Natalia Vélez no era precisamente más fea que otras de su quinta, más bien todo lo contrario, ni más tímida, ni siquiera más recatada. Mujer presencia, esbelta, pausada, Natalia Vélez era simplemente exigente. El muchacho que no era feo, era vulgar, el que no era vulgar no tenía picardía, el que tenía picardía no sabía tratar a las mujeres, y el que tenía todo, Germán del Riego, hace dos años celebró su primera misa. Posiblemente, más que deseo despertase admiración y respeto, para nadie era indiferente, y se cuenta que en la comarca, ningún hombre se casaba de verdad con la mujer a la que amaba, y todos amaban a la misma.
El rostro blanco de luna de Natalia se iba ajando a los ojos de la vida, no tanto para ella, que sin embargo sentía en su interior la semilla inquieta de la desesperanza. Quizá había tenido la mala suerte de nacer tan bella en un lugar equivocado.
El rostro blanco de luna de Natalia se iba ajando a los ojos de la vida, no tanto para ella, que sin embargo sentía en su interior la semilla inquieta de la desesperanza. Quizá había tenido la mala suerte de nacer tan bella en un lugar equivocado.
Las noches de verano, bajo el tilo de su jardín, despedía los días envuelta en rasos y tules dormideros, admirando a la luna solitaria en una extraña empatía. El fragoso tilo, que un día plantó su bisabuelo, era el único testigo de su zozobra, y alguna que otra lágrima nutrió sus raíces aquellas noches. Ante el resto de la humanidad Natalia se mostraba fría y aromada.
Al final cayó el otoño, como lo hacen las nubes en las mañanas del invierno, envolviéndolo todo, silenciándolo todo. El bullicio del verano rehabitador de las aldeas escasas como Gumiel, corría la cortina abrigándose en espera de la penúltima estación. Ese día de otoño hacía sol, sol caricioso, tostado, luz de cobre, de paja, hacedor de largas sombras. Entró en el bar un caballero. Entró en silencio, y trajo consigo el silencio, como el otoño. Las cabezas de los moradores confluían, como pocas veces, en un único horizonte: el rostro luminoso de aquel caballero estilizado. Vestía ropa urbana, casual, de salir el domingo de excursión. Saludó amablemente, interrumpiendo las miradas insidiosas que retornaron a su paisaje anterior, dejando, de soslayo alguna mirada furtiva. Se pidió un cortado y tras un breve y quemante sorbo, preguntó por la hostería. En Gumiel había una pequeña casa rural, regentada por un matrimonio, Ingrid y Johan, que hace años llegó de Alemania, y que era no sólo un punto de entrada de extraños turistas ocasionales, sino el verdadero centro cultural del municipio, pues en su lento e imposible proceso de enculturación, se dedicaban a organizar exposiciones monográficas de pintores españoles contemporáneos, siempre haciendo uso de láminas de calidad traídas de quien sabe donde. También, los jueves, la propia Ingrid, tocaba el violonchelo a cuantos quisiesen tener a bien escuchar. Natalia Vélez era una asidua a los conciertos de Ingrid, pareciendo que juntaba puntos por asistencia para titularse en algo.
El caballero se alojaría en la casa rural de los alemanes. La casa no era muy grande, se hacía llamar “El tiempo detenido” apenas tenía tres habitaciones y un amplio, amable y cuidadosamente decorado salón en el cual se podía tomar un café y a la vez deleitarse con las láminas ocasionales, eso sí todas acompañadas de cuidadosos paneles explicativos en un español un tanto germanizado, que la gente de Gumiel atribuyó a un uso más culto del castellano. El caballero no queriendo interrumpir el concierto de violonchelo, se quedó atrás, pegado a una barandilla que perimetraba la balconada de la casa, mirando al río. Portaba una antigua maleta cosida, un paraguas y un maletín de trabajo. Sonreía con facilidad, lo cual no pasó desapercibido a Natalia, situada en una silla plegable, con su vestido de conciertos, justo enfrente de la concertista, y justo enfrente del caballero en tránsito que quedaba por detrás de la interpretación.
Concluido el espectáculo, Ingrid retornó al interior, Natalia la seguía, como cada jueves pareciendo mecerse en cada paso, como lo hacen las jirafas en los documentales, y el caballero del paraguas, el maletín y la maleta, también detrás, como sin prisa.
Ingrid, evitando cruzarse en miradas con Natalia, atrajo con la suya al caballero, el cual le indico su necesidad de alojamiento.
- Para cuantos días preguntó Ingrid resbalando las erres.
- Lo desconozco, respondió el caballero - quizá un mes, quizá dos días, no le puedo asegurar. ¿Sería posible? Interrogó con cortesía.
