reconocimiento que creo merecer, les indico, a estas dos adolescentes y el conjunto de otras chicas que a un lado y a otro del mostrador revolotean, que soy el hermano de Don Javier. Mi hermano, es profesor del colegio, y creo que bien conocido y bien reconocido.
Es cierto que el rostro de ellas releja una luz diferente ante esta posible identificación, parece que ya me sitúan en algún contexto, pero no por ello me prestan más atención. Me dejan, sin embargo, explicarles que es lo que quiero hacer. Me doy cuenta al hacerlo, que en el fondo la misión es un poco absurda. Trasladar los libros de la biblioteca, una sala amplia bien habilitada para ser biblioteca a un espacio exterior en el cual no estaba prevista la construcción ni siquiera de un techo o similar. En medio de esta conversación me imaginaba trasladando las estanterías metálicas, este tipo de estanterías de hágalo usted mismo, frágiles, grises, frías con el convencimiento de estar haciendo algo realmente sin sentido, pero con la sensación de estar cumpliendo una instrucción, y lo relajante que en esa recreación el hecho me suponía. Al tiempo me imaginaba haciendo solo aquel tedioso traslado, lo que añadía más absurda complacencia.
Reivindicar mi fraternal relación con aquel supuesto joven, cortés y dinámico profesor no me situó en una posición más convincente, ni siquiera percibí el reconocimiento esperado, no me hacían caso.
Sin embargo, poco después y sin transición, si sentí ese poder por un instante.
Una sombra enorme surcó el cielo, a mi izquierda, y por el rabillo del ojo reconocí la silueta de un avión enorme que caía del cielo, apenas a unos centenares de metros del colegio, ahora pensando como si cayese sobre el edificio de Telecomunicaciones en la plaza de Cibeles. Esa fracción de segundo que distó entre lo que pude percibir de soslayo y la bocanada de humo, fuego y un estruendo ensordecedor que le siguió me llenó de poder. Anticipé el hecho al corrillo de chicas que se encontraban delante mía. Anticipar el hecho que estaba ocurriendo, aunque fuese con nula capacidad para intervenir en él, mucho menos evitar sus consecuencias, me otorgó el privilegio del conocimiento previo, de la información caliente de lo que iba a pasar, de la pre-visión pues así se lo transmití a las chicas, las cuales en el intervalo que transcurrió entre lo que les describí y lo que posteriormente confirmaron apenas pudieron abrir la boca. Que la comunicación que transmití fuese el anuncio de una gran catástrofe sobredimensionaba el poder de la noticia y por lo tanto, mi poder.
Cuando ya era un hecho, el avión estrellado en pleno centro de Madrid, el fuego empezaba a avanzar a velocidad de vértigo, y se sucedió otra explosión, de menor calibre, pero de mayor impacto para quienes dirigíamos la mirada hacia la izquierda. La Torre de Valencia, que siempre había presidido la línea del cielo en mi tiempo escolar, esta vez, y no se por qué, teñida de un color azul marino intenso, vivo, sombreado, se desmoronaba como si se tratase de una pieza de dominó en aquella vorágine de ruidos humo y llamas. En ese momento la gente empezó a correr y gritar en todas direcciones. Por un segundo dirigí mi naciente carrera hacia la salida, que antes fue entrada oficial al Colegio por el lado del retiro, para poner a salvo el coche que había aparcado allí. Era el 206 que compré a mi cuñado hace unos años. En la imagen de ese momento en el auto gris-marrón presidía el solemne rozón que un día le hice en un costado con un bolardo municipal.
Sólo fue por un momento, enseguida cambié la dirección de mi carrera para ir hacia los patios, también aceleradamente, y con el pensamiento fugaz de que entre huir y salvar el coche sólo había una opción y tenía que decidir. Sin transición había optado por salvarme, corriendo hacía los patios, con la certeza de haber tomado la decisión adecuada.
El sueño se interrumpe con esta sensación de decisión correcta y huida entre el amplio espacio de los patios. Al fondo los edificios de Doctor Esquerdo ajeno a lo que está pasando simbolizan un horizonte de tierra segura.

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