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lunes, 26 de noviembre de 2007

Asimetria A

. ¿Por qué cuando más lo necesito me quedo sin tabaco? Que frío, joder. Y encima esta lluvia me está calando hasta los huesos. Me he perdido y llego tarde una vez más llego tarde. . ¿Quién me mandaría no coger el paraguas? Si es que no llovía en el otro sitio. ¿Perdone, tiene un cigarro? Vaya, lo siento. Espere que le limpio. Disculpe, discúlpeme no he visto el charco. Lo siento, adiós adiós. Y encima no fumaba.
. Abandono. Me vuelvo a casa, cojo un taxi y vuelvo a casa. ¡Uf! que tiritona. Y donde pillo un taxi yo por aquí, si esto no es ni mundo. A ver por allí parece que hay más luz. Menuda cuestecita. Esto deben ser las cocheras que me dijo el tío. Entonces no estoy tan lejos. Un parque. Tiene que haber un parque con castaños cerca y en la calle ancha la segunda a la derecha. ¿A la derecha o a la izquierda? Ya no me acuerdo, pero creo que voy bien.
. Ese debe ser el parque porque me acabo de torcer el pie con una castaña. Una calle ancha... Pues no la veo, ¡si no hay calles aquí! Con este frío y esta lluvia me estoy meando. Ni miro la hora, debe ser tardísimo. ¡La calle ancha!. Vamos esta debe ser la ancha porque no hay otra, pero vamos que ancha lo que se dice ancha no es.
. ¡Ey! Un taxi... ¿lo cojo? ¡Eh! ¡Por dudar! Ahora lo he perdido por dudar. Mañana en la cama con cuarenta de fiebre, como si lo viese.
. La segunda, derecha, era derecha, seguro.
. Una puerta de espejo azul. “Cuentos”.
. Aquí es.
. Hola, buenas noches. Soy el protagonista del cuento que estaban imaginando. Disculpe el retraso estaba perdido.

Asimetria B

. En el lugar en el que la ciudad perdió su nombre, deambula Gael en busca de identidad. Está inquieto, presiente que se ha perdido, y el tiempo pasa, le aprieta, conocedor como es de que si cambia el día no llegará a ser quien quiere ser.
. Ha salido tarde del otro lado, no es precisamente la puntualidad su mejor virtud.
. Llueve copiosamente y Gael que no estaba preparado para el agua, empieza a encoger lentamente y todo lo que le circunda adquiere un tamaño descomunal, caricaturesco.
. Corre en todas direcciones buscando un tobogán que le transporte del imaginario al imaginado, atravesando la atmósfera de un planeta que sueña.
. Le han hablado de un espejo azul que comunica estos mundos paralelos, y lo busca desesperadamente. Tanto que está a punto de claudicar, darse por siempre huérfano de cuento. Sin embargo es incapaz de volver sobre sus pasos pues los pasos en el viento desaparecen para siempre.
. Divisa a lo lejos una manada de castaños que celebran sus campeonatos anuales de natación. Gaél pregunta al castaño más viejo el lugar exacto del espejo azul, y éste le señala la segunda cara de la luna. Es fácil encontrar la segunda cara de la luna, siempre está detrás. Y detrás siempre es un lugar conocido. Gaél llega diminuto, empapado y muy cansado a la segunda cara de la luna donde se reconoce al fondo de un reflejo azul.
. Un cartel de madera se bambolea por el viento, Reza: cuentos. Gael lo atraviesa y le recibe un comité de mil personajes conocidos de todos los cuentos vestidos de todos los colores, eternamente inmortales. – Ya eres uno de los nuestros, lee en una gran pancarta. Parece ser que te han nombrado protagonista del último cuento del universo, le susurra el Mago de Oz, y una niña pirata le da un beso de espuma.
. Disculpen el retraso no terminaba de encontrarme. Dijo Gaél antes del fin.

Asimetria A

. ¿Por qué cuando más lo necesito me quedo sin tabaco? Que frío, joder. Y encima esta lluvia me está calando hasta los huesos. Me he perdido y llego tarde una vez más llego tarde. ¿Quién me mandaría no coger el paraguas? Si es que no llovía en el otro sitio. ¿Perdone, tiene un cigarro? Vaya, lo siento, espere que le limpio. Disculpe, discúlpeme no he visto el charco. Lo siento, adiós adiós. Y encima no fumaba.

