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jueves, 15 de noviembre de 2007

Mirando a Heliogábalo

Narciso Olivares nunca llegaba con tanta antelación a una reunión, por solemne e importante que fuese. Quizá es que esta vez, más que venir huía. Huía de la monotonía gris de una ciudad gris con mar sin olas. Tenía por delante casi cuatro horas sin contenido previsto. Se acomodó en el hotel, enfrente del congreso de los Diputados, como era habitual. Segunda planta. Una ducha de agua fría, la separación entre el viaje y la estancia. Unas horas de ropa cómoda antes de volver a introducirse en su traje recto de raya diplomática. La reunión-cena se prolongaría hasta tarde, por lo que no le sentaría nada mal este paréntesis de informalidad. Tenía entendido que había una exposición temporal en el Thyssen, le quedaba cerca y en un tiempo no excesivo se podría recorrer sin agobio. 57 cuadros de la colección particular de un empresario Mexicano.

Había transcurrido una hora y recorrido más de la mitad de la exposición que no dejaba de parecerle algo convencional, cuando, Narciso Olivares se detuvo en la quinta sala contemplando con detenimiento un cuadro que le había llamado poderosamente la atención. Se trataba de una pintura de Sir Lawrence Alma-Tadema, un pintor neoclásico del XIX, “Las rosas de Heliogábalo” era su título. Tan absorto estaba en la pintura que olvidó incluso el lugar en el que se encontraba, y por unos instantes se vio dentro del mismo cuadro, dando vida a sus personajes. Se imaginaba vestido con una túnica, venteando pétalos perfumados de rosas riendo entre otros jóvenes en el momento ocioso de una inmediata bacanal.

Este estado transitorio de enajenación fue súbitamente interrumpido cuando una joven de pelo negro y boina calada chocó bruscamente con la espalda de Narciso. La joven portaba unas grandes gafas oscuras y golpeaba sobre el firme una vara blanca a modo de bastón.

- Lo siento, - se disculpó la señorita.
- No, perdone, la culpa es mía, no me fijé que venía, le contestó Narciso, echándose ligeramente hacia atrás.
- Caballero, ¿Le importuno si le pido que me describa el cuadro que estaba usted mirando? Pidió la joven sonriendo a ningún sitio.
- Claro, no se si seré capaz de expresárselo fielmente, no entiendo mucho de pintura, pero lo intentaré.

Ella se enganchó al brazo de Narciso recogiendo el bastón, plegándolo en una pequeña cartera y con la cabeza orientada al cuadro escuchó atentamente.

Narciso trató de volver dentro del cuadro, como había logrado unos minutos antes. Le explicó a aquella joven que era cuadro de olor intenso. Cientos de pétalos de rosa volaban por el velador de un jardín de columnas, en el cual diez o doce jóvenes de ambos sexos descansaban entre risas. Unos cuantos de ellos, al fondo sobre un mostrador, miraban, posando tal vez, al espectador, que los observa. Otros en primer plano, intuyéndose más que viéndose, tumbados en un lecho cubierto de pétalos de rosa. Al fondo del cuadro se adivinaba un horizonte lejano de colinas suaves, en todo caso, el jardín de columnas se encontraba en una atalaya privilegiada, el día parecía ir concluyendo en una cómoda temperatura, y algunas cortinas de lienzo crema, agitadas por el mismo viento que arrancaba los pétalos, cerraban la escena. Una joven tocaba un instrumento de viento al fondo.

Después de la descripción ambos quedaron unos minutos en silencio, tras los cuales, la joven puso palabras a sus pensamientos:

- Ayer en ese mismo escenario se celebraba una boda cuya consumación en el lecho conyugal era testificada por los invitados en medio de una gran algarabía. Antes de ayer los hijos del destierro romano celebraban en su confinamiento la llegada de la primavera, y con ella, los ardores de la juventud. Hoy había objetos, y personas incluso lugares y horizontes, pero nada ocurría.

La joven agradeció el tiempo y las palabras a Narciso, y desapareció por el quiebro del pasillo.

- Todas las tardes desde que se inauguró la exposición, sin falta, viene hasta esta sala, se detiene delante del cuadro y pide por favor a alguien que le describa la pintura. – Explicó a un Narciso inmóvil uno de los guías del museo. - Dice la joven que tiene el mayor de los privilegios. Mientras el resto sólo observa un cuadro, ella, cada tarde, y sobre el mismo lienzo, contempla una obra diferente. - Continuó el guía.

- No le falta razón. Asintió Narciso, y volvió a mirar el cuadro.

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