Estaba prohibido. No lo ponía en ningún sitio, pero todos los topos lo sabían. Nadie sabía por qué, aunque solo los topillos más pequeños lo preguntaban hasta que se hacían mayores, y entonces aun sin respuesta, dejaban de hacerlo. Un señor topo nunca haría ese tipo de preguntas. Una señora topo tampoco.
Simón lo sabía. Quizá por eso, por saberlo, tenia ganas de hacerlo. Preparó toda la estrategia.
Era el tiempo en el que hacia calor, aunque ya no tanto. Pasó toda la jornada como si tal cosa, correteando con sus pares, entrando y saliendo en la galería desobedeciendo hasta que no le quedaba más remedio. Riendo, quizá más que otras veces. Mordisqueando la cola de los que siesteaban, cavando túneles nuevos para mantener en forma sus uñas, comiendo la fruta caída, aun no se atrevía con las húmedas lombrices. Nadie notó nada.
Ya se acercaba la hora de la brisa. Ese momento nuevo cada día que anunciaba algo distinto, desconocido. Sin preguntas, cada uno de los habitantes de la pradera enfilaba sus torpes pasos hacia dentro. Los más grandes los primeros, como siempre, ya cansados incluso, alguno entre bostezos. Simón se daba cuenta. Siempre pasaba lo mismo, sin avisos, sin estruendos, sin razones. Todo ocurría en la pradera como estaba previsto.
Tenía su escondite secreto. Simón observaba, y eso le permitía conocer incluso las cosas que para otros no existían, como el silencio. Descubrió el silencio cuando terminó su escondite secreto y lo gozó por primera vez. Conociendo el silencio fue como descubrió el canto de las ranas, porque lo rompían, e incluso escuchó que había un río, pequeño, pero no por ello menos río, debajo de la tierra tapizada de verde.
Esa noche no fue a la galería con el resto de los topos, sino que se quedó en su escondite, adrede. Volvió a escuchar el silencio, y el loco ritmo de su corazón ansioso, allí metido, solo con él.
Y la hora de la brisa llegó. No sabía que desde que se acerca hasta que llega pasa tanto tiempo, por lo menos esa vez había pasado tanto tiempo.
Escuchó cantos nuevos. Voces parecidas pero no eran las mismas, ni tan siquiera venían de los sitios de siempre. Tanto tiempo deseándolo, y ahora no se atrevía a salir. Se emocionaba sólo con la posibilidad de salir, aunque tenía miedo. Era el momento, lo había decidido, y no podía echarse ahora atrás. Menos por miedo.
De un salto pasó de dentro a fuera.
Había tanta luz que no veía nada. Todo olía distinto, aunque reconocía olores de otras veces confundidos entre ellos. Se sintió mas torpe que hacía unas horas, no era el cansancio. Y sin embargo ahí estaba, tratando de ajustar sus torpes y ciegos ojos a tanta claridad. Descubrió colores que antes solo eran formas. Las gotas de rocío preñadas de agua pura que cada noche solo había visto crecer, ahora se iban haciendo cada vez mas chiquitas, el aire se hacia un poco mas espeso y caliente. Los sitios de siempre estaban pintados, incluso la montaña de piedras que tantas veces había revuelto con sus amigos.
Como una caricia, un leve aleteo merodeó a su alrededor, con vaivenes desventados, apenas distinguía cuatro puntos oscuros batiéndose sobre finas telas, un pequeño cuerpecillo pendido en medio, tenía el color del sol. Iba y venía así como a trompicones. Incluso osó posarse, ligero, eso si, sobre su bigoteado hocico... Casi le hace estornudar.
Más sorprendido estaba aun por lo alto. Todos aquellos puntitos de siempre, esos que parecían caminar aunque no se viese, pues cierto era que se movían, que cada noche estaban caídos siempre en el mismo sitio, o casi siempre, habían desaparecido. Lo oscuro no estaba en el cielo. Incluso esa esfera tan blanca, que a veces está otras desaparece y muchas solo enseña su mitad, esa tan única, tan compañera, tan inasible, incluso esa no se sentía. Había en cambio algodones colgados, de cientos de formas y claros. Parecía un río sobre el cielo, movido por el viento.
De pronto, cuando apenas había hecho consciente que todo era distinto, su rostro afilado sintió menos calor, y la claridad por un momento fue menos clara. Y lo mismo volvió a pasar dos o tres veces más intermitentemente, hasta que escuchó algo así como el vuelo caído del autillo. No era un autillo, pero caía como el autillo. Tenía algo de autillo, pero no era el autillo. No sonaba igual su vuelo.
Corrió, corrió como si del autillo se tratase buscando la galería, perdido entre las sombras y tanta luz, entre los caminos de siempre con otros colores que no sabía ni nombrar, chocando, él, el mejor regateador de la pradera chocando, y esta vez con miedo. Con miedo. Y la sombra y el vuelo caído y el batir de alas siguiendo su rastro diminuto.
Corría, corría hasta que algo lo agarró por la cola y, vencido por lo inminente, se entregó dócil a una decisión ajena.
Aturdido se sacudió la arena de entre todo su cuerpecillo y abrió los ojos. Ahora la oscuridad era suficiente como para ver. Estaba allí, era su galería, la galería de los suyos. Estaba dentro. Alguien o algo lo había trasladado violentamente hasta allí. Volvió a estar rodeado de silencio.
No tenía nombres para esas sensaciones nuevas, para esos colores, esos sonidos, esos olores. No lo podría contar. Tampoco tenía intención de ello. Ahora sabía que detrás de la brisa había muchas cosas diferentes, y algunas parecidas, como el miedo o el placer. No había descubierto por qué estaba prohibido, a lo mejor ni siquiera lo estaba, pero nadie nunca lo había hecho.
O quizá si, alguien que mordió su cola y lo llevó de nuevo a la galería. Alguien que sabía que cuando cae la noche, se abren algunas flores y todo se llena de olores nuevos.

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