. Abandono. Me vuelvo a casa, cojo un taxi y vuelvo a casa. Uffff que tiritona. Y donde pillo un taxi yo por aquí, si esto no es ni mundo. A ver por allí parece que hay más luz. Menuda cuestecita. Esto deben ser las cocheras que me dijo el tío. Entonces no estoy tan lejos. Un parque tiene que haber un parque con castaños cerca y en la calle ancha la segunda a la derecha. ¿A la derecha o a la izquierda? Ya no me acuerdo, pero creo que voy bien.

. Ese debe ser el parque porque me acabo de torcer el pie con una castaña. Una calle ancha... pues no la veo, si no hay calles aquí! Con este frío y esta lluvia me estoy meando. Ni miro la hora, debe ser tardísimo. ¡La calle ancha!. Vamos esta debe ser la ancha porque no hay otra, pero vamos que ancha lo que se dice ancha no es.

. ¡Ey! Un taxi... ¿lo cojo? ¡Ehhh! ¡Por dudar! Ahora lo he perdido por dudar. Mañana en la cama, como si lo viese. La segunda, derecha, era derecha, seguro.

. Una puerta de espejo azul: “Cuentos”.
. Aquí es.

. Hola, buenas noches. Soy el protagonista del cuento que estaban imaginando. Disculpe el retraso estaba perdido.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El, ruidos y ella.

. Un hombre solo camina rápido por la calle empinada. Hace sol, los días van siendo cada vez más fríos, anticipando un invierno que ya casi se respira. En la calle apenas hay gente, un lunes cualquiera, hora de comer. El paso sereno y firme lo aproxima a la puerta de un garaje que se abre a su paso de forma automática, mágico sésamo del mando a distancia. Los zapatos nuevos hacen eco en las paredes del corredor techado que lleva al lugar en el que descansa una motocicleta, cabalgadura de asfalto y adoquines.

Ruge el motor al subir la rampa casi imposible. En nada la calle recibe gases y sonidos tan urbanos. La hora es la justa, si no hay imprevistos. Cree que es mejor no hacer esperar. Todo es línea recta, sortear los coches le produce una cierta satisfacción, un aire de superioridad y en apenas unos minutos ronda, casco en mano por el lugar del encuentro. Mira de soslayo la ventana que ama, aunque sabe que no distinguirá nada en ella. El aire parece como electrizado, trae una corriente fresca que casi, con los nervios, parece frío. En verdad no es frío.

Mira el reloj. Bien, faltan dos minutos. No tardará. Es fácil pensar mientras se espera contemplando los surcos que hace el arlequinado de baldosines en el suelo. Tiembla, de frío o de nervios. ¿Nervios por qué?

Llevan un mes juntos, y ha esperado ya unas cuantas veces, no es la primera que llega unos minutos antes. No está alegre, presiente. Respira de forma agitada, aunque no parece darse cuenta.

Al fondo de la calle, cruzando por el paso de cebra viene ella. Tan igual. Tan inexpresiva, con los ojos furtivos y las manos escondidas. El la mira y sabe que la quiere.

Se saludan, cordialmente, se saludan, sin excesos públicos ni alardes, igual que otras veces.

El propone un plan de tarde, caminar entre árboles urbanos, fuera del ruido de los coches y el trajín de peatones con destino.

Ella lamenta la hora, tiene un compromiso después. Sin embargo accede.

El parece molesto, quizá enfadado, pero en realidad está triste. Piensa: - Así estoy en su orden de prioridades. Ella en vano o en ficción hace por llamarlo, pero su amigo no contesta. Trata de disculparse, pero no puede postergar la cita.

Sólo disponen de dos horas

Ambos suben a la moto, ella pregunta si ha traído su casco, él contesta que claro, otro un poquito más ancho, para que no le apriete. No hablan mucho. Él parece que acelera. Salen, como otras veces por la calle de enfrente, un poco más deprisa que de costumbre. Ella asida al soporte trasero, esta vez no lo abraza, y él lo espera.

Toman con cierta brusquedad las curvas de la carretera, y frena sin el cuidado acostumbrado. Ella pregunta que si está nervioso. Él calla. Dos brusquedades más y ella le dice que si está nervioso es mejor parar. Él procura suavizar la marcha.

