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martes, 31 de julio de 2007

Naufragio sin Gaviota

Por fin, a lo lejos, entre la bruma se adivinaba algo similar a tierra firme. Baltasar ya no daba crédito a sus ojos. El cansancio convertía en ficticia cualquier superficie iluminada por el sol en su cenit. Rodeado de tanta agua, tenía la garganta seca, la piel seca, los labios secos, una elipse de sal los rodea, los ojos secos. Remaba por continuidad, sin fuerzas. El brusco golpe del casco de la barca con la arena catapultó a Baltasar sobre la orilla.

Habían pasado varias horas, cuando Baltasar abrió los ojos. No sabía si atardecía o estaba amaneciendo. Había recuperado algo de energía, la suficiente como para ponerse en pie y sacudirse la arena de la cara y de su pelo negro revuelto, enmadejado, haciendo vedejas con el mar y la arena. La marea había dejado tras de si una playa extensa y la barca, a su lado, estaba encallada como una roca en la arena, rodeada de sendos surcos simétricos, como lágrimas derramadas por las últimas olas de la bajamar.

Tenía que beber. Cierta lucidez le permitía distinguir sus prioridades. La barca debía ser afirmada, confirmada en algún lugar seguro para evitar ser arrastrada de nuevo al mar infinito y poder retornar en algún momento al lugar del que ilusionadamente partió. Pero eso vendría después. Agua. Lo imprescindible era el agua entonces. Arrastrando los pies escocidos dejó el mar a sus espaldas e inició una expedición por una selva que casi le abrazaba. Este mar vegetal, casi imposible, compacto, unitario, dejaba ciertos regueros por los que, con dificultad, podía penetrarla. El olor a sal terció a un olor húmico al adentrarse.

Sonaban los chasquidos de las ramas secas sobre sus pisadas. Tal espesura no sería posible si no hubiese una fuente copiosa de agua en aquel paisaje, pensó. No tenía miedo, sólo sentía debilidad y sed, mucha sed. Tras quizá un par de horas de caminar, la temperatura había subido significativamente en el interior de aquel paraguas vegetal. A no mucha distancia, a no mucho tiempo, un reflejo, como una perla, como un guiño fugaz, un cristalito de luz que atravesó sus ojos verdes un instante. Hacia allí, dirigió, firmes en la debilidad, sus pesados pasos hacia aquel espejo fugaz . Sí, era un angosto manantial que fluía de cristal borboteando, invisible, sobre las rocas en un aquelarre arbóreo que lo custodiaba y escondía. Cayó de rodillas ante él. Sus manos entraron con fruición en al agua como una punta de lanza atraviesa un fardo de heno aún fresco. El agua estaba fría, muy fría, helada. Enseguida lo percibieron sus manos, que hubo de retirarlas como acalambradas ante tal contraste. El tesoro incoloro resbalaba entre las grietas veteadas de sus manos. Acercó los labios, también arrugados, formando un cono absorbente tratando de succionar lo más rápidamente posible. Apenas el primer trago se posó sobre su lengua, la imposible temperatura del elemento lo obligó a retirarlos de inmediato. El agua estaba allí, pero estaba imposible.

Miró en derredor tratando de encontrar algún instrumento cóncavo que le permitiese recabar siquiera un puñado de agua para, ya mansa, poder beberla. Una semilla, similar a un coco podría ser el útil necesario. La quebró de un golpe seco contra el suelo, dejó manar una leche verdiblanca casi con la espesura de la miel, dejando una grieta suficiente que permitió a Baltasar romper la cáscara en dos mitades. Retiró la pulpa, verde pálida, de un olor penetrante y una textura fibrosa, adherida a la corteza como si de un liquen se tratase. Arrancó aquella carne haciendo uso firme de sus uñas mugrientas. El cuenco, ya desnudo, como una pelota de tenis partida, podrá servir. Con ambas mitades complementarias acudió de nuevo al manantial, y las llenó de agua cristalina. Buscó un haz de sol que burlase la cubierta forestal, y colocó los improvisados cuencos bajo su calor. Repitió la operación unas cuantas veces, llegando a juntar una docena de recipientes colmados de agua. Habían pasado unos minutos, suficientes para que la temperatura del agua, bajo el sol escogido y castigante, fuese templada. Tras semejante acto racional de paciencia probó de nuevo. Hubo de escupir el bocado con una gran arcada. Esas semillas desconocidas habían transmitido un amargor espeso al agua que la hacía imposible, nuevamente imposible, de deglutir. Era como si un mecanismo natural y automático convirtiese el acto de deglutir en acto de expulsar. Devastado rompió a llorar sin lágrimas.

Había permanecido durante varios días a la deriva rodeado de agua que no podía digerir, y ahora, tras encontrar un manantial virgen, la propia virginidad de su origen la igualaba en imposibilidad. Entró en una sensación similar al vértigo estético, ese que se produce cuando uno entra en una casa desconocida y de repente nota un mareo indefinido, y como una revelación se escuchó a si mismo que decía: << El tiempo enfría la sopa y calienta el plato>> las palabras que repetía, cuando era niño, su abuela para apremiar el inicio de la comida. Aquellas palabras, y jugando con el tiempo y el espacio, le llevó, en medio de semejante estupor a seguir el curso del arrollo naciente, con la certeza de que el agua, en su discurrir a qué lugar sabe, iría contagiándose de la temperatura de lo que roce, convirtiéndola en un licor posible.

Así fue. Apenas bastaron unos centenares de metros para que esta vez sus manos entrasen y saliesen de su cauce, aproximando, siquiera parcialmente entre los dedos, parte de ese manantial crecido a lo más hondo de su garganta. Sació la sed irredenta, volviendo a sentir la posibilidad de sobrevivir.

Ahora necesitaba recuperar energías, reconstruir su cuerpo castigado con algún aporte sólido. En ese momento hizo consciente que estaba en un lugar desconocido. Era desconocido el lugar geográfico, el suelo arenoso, los árboles y arbustos, y hasta los sonidos de la espesura, que hasta entonces no había percibido, le resultaban completamente ajenos. Formas inusuales de hojas, de tallos, de olores. Ya había experimentado el denso amargor de aquellos cocos, necesitaba encontrar algún fruto que le permitiese confiar en si mismo, en sus posibilidades de no formar parte definitiva de ese lugar desconocido. Resolvió fiarse de su olfato. Comería aquello cuyo olor le fuese familiar.

Tomó de árboles y arbustos bayas y bayucos, frutos, semillas, vainas, raíces, todo aquello que recordaba podía ser sujeto de ser comido. Las olisqueaba intensamente, tal cuales y partiéndolas, aproximando a su boca sólo aquellas que desprendiesen un aroma familiar. La selva aquella era generosa en frutos. Recolectó cientos de ellos, de formas y tamaños indescriptibles, completamente ajenos a todo lo que había conocido hasta entonces en su ciudad, en sus viajes, en sus mercados. Tras reconocer un olor familiar, acaso sin identificar certeramente, pero a fin de cuentas familiar, probaba con la punta de la lengua, ya lubricada tras la rehidratación anterior, sensaciones que transmitían las piezas que, superada la prueba del rememoramiento olfativo, aproximaba dudoso a su boca. Descartaba los amargos, nada comestible debía ser amargo, y lo excesivamente ácido. Con prudencia, masticaba los dulces, buscando los matices reconocibles entre sus muelas. Nunca había prestado tanta atención al trabajo de sus sentidos, descubriendo la cantidad de variaciones que era capaz de percibir. Sin embargo, a la hora de clasificarlos se refería a si mismo otros sabores ya conocidos. Así unas bayas amarillo transparente, del tamaño de un guisante, le recordaban al sabor intenso de las fresas, o creía estar comiendo nueces cuando comía la arenilla que resultaba de machacar unas cápsulas coriáceas que proporcionaba un árbol similar a un roble. Así fue saciando su apetito, pensó incluso probar con algún insecto, pero fue incapaz, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Logró sentirse satisfecho.

Tanto había caminado en busca de nutrientes que cuando alzó la vista un poco más allá de su inmediato entorno descubrió nuevamente el mar.

Esta vez el mar estaba frente a él, y el sol seguía ligeramente acariciándolo por detrás. Dedujo que en su caminar lineal había atravesado aquella superficie supramarina que bien podía ser una isla, una península o un istmo. Bajó, ahora con cuidado, hasta la playa, hasta la nueva playa igual de extensa que la que le dio firmeza a sus pies cuando despertó, igual de blanca, igual de paradisíaca. Quiso aproximarse a ella para percibir, desde su extremo, las dimensiones de la tierra firme que pisaba.

Las rocas se levantaban con mayor majestuosidad que las que recordaba del otro costado. Mas fuertes, más bravas, más impetuosas. No cabe duda que aquel paisaje, independientemente de su dramática situación, era bonito, fotográfico, catalogable. Sentía no disponer de una cámara que fijase aquella estampa, congelase el instante, para, ya salvado, ya de vuelta, ya reinsertado en su rutina, poder recordar aquel paisaje y decirse a sí mismo, una vez estuve allí.

