. Un hombre solo camina rápido por la calle empinada. Hace sol, los días van siendo cada vez más fríos, anticipando un invierno que ya casi se respira. En la calle apenas hay gente, un lunes cualquiera, hora de comer. El paso sereno y firme lo aproxima a la puerta de un garaje que se abre a su paso de forma automática, mágico sésamo del mando a distancia. Los zapatos nuevos hacen eco en las paredes del corredor techado que lleva al lugar en el que descansa una motocicleta, cabalgadura de asfalto y adoquines.
Ruge el motor al subir la rampa casi imposible. En nada la calle recibe gases y sonidos tan urbanos. La hora es la justa, si no hay imprevistos. Cree que es mejor no hacer esperar. Todo es línea recta, sortear los coches le produce una cierta satisfacción, un aire de superioridad y en apenas unos minutos ronda, casco en mano por el lugar del encuentro. Mira de soslayo la ventana que ama, aunque sabe que no distinguirá nada en ella. El aire parece como electrizado, trae una corriente fresca que casi, con los nervios, parece frío. En verdad no es frío.
Mira el reloj. Bien, faltan dos minutos. No tardará. Es fácil pensar mientras se espera contemplando los surcos que hace el arlequinado de baldosines en el suelo. Tiembla, de frío o de nervios. ¿Nervios por qué?
Llevan un mes juntos, y ha esperado ya unas cuantas veces, no es la primera que llega unos minutos antes. No está alegre, presiente. Respira de forma agitada, aunque no parece darse cuenta.
Al fondo de la calle, cruzando por el paso de cebra viene ella. Tan igual. Tan inexpresiva, con los ojos furtivos y las manos escondidas. El la mira y sabe que la quiere.
Se saludan, cordialmente, se saludan, sin excesos públicos ni alardes, igual que otras veces.
El propone un plan de tarde, caminar entre árboles urbanos, fuera del ruido de los coches y el trajín de peatones con destino.
Ella lamenta la hora, tiene un compromiso después. Sin embargo accede.
El parece molesto, quizá enfadado, pero en realidad está triste. Piensa: - Así estoy en su orden de prioridades. Ella en vano o en ficción hace por llamarlo, pero su amigo no contesta. Trata de disculparse, pero no puede postergar la cita.
Sólo disponen de dos horas
Ambos suben a la moto, ella pregunta si ha traído su casco, él contesta que claro, otro un poquito más ancho, para que no le apriete. No hablan mucho. Él parece que acelera. Salen, como otras veces por la calle de enfrente, un poco más deprisa que de costumbre. Ella asida al soporte trasero, esta vez no lo abraza, y él lo espera.
Toman con cierta brusquedad las curvas de la carretera, y frena sin el cuidado acostumbrado. Ella pregunta que si está nervioso. Él calla. Dos brusquedades más y ella le dice que si está nervioso es mejor parar. Él procura suavizar la marcha.
Han llegado al parque. El cielo se ha medio cubierto de nubes, nubes del pronto otoño, de aguaceros fugaces y olor a tierra húmeda.
Ella lleva paraguas, como si supiese más certeramente que iba a llover.
Empiezan a pasear, lentamente. No se han besado. Él habla de los árboles del parque, de los colores de las hojas, antes tan verdes, de las castañas que salpican el camino. Todo, como si nada ocurriese, como si ese olor almizclado que flotaba entre ellos fuese imperceptible.
Caminaron pausado, e incluso sonrieron un par de veces, buscando cada vez rincones más calmos en ese inmenso jardín urbano.
Empezaba a chispear. Ella hizo uso de su paraguas, invitándole a aproximarse. El, en aparentando independencia, comenta que la lluvia no le importa.
Dieron una cuantas vueltas, hablando de lugares comunes, hasta que ella, frenando sus pasos, le reclama los ojos, y en ellos clava la frase que él estaba esperando y temiendo toda la tarde.
“Creo que es mejor que lo dejemos”.
Ya estaba fuera, ya lo sabía el otoño y el viento lo arrastró. La lluvia era testigo. “Es mejor que lo dejemos...”
Mejor para quién, pensó él. Y siguió escuchando, mirando al suelo, todos esos argumentos que da quien no ama a alguien que ama y es abandonado. Ella, más firme que nunca, más clara que tantas veces indecisas, más fuerte que el silencio, hablaba y hablaba mientras él desarmaba una nube de pensamientos fugaces sin sentir aún el dolor, como un golpe seco que tambalea pero que no duele hasta que uno se ve las heridas.
Hablaron sí, esta vez si hablaron, ella de su sentencia, él de su lamento. No discutieron, él no sabe discutir en las derrotas. Los sentimientos no se discuten.
No hay otro, repetía ella. Él no lo podía creer.
Así anduvieron, hasta que ella miró el reloj. Se hacía tarde, las seis y media amenazaban como una censura, y ella no debía retrasarse. Ambos caminaron a la parada de un autobús cualquiera, se abrazaron. Sí, se abrazaron un tiempo que le supo a final. Ella le regalaba su paraguas, él no quiso aceptarlo. Por esto casi sí que discuten.
Vino el autobús. Se miraron. Ella subió, canceló el billete y mientras el autobús iniciaba a andar, ella caminando en contra parecía no moverse al avanzar por el pasillo.
Él se quedó allí un rato, mirando al autobús bajo la lluvia, con la mente en otro sitio, el corazón latiendo fuerte, sin poder llorar aun.
. Un hombre solo camina rápido por la calle empinada, la lluvia cae incesante y el silencio le acompaña. Afuera, los coches rugen contra el tiempo y el viento arrastra hojas de la otra primavera.

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