Han llegado al parque. El cielo se ha medio cubierto de nubes, nubes del pronto otoño, de aguaceros fugaces y olor a tierra húmeda.

Ella lleva paraguas, como si supiese más certeramente que iba a llover.

Empiezan a pasear, lentamente. No se han besado. Él habla de los árboles del parque, de los colores de las hojas, antes tan verdes, de las castañas que salpican el camino. Todo, como si nada ocurriese, como si ese olor almizclado que flotaba entre ellos fuese imperceptible.

Caminaron pausado, e incluso sonrieron un par de veces, buscando cada vez rincones más calmos en ese inmenso jardín urbano.

Empezaba a chispear. Ella hizo uso de su paraguas, invitándole a aproximarse. El, en aparentando independencia, comenta que la lluvia no le importa.

Dieron una cuantas vueltas, hablando de lugares comunes, hasta que ella, frenando sus pasos, le reclama los ojos, y en ellos clava la frase que él estaba esperando y temiendo toda la tarde.

“Creo que es mejor que lo dejemos”.

Ya estaba fuera, ya lo sabía el otoño y el viento lo arrastró. La lluvia era testigo. “Es mejor que lo dejemos...”

Mejor para quién, pensó él. Y siguió escuchando, mirando al suelo, todos esos argumentos que da quien no ama a alguien que ama y es abandonado. Ella, más firme que nunca, más clara que tantas veces indecisas, más fuerte que el silencio, hablaba y hablaba mientras él desarmaba una nube de pensamientos fugaces sin sentir aún el dolor, como un golpe seco que tambalea pero que no duele hasta que uno se ve las heridas.

Hablaron sí, esta vez si hablaron, ella de su sentencia, él de su lamento. No discutieron, él no sabe discutir en las derrotas. Los sentimientos no se discuten.

No hay otro, repetía ella. Él no lo podía creer.

Así anduvieron, hasta que ella miró el reloj. Se hacía tarde, las seis y media amenazaban como una censura, y ella no debía retrasarse. Ambos caminaron a la parada de un autobús cualquiera, se abrazaron. Sí, se abrazaron un tiempo que le supo a final. Ella le regalaba su paraguas, él no quiso aceptarlo. Por esto casi sí que discuten.

Vino el autobús. Se miraron. Ella subió, canceló el billete y mientras el autobús iniciaba a andar, ella caminando en contra parecía no moverse al avanzar por el pasillo.

Él se quedó allí un rato, mirando al autobús bajo la lluvia, con la mente en otro sitio, el corazón latiendo fuerte, sin poder llorar aun.

. Un hombre solo camina rápido por la calle empinada, la lluvia cae incesante y el silencio le acompaña. Afuera, los coches rugen contra el tiempo y el viento arrastra hojas de la otra primavera.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Mirando a Heliogábalo

Narciso Olivares nunca llegaba con tanta antelación a una reunión, por solemne e importante que fuese. Quizá es que esta vez, más que venir huía. Huía de la monotonía gris de una ciudad gris con mar sin olas. Tenía por delante casi cuatro horas sin contenido previsto. Se acomodó en el hotel, enfrente del congreso de los Diputados, como era habitual. Segunda planta. Una ducha de agua fría, la separación entre el viaje y la estancia. Unas horas de ropa cómoda antes de volver a introducirse en su traje recto de raya diplomática. La reunión-cena se prolongaría hasta tarde, por lo que no le sentaría nada mal este paréntesis de informalidad. Tenía entendido que había una exposición temporal en el Thyssen, le quedaba cerca y en un tiempo no excesivo se podría recorrer sin agobio. 57 cuadros de la colección particular de un empresario Mexicano.

Había transcurrido una hora y recorrido más de la mitad de la exposición que no dejaba de parecerle algo convencional, cuando, Narciso Olivares se detuvo en la quinta sala contemplando con detenimiento un cuadro que le había llamado poderosamente la atención. Se trataba de una pintura de Sir Lawrence Alma-Tadema, un pintor neoclásico del XIX, “Las rosas de Heliogábalo” era su título. Tan absorto estaba en la pintura que olvidó incluso el lugar en el que se encontraba, y por unos instantes se vio dentro del mismo cuadro, dando vida a sus personajes. Se imaginaba vestido con una túnica, venteando pétalos perfumados de rosas riendo entre otros jóvenes en el momento ocioso de una inmediata bacanal.