En uno de los extremos de la cala, que como una sonrisa se abría al mar, había una oquedad amplia, oscura. Una cueva parecía. Baltasar caminó hacia ella, movido quizá por la curiosidad, quizá por el instinto natural que aquel recoveco despertaba a modo de seno materno, de refugio, quizá en busca de algún vestigio humano en su interior.

La luz apenas penetraba dentro, por lo que Baltasar hubo de esperar un tiempo para aclimatar la vista a esta nueva espesura. Logró dibujar los contornos iniciales de aquella boca del mundo. El lecho era arenoso, y daba la sensación de que en determinadas circunstancias se llenaba de mar. Hacía fresco, y un cierto desasosiego se apoderó de él. Con la vista puesta a medio camino para no golpear la cabeza con ningún saliente rocoso, tropezó con un objeto desapercibido que nacía a sus pies. Rascó la arena con su mano derecha, pero no llegó a caer. Sintió un dolor intenso en la espinilla. Apretó su mano en la herida, tratando de mitigar el golpe, y a sus ojos de penumbra apareció algo similar a un arcón enterrado.

Escarbó agitadamente, el perímetro arenoso que lo engullía, rescatando hasta la altura suficiente para que toda la parte superior quedase al descubierto y así tratar de abrirla. Debía llevar un largo tiempo allí semienterrada, pues los herrajes se notaban toscos al tacto, ásperos, herrumbrosos. En una especie de acto reflejo condicionado por la presencia de aquél arcón, su pensamiento voló hasta su habitación en Madrid, y como si en una avioneta en vuelo rasante viajase, encontró la caja que, bajo su cama, acumula cientos de fotos, entradas de cine, cartas de amor y desamor y un sin fin de objetos y papeles con los que se podría escribir la historia de su vida, su tesoro de recuerdos y vivencias amalgamadas.

Vuelto de aquel viaje casi astral, la acomodación de sus pupilas le permitió descubrir una placa en la parte superior de la tapa. I. S. Hadnick pudo deducir, si bien no tenía la certeza de si la S sería realmente una B. Logró abrir aquel gran baúl sin mucha dificultad. Le bastó un golpe de pierna en el broche para que saltase sin problemas. Una intensa emoción dilataba el tiempo que permaneció ante el cofre pudiendo abrirlo sin hacerlo.

Por fin lo hizo. Las bisagras no giraban bien, por lo que el movimiento de apertura fue como en fases y empujones. El baúl estaba lleno de frascos de cristal. Con sorpresa, Baltasar cogió dos, uno en cada mano, y se aproximó rápidamente a la entrada de la cueva para poder ver con claridad el contenido, si es que era posible. En uno de los frascos, y con un perfecto etiquetado, podía leerse: Helen kiss. En su interior, a través del cristal algo blanquecino por el paso del tiempo y la humedad, se podía vislumbrar un gas rojizo mate, con un poso líquido de color rojo intenso, transparente. En el otro frasco el rótulo indicaba: To be fighting a losing battle. En este caso, el color del gas era amarillo, e igualmente en la parte inferior un fluido transparente del mismo color. Baltasar no comprendía nada. Fue de nuevo al baúl y no había más que frascos con extrañas leyendas en inglés, Michael’s Born, I find my loser ring, At last i’d said I love you Martha,... y en su interior siempre un color distinto, por ligero que sea el matiz que lo diferencia.

Baltasar decidió abrir uno. No resultó fácil, no giraba ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera iba bajo presión. Lo intentó un largo rato, un bote en cuyo interior el gas azul marino parecía mucho más misterioso. Sin saber cómo el bote se abrió. Dedujo que el movimiento de apertura era más simple de lo que había imaginado. En cuanto el gas fue liberado, un sonido hueco, agudo, infinitesimal, aflautado, sorprendió a Baltasar. El gas se disipó rápidamente, asfixiando a Baltasar e irritando violentamente las mucosas y los ojos. Salió corriendo agitando todo el cuerpo, con los ojos cerrados, respirando superficialmente y escupiendo por doquier. El frasco yacía sobre la arena sin contenido alguno. Tras el estupor, Baltasar lo retomó en su mano, con cierta precaución. La leyenda había desaparecido. My sweet Martha se había esfumado como por arte de birlibirloque.

Baltasar no satisfecho decidió abrir otro de ellos, que figuraba como Mam´s dead, de color verde turquesa. Repitió la operación, e igualmente sin saber cómo se abrió el tarro produciendo un sonido similar al anterior. Baltasar, que había cubierto su cara y sus ojos con la camisa roída que casi se había fundido con su piel tostada, encontró un gas ligeramente dulce y sabroso al paladar, que le produjo una extraña sensación de paella bien guisada.

Absorto en sus pensamientos volvió sus pasos al interior de la cueva, se quedó un rato meditando, sin comprender nada. Envuelto en estos pensamientos irreconciliables, fijo la mirada más allá al interior de la cueva, y reconoció el perfil de otro baúl muy similar al anterior. Sorteando el primero corrió hacía el otro cofre, menos enterrado y en mejor estado si cabe que el otro. Consiguió arrastrarlo hasta el atrio de la cueva, donde la luz del día permitió, empapado en sudor y asombro, leer su propio nombre troquelado sobre la cubierta: B. Enriquez Catarroja. No había duda. Ese baúl tosco llevaba su nombre. Tiritando, nervioso, torpe y espeso trató de abrir infructuosamente el cofre. Llegó a voltearlo, haciendo acopio de fuerza, escuchando el tintineo de frascos que chocan en su interior. En el tejido del baúl, que al volcarlo había dejado al descubierto la cara inferior, se leía:

“Nadie puede abrir, en un acto verosímil, el cofre de sus propios recuerdos.”

Y en una segunda línea:

“Nadie puede recordar verazmente la esencia de los recuerdos ajenos.”

Baltasar abrazó el cofre como quien abraza la almohada tras un abandono, lloró, esta vez si fluyeron lágrimas por sus ojos.

Una expedición científica toma tierra en la costa norte de la Isla del Olvido, titulaba el diario de mayor tirada nacional, y haya un naufrago abrazado a una pequeña barca de remos en la orilla.

Naufragio sin Gaviota

Por fin, a lo lejos, entre la bruma se adivinaba algo similar a tierra firme. Baltasar ya no daba crédito a sus ojos. El cansancio convertía en ficticia cualquier superficie iluminada por el sol en su cenit. Rodeado de tanta agua, tenía la garganta seca, la piel seca, los labios secos, una elipse de sal los rodea, los ojos secos. Remaba por continuidad, sin fuerzas. El brusco golpe del casco de la barca con la arena catapultó a Baltasar sobre la orilla.

Habían pasado varias horas, cuando Baltasar abrió los ojos. No sabía si atardecía o estaba amaneciendo. Había recuperado algo de energía, la suficiente como para ponerse en pie y sacudirse la arena de la cara y de su pelo negro revuelto, enmadejado, haciendo vedejas con el mar y la arena. La marea había dejado tras de si una playa extensa y la barca, a su lado, estaba encallada como una roca en la arena, rodeada de sendos surcos simétricos, como lágrimas derramadas por las últimas olas de la bajamar.

Tenía que beber. Cierta lucidez le permitía distinguir sus prioridades. La barca debía ser afirmada, confirmada en algún lugar seguro para evitar ser arrastrada de nuevo al mar infinito y poder retornar en algún momento al lugar del que ilusionadamente partió. Pero eso vendría después. Agua. Lo imprescindible era el agua entonces. Arrastrando los pies escocidos dejó el mar a sus espaldas e inició una expedición por una selva que casi le abrazaba. Este mar vegetal, casi imposible, compacto, unitario, dejaba ciertos regueros por los que, con dificultad, podía penetrarla. El olor a sal terció a un olor húmico al adentrarse.

Sonaban los chasquidos de las ramas secas sobre sus pisadas. Tal espesura no sería posible si no hubiese una fuente copiosa de agua en aquel paisaje, pensó. No tenía miedo, sólo sentía debilidad y sed, mucha sed. Tras quizá un par de horas de caminar, la temperatura había subido significativamente en el interior de aquel paraguas vegetal. A no mucha distancia, a no mucho tiempo, un reflejo, como una perla, como un guiño fugaz, un cristalito de luz que atravesó sus ojos verdes un instante. Hacia allí, dirigió, firmes en la debilidad, sus pesados pasos hacia aquel espejo fugaz . Sí, era un angosto manantial que fluía de cristal borboteando, invisible, sobre las rocas en un aquelarre arbóreo que lo custodiaba y escondía. Cayó de rodillas ante él. Sus manos entraron con fruición en al agua como una punta de lanza atraviesa un fardo de heno aún fresco. El agua estaba fría, muy fría, helada. Enseguida lo percibieron sus manos, que hubo de retirarlas como acalambradas ante tal contraste. El tesoro incoloro resbalaba entre las grietas veteadas de sus manos. Acercó los labios, también arrugados, formando un cono absorbente tratando de succionar lo más rápidamente posible. Apenas el primer trago se posó sobre su lengua, la imposible temperatura del elemento lo obligó a retirarlos de inmediato. El agua estaba allí, pero estaba imposible.

