Bienvenido, bienvenida,
Si algo te conmueve o te sugiere alguna idea, te doy las gracias por compartirla.
Besos y/o abrazos.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Hacia adelante

¿Hacia donde viaja la incertidumbre?

jueves, 4 de septiembre de 2008

Renacer


Ha pasado un tiempo necesario.
Un tiempo de distancia, de ausencia, de no existencia o mejor de otra existencia.
Tiempo revuelto, con tormentas instantaneas que rompen la quietud de pronto, desierto en la ausencia como comparsa cotidiana y una brisa cálida, intensa, vestida en un abrazo repetido, otras veces también desnuda.
Tiempo de recuerdo y de cosas nuevas. De ciudad, de mar, de lágrimas, de deseo, de sueños, de amistad, de confusión, humo y perfume.
Reencuentro.
Remirada interior,
silencio.

Gracias.
Gracias a tod@s l@s que habeis seguido existiendo e insistiendo en mi ausencia.
Vuelvo a estar.
Lentamente vuelvo a estar.

domingo, 1 de junio de 2008

Triste Mayo

Cerró los días
el mayo más triste de la historia.

Tiempo solitario, esquivo, evadido.
Ausencia.
Inverosímil ausencia.
Miedo.

Ni sus lluvias de vida,
ni sus cielos intensos de azul y nubes,
ni las caricias frescas de viento,
vistieron a Madrid de canción.

Y no termina de llegar el calor.
La luz de la tarde no me toca.
La noche, un abrazo perdido.
El día se abre porque sí.

La belleza estallada de la primavera,
se bambolea insolente,
brota exuberante, generosa,
me viola sin seducción.

Con cien mil verdes de hoja,
renacen estúpidas las encinas.
Un fuego de polen salta de sus bosques,
fecundándose sin pasión entre ellas.

Una recurrente cubierta de nubes grises,
un olor intenso, silencioso, triste.
Estalla otra tormenta,
y saltan febriles las gotas en el asfalto.

Agua.
Ansiada agua, primigenia agua,
escurriendo entre las piernas del camino,
colmando los aljibes sedientos.

Los fresales, preñados y sin sol,
ven deslucir sus bayas aun asidas.
No encarnan, no fresean.
Son feas y dulces.

Las gatas en celo,
solicitan su amor equivocado.
Y no hay gatos.
Ni luna.

Los geranios balconean en rosa
en las casas de las viudas,
que los riegan sin falta,
antes de freír el pescado.

Van a los toros los de siempre,
sacrificando la tarde de luces,
nutrida indiferencia ante a la muerte.
De vuelta lo comentan.

Vencejos silentes,
aviones sin nido,
golondrinas entristadas,
volvieron calladamente este tiempo.

Y los periódicos solo hablan
de inflación.

Tiempo oscuro, incierto, cansado
Silencio.
Imposible silencio.
Ansiedad.

Se fue mayo,
el mayo más triste de la historia.

lunes, 12 de mayo de 2008

Obituario

Padre nuestro que estás en el cielo…
Estas palabras que tantas veces he repetido tienen desde hace unos días un sentido adicional.

Doy gracias a Dios por mi padre.

Él no solo me dio la vida, sino me transmitió la sabiduría y las herramientas para afrontarla y amarla en todas sus expresiones.

Me dio la sensibilidad para reconocer la belleza, para vibrar con la música, para nunca saciar la sed de conocimiento.

Me enseñó la alegría, la ilusión y la fuerza necesaria para hacer de cada día un día especial.

Me indicó con su ejemplo el valor supremo de la justicia, la honestidad, la fidelidad, el esfuerzo y el compromiso.

Su trascendencia silenciosa me sugirió preguntas hasta para lo que no hay respuesta. Las aguas de su pensamiento nunca estaban mansas, en contraste continuo, en cuestión vital, en discusión utópica y pragmática.

Me dio seguridad, sencillez, humildad y orgullo al mismo tiempo.

Me mostró la compasión, la solidaridad y la generosidad de anteponer las necesidades ajenas a las propias.

Esta es su herencia, esta es nuestra riqueza y aspiración.

Doy gracias por su vida, por su estar, su ser y sentir.
Doy gracias por el modo en que vivió su enfermedad, tan heroica y optimista.
Doy gracias por su muerte inoportuna, tan serena, que nos subraya el sentido de estar vivos, de lo que es importante, de que todo es transición y en ella estamos, de que no hay motivos para postergar lo debido ni lo amado.

Papá era una canción, un discurso, un pulso a la vida, un espectador intransigente, un río torrencial, un remanso sereno, un actor de comedia y drama.
Mi mejor consejero, amado y admirado, mi padre.

Gracias.

lunes, 5 de mayo de 2008

José Antonio Navarro Vega


La muerte abrazaba a papá en el que resultó ser su último baile.
Le robaba el aliento y él se rebelaba.
La ciencia no podía tener la última palabra.