- Por supuesto, no hay inconveniente, no solemos completar salvo raras excepciones – Respondió la alemana, atascándose al pronunciar “excepciones” impulsando sendas escupiduras al mostrador.
Marcos Blázquez Urcelai, terminado en i latina, se identificó el hasta entonces anónimo caballero cuando a solicitud de Ingrid, debía rellenar un formulario.
Natalia, desalentada pues esta tarde ni siquiera había podido expresarle a la concertista, ahora en las veces de recepcionista, lo magnifico del concierto, decidió volver a su casa antes de que la noche cerrase completamente.
Esa misma noche, Natalia Vélez, tuvo un sueño intenso. El caballero del paraguas, el maletín y la maleta, se le apareció en sueños, familiarmente conocido de otro tiempo, y abrazándole, con los labios casi sin mover, le susurró al oído: miénteme cuanto necesites, pero está prohibido enamorarse. Tras esa especie de oráculo, Natalia despertó sobresaltada. ¿Cómo es posible que aquel personaje de suplemento dominical hubiese impactado tanto en ella? ¿Qué escondía aquella inquietud?
Decidida, fue a visitar a Ingrid, buscando cualquier excusa por el camino. En su inconfesable estaba la intención de enfrentar su ira a ese señor Blázquez por invadir la intimidad de sus sueños, o quizá de caer rendida a sus pies por el mismo motivo. O ambas cosas y en ese orden.
El Scherzo Op. 20 de Chopin llenaba los vacíos de la sala de café. Bajo el arco de la puerta Natalia se pausa, dibujando en su mirada una búsqueda, evidentemente la de aquel caballero aparecido en sueños. Estaba allí, sentado en una butaca forrada de lino, cómodo, ensimismado. En frente una butaca gemela, vacía, y en medio una mesa de cristal sobre la que extendía numerosos folios manuscritos y sobrescritos, y una taza de café ya terminado. Natalia sin dudarlo se dirigió al caballero y preguntó: - ¿espera usted a alguien? A lo que Marcos sin poder ocultar indiferencia, respondió: - Quizá a usted, si su nombre es Inspiración. Natalia, sin alterarse, le preguntó si resultaría inconveniente sentarse en aquella butaca. El caballero, en un gesto que agradeció Natalia se alzó de su butaca y aproximó caballerosamente el sillón gemelo a la espalda de aquella mujer, invitándole a sentarse.
Se presentaron, hablaron del tiempo y del pueblo, de sus orígenes y costumbres, del calor, de la tranquilidad. Natalia le preguntó sin rodeos cual era el motivo de su estancia. Marcos Blázquez le confesó que era escritor. Había decidido retirarse unos días en busca de inspiración. Necesitaba definir uno de los personajes de su ultima novela, y no lograba dotarlo de fuerza, de personalidad para dar por terminada la obra. Pensó que alejado de lo cotidiano, una frescura creativa se apoderaría de él, proporcionándole algo nuevo, tan necesaria la novedad para su creación continua. Charlaron hasta que la tarde dejó de serlo, y dispuestos estaban a seguir enfrascados en el encuentro. Natalia tenía una gran habilidad para parecer amena, para decorar con anécdotas sus reflexiones y observaciones, provocando constantemente a su interlocutor, jugando con la ambigüedad, hablando de lo que quería decir y trasluciendo a la vez mucho más oculto tras sus labios, midiendo sus palabras. Marcos que además de gran seductor, era un atento escuchante, disfrutaba con las provocaciones de Natalia, y como en un envido más, entraba al juego dialéctico sin acalorarse.
- Vas a ser tú el personaje de mi ultima historia. - Afirmó Marcos Blázquez a Natalia Vélez, sosteniéndole la mano en un juego similar a una caricia, similar a una prueba que mutuamente se realizaban como tomando el pulso a un supuesto enfermo. Era la tercera tarde consecutiva que merendaban juntos, y Natalia, ya de pié había anunciado su despedida. No respondió palabra alguna, sonrió a medio diente, se giró y se perdió en el fondo de salón, saludando, sin parar, a Johan que custodiaba la barra del café secando una taza con un paño.
Marcos mantuvo largo rato la sonrisa que acompañaron a sus últimas palabras, y su mirada se fue estrechando, como agudizando el pensamiento, como traduciendo cierto orgullo malicioso ante el reto que se había marcado. A fin de cuentas, salir en busca de la inspiración, ciertamente le estaba inspirando. Trataría a partir de ahora de explorar la insondable personalidad de Natalia, buceando en sus inquietudes, sus recursos y sus trampas, lidiará con su esquiva naturaleza, con su verbo fácil pero impenetrable, aprendería las técnicas de su ironía, y asociaría cada mueca de su cara perfecta a una emoción fugaz.