Miró en derredor tratando de encontrar algún instrumento cóncavo que le permitiese recabar siquiera un puñado de agua para, ya mansa, poder beberla. Una semilla, similar a un coco podría ser el útil necesario. La quebró de un golpe seco contra el suelo, dejó manar una leche verdiblanca casi con la espesura de la miel, dejando una grieta suficiente que permitió a Baltasar romper la cáscara en dos mitades. Retiró la pulpa, verde pálida, de un olor penetrante y una textura fibrosa, adherida a la corteza como si de un liquen se tratase. Arrancó aquella carne haciendo uso firme de sus uñas mugrientas. El cuenco, ya desnudo, como una pelota de tenis partida, podrá servir. Con ambas mitades complementarias acudió de nuevo al manantial, y las llenó de agua cristalina. Buscó un haz de sol que burlase la cubierta forestal, y colocó los improvisados cuencos bajo su calor. Repitió la operación unas cuantas veces, llegando a juntar una docena de recipientes colmados de agua. Habían pasado unos minutos, suficientes para que la temperatura del agua, bajo el sol escogido y castigante, fuese templada. Tras semejante acto racional de paciencia probó de nuevo. Hubo de escupir el bocado con una gran arcada. Esas semillas desconocidas habían transmitido un amargor espeso al agua que la hacía imposible, nuevamente imposible, de deglutir. Era como si un mecanismo natural y automático convirtiese el acto de deglutir en acto de expulsar. Devastado rompió a llorar sin lágrimas.

Había permanecido durante varios días a la deriva rodeado de agua que no podía digerir, y ahora, tras encontrar un manantial virgen, la propia virginidad de su origen la igualaba en imposibilidad. Entró en una sensación similar al vértigo estético, ese que se produce cuando uno entra en una casa desconocida y de repente nota un mareo indefinido, y como una revelación se escuchó a si mismo que decía: <<>> las palabras que repetía, cuando era niño, su abuela para apremiar el inicio de la comida. Aquellas palabras, y jugando con el tiempo y el espacio, le llevó, en medio de semejante estupor a seguir el curso del arrollo naciente, con la certeza de que el agua, en su discurrir a qué lugar sabe, iría contagiándose de la temperatura de lo que roce, convirtiéndola en un licor posible.

Así fue. Apenas bastaron unos centenares de metros para que esta vez sus manos entrasen y saliesen de su cauce, aproximando, siquiera parcialmente entre los dedos, parte de ese manantial crecido a lo más hondo de su garganta. Sació la sed irredenta, volviendo a sentir la posibilidad de sobrevivir.

Ahora necesitaba recuperar energías, reconstruir su cuerpo castigado con algún aporte sólido. En ese momento hizo consciente que estaba en un lugar desconocido. Era desconocido el lugar geográfico, el suelo arenoso, los árboles y arbustos, y hasta los sonidos de la espesura, que hasta entonces no había percibido, le resultaban completamente ajenos. Formas inusuales de hojas, de tallos, de olores. Ya había experimentado el denso amargor de aquellos cocos, necesitaba encontrar algún fruto que le permitiese confiar en si mismo, en sus posibilidades de no formar parte definitiva de ese lugar desconocido. Resolvió fiarse de su olfato. Comería aquello cuyo olor le fuese familiar.

Tomó de árboles y arbustos bayas y bayucos, frutos, semillas, vainas, raíces, todo aquello que recordaba podía ser sujeto de ser comido. Las olisqueaba intensamente, tal cuales y partiéndolas, aproximando a su boca sólo aquellas que desprendiesen un aroma familiar. La selva aquella era generosa en frutos. Recolectó cientos de ellos, de formas y tamaños indescriptibles, completamente ajenos a todo lo que había conocido hasta entonces en su ciudad, en sus viajes, en sus mercados. Tras reconocer un olor familiar, acaso sin identificar certeramente, pero a fin de cuentas familiar, probaba con la punta de la lengua, ya lubricada tras la rehidratación anterior, sensaciones que transmitían las piezas que, superada la prueba del rememoramiento olfativo, aproximaba dudoso a su boca. Descartaba los amargos, nada comestible debía ser amargo, y lo excesivamente ácido. Con prudencia, masticaba los dulces, buscando los matices reconocibles entre sus muelas. Nunca había prestado tanta atención al trabajo de sus sentidos, descubriendo la cantidad de variaciones que era capaz de percibir. Sin embargo, a la hora de clasificarlos se refería a si mismo otros sabores ya conocidos. Así unas bayas amarillo transparente, del tamaño de un guisante, le recordaban al sabor intenso de las fresas, o creía estar comiendo nueces cuando comía la arenilla que resultaba de machacar unas cápsulas coriáceas que proporcionaba un árbol similar a un roble. Así fue saciando su apetito, pensó incluso probar con algún insecto, pero fue incapaz, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Logró sentirse satisfecho.

Tanto había caminado en busca de nutrientes que cuando alzó la vista un poco más allá de su inmediato entorno descubrió nuevamente el mar.

Esta vez el mar estaba frente a él, y el sol seguía ligeramente acariciándolo por detrás. Dedujo que en su caminar lineal había atravesado aquella superficie supramarina que bien podía ser una isla, una península o un istmo. Bajó, ahora con cuidado, hasta la playa, hasta la nueva playa igual de extensa que la que le dio firmeza a sus pies cuando despertó, igual de blanca, igual de paradisíaca. Quiso aproximarse a ella para percibir, desde su extremo, las dimensiones de la tierra firme que pisaba.

Las rocas se levantaban con mayor majestuosidad que las que recordaba del otro costado. Mas fuertes, más bravas, más impetuosas. No cabe duda que aquel paisaje, independientemente de su dramática situación, era bonito, fotográfico, catalogable. Sentía no disponer de una cámara que fijase aquella estampa, congelase el instante, para, ya salvado, ya de vuelta, ya reinsertado en su rutina, poder recordar aquel paisaje y decirse a sí mismo, una vez estuve allí.

En uno de los extremos de la cala, que como una sonrisa se abría al mar, había una oquedad amplia, oscura. Una cueva parecía. Baltasar caminó hacia ella, movido quizá por la curiosidad, quizá por el instinto natural que aquel recoveco despertaba a modo de seno materno, de refugio, quizá en busca de algún vestigio humano en su interior.

La luz apenas penetraba dentro, por lo que Baltasar hubo de esperar un tiempo para aclimatar la vista a esta nueva espesura. Logró dibujar los contornos iniciales de aquella boca del mundo. El lecho era arenoso, y daba la sensación de que en determinadas circunstancias se llenaba de mar. Hacía fresco, y un cierto desasosiego se apoderó de él. Con la vista puesta a medio camino para no golpear la cabeza con ningún saliente rocoso, tropezó con un objeto desapercibido que nacía a sus pies. Rascó la arena con su mano derecha, pero no llegó a caer. Sintió un dolor intenso en la espinilla. Apretó su mano en la herida, tratando de mitigar el golpe, y a sus ojos de penumbra apareció algo similar a un arcón enterrado.

Escarbó agitadamente, el perímetro arenoso que lo engullía, rescatando hasta la altura suficiente para que toda la parte superior quedase al descubierto y así tratar de abrirla. Debía llevar un largo tiempo allí semienterrada, pues los herrajes se notaban toscos al tacto, ásperos, herrumbrosos. En una especie de acto reflejo condicionado por la presencia de aquél arcón, su pensamiento voló hasta su habitación en Madrid, y como si en una avioneta en vuelo rasante viajase, encontró la caja que, bajo su cama, acumula cientos de fotos, entradas de cine, cartas de amor y desamor y un sin fin de objetos y papeles con los que se podría escribir la historia de su vida, su tesoro de recuerdos y vivencias amalgamadas.

Vuelto de aquel viaje casi astral, la acomodación de sus pupilas le permitió descubrir una placa en la parte superior de la tapa. I. S. Hadnick pudo deducir, si bien no tenía la certeza de si la S sería realmente una B. Logró abrir aquel gran baúl sin mucha dificultad. Le bastó un golpe de pierna en el broche para que saltase sin problemas. Una intensa emoción dilataba el tiempo que permaneció ante el cofre pudiendo abrirlo sin hacerlo.

Por fin lo hizo. Las bisagras no giraban bien, por lo que el movimiento de apertura fue como en fases y empujones. El baúl estaba lleno de frascos de cristal. Con sorpresa, Baltasar cogió dos, uno en cada mano, y se aproximó rápidamente a la entrada de la cueva para poder ver con claridad el contenido, si es que era posible. En uno de los frascos, y con un perfecto etiquetado, podía leerse: Helen kiss. En su interior, a través del cristal algo blanquecino por el paso del tiempo y la humedad, se podía vislumbrar un gas rojizo mate, con un poso líquido de color rojo intenso, transparente. En el otro frasco el rótulo indicaba: To be fighting a losing battle. En este caso, el color del gas era amarillo, e igualmente en la parte inferior un fluido transparente del mismo color. Baltasar no comprendía nada. Fue de nuevo al baúl y no había más que frascos con extrañas leyendas en inglés, Michael’s Born, I find my loser ring, At last i’d said I love you Martha,... y en su interior siempre un color distinto, por ligero que sea el matiz que lo diferencia.