26 de abril de 2.008
Aún no había amanecido,
y el cielo se rasgó en un grito silencioso.

Cuatro caballos alados
y una dama blanca
le arrancaron del pecho la vida
y regaron las estrellas con su alma.

No habrá más abrazos ni besos,
sí otra presencia y consuelo.

Te quiero, papá.

lunes, 21 de abril de 2008

Nada es eterno, menos tú.

" Y de repente sin saber por qué mientras me adentraba en la arena para ver el mar, miré al horizonte y tu esencia estaba presente. Los elementos se hacen uno y yo con ellos"

miércoles, 9 de abril de 2008

Tiempo


¿Qué queda cuando no queda nada, y es silencio, y es sombra y es placer?

Tiempo

En el cementerio

Hacía frío. La cercellada había tapizado de blanco la ciudad, pero el sol, victorioso, había llenado de luz el cielo, pintándolo de un azul intenso. Caían pequeños copos empujados por el viento, que al posarse en las mejillas de Daniel se derretían haciéndole cosquillas.

Caminaba despacio, lejos del ruido de los coches, con las manos metidas en los bolsillos de su zamarra de pana casi verde, envuelto en una bufanda negra que olía a él, y que conjuntaba con un gorro de lana, también negra. Sus ojos pequeños, se achicaban aún más por el frío, y el mismo viento que movía los copos, le hacía lagrimear.

En aquel lugar se sentía tranquilo, por eso lo visitaba de vez en cuando. Últimamente con más frecuencia. Las lápidas grises, abigarradas, enraizadas en la tierra dura, formaban un collage casi uniforme vistas desde lejos. Caminando por el cementerio podía escuchar los quejidos de la arena en cada paso y un mirlo negro, ya conocido, anunciaba al resto de las aves su presencia con un ¡cui!, ¡cui! ¡cui! intenso.

Daniel recorría los caminos de cipreses casi siempre en el mismo orden, saludando con la mirada a los muertos de siempre, cuyos nombres ya había aprendido, y estos le devolvían con su silencio aquel reencuentro.

Siempre evitaba moverse por la zona nueva del cementerio, los muertos que le llenaban de paz, eran los muertos olvidados.

El cementerio estaba vivo, incorporando como un goteo cadente nuevos nombres y llantos estrenados o repetidos.

Llegó como en cada ocasión, al final del lado Este, a los pies de una lápida desgastada de la familia Rico – Guevara. Sobre ella, tallados, los nombres de hombres y mujeres Rico o Guevara con dos fechas imborrables a continuación. Aún quedaba sitio para alguna inscripción más, ya hacía muchos años que se esculpió la última: Amanda Gil Guevara, 17 de septiembre de 1973 – 14 de abril de 1982.

Con Amanda Daniel tenía sus conversaciones más intimas. Posiblemente sólo con ella. Ella sabía que Daniel, pese al sonido grave y articulado de sus palabras, era un ser frágil. Alguna vez había llegado a la sepultura con la mejilla marcada y le contaba cómo su padre había perdido los nervios. Otras veces no era capaz de describirle un motivo, por el que había sido golpeado. Esa niña tranquila conocía, a través de la voz trémula, de Daniel los gritos, insultos y amenazas que como hitos jalonaban su biografía. No era un inútil, ni un ser despreciable. Para Amanda, Daniel era un fiel compañero, un aliado, un muchacho al que comprendía, y así se sentía él cuando le hablaba.

Ensimismado en su monólogo, Daniel no advirtió la presencia de otra persona a su lado. Había aparecido de repente, y sólo el perfume de unas lilas le distrajo. A su derecha, un hombre de mediana edad, vestido de negro, pero no de luto, apretaba entre sus dedos casi congelados, un ramillete de lilas nazarenas, como recién arrancadas. Debía llevar allí unos minutos. Cuando sus ojos se encontraron, aquél hombre le saludó parcamente. Ninguno de los dos sintió necesidad de dar explicaciones. Permanecieron en silencio, mirando simultáneamente el granito gastado de la lápida. El hombre puso sobre el nombre de Amanda aquel ramillete delicado. Se volvió a Daniel, y se despidió con un susurrante “adiós, buen día”.

Daniel tardó un tiempo en reaccionar, el hombre dibujaba su silueta menuda entre las hileras de los cipreses, a lo lejos, cuando lo alcanzó. Detenidos a la altura de la verja de acceso del cementerio, sofocado, Daniel le preguntó:

- ¿Quien era Amanda?

- La niña de ojos verdes de la primera fila. – Le contestó aquel hombre. – Hubo un tiempo en el que fui maestro. - Continuó.

- ¿Por qué se fue? Le preguntó tras una pausa.

- Se la llevó la primavera, quiso respirarse todas las flores. – Respondió el hombre de negro, pero no de luto.

