DE BANDERAS Y COLORES
(El poder de las banderas y las banderas del poder)
Es de todos conocido el poder simbólico de las banderas, y como símbolo, su fin parece ser el de comunicar. Han servido para facilitar el atraque de los buques, el aterrizaje de los aviones, otras nos indican el estado de la mar, a cuadros el final de una carrera, simbolizan un territorio, un estado, una ideología, un equipo de fútbol, una rendición... De ellas quedan excluidas los ciegos, curiosa contradicción, pues los que las usan, en muchos casos, lo que dicen es que las sienten.
En este caso, me refiero a las banderas que representan una ideología, no meros instrumentos consensuados de comunicación.
Cuando la bandera se carga de ideología, se hace entonces un instrumento también.
Porta, es decir traslada en una sola presencia una fuerte carga significativa, y generalmente no por el significado original de sus colores, o de sus estudiados escudos, sino porque sitúa dentro a quien la porta, a quien camina tras ella o a quien la coloca y habita bajo su sombra.
Cuando el símbolo se transforma en instrumento, entonces además de incluir, puede, aunque no necesariamente, excluir.
La bandera reduce tras de si un conjunto de pensamientos, doctrinas, antecedentes históricos, que puestos sobre la mesa de debate generarían diversas posturas, concepciones, corrientes. Reducidas en una bandera, se hacen uniformes, unitarias, equivalentes. Hace de la diversidad unidad. El pensamiento, por abstracto genera debate, posiciones, divergencias. La bandera reduce a dentro o fuera. De los míos o ajeno, amigo o enemigo.
Simplifica.
Entonces el símbolo, adquiere un valor.
Como posiciona, como significa, como uniformiza, vale mucho. Hay que defender este valor, que llega a ser último. ¡Moriré por mi bandera! Dicen..
Y el símbolo deja de ser valor por símbolo, y adquiere entidad propia. Un valor ajeno al mercado, no tiene oferta ni demanda, pero pesa, pesa en la medida que representa un poder. El poder de una masa, el poder de un ejercito, el poder de un estado. Bajo la bandera, el individuo cree adquirir el poder que representa, lo que le añade más valor aun.
La bandera se transforma en un fin. Cuantas más banderas, mejor, más poder.
El poder se vale siempre del miedo para perpetuarse. La presencia de la bandera pirata daba miedo de por si a los comerciantes del mar en otras épocas. La bandera con la esvástica se convierte en un elemento de gran poder, de gran temor en el siglo pasado, y luego de su posesión un delito.
Hay banderas sin poder, pero no poder sin bandera. Las grandes empresas invierten y gastan grandes sumas en su imagen corporativa, otra bandera del poder, de la unidad, de la uniformidad. La bandera no da el poder, pero lo transmite, lo advierte, lo concentra.
Es por todo ello, por lo que no me gustan las banderas, no quiero las banderas, sueño sin banderas.
Sin embargo, se incrustan en mi las banderas, y me gusta desfilar tras la bandera arcoiris, o me provoca una sonrisa la bandera republicana y no lo puedo evitar, cuando la bandera española sube al podio en las competiciones deportivas siento un cierto placer, y rabia, cuando en la espoleta de un misil hay una bandera de España y la inscripción made in Spain. De chile me traje muchas cosas, casi todas por dentro, de entre las de fuera, una bandera chilena. Intuyo entonces que las banderas me significan, soy también reo de su poder.
Desde que he nacido, la bandera de España ha ido de la mano del poder de la derecha. En mi colegio, los fachas llevaban una banderita española en la correa del reloj, se izaba la bandera y sonaba el himno nacional en las mañanas, y se arriaba en las tardes, solemnemente. Los “buenos” de entonces se llamaban nacionales. La democracia diluyo el valor, restó el poder simbólico de la bandera a la derecha, el escudo pasó a llamarse constitucional, y fue otro.
El patriotismo (He coreado muchas veces, un patriota, un idiota, en unas cuantas manifestaciones) nunca me ha interesado, más que para luchar contra el, se llame así o se disfrace de nacionalismo, del territorio que sea. Creo en la autodeterminación de los pueblos, que libremente se asocian en estados, países, federaciones porque juntos defienden mejor sus intereses, en las clases, en el internacionalismo proletario (pero que desfasado, por dios...) no en los territorios.
Para mi ser español no es un privilegio, ni un orgullo, ni un derecho, es una circunstancia histórica. Amo a mi gente, educado y empapado en las costumbres de la tierra en la que he vivido, no puedo sino sentir cierto cariño por ellas, las que me gustan, otras no. Asocio los olores, los colores de los paisajes y los paisanajes, me entiendo con quien cohabito, amo lo que conozco. Ese es mi único patriotismo. Odio las fronteras, excepto las del misterio y de la piel que me separa de ti y me hace desear invadirla.
Lo de la bandera de hoy es solo una estrategia. Los que desean vender Endesa a E’on, los del amigo americano y el enemigo bolivariano hacen hoy de la bandera española y su defensa (¿defensa de que?) su poder. Lo esperado, lo normal es que los que no somos de los suyos, nos pongamos al otro lado, al lado de fuera.
Sólo pretendo, y no es más que una idea, una estrategia, hacer un cortafuegos con el fuego. Contrarrestar su poder con un contrapoder, quitarles lo que no les pertenece y para mi no tiene mas valor que el sentimental, pero que es su estrategia de poder.
Potenciar las dos españas es un juego muy peligroso al que se están prestando unos y otros, y no lo quiero en absoluto, me asusta, me da terror.
Por el momento no se me ha ocurrido otra forma de tratar de contrarrestar esta infiltración ideológica de la que tarde o temprano, si no encuentro vacuna, me arrastrará a ponerme detrás de otra bandera.