Baltasar decidió abrir uno. No resultó fácil, no giraba ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera iba bajo presión. Lo intentó un largo rato, un bote en cuyo interior el gas azul marino parecía mucho más misterioso. Sin saber cómo el bote se abrió. Dedujo que el movimiento de apertura era más simple de lo que había imaginado. En cuanto el gas fue liberado, un sonido hueco, agudo, infinitesimal, aflautado, sorprendió a Baltasar. El gas se disipó rápidamente, asfixiando a Baltasar e irritando violentamente las mucosas y los ojos. Salió corriendo agitando todo el cuerpo, con los ojos cerrados, respirando superficialmente y escupiendo por doquier. El frasco yacía sobre la arena sin contenido alguno. Tras el estupor, Baltasar lo retomó en su mano, con cierta precaución. La leyenda había desaparecido. My sweet Martha se había esfumado como por arte de birlibirloque.

Baltasar no satisfecho decidió abrir otro de ellos, que figuraba como Mam´s dead, de color verde turquesa. Repitió la operación, e igualmente sin saber cómo se abrió el tarro produciendo un sonido similar al anterior. Baltasar, que había cubierto su cara y sus ojos con la camisa roída que casi se había fundido con su piel tostada, encontró un gas ligeramente dulce y sabroso al paladar, que le produjo una extraña sensación de paella bien guisada.

Absorto en sus pensamientos volvió sus pasos al interior de la cueva, se quedó un rato meditando, sin comprender nada. Envuelto en estos pensamientos irreconciliables, fijo la mirada más allá al interior de la cueva, y reconoció el perfil de otro baúl muy similar al anterior. Sorteando el primero corrió hacía el otro cofre, menos enterrado y en mejor estado si cabe que el otro. Consiguió arrastrarlo hasta el atrio de la cueva, donde la luz del día permitió, empapado en sudor y asombro, leer su propio nombre troquelado sobre la cubierta: B. Enriquez Catarroja. No había duda. Ese baúl tosco llevaba su nombre. Tiritando, nervioso, torpe y espeso trató de abrir infructuosamente el cofre. Llegó a voltearlo, haciendo acopio de fuerza, escuchando el tintineo de frascos que chocan en su interior. En el tejido del baúl, que al volcarlo había dejado al descubierto la cara inferior, se leía:

“Nadie puede abrir, en un acto verosímil, el cofre de sus propios recuerdos.”

Y en una segunda línea:

“Nadie puede recordar verazmente la esencia de los recuerdos ajenos.”

Baltasar abrazó el cofre como quien abraza la almohada tras un abandono, lloró, esta vez si fluyeron lágrimas por sus ojos.

Una expedición científica toma tierra en la costa norte de la Isla del Olvido, titulaba el diario de mayor tirada nacional, y haya un naufrago abrazado a una pequeña barca de remos en la orilla.

Naufragio sin Gaviota

Por fin, a lo lejos, entre la bruma se adivinaba algo similar a tierra firme. Baltasar ya no daba crédito a sus ojos. El cansancio convertía en ficticia cualquier superficie iluminada por el sol en su cenit. Rodeado de tanta agua, tenía la garganta seca, la piel seca, los labios secos, una elipse de sal los rodea, los ojos secos. Remaba por continuidad, sin fuerzas. El brusco golpe del casco de la barca con la arena catapultó a Baltasar sobre la orilla.

Habían pasado varias horas, cuando Baltasar abrió los ojos. No sabía si atardecía o estaba amaneciendo. Había recuperado algo de energía, la suficiente como para ponerse en pie y sacudirse la arena de la cara y de su pelo negro revuelto, enmadejado, haciendo vedejas con el mar y la arena. La marea había dejado tras de si una playa extensa y la barca, a su lado, estaba encallada como una roca en la arena, rodeada de sendos surcos simétricos, como lágrimas derramadas por las últimas olas de la bajamar.

Tenía que beber. Cierta lucidez le permitía distinguir sus prioridades. La barca debía ser afirmada, confirmada en algún lugar seguro para evitar ser arrastrada de nuevo al mar infinito y poder retornar en algún momento al lugar del que ilusionadamente partió. Pero eso vendría después. Agua. Lo imprescindible era el agua entonces. Arrastrando los pies escocidos dejó el mar a sus espaldas e inició una expedición por una selva que casi le abrazaba. Este mar vegetal, casi imposible, compacto, unitario, dejaba ciertos regueros por los que, con dificultad, podía penetrarla. El olor a sal terció a un olor húmico al adentrarse.

Sonaban los chasquidos de las ramas secas sobre sus pisadas. Tal espesura no sería posible si no hubiese una fuente copiosa de agua en aquel paisaje, pensó. No tenía miedo, sólo sentía debilidad y sed, mucha sed. Tras quizá un par de horas de caminar, la temperatura había subido significativamente en el interior de aquel paraguas vegetal. A no mucha distancia, a no mucho tiempo, un reflejo, como una perla, como un guiño fugaz, un cristalito de luz que atravesó sus ojos verdes un instante. Hacia allí, dirigió, firmes en la debilidad, sus pesados pasos hacia aquel espejo fugaz . Sí, era un angosto manantial que fluía de cristal borboteando, invisible, sobre las rocas en un aquelarre arbóreo que lo custodiaba y escondía. Cayó de rodillas ante él. Sus manos entraron con fruición en al agua como una punta de lanza atraviesa un fardo de heno aún fresco. El agua estaba fría, muy fría, helada. Enseguida lo percibieron sus manos, que hubo de retirarlas como acalambradas ante tal contraste. El tesoro incoloro resbalaba entre las grietas veteadas de sus manos. Acercó los labios, también arrugados, formando un cono absorbente tratando de succionar lo más rápidamente posible. Apenas el primer trago se posó sobre su lengua, la imposible temperatura del elemento lo obligó a retirarlos de inmediato. El agua estaba allí, pero estaba imposible.

Miró en derredor tratando de encontrar algún instrumento cóncavo que le permitiese recabar siquiera un puñado de agua para, ya mansa, poder beberla. Una semilla, similar a un coco podría ser el útil necesario. La quebró de un golpe seco contra el suelo, dejó manar una leche verdiblanca casi con la espesura de la miel, dejando una grieta suficiente que permitió a Baltasar romper la cáscara en dos mitades. Retiró la pulpa, verde pálida, de un olor penetrante y una textura fibrosa, adherida a la corteza como si de un liquen se tratase. Arrancó aquella carne haciendo uso firme de sus uñas mugrientas. El cuenco, ya desnudo, como una pelota de tenis partida, podrá servir. Con ambas mitades complementarias acudió de nuevo al manantial, y las llenó de agua cristalina. Buscó un haz de sol que burlase la cubierta forestal, y colocó los improvisados cuencos bajo su calor. Repitió la operación unas cuantas veces, llegando a juntar una docena de recipientes colmados de agua. Habían pasado unos minutos, suficientes para que la temperatura del agua, bajo el sol escogido y castigante, fuese templada. Tras semejante acto racional de paciencia probó de nuevo. Hubo de escupir el bocado con una gran arcada. Esas semillas desconocidas habían transmitido un amargor espeso al agua que la hacía imposible, nuevamente imposible, de deglutir. Era como si un mecanismo natural y automático convirtiese el acto de deglutir en acto de expulsar. Devastado rompió a llorar sin lágrimas. Había permanecido durante varios días a la deriva rodeado de agua que no podía digerir, y ahora, tras encontrar un manantial virgen, la propia virginidad de su origen la igualaba en imposibilidad. Entró en una sensación similar al vértigo estético, ese que se produce cuando uno entra en una casa desconocida y de repente nota un mareo indefinido, y como una revelación se escuchó a si mismo que decía: << El tiempo enfría la sopa y calienta el plato>> las palabras que repetía, cuando era niño, su abuela para apremiar el inicio de la comida. Aquellas palabras, y jugando con el tiempo y el espacio, le llevó, en medio de semejante estupor a seguir el curso del arrollo naciente, con la certeza de que el agua, en su discurrir a qué lugar sabe, iría contagiándose de la temperatura de lo que roce, convirtiéndola en un licor posible.

Así fue. Apenas bastaron unos centenares de metros para que esta vez sus manos entrasen y saliesen de su cauce, aproximando, siquiera parcialmente entre los dedos, parte de ese manantial crecido a lo más hondo de su garganta. Sació la sed irredenta, volviendo a sentir la posibilidad de sobrevivir.

Ahora necesitaba recuperar energías, reconstruir su cuerpo castigado con algún aporte sólido. En ese momento hizo consciente que estaba en un lugar desconocido. Era desconocido el lugar geográfico, el suelo arenoso, los árboles y arbustos, y hasta los sonidos de la espesura, que hasta entonces no había percibido, le resultaban completamente ajenos. Formas inusuales de hojas, de tallos, de olores. Ya había experimentado el denso amargor de aquellos cocos, necesitaba encontrar algún fruto que le permitiese confiar en si mismo, en sus posibilidades de no formar parte definitiva de ese lugar desconocido. Resolvió fiarse de su olfato. Comería aquello cuyo olor le fuese familiar.