Natalia Vélez volvió a su casa inconscientemente más despacio que nunca, pensando, más bien lucubrando los pasos esenciales de aquel juego que por fin Marcos había verbalizado, pues ella, mucho antes ya se había dado cuenta de lo atractiva que podía resultar para un personaje imposible de novela. Quizá desde el momento en que supo que Marcos era escritor ella adoptó el papel de protagonista de un relato, de un personaje interesante quizá, interpretando, como sólo ella sabía hacer, un personaje de si misma. Sin embargo, aquel interesante reto se transformó por un momento en causa de temor. ¿De verdad Natalia quería ser descubierta? ¿Transparente? ¿Conocida? ¿Acaso descubrir que ella es realmente un enigma no era ya conocerla? ¿Dejaría de ser ella misma si ya no fuese un enigma?
Desde aquel momento los encuentros entre ambos, que fueron frecuentes e intensos tenían algo de juego, algo de misterioso. Trataban de protegerse seduciéndose mutuamente, tratando, como Gracián, de descubrir el alma ajena y guardar la suya para la defensa. Sin embargo, en ocasiones Natalia quedaba inerme.
Llegaron a besarse. En un descuido impersonal Natalia recibió los labios de espuma de Marcos, interrumpiendo su disertación sobre la incoherencia entre la inspiración y la disciplina. Como si continuase su discurso, sin solución de continuidad se sumergieron en el lenguaje de los labios, de la proximidad, del tacto. Estos arrebatos se repetían, como marcando los compases de un concierto, cadentes, pero constantes, sin interrumpir sino posponiendo la conversación iniciada. Ante cada ósculo ambos volvían con indiferencia al verbo, como si no pasase nada, como si lo ocurrido no fuese entre ellos, como la música de fondo de aquel salón.
¿Cómo se sentía Natalia ante cada tertulia?
Libre. Natalia Vélez se sentía libre consigo misma, dueña de si misma, consciente. Ajena a todo lo que hasta hace poco había configurado su presencia en cualquier lugar publico, la compostura. No es que la perdiese, es que no era necesaria. Por primera vez en mucho tiempo Natalia se estaba expresando, y experimentado que no por ello se sentía más insegura, más desprotegida. No significaba una ruptura con lo anterior, ni con el entorno de siempre, significaba un renacer sin perder la esencia, un aflorar aspectos no compartidos pero siempre reconocidos.
¿Y después? ¿Cómo se sentía Natalia después de cada cita, de cada beso?
Despegada. Sus momentos junto a Marcos se estaban dotando de una cierta adherencia. No lo identificaba como necesidad, pero sí una cierta adherencia, deseo de no separarse, conociendo, sin embargo, certeramente lo inevitable que resultaría. Y recuerdo. Apenas concluían la tertulia y ya estaba recordando, dejando en ella esa irritación provocada por la separación.
No olvidaba aquel sueño premonitorio, y aquella explícita prohibición, y cada noche, al encontrarse consigo misma ya acostada, temía estar aproximándose al umbral vedado. En cierto modo, aquel estado era ante todo debilidad. Y la debilidad, hace al humano transparente. Natalia se dio cuenta de que Marcos se iría cuando tuviese construido su personaje. Cuanto más mostrase de si misma, cuanto mas descubriese él de sus adentros, más próximo estaría el tiempo de alejarse. Debía llevar a sus adentros la debilidad. ¿Podría? ¿Podría realmente Natalia impedirse a si misma enamorarse? ¿Podría dejarse llevar y mantener en sus adentros la debilidad?
No tuvo oportunidad de responderse. El último viernes de octubre Marcos dejó un sobre a Ingrid dirigido a la Srta. Vélez. Natalia acudía a las cinco, como todas las tardes anteriores al salón de El Tiempo Detenido. Ingrid, con gesto posiblemente triste, entregó a Natalia el sobre. Contenía un pequeño trozo de papel, desproporcionado frente a un sobre tan grande. En él, apenas una breve despedida: “tus silencios me mostraron lo que ocultaban tus palabras. Obra concluida. No olvides nuestro último beso”.
Natalia Vélez perdió a su amante por no impedir enamorarse. ¿Acaso fue Marcos el que quiso enamorarle para deshacerse de ella? ¿Era posible impedirlo? ¿Qué tipo de duelo corresponde a semejante pérdida?
No volvieron a encontrarse, meses después a El Tiempo Detenido llegó un ejemplar de título “Tántalo contra Midas”, de Marcos Blázquez Urcelai y prólogo de Víctor Salazar. Estaba dedicado a la señorita de Gumiel.
Natalia fue incapaz de terminarlo.