Este estado transitorio de enajenación fue súbitamente interrumpido cuando una joven de pelo negro y boina calada chocó bruscamente con la espalda de Narciso. La joven portaba unas grandes gafas oscuras y golpeaba sobre el firme una vara blanca a modo de bastón.

- Lo siento, - se disculpó la señorita.
- No, perdone, la culpa es mía, no me fijé que venía, le contestó Narciso, echándose ligeramente hacia atrás.
- Caballero, ¿Le importuno si le pido que me describa el cuadro que estaba usted mirando? Pidió la joven sonriendo a ningún sitio.
- Claro, no se si seré capaz de expresárselo fielmente, no entiendo mucho de pintura, pero lo intentaré.

Ella se enganchó al brazo de Narciso recogiendo el bastón, plegándolo en una pequeña cartera y con la cabeza orientada al cuadro escuchó atentamente.

Narciso trató de volver dentro del cuadro, como había logrado unos minutos antes. Le explicó a aquella joven que era cuadro de olor intenso. Cientos de pétalos de rosa volaban por el velador de un jardín de columnas, en el cual diez o doce jóvenes de ambos sexos descansaban entre risas. Unos cuantos de ellos, al fondo sobre un mostrador, miraban, posando tal vez, al espectador, que los observa. Otros en primer plano, intuyéndose más que viéndose, tumbados en un lecho cubierto de pétalos de rosa. Al fondo del cuadro se adivinaba un horizonte lejano de colinas suaves, en todo caso, el jardín de columnas se encontraba en una atalaya privilegiada, el día parecía ir concluyendo en una cómoda temperatura, y algunas cortinas de lienzo crema, agitadas por el mismo viento que arrancaba los pétalos, cerraban la escena. Una joven tocaba un instrumento de viento al fondo.

Después de la descripción ambos quedaron unos minutos en silencio, tras los cuales, la joven puso palabras a sus pensamientos:

- Ayer en ese mismo escenario se celebraba una boda cuya consumación en el lecho conyugal era testificada por los invitados en medio de una gran algarabía. Antes de ayer los hijos del destierro romano celebraban en su confinamiento la llegada de la primavera, y con ella, los ardores de la juventud. Hoy había objetos, y personas incluso lugares y horizontes, pero nada ocurría.

La joven agradeció el tiempo y las palabras a Narciso, y desapareció por el quiebro del pasillo.

- Todas las tardes desde que se inauguró la exposición, sin falta, viene hasta esta sala, se detiene delante del cuadro y pide por favor a alguien que le describa la pintura. – Explicó a un Narciso inmóvil uno de los guías del museo. - Dice la joven que tiene el mayor de los privilegios. Mientras el resto sólo observa un cuadro, ella, cada tarde, y sobre el mismo lienzo, contempla una obra diferente. - Continuó el guía.

- No le falta razón. Asintió Narciso, y volvió a mirar el cuadro.

martes, 6 de noviembre de 2007

Malas Compañías

Lo peor de todo, para Sandra, fue tener que dar la razón a Carlos.

Tú sigue tan confiada, y verás como un día te vas a llevar un susto. - Le repetía cada vez que recogía a alguien extraño haciendo autoestop.

Era sábado por la noche, llevaba algo de prisa, como siempre. Tenía el tiempo justo para estar en Madrid. sesenta kilómetros no son tantos, cuarenta y cinco minutos quizá sean escasos, teniendo en cuenta que el cuatro latas verde de Sandra no supera los 110 km hora cuesta abajo.

A la altura de Torrelaguna, apenas recorridos cinco kilómetros, Sandra esperaba a ralentí el cambio de color del semáforo para continuar, cuando alguien se aproximó a la ventanilla izquierda del coche. No se fijó muy bien en su rostro, hacía frío y el hombre estaba cubierto hasta la nariz con una cazadora impermeable. Preguntó con fragilidad si se dirigía hacia Madrid, añadiendo que había perdido el ultimo autobús. Sandra le respondió afirmativamente invitándole a entrar en el coche. El hombre no parecía muy charlatán, durante los primeros kilómetros apenas respondió con algún monosílabo a las preguntas cordiales de Sandra. Estaba como encogido, con las manos entre las piernas, y por el rabillo del ojo pudo observar como se acunaba rítmicamente de atrás a adelante. Tras un silencio, empezó a contarle.