Tomó de árboles y arbustos bayas y bayucos, frutos, semillas, vainas, raíces, todo aquello que recordaba podía ser sujeto de ser comido. Las olisqueaba intensamente, tal cuales y partiéndolas, aproximando a su boca sólo aquellas que desprendiesen un aroma familiar. La selva aquella era generosa en frutos. Recolectó cientos de ellos, de formas y tamaños indescriptibles, completamente ajenos a todo lo que había conocido hasta entonces en su ciudad, en sus viajes, en sus mercados. Tras reconocer un olor familiar, acaso sin identificar certeramente, pero a fin de cuentas familiar, probaba con la punta de la lengua, ya lubricada tras la rehidratación anterior, sensaciones que transmitían las piezas que, superada la prueba del rememoramiento olfativo, aproximaba dudoso a su boca. Descartaba los amargos, nada comestible debía ser amargo, y lo excesivamente ácido. Con prudencia, masticaba los dulces, buscando los matices reconocibles entre sus muelas. Nunca había prestado tanta atención al trabajo de sus sentidos, descubriendo la cantidad de variaciones que era capaz de percibir. Sin embargo, a la hora de clasificarlos se refería a si mismo otros sabores ya conocidos. Así unas bayas amarillo transparente, del tamaño de un guisante, le recordaban al sabor intenso de las fresas, o creía estar comiendo nueces cuando comía la arenilla que resultaba de machacar unas cápsulas coriáceas que proporcionaba un árbol similar a un roble. Así fue saciando su apetito, pensó incluso probar con algún insecto, pero fue incapaz, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Logró sentirse satisfecho.

Tanto había caminado en busca de nutrientes que cuando alzó la vista un poco más allá de su inmediato entorno descubrió nuevamente el mar.

Esta vez el mar estaba frente a él, y el sol seguía ligeramente acariciándolo por detrás. Dedujo que en su caminar lineal había atravesado aquella superficie supramarina que bien podía ser una isla, una península o un istmo. Bajó, ahora con cuidado, hasta la playa, hasta la nueva playa igual de extensa que la que le dio firmeza a sus pies cuando despertó, igual de blanca, igual de paradisíaca. Quiso aproximarse a ella para percibir, desde su extremo, las dimensiones de la tierra firme que pisaba.

Las rocas se levantaban con mayor majestuosidad que las que recordaba del otro costado. Mas fuertes, más bravas, más impetuosas. No cabe duda que aquel paisaje, independientemente de su dramática situación, era bonito, fotográfico, catalogable. Sentía no disponer de una cámara que fijase aquella estampa, congelase el instante, para, ya salvado, ya de vuelta, ya reinsertado en su rutina, poder recordar aquel paisaje y decirse a sí mismo, una vez estuve allí.

En uno de los extremos de la cala, que como una sonrisa se abría al mar, había una oquedad amplia, oscura. Una cueva parecía. Baltasar caminó hacia ella, movido quizá por la curiosidad, quizá por el instinto natural que aquel recoveco despertaba a modo de seno materno, de refugio, quizá en busca de algún vestigio humano en su interior.

La luz apenas penetraba dentro, por lo que Baltasar hubo de esperar un tiempo para aclimatar la vista a esta nueva espesura. Logró dibujar los contornos iniciales de aquella boca del mundo. El lecho era arenoso, y daba la sensación de que en determinadas circunstancias se llenaba de mar. Hacía fresco, y un cierto desasosiego se apoderó de él. Con la vista puesta a medio camino para no golpear la cabeza con ningún saliente rocoso, tropezó con un objeto desapercibido que nacía a sus pies. Rascó la arena con su mano derecha, pero no llegó a caer. Sintió un dolor intenso en la espinilla. Apretó su mano en la herida, tratando de mitigar el golpe, y a sus ojos de penumbra apareció algo similar a un arcón enterrado.

Escarbó agitadamente, el perímetro arenoso que lo engullía, rescatando hasta la altura suficiente para que toda la parte superior quedase al descubierto y así tratar de abrirla. Debía llevar un largo tiempo allí semienterrada, pues los herrajes se notaban toscos al tacto, ásperos, herrumbrosos. En una especie de acto reflejo condicionado por la presencia de aquél arcón, su pensamiento voló hasta su habitación en Madrid, y como si en una avioneta en vuelo rasante viajase, encontró la caja que, bajo su cama, acumula cientos de fotos, entradas de cine, cartas de amor y desamor y un sin fin de objetos y papeles con los que se podría escribir la historia de su vida, su tesoro de recuerdos y vivencias amalgamadas.

Vuelto de aquel viaje casi astral, la acomodación de sus pupilas le permitió descubrir una placa en la parte superior de la tapa. I. S. Hadnick pudo deducir, si bien no tenía la certeza de si la S sería realmente una B. Logró abrir aquel gran baúl sin mucha dificultad. Le bastó un golpe de pierna en el broche para que saltase sin problemas. Una intensa emoción dilataba el tiempo que permaneció ante el cofre pudiendo abrirlo sin hacerlo.

Por fin lo hizo. Las bisagras no giraban bien, por lo que el movimiento de apertura fue como en fases y empujones. El baúl estaba lleno de frascos de cristal. Con sorpresa, Baltasar cogió dos, uno en cada mano, y se aproximó rápidamente a la entrada de la cueva para poder ver con claridad el contenido, si es que era posible. En uno de los frascos, y con un perfecto etiquetado, podía leerse: Helen kiss. En su interior, a través del cristal algo blanquecino por el paso del tiempo y la humedad, se podía vislumbrar un gas rojizo mate, con un poso líquido de color rojo intenso, transparente. En el otro frasco el rótulo indicaba: To be fighting a losing battle. En este caso, el color del gas era amarillo, e igualmente en la parte inferior un fluido transparente del mismo color. Baltasar no comprendía nada. Fue de nuevo al baúl y no había más que frascos con extrañas leyendas en inglés, Michael’s Born, I find my loser ring, At last i’d said I love you Martha,... y en su interior siempre un color distinto, por ligero que sea el matiz que lo diferencia.

Baltasar decidió abrir uno. No resultó fácil, no giraba ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera iba bajo presión. Lo intentó un largo rato, un bote en cuyo interior el gas azul marino parecía mucho más misterioso. Sin saber cómo el bote se abrió. Dedujo que el movimiento de apertura era más simple de lo que había imaginado. En cuanto el gas fue liberado, un sonido hueco, agudo, infinitesimal, aflautado, sorprendió a Baltasar. El gas se disipó rápidamente, asfixiando a Baltasar e irritando violentamente las mucosas y los ojos. Salió corriendo agitando todo el cuerpo, con los ojos cerrados, respirando superficialmente y escupiendo por doquier. El frasco yacía sobre la arena sin contenido alguno. Tras el estupor, Baltasar lo retomó en su mano, con cierta precaución. La leyenda había desaparecido. My sweet Martha se había esfumado como por arte de birlibirloque.

Baltasar no satisfecho decidió abrir otro de ellos, que figuraba como Mam´s dead, de color verde turquesa. Repitió la operación, e igualmente sin saber cómo se abrió el tarro produciendo un sonido similar al anterior. Baltasar, que había cubierto su cara y sus ojos con la camisa roída que casi se había fundido con su piel tostada, encontró un gas ligeramente dulce y sabroso al paladar, que le produjo una extraña sensación de paella bien guisada.

Absorto en sus pensamientos volvió sus pasos al interior de la cueva, se quedó un rato meditando, sin comprender nada. Envuelto en estos pensamientos irreconciliables, fijo la mirada más allá al interior de la cueva, y reconoció el perfil de otro baúl muy similar al anterior. Sorteando el primero corrió hacía el otro cofre, menos enterrado y en mejor estado si cabe que el otro. Consiguió arrastrarlo hasta el atrio de la cueva, donde la luz del día permitió, empapado en sudor y asombro, leer su propio nombre troquelado sobre la cubierta: B. Enriquez Catarroja. No había duda. Ese baúl tosco llevaba su nombre. Tiritando, nervioso, torpe y espeso trató de abrir infructuosamente el cofre. Llegó a voltearlo, haciendo acopio de fuerza, escuchando el tintineo de frascos que chocan en su interior. En el tejido del baúl, que al volcarlo había dejado al descubierto la cara inferior, se leía:

“Nadie puede abrir, en un acto verosímil, el cofre de sus propios recuerdos.”

Y en una segunda línea:

“Nadie puede recordar verazmente la esencia de los recuerdos ajenos.”

Baltasar abrazó el cofre como quien abraza la almohada tras un abandono, lloró, esta vez si fluyeron lágrimas por sus ojos.

Una expedición científica toma tierra en la costa norte de la Isla del Olvido, titulaba el diario de mayor tirada nacional, y haya un naufrago abrazado a una pequeña barca de remos en la orilla.

Naufragio sin Gaviota

Por fin, a lo lejos, entre la bruma se adivinaba algo similar a tierra firme. Baltasar ya no daba crédito a sus ojos. El cansancio convertía en ficticia cualquier superficie iluminada por el sol en su cenit. Rodeado de tanta agua, tenía la garganta seca, la piel seca, los labios secos, una elipse de sal los rodea, los ojos secos. Remaba por continuidad, sin fuerzas. El brusco golpe del casco de la barca con la arena catapultó a Baltasar sobre la orilla.

