Lo peor de todo, para Sandra, fue tener que dar la razón a Carlos.
Tú sigue tan confiada, y verás como un día te vas a llevar un susto. - Le repetía cada vez que recogía a alguien extraño haciendo autoestop.
Era sábado por la noche, llevaba algo de prisa, como siempre. Tenía el tiempo justo para estar en Madrid. sesenta kilómetros no son tantos, cuarenta y cinco minutos quizá sean escasos, teniendo en cuenta que el cuatro latas verde de Sandra no supera los 110 km hora cuesta abajo.
A la altura de Torrelaguna, apenas recorridos cinco kilómetros, Sandra esperaba a ralentí el cambio de color del semáforo para continuar, cuando alguien se aproximó a la ventanilla izquierda del coche. No se fijó muy bien en su rostro, hacía frío y el hombre estaba cubierto hasta la nariz con una cazadora impermeable. Preguntó con fragilidad si se dirigía hacia Madrid, añadiendo que había perdido el ultimo autobús. Sandra le respondió afirmativamente invitándole a entrar en el coche. El hombre no parecía muy charlatán, durante los primeros kilómetros apenas respondió con algún monosílabo a las preguntas cordiales de Sandra. Estaba como encogido, con las manos entre las piernas, y por el rabillo del ojo pudo observar como se acunaba rítmicamente de atrás a adelante. Tras un silencio, empezó a contarle.
Acababa de salir del calabozo de Torrelaguna, era toxicómano y tenía un mono de varios días que le hacía tiritar. Necesitaba ponerse un pico cuanto antes. Le pidió dar brillo a la carrera, y sin poder prometerle más de lo que el coche daba de sí, Sandra aceleró mostrando la intención de secundar su solicitud. Su corazón se revolucionaba a la par que el motor de vehículo que conducía. Custodiaba al sujeto con miradas furtivas, hasta que éste, rompiendo su silencio le pidió un favor:
- Llegando a Madrid, ¿Me podrías llevar hasta San Blas?, estoy muy mal y podría hacer cualquier tontería. - Le dijo.
No estaba en ella ponerse a discutir, ni siquiera contradecirle levemente. Esperó sin responder unos segundos, quizá aparentando una decisión.
- De acuerdo, voy con algo de prisa, pero no me importa acercarte hasta allí, le dijo sin inflexión.
Sandra mantenía un gesto tenso que le restaba, sólo parcialmente, su revoltoso y personal toque femenino. En apariencia se mostraba serena, sin embargo su pierna izquierda no paraba de moverse incontroladamente. Recordaba a Carlos y sus palabras de reproche.
Entraron en la M-30, las luces de la ciudad atravesaban las ventanillas y convertían el espacio interior del coche en un espacio familiar, más cálido.
San Blas empezaba a estar cerca y el hombre parecía más inquieto. Pidió prolongar el favor. Sandra escuchó manteniendo la mirada al frente. Quería que lo acercase a casa de su madre, lo esperase mientras se hacía con algo de dinero y posteriormente fuese con él a pillar la droga. Ella, secamente, dio su palabra de que lo haría. Aparcó junto a unas casas de ladrillo donde al parecer vivía la madre del sujeto. Éste dejó su mochila en el coche como prenda de confianza, y pidiéndole, casi suplicándole le dijo:
- Por favor, no me la juegues, no te vayas.
- Te he dado mi palabra, no me iré. - Respondió Sandra segura de si misma. No creía que nadie le haya tratado hasta ahora como ella le estaba tratando,
Volvió pronto. Al parecer había conseguido algo de dinero, tenía la mano derecha hinchada y un corte en los nudillos. El hombre fue indicando los giros que habían de tomar hasta que llegaron a unos módulos prefabricados en medio de la nada y en cuyo interior se dibujaban sombras a contra luz.
- Aquí es. No pares el motor, .- le dijo agitado, - Muévete despacio y con la luz apagada. Voy a pillar en esa casa, y luego salimos cagando leches.
Bajó del coche tambaleándose, y fue directo a uno de los módulos de sombra. Los charcos reflejaban la luz lejana de la ciudad, los perros sin dueño vagaban de un lado a otro y pandillas de chiquillos alborotaban la calle como si no pasase nada.
Ella esperaba alerta, él volvió enseguida.
- No tenían. Vamos un poco más adelante. Ordenó mientras entraba en el coche.
Aquello parecía que no iba a terminar nunca. A escasos cien metros le ordenó parar de nuevo, salió del coche y fue a otro módulo. Resbaló torpemente en un charco llevando la rodilla al suelo.
De pronto media docena de adolescentes surgidos de la nada, se diría que gitanos, empezaron a bambolear el coche con fuerza. Uno de ellos mostraba un gran palo. La cabeza de Sandra oscilaba de izquierda a derecha al compás del coche. Uno de los chicos, clavó sus ojos rasgados en Sandra esbozando una sonrisa maliciosa. Ella instintivamente le respondió con la mano en un ademán negativo, ante lo cual y para su sorpresa, se echaron para atrás, dejaron de empujar el coche, y como habían aparecido desaparecieron. En esto llegó de nuevo el autoestopista. Su presencia, en medio de aquel infierno llegó a parecerle a Sandra incluso familiar. Esta vez si que había obtenido lo que buscaba y lo exhibió ante ella con satisfacción.
- Vamos a salir de aquí, - Dijo. - Ten cuidado, hay una zanja que deberás pasar con precaución, la ponen para que nadie se pire sin fichar. A la salida hay un semáforo, y los maderos estarán esperando. No pares, aunque esté el puto semáforo en rojo no pares. Échale pelotas y no pares que si no te pillan la placa y te la pueden liar.
Con semejantes instrucciones poco tenía Sandra que decidir a estas alturas, así que efectivamente ante los ojos de la misma policía se saltó el semáforo, chillaron las ruedas delanteras del cuatro latas verde y pusieron pies en polvorosa. La luz de las calles se clavaba en las pupilas, como al salir de una discoteca y ya hubiese amanecido. Unos minutos mas tarde el hombre mandó detenerse.
- Déjame aquí, - le dijo. Miró a Sandra a los ojos por primera vez, y con una amabilidad impostada continuó:
- Pensé en algún momento llevarme la radio, tu peluco, hasta el buga enterito. Ahora a la luz y que te veo la carita, hasta me entran ganas de montármelo contigo sobre la yerba. Te has portado muy bien, churri, tienes palabra y no puedo otra cosa que agradecértelo. Le plantó un beso en el aire y le gritó: ¡Que te vaya bonito! mientras abría la puerta del coche y sin mirar atrás se perdió entre unos arbustos.
Media hora mas tarde Sandra atravesó la puerta del café en el que aún se encontraban sus amigos, ya con las copas vacías.
- No me digáis nada, ahora os lo cuento, ¿Vale? pero todos calladitos, y especialmente tú, Carlos.

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