Acababa de salir del calabozo de Torrelaguna, era toxicómano y tenía un mono de varios días que le hacía tiritar. Necesitaba ponerse un pico cuanto antes. Le pidió dar brillo a la carrera, y sin poder prometerle más de lo que el coche daba de sí, Sandra aceleró mostrando la intención de secundar su solicitud. Su corazón se revolucionaba a la par que el motor de vehículo que conducía. Custodiaba al sujeto con miradas furtivas, hasta que éste, rompiendo su silencio le pidió un favor:

- Llegando a Madrid, ¿Me podrías llevar hasta San Blas?, estoy muy mal y podría hacer cualquier tontería. - Le dijo.

No estaba en ella ponerse a discutir, ni siquiera contradecirle levemente. Esperó sin responder unos segundos, quizá aparentando una decisión.

- De acuerdo, voy con algo de prisa, pero no me importa acercarte hasta allí, le dijo sin inflexión.

Sandra mantenía un gesto tenso que le restaba, sólo parcialmente, su revoltoso y personal toque femenino. En apariencia se mostraba serena, sin embargo su pierna izquierda no paraba de moverse incontroladamente. Recordaba a Carlos y sus palabras de reproche.

Entraron en la M-30, las luces de la ciudad atravesaban las ventanillas y convertían el espacio interior del coche en un espacio familiar, más cálido.

San Blas empezaba a estar cerca y el hombre parecía más inquieto. Pidió prolongar el favor. Sandra escuchó manteniendo la mirada al frente. Quería que lo acercase a casa de su madre, lo esperase mientras se hacía con algo de dinero y posteriormente fuese con él a pillar la droga. Ella, secamente, dio su palabra de que lo haría. Aparcó junto a unas casas de ladrillo donde al parecer vivía la madre del sujeto. Éste dejó su mochila en el coche como prenda de confianza, y pidiéndole, casi suplicándole le dijo:

- Por favor, no me la juegues, no te vayas.

- Te he dado mi palabra, no me iré. - Respondió Sandra segura de si misma. No creía que nadie le haya tratado hasta ahora como ella le estaba tratando,

Volvió pronto. Al parecer había conseguido algo de dinero, tenía la mano derecha hinchada y un corte en los nudillos. El hombre fue indicando los giros que habían de tomar hasta que llegaron a unos módulos prefabricados en medio de la nada y en cuyo interior se dibujaban sombras a contra luz.

- Aquí es. No pares el motor, .- le dijo agitado, - Muévete despacio y con la luz apagada. Voy a pillar en esa casa, y luego salimos cagando leches.

Bajó del coche tambaleándose, y fue directo a uno de los módulos de sombra. Los charcos reflejaban la luz lejana de la ciudad, los perros sin dueño vagaban de un lado a otro y pandillas de chiquillos alborotaban la calle como si no pasase nada.

Ella esperaba alerta, él volvió enseguida.

- No tenían. Vamos un poco más adelante. Ordenó mientras entraba en el coche.

Aquello parecía que no iba a terminar nunca. A escasos cien metros le ordenó parar de nuevo, salió del coche y fue a otro módulo. Resbaló torpemente en un charco llevando la rodilla al suelo.

De pronto media docena de adolescentes surgidos de la nada, se diría que gitanos, empezaron a bambolear el coche con fuerza. Uno de ellos mostraba un gran palo. La cabeza de Sandra oscilaba de izquierda a derecha al compás del coche. Uno de los chicos, clavó sus ojos rasgados en Sandra esbozando una sonrisa maliciosa. Ella instintivamente le respondió con la mano en un ademán negativo, ante lo cual y para su sorpresa, se echaron para atrás, dejaron de empujar el coche, y como habían aparecido desaparecieron. En esto llegó de nuevo el autoestopista. Su presencia, en medio de aquel infierno llegó a parecerle a Sandra incluso familiar. Esta vez si que había obtenido lo que buscaba y lo exhibió ante ella con satisfacción.

