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miércoles, 24 de octubre de 2007

Palabra de Mística

Adela mantis había pasado ya por sus seis mudas. Al desvestirse de la última de ellas se vistió precisamente del color de la primavera. El campo, recién segado, se tapizaba de un verde intenso, apenas salpicado por las primeras amapolas de junio. Devota como las de su especie, era una hembra de gran porte y perfecta sincromía con su entorno. Bellamente egipcia, rectilínea, estilizada, misteriosa, toda su vida larvaria anterior únicamente tenía una finalidad: procrearse, perpetuarse. No tanto por ella misma, sino por su propia especie. Su vida tenía sentido en la medida en que contribuyese a continuar la sucesión natural de sus congéneres. Realmente, como individuo, tenía poco valor, muy poco. “Ningún individuo vale más que su especie”, rezaba un cartel a la entrada del cementerio de insectos.

Los ardores de la madurez y la presión de su ooteca interior le provocaban una cierta ansiedad. Buscaría, desesperadamente, un macho para fecundar sus óvulos mimados. No valía cualquiera, en el prado todos los machos de mantis religiosa estarían dispuestos a dispersar generosos sus gametos. No en vano su misión existencial, a fin de cuentas, era esa. Ella sin embargo, haciendo uso de sus estrenadas artes, escogería al poeta, al músico o al trapecista, si se pusiesen a su alcance.

Reinaldo era un macho de segundo año, y su tiempo no daba mucho más de sí. No había sabido, o querido, como sus hermanos, entrar en la competición dantesca por perpetuarse, era incapaz de librar cualquier batalla, su naturaleza no era competitiva, y aceptaba, casi resignadamente, emprender su último vuelo sin dejar sus semillas esparcidas. Durante el tiempo de su forma adulta se había deleitado con su propia anatomía, sorprendido en cada momento con lo inverosímil de su similitud vegetal. Absorto en su propia belleza sucedía los días de sol y las noches de luna, en las cuales disfrutaba contemplando su sombra alargada proyectándose sobre la arena azul cobalto del camino.

Una tarde, ya las espigas granadas, en una atalaya improvisada sobre una gavilla de heno, Adela liberaba al viento del Este sus intensas feromonas.
Al tiempo, Reinaldo, en otro lugar y con los ojos cerrados, recorría mentalmente su propio cuerpo siguiendo las cosquillas que los rayos del sol dejaban en su queratina protectora, como un ritual más de su místico hedonismo.

Y el mismo viento que levantó los aromas de Adela, envolvió a Reinaldo por un segundo.

Pareciendo magia, Reinaldo salió de su semiletargo sintiendo un terrible pulso de avanzar, de recorrer contra el viento, sin una meta cierta, en busca de algo que desconocía por completo. Resistiendo los envites de aquel aire embriagante, no tardó en divisar a una hembra nefertítica, miméticamente confundida con las ramas del heno.

De pronto una duda. ¿En qué era diferente aquella mantis religiosa de las anteriores? Reinaldo notaba que algo distinto se estaba produciendo. Por primera vez sentía una atracción irracional e incontrolada que le conducía de forma insoportable ante aquella hembra. Sintió miedo. Había presenciado en otras ocasiones el final de un macho atrapado sin piedad por una hembra. No parecía existir otro término que el de morir devorado en el momento de máximo placer copulativo. Quiso resistirse, pero Adela, que ya se había percatado de su presencia, supo colocarse muy cerca, cerrando levemente su mirada y dirigiéndose a Reinaldo envuelta en una magia inefable.

- No temas, - le dijo,- no soy como las demás. Prometo darte tanta descendencia como espigas alcance tu mirada, y a cada una de ellas pondré tu nombre.

- No trates de embaucarme, se bien como sois las de tu calaña, me llevarás donde no quiero ir, encadenado a mis instintos, y darás buena cuenta sobre mi cuerpo, como todas lo hicieron sobre los otros. - Contestaba Reinaldo.

- ¿En que te basas para pensar así? ¿Es que acaso conociste a otras? No, yo no soy así, nos engarzaremos en un abrazo infinito, latiremos juntos, dejarás sobre mi tu raza y yo, generosa, haré un monte con tu nombre y podrás contemplarlo desde lo alto. Te dejaré partir. Solamente estaré contigo para saciar tu sed, y luego te irás, es mi palabra.

- Desconfío, - contestó Reinaldo. - Utilizas malas artes para convencerme, pero no caeré en la tentación.

- ¿Dudas de mi? No olvides que soy religiosa, como tú. ¿O acaso dudas de ti mismo?

Esta insinuación dejó pensativo a Reinaldo. ¿Qué motivos tenía para desconfiar de Adela? ¿No era realmente distinta a las demás y sin embargo presentía que levemente afín a él??

- Déjame acariciarte, - le pidió titubeante Reinaldo.

- Claro, acércate, siente mi abdomen fecundo, recréate entre mis brazos, absorbiendo lentamente mis esencias, descansa. Insisto, no temas, no soy como las demás. - Repitió Adela.

Reinaldo, rendido, venciendo a su propia voluntad, se perdió entre el tórax de aquella hembra, cerrando los ojos, abandonándose al elixir de tantas pasiones, aspirando cada milímetro de su cuerpo, y acabar clavando certero su aguijón de macho en un escorzo casi imposible. Todas las estrellas del firmamento pasaron en un instante ante él. Adela ensanchada aun más, mostraba a Reinaldo como un apéndice sobre sus espaldas. Brevemente inspiró, cerrando también los ojos. Se fundieron en una pausa un instante casi eterno. Adela, recuperando la presencia consciente y en un arrebato de pasión, giró su cabeza 180 grados y de un mordisco certero arrancó la testuz a Reinaldo.

Terminado el acto amatorio, Adela lentamente se separó del cuerpo inerte que le asía.

- No debiste retar a la naturaleza de las cosas, padre exánime, no hay promesa que la venza, ni deseo, ni estrategia, ni siquiera religión. Las cosas, serán como son. - Se despedía lentamente Adela del cuerpo de Reinaldo.

Y depositó su ooteca fértil de espuma sobre una roca adecuada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

EMOCIONANTE, DESGARRADOR Y CRUEL COMO LA VIDA MISMA... REGARDS

Diana Puig dijo...

Que galán, que bonita descripción la pelusa de la imaginación es gratuita contigo..muy bonito.