Habían pasado varias horas, cuando Baltasar abrió los ojos. No sabía si atardecía o estaba amaneciendo. Había recuperado algo de energía, la suficiente como para ponerse en pie y sacudirse la arena de la cara y de su pelo negro revuelto, enmadejado, haciendo vedejas con el mar y la arena. La marea había dejado tras de si una playa extensa y la barca, a su lado, estaba encallada como una roca en la arena, rodeada de sendos surcos simétricos, como lágrimas derramadas por las últimas olas de la bajamar.

Tenía que beber. Cierta lucidez le permitía distinguir sus prioridades. La barca debía ser afirmada, confirmada en algún lugar seguro para evitar ser arrastrada de nuevo al mar infinito y poder retornar en algún momento al lugar del que ilusionadamente partió. Pero eso vendría después. Agua. Lo imprescindible era el agua entonces. Arrastrando los pies escocidos dejó el mar a sus espaldas e inició una expedición por una selva que casi le abrazaba. Este mar vegetal, casi imposible, compacto, unitario, dejaba ciertos regueros por los que, con dificultad, podía penetrarla. El olor a sal terció a un olor húmico al adentrarse.

Sonaban los chasquidos de las ramas secas sobre sus pisadas. Tal espesura no sería posible si no hubiese una fuente copiosa de agua en aquel paisaje, pensó. No tenía miedo, sólo sentía debilidad y sed, mucha sed. Tras quizá un par de horas de caminar, la temperatura había subido significativamente en el interior de aquel paraguas vegetal. A no mucha distancia, a no mucho tiempo, un reflejo, como una perla, como un guiño fugaz, un cristalito de luz que atravesó sus ojos verdes un instante. Hacia allí, dirigió, firmes en la debilidad, sus pesados pasos hacia aquel espejo fugaz . Sí, era un angosto manantial que fluía de cristal borboteando, invisible, sobre las rocas en un aquelarre arbóreo que lo custodiaba y escondía. Cayó de rodillas ante él. Sus manos entraron con fruición en al agua como una punta de lanza atraviesa un fardo de heno aún fresco. El agua estaba fría, muy fría, helada. Enseguida lo percibieron sus manos, que hubo de retirarlas como acalambradas ante tal contraste. El tesoro incoloro resbalaba entre las grietas veteadas de sus manos. Acercó los labios, también arrugados, formando un cono absorbente tratando de succionar lo más rápidamente posible. Apenas el primer trago se posó sobre su lengua, la imposible temperatura del elemento lo obligó a retirarlos de inmediato. El agua estaba allí, pero estaba imposible. Miró en derredor tratando de encontrar algún instrumento cóncavo que le permitiese recabar siquiera un puñado de agua para, ya mansa, poder beberla. Una semilla, similar a un coco podría ser el útil necesario. La quebró de un golpe seco contra el suelo, dejó manar una leche verdiblanca casi con la espesura de la miel, dejando una grieta suficiente que permitió a Baltasar romper la cáscara en dos mitades. Retiró la pulpa, verde pálida, de un olor penetrante y una textura fibrosa, adherida a la corteza como si de un liquen se tratase. Arrancó aquella carne haciendo uso firme de sus uñas mugrientas. El cuenco, ya desnudo, como una pelota de tenis partida, podrá servir. Con ambas mitades complementarias acudió de nuevo al manantial, y las llenó de agua cristalina. Buscó un haz de sol que burlase la cubierta forestal, y colocó los improvisados cuencos bajo su calor. Repitió la operación unas cuantas veces, llegando a juntar una docena de recipientes colmados de agua. Habían pasado unos minutos, suficientes para que la temperatura del agua, bajo el sol escogido y castigante, fuese templada. Tras semejante acto racional de paciencia probó de nuevo. Hubo de escupir el bocado con una gran arcada. Esas semillas desconocidas habían transmitido un amargor espeso al agua que la hacía imposible, nuevamente imposible, de deglutir. Era como si un mecanismo natural y automático convirtiese el acto de deglutir en acto de expulsar. Devastado rompió a llorar sin lágrimas. Había permanecido durante varios días a la deriva rodeado de agua que no podía digerir, y ahora, tras encontrar un manantial virgen, la propia virginidad de su origen la igualaba en imposibilidad. Entró en una sensación similar al vértigo estético, ese que se produce cuando uno entra en una casa desconocida y de repente nota un mareo indefinido, y como una revelación se escuchó a si mismo que decía: << El tiempo enfría la sopa y calienta el plato>> las palabras que repetía, cuando era niño, su abuela para apremiar el inicio de la comida. Aquellas palabras, y jugando con el tiempo y el espacio, le llevó, en medio de semejante estupor a seguir el curso del arrollo naciente, con la certeza de que el agua, en su discurrir a qué lugar sabe, iría contagiándose de la temperatura de lo que roce, convirtiéndola en un licor posible.

Así fue. Apenas bastaron unos centenares de metros para que esta vez sus manos entrasen y saliesen de su cauce, aproximando, siquiera parcialmente entre los dedos, parte de ese manantial crecido a lo más hondo de su garganta. Sació la sed irredenta, volviendo a sentir la posibilidad de sobrevivir.

Ahora necesitaba recuperar energías, reconstruir su cuerpo castigado con algún aporte sólido. En ese momento hizo consciente que estaba en un lugar desconocido. Era desconocido el lugar geográfico, el suelo arenoso, los árboles y arbustos, y hasta los sonidos de la espesura, que hasta entonces no había percibido, le resultaban completamente ajenos. Formas inusuales de hojas, de tallos, de olores. Ya había experimentado el denso amargor de aquellos cocos, necesitaba encontrar algún fruto que le permitiese confiar en si mismo, en sus posibilidades de no formar parte definitiva de ese lugar desconocido. Resolvió fiarse de su olfato. Comería aquello cuyo olor le fuese familiar.

Tomó de árboles y arbustos bayas y bayucos, frutos, semillas, vainas, raíces, todo aquello que recordaba podía ser sujeto de ser comido. Las olisqueaba intensamente, tal cuales y partiéndolas, aproximando a su boca sólo aquellas que desprendiesen un aroma familiar. La selva aquella era generosa en frutos. Recolectó cientos de ellos, de formas y tamaños indescriptibles, completamente ajenos a todo lo que había conocido hasta entonces en su ciudad, en sus viajes, en sus mercados. Tras reconocer un olor familiar, acaso sin identificar certeramente, pero a fin de cuentas familiar, probaba con la punta de la lengua, ya lubricada tras la rehidratación anterior, sensaciones que transmitían las piezas que, superada la prueba del rememoramiento olfativo, aproximaba dudoso a su boca. Descartaba los amargos, nada comestible debía ser amargo, y lo excesivamente ácido. Con prudencia, masticaba los dulces, buscando los matices reconocibles entre sus muelas. Nunca había prestado tanta atención al trabajo de sus sentidos, descubriendo la cantidad de variaciones que era capaz de percibir. Sin embargo, a la hora de clasificarlos se refería a si mismo otros sabores ya conocidos. Así unas bayas amarillo transparente, del tamaño de un guisante, le recordaban al sabor intenso de las fresas, o creía estar comiendo nueces cuando comía la arenilla que resultaba de machacar unas cápsulas coriáceas que proporcionaba un árbol similar a un roble. Así fue saciando su apetito, pensó incluso probar con algún insecto, pero fue incapaz, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Logró sentirse satisfecho.

Tanto había caminado en busca de nutrientes que cuando alzó la vista un poco más allá de su inmediato entorno descubrió nuevamente el mar.

Esta vez el mar estaba frente a él, y el sol seguía ligeramente acariciándolo por detrás. Dedujo que en su caminar lineal había atravesado aquella superficie supramarina que bien podía ser una isla, una península o un istmo. Bajó, ahora con cuidado, hasta la playa, hasta la nueva playa igual de extensa que la que le dio firmeza a sus pies cuando despertó, igual de blanca, igual de paradisíaca. Quiso aproximarse a ella para percibir, desde su extremo, las dimensiones de la tierra firme que pisaba.

Las rocas se levantaban con mayor majestuosidad que las que recordaba del otro costado. Mas fuertes, más bravas, más impetuosas. No cabe duda que aquel paisaje, independientemente de su dramática situación, era bonito, fotográfico, catalogable. Sentía no disponer de una cámara que fijase aquella estampa, congelase el instante, para, ya salvado, ya de vuelta, ya reinsertado en su rutina, poder recordar aquel paisaje y decirse a sí mismo, una vez estuve allí.

En uno de los extremos de la cala, que como una sonrisa se abría al mar, había una oquedad amplia, oscura. Una cueva parecía. Baltasar caminó hacia ella, movido quizá por la curiosidad, quizá por el instinto natural que aquel recoveco despertaba a modo de seno materno, de refugio, quizá en busca de algún vestigio humano en su interior.

La luz apenas penetraba dentro, por lo que Baltasar hubo de esperar un tiempo para aclimatar la vista a esta nueva espesura. Logró dibujar los contornos iniciales de aquella boca del mundo. El lecho era arenoso, y daba la sensación de que en determinadas circunstancias se llenaba de mar. Hacía fresco, y un cierto desasosiego se apoderó de él. Con la vista puesta a medio camino para no golpear la cabeza con ningún saliente rocoso, tropezó con un objeto desapercibido que nacía a sus pies. Rascó la arena con su mano derecha, pero no llegó a caer. Sintió un dolor intenso en la espinilla. Apretó su mano en la herida, tratando de mitigar el golpe, y a sus ojos de penumbra apareció algo similar a un arcón enterrado.