- Vamos a salir de aquí, - Dijo. - Ten cuidado, hay una zanja que deberás pasar con precaución, la ponen para que nadie se pire sin fichar. A la salida hay un semáforo, y los maderos estarán esperando. No pares, aunque esté el puto semáforo en rojo no pares. Échale pelotas y no pares que si no te pillan la placa y te la pueden liar.

Con semejantes instrucciones poco tenía Sandra que decidir a estas alturas, así que efectivamente ante los ojos de la misma policía se saltó el semáforo, chillaron las ruedas delanteras del cuatro latas verde y pusieron pies en polvorosa. La luz de las calles se clavaba en las pupilas, como al salir de una discoteca y ya hubiese amanecido. Unos minutos mas tarde el hombre mandó detenerse.

- Déjame aquí, - le dijo. Miró a Sandra a los ojos por primera vez, y con una amabilidad impostada continuó:

- Pensé en algún momento llevarme la radio, tu peluco, hasta el buga enterito. Ahora a la luz y que te veo la carita, hasta me entran ganas de montármelo contigo sobre la yerba. Te has portado muy bien, churri, tienes palabra y no puedo otra cosa que agradecértelo. Le plantó un beso en el aire y le gritó: ¡Que te vaya bonito! mientras abría la puerta del coche y sin mirar atrás se perdió entre unos arbustos.

Media hora mas tarde Sandra atravesó la puerta del café en el que aún se encontraban sus amigos, ya con las copas vacías.

- No me digáis nada, ahora os lo cuento, ¿Vale? pero todos calladitos, y especialmente tú, Carlos.

jueves, 1 de noviembre de 2007

La Rosa de Jericó *

“He bebido nuevamente agua de ese pozo. Satisfecho, desansiado, ligero. Estado en el que ahora me hallo, como cada vez que bebo esta agua hechizada.”

“Trato de espaciar los intervalos, pero sumar siquiera unas horas al anterior se convierte en una tormenta de espera. Son muchos destinos transitados parando en este pozo, necesario y liberador sorbo, ya forma paisaje de mi piel, no soy sin él, quizá él no sea sin mi."
Estaba llegando y el espacio entre el pozo y yo, el tiempo entre el presente inmediatamente fugaz y el pose de mis labios sobre el agua fresca, se dilataba infinito. Tiritaba , incontroladamente tiritaba, no de frío, aunque sentía frío. Mis pulmones removían todo el aire insuficiente de alrededor buscando la esencia extraviada. Agitadamente avanzaba. En el minuto de víspera, un extraño y oscuro vacío absorbía mi energía vital, mi chi, mi prana, perforando mis entrañas, vaciando mi abdomen, y una cortina semitransparente me nublaba la vista. Era imposible que nada en ese momento se interpusiera entre el pozo y yo, entre sus aguas y mi garganta. Me habría desgarrado las manos abriendo caminos para llegar a él. Ahora saciado, a esperar la próxima carencia y volver apresuradamente, no hay más, a adorar su brocal.”

.......................


La noche luminosa de luna se rasgaba por gritos de parto en Fuenteseca de Montiel. El frío del invierno subrayaba el silencio quebrado. Se agitan las mujeres en torno a la casa de Haydee. Su hija, la única, estaba expulsando del vientre la vida que llevaba albergando nueve meses. Contaban que, hasta entonces, nadie había nacido en Fuenteseca. El escaso medio centenar de vecinos, posiblemente venidos de otras tierras o habitantes de siempre en ningún lugar, eran absolutamente mujeres. Apenas tres hombres sobrevivían el invierno en la villa, casi de sobra, arrumbados de la vida social y emocional de ellas. En este pueblo de amazonas, Haydee representaba la fortaleza de la mujer en lo creado. Una fuerza más absorbente que donante, gravitadora de las energías circundantes, tótem espiritual de un pueblo de misándricas, mujer que señalaba quien debía sentarse a la izquierda y quien a la derecha.

Nadie quiso saber quien pudo sembrar una vida en la hija de Haydee. Por supuesto de los anteriores tres ni se sospechaba, la hija de Haydee nunca salió del pueblo hasta la fecha y las más beatas lo atribuían al Espíritu Santo que, en forma de paloma, juraron observarlo hace nueve meses. Sin embargo, quizá por ello y sin juicio, la hija de Haydee penó con el castigo de no ser nombrada el resto de su vida.

