Por fin, a lo lejos, entre la bruma se adivinaba algo similar a tierra firme. Baltasar ya no daba crédito a sus ojos. El cansancio convertía en ficticia cualquier superficie iluminada por el sol en su cenit. Rodeado de tanta agua, tenía la garganta seca, la piel seca, los labios secos, una elipse de sal los rodea, los ojos secos. Remaba por continuidad, sin fuerzas. El brusco golpe del casco de la barca con la arena catapultó a Baltasar sobre la orilla.
Habían pasado varias horas, cuando Baltasar abrió los ojos. No sabía si atardecía o estaba amaneciendo. Había recuperado algo de energía, la suficiente como para ponerse en pie y sacudirse la arena de la cara y de su pelo negro revuelto, enmadejado, haciendo vedejas con el mar y la arena. La marea había dejado tras de si una playa extensa y la barca, a su lado, estaba encallada como una roca en la arena, rodeada de sendos surcos simétricos, como lágrimas derramadas por las últimas olas de la bajamar.
Tenía que beber. Cierta lucidez le permitía distinguir sus prioridades. La barca debía ser afirmada, confirmada en algún lugar seguro para evitar ser arrastrada de nuevo al mar infinito y poder retornar en algún momento al lugar del que ilusionadamente partió. Pero eso vendría después. Agua. Lo imprescindible era el agua entonces. Arrastrando los pies escocidos dejó el mar a sus espaldas e inició una expedición por una selva que casi le abrazaba. Este mar vegetal, casi imposible, compacto, unitario, dejaba ciertos regueros por los que, con dificultad, podía penetrarla. El olor a sal terció a un olor húmico al adentrarse.
Sonaban los chasquidos de las ramas secas sobre sus pisadas. Tal espesura no sería posible si no hubiese una fuente copiosa de agua en aquel paisaje, pensó. No tenía miedo, sólo sentía debilidad y sed, mucha sed. Tras quizá un par de horas de caminar, la temperatura había subido significativamente en el interior de aquel paraguas vegetal. A no mucha distancia, a no mucho tiempo, un reflejo, como una perla, como un guiño fugaz, un cristalito de luz que atravesó sus ojos verdes un instante. Hacia allí, dirigió, firmes en la debilidad, sus pesados pasos hacia aquel espejo fugaz . Sí, era un angosto manantial que fluía de cristal borboteando, invisible, sobre las rocas en un aquelarre arbóreo que lo custodiaba y escondía. Cayó de rodillas ante él. Sus manos entraron con fruición en al agua como una punta de lanza atraviesa un fardo de heno aún fresco. El agua estaba fría, muy fría, helada. Enseguida lo percibieron sus manos, que hubo de retirarlas como acalambradas ante tal contraste. El tesoro incoloro resbalaba entre las grietas veteadas de sus manos. Acercó los labios, también arrugados, formando un cono absorbente tratando de succionar lo más rápidamente posible. Apenas el primer trago se posó sobre su lengua, la imposible temperatura del elemento lo obligó a retirarlos de inmediato. El agua estaba allí, pero estaba imposible.
Miró en derredor tratando de encontrar algún instrumento cóncavo que le permitiese recabar siquiera un puñado de agua para, ya mansa, poder beberla. Una semilla, similar a un coco podría ser el útil necesario. La quebró de un golpe seco contra el suelo, dejó manar una leche verdiblanca casi con la espesura de la miel, dejando una grieta suficiente que permitió a Baltasar romper la cáscara en dos mitades. Retiró la pulpa, verde pálida, de un olor penetrante y una textura fibrosa, adherida a la corteza como si de un liquen se tratase. Arrancó aquella carne haciendo uso firme de sus uñas mugrientas. El cuenco, ya desnudo, como una pelota de tenis partida, podrá servir. Con ambas mitades complementarias acudió de nuevo al manantial, y las llenó de agua cristalina. Buscó un haz de sol que burlase la cubierta forestal, y colocó los improvisados cuencos bajo su calor. Repitió la operación unas cuantas veces, llegando a juntar una docena de recipientes colmados de agua. Habían pasado unos minutos, suficientes para que la temperatura del agua, bajo el sol escogido y castigante, fuese templada. Tras semejante acto racional de paciencia probó de nuevo. Hubo de escupir el bocado con una gran arcada. Esas semillas desconocidas habían transmitido un amargor espeso al agua que la hacía imposible, nuevamente imposible, de deglutir. Era como si un mecanismo natural y automático convirtiese el acto de deglutir en acto de expulsar. Devastado rompió a llorar sin lágrimas.
Había permanecido durante varios días a la deriva rodeado de agua que no podía digerir, y ahora, tras encontrar un manantial virgen, la propia virginidad de su origen la igualaba en imposibilidad. Entró en una sensación similar al vértigo estético, ese que se produce cuando uno entra en una casa desconocida y de repente nota un mareo indefinido, y como una revelación se escuchó a si mismo que decía: << El tiempo enfría la sopa y calienta el plato>> las palabras que repetía, cuando era niño, su abuela para apremiar el inicio de la comida. Aquellas palabras, y jugando con el tiempo y el espacio, le llevó, en medio de semejante estupor a seguir el curso del arrollo naciente, con la certeza de que el agua, en su discurrir a qué lugar sabe, iría contagiándose de la temperatura de lo que roce, convirtiéndola en un licor posible.
