“He bebido nuevamente agua de ese pozo. Satisfecho, desansiado, ligero. Estado en el que ahora me hallo, como cada vez que bebo esta agua hechizada.”
“Trato de espaciar los intervalos, pero sumar siquiera unas horas al anterior se convierte en una tormenta de espera. Son muchos destinos transitados parando en este pozo, necesario y liberador sorbo, ya forma paisaje de mi piel, no soy sin él, quizá él no sea sin mi."
Estaba llegando y el espacio entre el pozo y yo, el tiempo entre el presente inmediatamente fugaz y el pose de mis labios sobre el agua fresca, se dilataba infinito. Tiritaba , incontroladamente tiritaba, no de frío, aunque sentía frío. Mis pulmones removían todo el aire insuficiente de alrededor buscando la esencia extraviada. Agitadamente avanzaba. En el minuto de víspera, un extraño y oscuro vacío absorbía mi energía vital, mi chi, mi prana, perforando mis entrañas, vaciando mi abdomen, y una cortina semitransparente me nublaba la vista. Era imposible que nada en ese momento se interpusiera entre el pozo y yo, entre sus aguas y mi garganta. Me habría desgarrado las manos abriendo caminos para llegar a él. Ahora saciado, a esperar la próxima carencia y volver apresuradamente, no hay más, a adorar su brocal.”
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La noche luminosa de luna se rasgaba por gritos de parto en Fuenteseca de Montiel. El frío del invierno subrayaba el silencio quebrado. Se agitan las mujeres en torno a la casa de Haydee. Su hija, la única, estaba expulsando del vientre la vida que llevaba albergando nueve meses. Contaban que, hasta entonces, nadie había nacido en Fuenteseca. El escaso medio centenar de vecinos, posiblemente venidos de otras tierras o habitantes de siempre en ningún lugar, eran absolutamente mujeres. Apenas tres hombres sobrevivían el invierno en la villa, casi de sobra, arrumbados de la vida social y emocional de ellas. En este pueblo de amazonas, Haydee representaba la fortaleza de la mujer en lo creado. Una fuerza más absorbente que donante, gravitadora de las energías circundantes, tótem espiritual de un pueblo de misándricas, mujer que señalaba quien debía sentarse a la izquierda y quien a la derecha.
Nadie quiso saber quien pudo sembrar una vida en la hija de Haydee. Por supuesto de los anteriores tres ni se sospechaba, la hija de Haydee nunca salió del pueblo hasta la fecha y las más beatas lo atribuían al Espíritu Santo que, en forma de paloma, juraron observarlo hace nueve meses. Sin embargo, quizá por ello y sin juicio, la hija de Haydee penó con el castigo de no ser nombrada el resto de su vida.
Al amanecer del día posterior al parto, como siempre fue en las tierras de en medio, las viejas procesionarían hasta la casa de la recién parida llevándole obsequios e intenciones. Apenas la claridad desteñía las nubes, se iban abriendo las puertas menores de las casas a intervalos casi regulares, y de una en una, envueltas en mil paños de lana casi negra, convergían, enlutadas, en el hogar alumbrado.
El grupo era como un rosario, que, en silencio, transitaba con el mismo entusiasmo que en los funerales, y se disolvía enseguida. Cada mujer, a su tiempo, a su pausa, se aproximaba a los pies de la cama de la nueva madre, depositaba un objeto preciado y como una jaculatoria liberaban parabienes al recién nacido. Había sido niño, doble gracia en Fuenteseca de Montiel.
Los ojos grises y encogidos de las mujeres halladas se abrieron trémulamente al reconocer entre las procesionarias a la Vieja Molinera. Ella llegaba cuando las últimas partían. Tanto era el tiempo en que la Vieja Molinera no se hacía visible, que muchos meses atrás se la dio por muerta. Si la soledad tuviese rostro de mujer, sería el de la Vieja Molinera. Ya de niña, cuentan, hablaba sola por los eriales, y su sombra recorría los caminos las noches de luna clara, huyendo de si misma. ¿Cómo supo la eremita que era alba de parto? Quizá el olor de la matriz granada, del varón neonato, o de los calostros generosos de la nunca más nombrada, despertase en la Vieja Molinera el recuerdo de parto de sus tres niños muertos.
Como las demás, no hablaba. Permaneció inmóvil ante los pies de la cama de la hija de Haydee, fijando sus ojos hundidos sobre el ciánico niño. Musitaba también como las demás, palabras irreconocibles que salían por el poco espacio que permitían sus gastados dientes. Las mandíbulas se agarrotaban por la tensión visible de sus músculos. Depositó sobre la colcha unas ramas de laurel, aventó un frasco de alcohol de salvia y desapareció. La Vieja Molinera nunca más fue vista por Fuenteseca.
Abel Santamaría creció entre algodones, algodones figurados con rostro de mujer que le privaban del deseo antes siquiera de haberlo concebido, y algodones hidrófilos pues su salud delicada demandaba cuidados constantes. Era débil, pálido, blando, Abel reflejaba en su rostro la desilusión de las gentes de la villa que habían esperado de él la liberación definitiva de aquel matriarcado, y sin embargo el muchacho se apagaba a medida que cumplían los años. Su madre había probado todas las yerbas de los montes, y el chico no recobraba la vitalidad.