Escarbó agitadamente, el perímetro arenoso que lo engullía, rescatando hasta la altura suficiente para que toda la parte superior quedase al descubierto y así tratar de abrirla. Debía llevar un largo tiempo allí semienterrada, pues los herrajes se notaban toscos al tacto, ásperos, herrumbrosos. En una especie de acto reflejo condicionado por la presencia de aquél arcón, su pensamiento voló hasta su habitación en Madrid, y como si en una avioneta en vuelo rasante viajase, encontró la caja que, bajo su cama, acumula cientos de fotos, entradas de cine, cartas de amor y desamor y un sin fin de objetos y papeles con los que se podría escribir la historia de su vida, su tesoro de recuerdos y vivencias amalgamadas.

Vuelto de aquel viaje casi astral, la acomodación de sus pupilas le permitió descubrir una placa en la parte superior de la tapa. I. S. Hadnick pudo deducir, si bien no tenía la certeza de si la S sería realmente una B. Logró abrir aquel gran baúl sin mucha dificultad. Le bastó un golpe de pierna en el broche para que saltase sin problemas. Una intensa emoción dilataba el tiempo que permaneció ante el cofre pudiendo abrirlo sin hacerlo.

Por fin lo hizo. Las bisagras no giraban bien, por lo que el movimiento de apertura fue como en fases y empujones. El baúl estaba lleno de frascos de cristal. Con sorpresa, Baltasar cogió dos, uno en cada mano, y se aproximó rápidamente a la entrada de la cueva para poder ver con claridad el contenido, si es que era posible. En uno de los frascos, y con un perfecto etiquetado, podía leerse: Helen kiss. En su interior, a través del cristal algo blanquecino por el paso del tiempo y la humedad, se podía vislumbrar un gas rojizo mate, con un poso líquido de color rojo intenso, transparente. En el otro frasco el rótulo indicaba: To be fighting a losing battle. En este caso, el color del gas era amarillo, e igualmente en la parte inferior un fluido transparente del mismo color. Baltasar no comprendía nada. Fue de nuevo al baúl y no había más que frascos con extrañas leyendas en inglés, Michael’s Born, I find my loser ring, At last i’d said I love you Martha,... y en su interior siempre un color distinto, por ligero que sea el matiz que lo diferencia.

Baltasar decidió abrir uno. No resultó fácil, no giraba ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera iba bajo presión. Lo intentó un largo rato, un bote en cuyo interior el gas azul marino parecía mucho más misterioso. Sin saber cómo el bote se abrió. Dedujo que el movimiento de apertura era más simple de lo que había imaginado. En cuanto el gas fue liberado, un sonido hueco, agudo, infinitesimal, aflautado, sorprendió a Baltasar. El gas se disipó rápidamente, asfixiando a Baltasar e irritando violentamente las mucosas y los ojos. Salió corriendo agitando todo el cuerpo, con los ojos cerrados, respirando superficialmente y escupiendo por doquier. El frasco yacía sobre la arena sin contenido alguno. Tras el estupor, Baltasar lo retomó en su mano, con cierta precaución. La leyenda había desaparecido. My sweet Martha se había esfumado como por arte de birlibirloque.

Baltasar no satisfecho decidió abrir otro de ellos, que figuraba como Mam´s dead, de color verde turquesa. Repitió la operación, e igualmente sin saber cómo se abrió el tarro produciendo un sonido similar al anterior. Baltasar, que había cubierto su cara y sus ojos con la camisa roída que casi se había fundido con su piel tostada, encontró un gas ligeramente dulce y sabroso al paladar, que le produjo una extraña sensación de paella bien guisada.

Absorto en sus pensamientos volvió sus pasos al interior de la cueva, se quedó un rato meditando, sin comprender nada. Envuelto en estos pensamientos irreconciliables, fijo la mirada más allá al interior de la cueva, y reconoció el perfil de otro baúl muy similar al anterior. Sorteando el primero corrió hacía el otro cofre, menos enterrado y en mejor estado si cabe que el otro. Consiguió arrastrarlo hasta el atrio de la cueva, donde la luz del día permitió, empapado en sudor y asombro, leer su propio nombre troquelado sobre la cubierta: B. Enriquez Catarroja. No había duda. Ese baúl tosco llevaba su nombre. Tiritando, nervioso, torpe y espeso trató de abrir infructuosamente el cofre. Llegó a voltearlo, haciendo acopio de fuerza, escuchando el tintineo de frascos que chocan en su interior. En el tejido del baúl, que al volcarlo había dejado al descubierto la cara inferior, se leía:

“Nadie puede abrir, en un acto verosímil, el cofre de sus propios recuerdos.”

Y en una segunda línea:

“Nadie puede recordar verazmente la esencia de los recuerdos ajenos.”

Baltasar abrazó el cofre como quien abraza la almohada tras un abandono, lloró, esta vez si fluyeron lágrimas por sus ojos.

Una expedición científica toma tierra en la costa norte de la Isla del Olvido, titulaba el diario de mayor tirada nacional, y haya un naufrago abrazado a una pequeña barca de remos en la orilla.

miércoles, 25 de julio de 2007

NI NOVILLO NI BECERRO

Una sombra en las afueras tiñe el albero de rojo muerto. El viento arrastra aun el olor del penúltimo burel. El penetrante perfume del estiércol tiene algo de excitante. Sin testigos yace la nada en los corrales, otrora llenos de vida, temblor y bravura. No hay gentío, pero resuenan los ecos de vítores y pitos, de timbales y clarines. Silencio.

Han crujido las tablas en el envite del principio. Un toro, un maestro.

La divisa de repente, músculo contra músculo, rápido, potente, húmedo, fugaz. Pases de reconocimiento, mira de reojo el burladero, acaso con querencia, acaso disimulo. Se miden, poder a poder.

Clavaron sus ojos mutuamente. Se cerraron. Abiertos de nuevo la curvatura del coso parecía una sonrisa, y la arena siete piezas blancas, ebúrneas. Se baten las banderas con aires castellanos. El sol refleja el oro y afirma el negro del traje de luces, los machos se vaivienen con el aire.

El toro espera, se arranca desde lejos, el diestro lo espera a pies juntillas. Parece que juegan. Rozan los pitones el costado, un cosquilleo provoca un escalofrío. Le tiene la medida. Para, templa, manda.

Un público imaginario marca con olés un ritmo que se enreda. Cara a cara, sin capote ni muleta se vieron un instante. Se enjuagan la sangre y el sudor. Sabe, quiere, puede.

La bestia atiende al engaño. Se miden en los medios, escarba, se arranca de nuevo, un mugido tosco y seco cuando asientan los garapuyos en dorso. Dos, tres, cinco. Se crece.

Como en un espejismo se ven dos bestias en el ruedo, sardo y terciado el uno, azabache y agalgado el otro. Cómplices.

Es momento de lucirse. Se suceden los pases derechos, naturales cambiados. El tiempo se estira en una cadencia sin avisos. La muleta se ayuda del estaquillador como de una mentira. Nunca antes hubo lidia mejor.

Una sombra entra al quite, se lleva de lejos el estoque de la mano del subalterno, toro y torero se funden en un beso impaciente que sabe a sangre, alguien susurra un padrenuestro, la imagen se desvanece evaporada.

Tres suertes.

Tres pañuelos blancos

Suerte Suprema.

Una sombra en las afueras tiñe el albero de rojo muerto. Debió morir con la boca cerrada.

Ni Novillo Ni Becerro

Una sombra en las afueras tiñe el albero de rojo muerto. El viento arrastra aun el olor del penúltimo burel. El penetrante perfume del estiércol tiene algo de excitante. Sin testigos yace la nada en los corrales, otrora llenos de vida, temblor y bravura. No hay gentío, pero resuenan los ecos de vítores y pitos, de timbales y clarines. Silencio.

Han crujido las tablas en el envite del principio. Un toro, un maestro.

La divisa de repente, músculo contra músculo, rápido, potente, húmedo, fugaz. Pases de reconocimiento, mira de reojo el burladero, acaso con querencia, acaso disimulo. Se miden, poder a poder.

Clavaron sus ojos mutuamente. Se cerraron. Abiertos de nuevo la curvatura del coso parecía una sonrisa, y la arena siete piezas blancas, ebúrneas. Se baten las banderas con aires castellanos. El sol refleja el oro y afirma el negro del traje de luces, los machos se vaivienen con el aire.

El toro quieto, se arranca desde lejos, el diestro lo espera a pies juntillas. Parece que juegan. Rozan los pitones el costado, un cosquilleo provoca un escalofrío. Le tiene la medida. Para, templa, manda.

Un público imaginario marca con olés un ritmo que se enreda. Cara a cara, sin capote ni muleta se vieron un instante. Se enjuagan la sangre y el sudor. Sabe, quiere, puede.

La bestia atiende al engaño. Se miden en los medios, escarba, se arranca de nuevo, un mugido tosco y seco cuando asientan los garapuyos en dorso. Dos, tres, cinco. Se crece.