Así fue. Apenas bastaron unos centenares de metros para que esta vez sus manos entrasen y saliesen de su cauce, aproximando, siquiera parcialmente entre los dedos, parte de ese manantial crecido a lo más hondo de su garganta. Sació la sed irredenta, volviendo a sentir la posibilidad de sobrevivir.
Ahora necesitaba recuperar energías, reconstruir su cuerpo castigado con algún aporte sólido. En ese momento hizo consciente que estaba en un lugar desconocido. Era desconocido el lugar geográfico, el suelo arenoso, los árboles y arbustos, y hasta los sonidos de la espesura, que hasta entonces no había percibido, le resultaban completamente ajenos. Formas inusuales de hojas, de tallos, de olores. Ya había experimentado el denso amargor de aquellos cocos, necesitaba encontrar algún fruto que le permitiese confiar en si mismo, en sus posibilidades de no formar parte definitiva de ese lugar desconocido. Resolvió fiarse de su olfato. Comería aquello cuyo olor le fuese familiar.
Tomó de árboles y arbustos bayas y bayucos, frutos, semillas, vainas, raíces, todo aquello que recordaba podía ser sujeto de ser comido. Las olisqueaba intensamente, tal cuales y partiéndolas, aproximando a su boca sólo aquellas que desprendiesen un aroma familiar. La selva aquella era generosa en frutos. Recolectó cientos de ellos, de formas y tamaños indescriptibles, completamente ajenos a todo lo que había conocido hasta entonces en su ciudad, en sus viajes, en sus mercados. Tras reconocer un olor familiar, acaso sin identificar certeramente, pero a fin de cuentas familiar, probaba con la punta de la lengua, ya lubricada tras la rehidratación anterior, sensaciones que transmitían las piezas que, superada la prueba del rememoramiento olfativo, aproximaba dudoso a su boca. Descartaba los amargos, nada comestible debía ser amargo, y lo excesivamente ácido. Con prudencia, masticaba los dulces, buscando los matices reconocibles entre sus muelas. Nunca había prestado tanta atención al trabajo de sus sentidos, descubriendo la cantidad de variaciones que era capaz de percibir. Sin embargo, a la hora de clasificarlos se refería a si mismo otros sabores ya conocidos. Así unas bayas amarillo transparente, del tamaño de un guisante, le recordaban al sabor intenso de las fresas, o creía estar comiendo nueces cuando comía la arenilla que resultaba de machacar unas cápsulas coriáceas que proporcionaba un árbol similar a un roble. Así fue saciando su apetito, pensó incluso probar con algún insecto, pero fue incapaz, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Logró sentirse satisfecho.
Tanto había caminado en busca de nutrientes que cuando alzó la vista un poco más allá de su inmediato entorno descubrió nuevamente el mar.
Esta vez el mar estaba frente a él, y el sol seguía ligeramente acariciándolo por detrás. Dedujo que en su caminar lineal había atravesado aquella superficie supramarina que bien podía ser una isla, una península o un istmo. Bajó, ahora con cuidado, hasta la playa, hasta la nueva playa igual de extensa que la que le dio firmeza a sus pies cuando despertó, igual de blanca, igual de paradisíaca. Quiso aproximarse a ella para percibir, desde su extremo, las dimensiones de la tierra firme que pisaba.
Las rocas se levantaban con mayor majestuosidad que las que recordaba del otro costado. Mas fuertes, más bravas, más impetuosas. No cabe duda que aquel paisaje, independientemente de su dramática situación, era bonito, fotográfico, catalogable. Sentía no disponer de una cámara que fijase aquella estampa, congelase el instante, para, ya salvado, ya de vuelta, ya reinsertado en su rutina, poder recordar aquel paisaje y decirse a sí mismo, una vez estuve allí.
En uno de los extremos de la cala, que como una sonrisa se abría al mar, había una oquedad amplia, oscura. Una cueva parecía. Baltasar caminó hacia ella, movido quizá por la curiosidad, quizá por el instinto natural que aquel recoveco despertaba a modo de seno materno, de refugio, quizá en busca de algún vestigio humano en su interior.
La luz apenas penetraba dentro, por lo que Baltasar hubo de esperar un tiempo para aclimatar la vista a esta nueva espesura. Logró dibujar los contornos iniciales de aquella boca del mundo. El lecho era arenoso, y daba la sensación de que en determinadas circunstancias se llenaba de mar. Hacía fresco, y un cierto desasosiego se apoderó de él. Con la vista puesta a medio camino para no golpear la cabeza con ningún saliente rocoso, tropezó con un objeto desapercibido que nacía a sus pies. Rascó la arena con su mano derecha, pero no llegó a caer. Sintió un dolor intenso en la espinilla. Apretó su mano en la herida, tratando de mitigar el golpe, y a sus ojos de penumbra apareció algo similar a un arcón enterrado.