Al amanecer del día posterior al parto, como siempre fue en las tierras de en medio, las viejas procesionarían hasta la casa de la recién parida llevándole obsequios e intenciones. Apenas la claridad desteñía las nubes, se iban abriendo las puertas menores de las casas a intervalos casi regulares, y de una en una, envueltas en mil paños de lana casi negra, convergían, enlutadas, en el hogar alumbrado.

El grupo era como un rosario, que, en silencio, transitaba con el mismo entusiasmo que en los funerales, y se disolvía enseguida. Cada mujer, a su tiempo, a su pausa, se aproximaba a los pies de la cama de la nueva madre, depositaba un objeto preciado y como una jaculatoria liberaban parabienes al recién nacido. Había sido niño, doble gracia en Fuenteseca de Montiel.

Los ojos grises y encogidos de las mujeres halladas se abrieron trémulamente al reconocer entre las procesionarias a la Vieja Molinera. Ella llegaba cuando las últimas partían. Tanto era el tiempo en que la Vieja Molinera no se hacía visible, que muchos meses atrás se la dio por muerta. Si la soledad tuviese rostro de mujer, sería el de la Vieja Molinera. Ya de niña, cuentan, hablaba sola por los eriales, y su sombra recorría los caminos las noches de luna clara, huyendo de si misma. ¿Cómo supo la eremita que era alba de parto? Quizá el olor de la matriz granada, del varón neonato, o de los calostros generosos de la nunca más nombrada, despertase en la Vieja Molinera el recuerdo de parto de sus tres niños muertos.

Como las demás, no hablaba. Permaneció inmóvil ante los pies de la cama de la hija de Haydee, fijando sus ojos hundidos sobre el ciánico niño. Musitaba también como las demás, palabras irreconocibles que salían por el poco espacio que permitían sus gastados dientes. Las mandíbulas se agarrotaban por la tensión visible de sus músculos. Depositó sobre la colcha unas ramas de laurel, aventó un frasco de alcohol de salvia y desapareció. La Vieja Molinera nunca más fue vista por Fuenteseca.
Abel Santamaría creció entre algodones, algodones figurados con rostro de mujer que le privaban del deseo antes siquiera de haberlo concebido, y algodones hidrófilos pues su salud delicada demandaba cuidados constantes. Era débil, pálido, blando, Abel reflejaba en su rostro la desilusión de las gentes de la villa que habían esperado de él la liberación definitiva de aquel matriarcado, y sin embargo el muchacho se apagaba a medida que cumplían los años. Su madre había probado todas las yerbas de los montes, y el chico no recobraba la vitalidad.

Una tarde de otro invierno, siendo a todas luces Abel ya más próximo a un joven que a un niño, se detuvo en Fuenteseca una familia gitana que recorría en varios carromatos la comarca. Una gitana de media edad caminaba junto con una joven tostada, quizá su hija, de ojos verdes y cabellera manzanilla, indudablemente gitana también, portando varias tinajas de barro colmadas de agua, a lomos de un borrico. Abel sólo cruzó la mirada con aquellos ojos rasgados de la joven y se sintió plomizo, reactivado, inquieto. Por primera vez sentía algo parecido a un deseo. Deseo de permanecer en aquella mirada, deseo de beber aquella agua acarreada. Su voluntad no era suficiente, y la familia gitana partió sin dejar más rastro que un corazón dañado.

Después de aquel día Abel únicamente se sentía bien en soledad. En cuanto tenía oportunidad escapaba al final del pueblo, a la casa desvencijada y mefítica en la que vivió y dicen que murió la Vieja Molinera, cuya única riqueza fueron las aguas cristalinas de su pozo. A ese lugar no se atrevería a llegar nadie más. Entre zarzas, parras invasoras, y escaramujos pasaba las tardes perdidas y pese a su poca vitalidad, en sus escondidas tardes creaba un mundo imaginario de reinas y príncipes en el que gobernaba sin titubeos. Empezó, como un ritual, a beber agua del pozo, y le supo mágica. Cada tarde, a la hora de la brisa, tras ahogar la sed en el agua, se sentía resucitando, vigoroso, reconciliado con lo inánime, con su naturaleza, con su entorno, con sus vecinas.