Como en un espejismo se ven dos bestias en el ruedo, sardo y terciado el uno, azabache y agalgado el otro. Cómplices.

Es momento de lucirse. Se suceden los pases derechos, naturales, cambiados. El tiempo se estira en una cadencia sin avisos. La muleta se ayuda del estaquillador como de una mentira. Nunca antes hubo lidia mejor.

Una sombra entra al quite, se lleva de lejos el estoque de la mano del subalterno, toro y torero se funden en un beso impaciente que sabe a sangre, alguien susurra un padrenuestro, la imagen se desvanece evaporada.

Tres suertes.

Tres pañuelos blancos

El devenir inconcluso de la suerte suprema.

Una sombra en las afueras tiñe el albero de rojo muerto. La buena muerte vendrá con la boca cerrada.

Una dedicatoria pendiente

De un cuenco hondo se derramaron miles de abrazos. Quedaron suspendidos en el cielo, como nubes de sombra para los días de sol ardiente.

Unos van cayendo, cada cual cuando toca, el y ella se encuentran, ellos se consuelan, ellas se atrapan, empapados en sus abrazos estrenados.

Otros muchos permanecen infinitos sin dueño ni dueña que los deshaga, pues los abrazos de tanto tiempo sólo se deshacen si los damos.,

Un niño suspira en un banco de la plaza por su abrazo. Sabe que no hay abrazo sino hay dos.

Llora de impotencia el manco la certeza de su no abrazo generoso.

Ese abrazo que quizá ya habíamos nombrado desde lejos, ayer, además, al deshacerse nos dejó su olor. Olor tuyo, olor mío.

Todos llevaban miel en los labios, pero solo lo descubrieron los que se besaron.

Keko, 18 de julio de 2007

lunes, 16 de julio de 2007

De Uno a Dos

El viento arrancó breve,
suave como una brisa,
recorría rozando apenas,
la verdad desnuda.

Se enredaba,
queriendo estar,
por los rincones escasos
de la piel,
meciendo primero,
batiendo después,
uno a uno los cabellos
sembrados como un trigo agostado.

Se había hecho por voluntad
oscuro,
y el dulce primero
a veces,
se iba deshaciendo sal.

El espacio acariciando
sus dimensiones mas secretas.

El tiempo lentamente
acelerándose,
llegaría al vértigo,
aun no.

Cada vez mas cerca,
cada vez mas dentro.

Se paró un instante
Al llegar allí,
Mas todo siguió
como una estrofa
de la misma canción,
sencilla.

Pasa,
No temas,
Dejándose ir
por fuera
una descarga
casi eléctrica.

Lo consciente giró
a lo inconsciente
por un segundo,
volviendo en si
tan de repente
como vino.

Pero ya no era igual.

En secreto.

Uno

Como una danza
de delfines,
el mar
batía sus mareas.

Atrapada en sus olas
giraba la luna

Atrás el valle,
la cima enfrente
más cerca.

Calor sin sol,
vapor de selva,
hacia delante

Ascenso
y mas ascenso,

Ahogo sin gritar.

Blanco.
Ahora se ve blanco

Querer atrapar el instante
y no poder.

¡No poder!

Ni por un momento.

Trémulo

Aun batiente,

El universo
se hace espuma.

Y el cielo se desploma

Exhausto

Como la última certeza

En silencios de cristal

Transparente.

Dos

miércoles, 11 de julio de 2007

Estaba prohibido

Estaba prohibido. No lo ponía en ningún sitio, pero todos los topos lo sabían. Nadie sabía por qué, aunque solo los topillos más pequeños lo preguntaban hasta que se hacían mayores, y entonces aun sin respuesta, dejaban de hacerlo. Un señor topo nunca haría ese tipo de preguntas. Una señora topo tampoco.

Simón lo sabía. Quizá por eso, por saberlo, tenia ganas de hacerlo. Preparó toda la estrategia.

Era el tiempo en el que hacia calor, aunque ya no tanto. Pasó toda la jornada como si tal cosa, correteando con sus pares, entrando y saliendo en la galería desobedeciendo hasta que no le quedaba más remedio. Riendo, quizá más que otras veces. Mordisqueando la cola de los que siesteaban, cavando túneles nuevos para mantener en forma sus uñas, comiendo la fruta caída, aun no se atrevía con las húmedas lombrices. Nadie notó nada.

Ya se acercaba la hora de la brisa. Ese momento nuevo cada día que anunciaba algo distinto, desconocido. Sin preguntas, cada uno de los habitantes de la pradera enfilaba sus torpes pasos hacia dentro. Los más grandes los primeros, como siempre, ya cansados incluso, alguno entre bostezos. Simón se daba cuenta. Siempre pasaba lo mismo, sin avisos, sin estruendos, sin razones. Todo ocurría en la pradera como estaba previsto.

Tenía su escondite secreto. Simón observaba, y eso le permitía conocer incluso las cosas que para otros no existían, como el silencio. Descubrió el silencio cuando terminó su escondite secreto y lo gozó por primera vez. Conociendo el silencio fue como descubrió el canto de las ranas, porque lo rompían, e incluso escuchó que había un río, pequeño, pero no por ello menos río, debajo de la tierra tapizada de verde.

Esa noche no fue a la galería con el resto de los topos, sino que se quedó en su escondite, adrede. Volvió a escuchar el silencio, y el loco ritmo de su corazón ansioso, allí metido, solo con él.

Y la hora de la brisa llegó. No sabía que desde que se acerca hasta que llega pasa tanto tiempo, por lo menos esa vez había pasado tanto tiempo.

Escuchó cantos nuevos. Voces parecidas pero no eran las mismas, ni tan siquiera venían de los sitios de siempre. Tanto tiempo deseándolo, y ahora no se atrevía a salir. Se emocionaba sólo con la posibilidad de salir, aunque tenía miedo. Era el momento, lo había decidido, y no podía echarse ahora atrás. Menos por miedo.

De un salto pasó de dentro a fuera.

Había tanta luz que no veía nada. Todo olía distinto, aunque reconocía olores de otras veces confundidos entre ellos. Se sintió mas torpe que hacía unas horas, no era el cansancio. Y sin embargo ahí estaba, tratando de ajustar sus torpes y ciegos ojos a tanta claridad. Descubrió colores que antes solo eran formas. Las gotas de rocío preñadas de agua pura que cada noche solo había visto crecer, ahora se iban haciendo cada vez mas chiquitas, el aire se hacia un poco mas espeso y caliente. Los sitios de siempre estaban pintados, incluso la montaña de piedras que tantas veces había revuelto con sus amigos.

Como una caricia, un leve aleteo merodeó a su alrededor, con vaivenes desventados, apenas distinguía cuatro puntos oscuros batiéndose sobre finas telas, un pequeño cuerpecillo pendido en medio, tenía el color del sol. Iba y venía así como a trompicones. Incluso osó posarse, ligero, eso si, sobre su bigoteado hocico... Casi le hace estornudar.

Más sorprendido estaba aun por lo alto. Todos aquellos puntitos de siempre, esos que parecían caminar aunque no se viese, pues cierto era que se movían, que cada noche estaban caídos siempre en el mismo sitio, o casi siempre, habían desaparecido. Lo oscuro no estaba en el cielo. Incluso esa esfera tan blanca, que a veces está otras desaparece y muchas solo enseña su mitad, esa tan única, tan compañera, tan inasible, incluso esa no se sentía. Había en cambio algodones colgados, de cientos de formas y claros. Parecía un río sobre el cielo, movido por el viento.

De pronto, cuando apenas había hecho consciente que todo era distinto, su rostro afilado sintió menos calor, y la claridad por un momento fue menos clara. Y lo mismo volvió a pasar dos o tres veces más intermitentemente, hasta que escuchó algo así como el vuelo caído del autillo. No era un autillo, pero caía como el autillo. Tenía algo de autillo, pero no era el autillo. No sonaba igual su vuelo.

Corrió, corrió como si del autillo se tratase buscando la galería, perdido entre las sombras y tanta luz, entre los caminos de siempre con otros colores que no sabía ni nombrar, chocando, él, el mejor regateador de la pradera chocando, y esta vez con miedo. Con miedo. Y la sombra y el vuelo caído y el batir de alas siguiendo su rastro diminuto.

Corría, corría hasta que algo lo agarró por la cola y, vencido por lo inminente, se entregó dócil a una decisión ajena.

Aturdido se sacudió la arena de entre todo su cuerpecillo y abrió los ojos. Ahora la oscuridad era suficiente como para ver. Estaba allí, era su galería, la galería de los suyos. Estaba dentro. Alguien o algo lo había trasladado violentamente hasta allí. Volvió a estar rodeado de silencio.

No tenía nombres para esas sensaciones nuevas, para esos colores, esos sonidos, esos olores. No lo podría contar. Tampoco tenía intención de ello. Ahora sabía que detrás de la brisa había muchas cosas diferentes, y algunas parecidas, como el miedo o el placer. No había descubierto por qué estaba prohibido, a lo mejor ni siquiera lo estaba, pero nadie nunca lo había hecho.

O quizá si, alguien que mordió su cola y lo llevó de nuevo a la galería. Alguien que sabía que cuando cae la noche, se abren algunas flores y todo se llena de olores nuevos.