Una tarde de otro invierno, siendo a todas luces Abel ya más próximo a un joven que a un niño, se detuvo en Fuenteseca una familia gitana que recorría en varios carromatos la comarca. Una gitana de media edad caminaba junto con una joven tostada, quizá su hija, de ojos verdes y cabellera manzanilla, indudablemente gitana también, portando varias tinajas de barro colmadas de agua, a lomos de un borrico. Abel sólo cruzó la mirada con aquellos ojos rasgados de la joven y se sintió plomizo, reactivado, inquieto. Por primera vez sentía algo parecido a un deseo. Deseo de permanecer en aquella mirada, deseo de beber aquella agua acarreada. Su voluntad no era suficiente, y la familia gitana partió sin dejar más rastro que un corazón dañado.
Después de aquel día Abel únicamente se sentía bien en soledad. En cuanto tenía oportunidad escapaba al final del pueblo, a la casa desvencijada y mefítica en la que vivió y dicen que murió la Vieja Molinera, cuya única riqueza fueron las aguas cristalinas de su pozo. A ese lugar no se atrevería a llegar nadie más. Entre zarzas, parras invasoras, y escaramujos pasaba las tardes perdidas y pese a su poca vitalidad, en sus escondidas tardes creaba un mundo imaginario de reinas y príncipes en el que gobernaba sin titubeos. Empezó, como un ritual, a beber agua del pozo, y le supo mágica. Cada tarde, a la hora de la brisa, tras ahogar la sed en el agua, se sentía resucitando, vigoroso, reconciliado con lo inánime, con su naturaleza, con su entorno, con sus vecinas.
Empezó a salir de si mismo, a conversar con las mujeres del pueblo, a reconocerse en ellas, pudo separarse de todo aquello identificando por primera vez los límites de su piel, reconociendo su sombra en el suelo, descubriendo el eco de sus cantos en el valle y el sonido de sus pasos en los caminos. Sin embargo, era incapaz de sentir distancia con el pozo de la casa de la Vieja Molinera. Beber el agua de aquel pozo era similar a recordar la mirada de aquella joven gitana que un día le clavó los ojos. Con esta nueva energía quiso definitivamente salir en busca de aquella cíngara que en un instante habitó en él y de él no salía. Tras una ilusión de posibilidad debía volver a aplacar la sed con el agua de aquel pozo, y sólo de aquel pozo. Se reconoció incapaz de no acudir, incapaz de evitar sus proximidades, rozaba la locura al despertar cuando en sus pesadillas el pozo se presentaba seco.
El pozo le engullía en cada sorbo, y Abel Santamaría cada vez pertenecía más a él. Se reconoció impotente, y se vio a si mismo atrapado en esa extraña dependencia. No podría abandonar nunca el pueblo en busca de aquella muchacha de mirada esmeralda, el pozo de la Vieja Molinera le atrapaba absolutamente a través de sus aguas vírgenes.
Poco a poco iba perdiendo la razón, y en una de las tardes repetidas se cruzó en el camino con un ciego vendedor de sortilegios. El ciego enseguida percibió su presencia, e incluso adivinó que se trataba de un joven solitario. Abel dejó que aquel hombre le posase la mano sobre la cara, recorriéndola en una lenta estela áspera. Permanecieron en silencio casi una hora, únicamente respirando, sentados uno junto al otro al borde del camino, hasta que el ciego con voz quebrada y tan áspera como sus curtidas manos se dirigió a Abel:
“Todo es ritmo, es período, es frecuencia, es ciclo. Volvemos a pasar por los mismos sitios una y otra vez, hasta hacer surcos en el camino y creemos que estamos haciendo algo nuevo porque cambian de lado las sombras. Y sin embargo obtenemos siempre el mismo resultado: aproximación, distancia, distancia, aproximación. A veces nos damos cuenta de la trampa de certeza en la que estamos atrapados y nos parece la vida desorientada, sin sentido y todo se hace duda. Llega el pánico de navegar sin osa mayor ni menor, ni mucho menos estrella polar. En este espacio solo pueden entrar y efímeramente quedarse los fuertes, el resto huye. Todos de alguna manera preferimos la guía, aunque nos atrape dentro de los márgenes del camino y difumine el horizonte.”
“ La muchacha de ojos verdes habita en el pozo, es su Náyade. Guiada por otra ninfa mayor, retornó a su elemento tras la muerte definitiva de un espíritu oscuro que le impedía regresar y habitaba en el cuerpo de una vieja traicionada. Cometiste la imprudencia de mirarle a los ojos, y quedaste atrapado en su eterna sed. Para librarte de la sed, solamente debes dejar de visitar la fuente, no beber las aguas y sobre todo no esconderte en aquel retiro encantado. Aunque lo pienses imposible, es el camino. No hay magias, ni sortilegios que pueda ofrecerte más que esta piedra para que aprietes en la debilidad. No temas si no fuiste el salvador que esperaban. Soporta el tránsito de los cuchillos de la duda, la angustia del misterio y la amenaza de la derrota y una mañana amanecerás sin sed. Tu poder nacerá de la constancia. Al nacer y en un embrujo, te otorgaron la necesidad de amar, y no pusieron hombre que te enseñara a hacerlo. No trates de resistirte, pero ama lo real, lo posible, y ante todo, ama en libertad. Sólo sin sed consentirás que fluya el río sin querer apresarlo. Sólo sin sed dejaras de temer que no llueva”
Al parecer Abel sintió más temor al cavilar la posibilidad de liberarse de esa sed que cuando se descubrió absorto por ella.
* Planta original de Afganistan que cuando se seca, las hojas y ramas se contraen formando una pelota apretada. Cuando coge humedad, "revive", reverdece, incluso después de muchos años de cortada.