Empezó a salir de si mismo, a conversar con las mujeres del pueblo, a reconocerse en ellas, pudo separarse de todo aquello identificando por primera vez los límites de su piel, reconociendo su sombra en el suelo, descubriendo el eco de sus cantos en el valle y el sonido de sus pasos en los caminos. Sin embargo, era incapaz de sentir distancia con el pozo de la casa de la Vieja Molinera. Beber el agua de aquel pozo era similar a recordar la mirada de aquella joven gitana que un día le clavó los ojos. Con esta nueva energía quiso definitivamente salir en busca de aquella cíngara que en un instante habitó en él y de él no salía. Tras una ilusión de posibilidad debía volver a aplacar la sed con el agua de aquel pozo, y sólo de aquel pozo. Se reconoció incapaz de no acudir, incapaz de evitar sus proximidades, rozaba la locura al despertar cuando en sus pesadillas el pozo se presentaba seco.
El pozo le engullía en cada sorbo, y Abel Santamaría cada vez pertenecía más a él. Se reconoció impotente, y se vio a si mismo atrapado en esa extraña dependencia. No podría abandonar nunca el pueblo en busca de aquella muchacha de mirada esmeralda, el pozo de la Vieja Molinera le atrapaba absolutamente a través de sus aguas vírgenes.

Poco a poco iba perdiendo la razón, y en una de las tardes repetidas se cruzó en el camino con un ciego vendedor de sortilegios. El ciego enseguida percibió su presencia, e incluso adivinó que se trataba de un joven solitario. Abel dejó que aquel hombre le posase la mano sobre la cara, recorriéndola en una lenta estela áspera. Permanecieron en silencio casi una hora, únicamente respirando, sentados uno junto al otro al borde del camino, hasta que el ciego con voz quebrada y tan áspera como sus curtidas manos se dirigió a Abel:

“Todo es ritmo, es período, es frecuencia, es ciclo. Volvemos a pasar por los mismos sitios una y otra vez, hasta hacer surcos en el camino y creemos que estamos haciendo algo nuevo porque cambian de lado las sombras. Y sin embargo obtenemos siempre el mismo resultado: aproximación, distancia, distancia, aproximación. A veces nos damos cuenta de la trampa de certeza en la que estamos atrapados y nos parece la vida desorientada, sin sentido y todo se hace duda. Llega el pánico de navegar sin osa mayor ni menor, ni mucho menos estrella polar. En este espacio solo pueden entrar y efímeramente quedarse los fuertes, el resto huye. Todos de alguna manera preferimos la guía, aunque nos atrape dentro de los márgenes del camino y difumine el horizonte.”

“ La muchacha de ojos verdes habita en el pozo, es su Náyade. Guiada por otra ninfa mayor, retornó a su elemento tras la muerte definitiva de un espíritu oscuro que le impedía regresar y habitaba en el cuerpo de una vieja traicionada. Cometiste la imprudencia de mirarle a los ojos, y quedaste atrapado en su eterna sed. Para librarte de la sed, solamente debes dejar de visitar la fuente, no beber las aguas y sobre todo no esconderte en aquel retiro encantado. Aunque lo pienses imposible, es el camino. No hay magias, ni sortilegios que pueda ofrecerte más que esta piedra para que aprietes en la debilidad. No temas si no fuiste el salvador que esperaban. Soporta el tránsito de los cuchillos de la duda, la angustia del misterio y la amenaza de la derrota y una mañana amanecerás sin sed. Tu poder nacerá de la constancia. Al nacer y en un embrujo, te otorgaron la necesidad de amar, y no pusieron hombre que te enseñara a hacerlo. No trates de resistirte, pero ama lo real, lo posible, y ante todo, ama en libertad. Sólo sin sed consentirás que fluya el río sin querer apresarlo. Sólo sin sed dejaras de temer que no llueva”

Al parecer Abel sintió más temor al cavilar la posibilidad de liberarse de esa sed que cuando se descubrió absorto por ella.

* Planta original de Afganistan que cuando se seca, las hojas y ramas se contraen formando una pelota apretada. Cuando coge humedad, "revive", reverdece, incluso después de muchos años de cortada.