Escarbó agitadamente, el perímetro arenoso que lo engullía, rescatando hasta la altura suficiente para que toda la parte superior quedase al descubierto y así tratar de abrirla. Debía llevar un largo tiempo allí semienterrada, pues los herrajes se notaban toscos al tacto, ásperos, herrumbrosos. En una especie de acto reflejo condicionado por la presencia de aquél arcón, su pensamiento voló hasta su habitación en Madrid, y como si en una avioneta en vuelo rasante viajase, encontró la caja que, bajo su cama, acumula cientos de fotos, entradas de cine, cartas de amor y desamor y un sin fin de objetos y papeles con los que se podría escribir la historia de su vida, su tesoro de recuerdos y vivencias amalgamadas.
Vuelto de aquel viaje casi astral, la acomodación de sus pupilas le permitió descubrir una placa en la parte superior de la tapa. I. S. Hadnick pudo deducir, si bien no tenía la certeza de si la S sería realmente una B. Logró abrir aquel gran baúl sin mucha dificultad. Le bastó un golpe de pierna en el broche para que saltase sin problemas. Una intensa emoción dilataba el tiempo que permaneció ante el cofre pudiendo abrirlo sin hacerlo.
Por fin lo hizo. Las bisagras no giraban bien, por lo que el movimiento de apertura fue como en fases y empujones. El baúl estaba lleno de frascos de cristal. Con sorpresa, Baltasar cogió dos, uno en cada mano, y se aproximó rápidamente a la entrada de la cueva para poder ver con claridad el contenido, si es que era posible. En uno de los frascos, y con un perfecto etiquetado, podía leerse: Helen kiss. En su interior, a través del cristal algo blanquecino por el paso del tiempo y la humedad, se podía vislumbrar un gas rojizo mate, con un poso líquido de color rojo intenso, transparente. En el otro frasco el rótulo indicaba: To be fighting a losing battle. En este caso, el color del gas era amarillo, e igualmente en la parte inferior un fluido transparente del mismo color. Baltasar no comprendía nada. Fue de nuevo al baúl y no había más que frascos con extrañas leyendas en inglés, Michael’s Born, I find my loser ring, At last i’d said I love you Martha,... y en su interior siempre un color distinto, por ligero que sea el matiz que lo diferencia.
Baltasar decidió abrir uno. No resultó fácil, no giraba ni a derechas ni a izquierdas, ni siquiera iba bajo presión. Lo intentó un largo rato, un bote en cuyo interior el gas azul marino parecía mucho más misterioso. Sin saber cómo el bote se abrió. Dedujo que el movimiento de apertura era más simple de lo que había imaginado. En cuanto el gas fue liberado, un sonido hueco, agudo, infinitesimal, aflautado, sorprendió a Baltasar. El gas se disipó rápidamente, asfixiando a Baltasar e irritando violentamente las mucosas y los ojos. Salió corriendo agitando todo el cuerpo, con los ojos cerrados, respirando superficialmente y escupiendo por doquier. El frasco yacía sobre la arena sin contenido alguno. Tras el estupor, Baltasar lo retomó en su mano, con cierta precaución. La leyenda había desaparecido. My sweet Martha se había esfumado como por arte de birlibirloque.
Baltasar no satisfecho decidió abrir otro de ellos, que figuraba como Mam´s dead, de color verde turquesa. Repitió la operación, e igualmente sin saber cómo se abrió el tarro produciendo un sonido similar al anterior. Baltasar, que había cubierto su cara y sus ojos con la camisa roída que casi se había fundido con su piel tostada, encontró un gas ligeramente dulce y sabroso al paladar, que le produjo una extraña sensación de paella bien guisada.
Absorto en sus pensamientos volvió sus pasos al interior de la cueva, se quedó un rato meditando, sin comprender nada. Envuelto en estos pensamientos irreconciliables, fijo la mirada más allá al interior de la cueva, y reconoció el perfil de otro baúl muy similar al anterior. Sorteando el primero corrió hacía el otro cofre, menos enterrado y en mejor estado si cabe que el otro. Consiguió arrastrarlo hasta el atrio de la cueva, donde la luz del día permitió, empapado en sudor y asombro, leer su propio nombre troquelado sobre la cubierta: B. Enriquez Catarroja. No había duda. Ese baúl tosco llevaba su nombre. Tiritando, nervioso, torpe y espeso trató de abrir infructuosamente el cofre. Llegó a voltearlo, haciendo acopio de fuerza, escuchando el tintineo de frascos que chocan en su interior. En el tejido del baúl, que al volcarlo había dejado al descubierto la cara inferior, se leía:
“Nadie puede abrir, en un acto verosímil, el cofre de sus propios recuerdos.”
Y en una segunda línea:
“Nadie puede recordar verazmente la esencia de los recuerdos ajenos.”
Baltasar abrazó el cofre como quien abraza la almohada tras un abandono, lloró, esta vez si fluyeron lágrimas por sus ojos.
Una expedición científica toma tierra en la costa norte de la Isla del Olvido, titulaba el diario de mayor tirada nacional, y haya un naufrago abrazado a una pequeña barca de remos en la orilla.

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