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miércoles, 25 de julio de 2007

Ni Novillo Ni Becerro

Una sombra en las afueras tiñe el albero de rojo muerto. El viento arrastra aun el olor del penúltimo burel. El penetrante perfume del estiércol tiene algo de excitante. Sin testigos yace la nada en los corrales, otrora llenos de vida, temblor y bravura. No hay gentío, pero resuenan los ecos de vítores y pitos, de timbales y clarines. Silencio.

Han crujido las tablas en el envite del principio. Un toro, un maestro.

La divisa de repente, músculo contra músculo, rápido, potente, húmedo, fugaz. Pases de reconocimiento, mira de reojo el burladero, acaso con querencia, acaso disimulo. Se miden, poder a poder.

Clavaron sus ojos mutuamente. Se cerraron. Abiertos de nuevo la curvatura del coso parecía una sonrisa, y la arena siete piezas blancas, ebúrneas. Se baten las banderas con aires castellanos. El sol refleja el oro y afirma el negro del traje de luces, los machos se vaivienen con el aire.

El toro quieto, se arranca desde lejos, el diestro lo espera a pies juntillas. Parece que juegan. Rozan los pitones el costado, un cosquilleo provoca un escalofrío. Le tiene la medida. Para, templa, manda.

Un público imaginario marca con olés un ritmo que se enreda. Cara a cara, sin capote ni muleta se vieron un instante. Se enjuagan la sangre y el sudor. Sabe, quiere, puede.

La bestia atiende al engaño. Se miden en los medios, escarba, se arranca de nuevo, un mugido tosco y seco cuando asientan los garapuyos en dorso. Dos, tres, cinco. Se crece.

Como en un espejismo se ven dos bestias en el ruedo, sardo y terciado el uno, azabache y agalgado el otro. Cómplices.

Es momento de lucirse. Se suceden los pases derechos, naturales, cambiados. El tiempo se estira en una cadencia sin avisos. La muleta se ayuda del estaquillador como de una mentira. Nunca antes hubo lidia mejor.

Una sombra entra al quite, se lleva de lejos el estoque de la mano del subalterno, toro y torero se funden en un beso impaciente que sabe a sangre, alguien susurra un padrenuestro, la imagen se desvanece evaporada.

Tres suertes.

Tres pañuelos blancos

El devenir inconcluso de la suerte suprema.

Una sombra en las afueras tiñe el albero de rojo muerto. La buena muerte vendrá con la boca cerrada.

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