Daniel puso ojos de necesitar más palabras. El hombre añadió:

- A veces, el cuerpo no distingue amigos de enemigos, y el polen de la primavera le dejó sin respiración, sus pulmones pelearon sin descanso casi media hora, pero el aire no quería entrar. Cerró sus ojos verdes en mis brazos, camino del hospital. Desde entonces, no había vuelto a este lugar. Hoy mi hija cumple 9 años y me acordé de ella.

Daniel no quiso preguntar más. Abrazó a aquel hombre vestido de negro que aún conservaba el olor de las lilas en sus manos, y así permanecieron durante varios minutos. En la proximidad ambos percibieron que sus corazones latían con fuerza. Se sonrieron y el hombre se alejó de espaldas pausadamente.

viernes, 4 de abril de 2008

Disculpas de un silencio

Sin tiempo,
y sigo vivo
intenso,
y en el camino.

Duermes a mi lado,
aunque sin ti.
te pertenezco,
y soy libre.

viernes, 14 de marzo de 2008

Despertar

Llegué a casa, contento por haber estado contigo,

impregnado de tus olores y abrazos.

Me desnudé, me metí en la cama, y traicionero morfeo me besó,

me hizo violentamente el amor y me entregué plenamente a él.

La puerta al mundo que abrí timidamente para ver el horizonte se quedó entornada.

Estrenado el día, no me dejaba escapar. Luché con todas mis fuerzas y al final vencí,

portando aun las sensaciones de un sueño de rostros y bailes.

Víspera de mañana, futuro de ayer.

Me gusta estar a tu lado...

sábado, 8 de marzo de 2008

Paisaje sin ti.

La monotonía ordenada forma hileras idénticas de individuos únicos,

devorados por el horizonte.

Te busco entre la arena roja y no te encuentro.

Al fondo, los árboles se esconden tímidos tras la niebla.

Tengo frío, pero no logro descifrar de donde viene este viento.

Mientras, el cielo se va tiñendo de pastel.

5 Minutos

La voz de la señorita Clara era casi tan desagradable como el sonido del despertador por las mañanas.

- ¡Cinco minutos más! ¡Cinco minutos!, - suplicaba en baja voz Adrián tratando de prolongar el tiempo del examen de tecnología.

Pero la señorita Clara era implacable, a la hora en punto arrancaba de la mesa los exámenes y Adrián terminaba todos con un rayón desde la última palabra escrita que atravesaba el folio y continuaba en parte de la mesa.

Para Adrián sería fantástico que vendiesen tretrabrick con cinco minutos dentro. Tendría de todos los sabores: Cinco minutos de limón para llegar a casa sin prisa las noches de los viernes. Cinco minutos de menta, para gastarlos en la ducha sin que le pregunten desde fuera que qué hace. Cinco minutos de fresa, para decirle a Elena lo que siente por ella y nunca encuentra el momento. No tenía claro si iba a aprobar tecnología. Si quería pasar de curso tendría que lucirse en el trabajo final de tecnología.

Un prototipo. Adrián, como sus compañeros, tenía que fabricar un prototipo de una máquina inventada por ellos.

Era el día de su 15 cumpleaños, se levantó tarde y entre legañas salió de su habitación expectante. ¡Ahí tienes tu regalo! Le gritó su madre desde la cocina. Era una caja pequeña que pesaba mucho.

- ¡Un reloj! - Gritó a coro el resto de su familia.

Adrián, que no sabe nadar, recibía por su cumpleaños un reloj sumergible hasta los cien metros. Ya tenía tres.

Sin embargo, al ver aquel reloj tan sofisticado tuvo una idea. Con el dinero del regalo de su padrino, se iba a comprar una caja de herramientas de precisión y destripando su nuevo reloj, iba a construir su prototipo.

Adrián había conseguido fabricar un reloj capaz de parar el tiempo. Apretaba al número cinco y todo se quedaba como estaba, sin movimiento, paralizado. Cinco minutos después todo volvería a la normalidad y nadie se daría cuenta de lo que había ocurrido. Nadie excepto él, que disponía de esos cinco minutos para hacer todo lo que nunca le había dado tiempo.

Los primeros cinco minutos los utilizó para retozar en la cama ante la mirada paralizada y el dedo en alto de su madre. Los siguientes cinco cambió de sitio las letras del teclado del ordenador de su hermana que desconcertada tendrá que mirarlas como hace él, una a una. Esta vez no presumirá de ser la Fernando Alonso del teclado.

Era la hora del recreo, las doce en punto, y los altavoces repartidos por todo el colegio invitaban al Angelus, Adrián apretó el número cinco con fuerza. La voz grave que había iniciado la plegaria enmudeció. Todo el mundo se quedó paralizado como si fuesen estatuas de bronce. Fue corriendo al oratorio en el que el padre Fabián, el mismo del que huía en cada recreo para evitar ser acorralado entre sus dos brazos y cuestionado sobre su virtud, se mantenía pegado al micrófono con la boca abierta. Con destreza dio la vuelta a su levita, desabotonó el tercio inferior, ahora en la espalda, dejando al viento dos solapas hasta la altura de los calzoncillos, cambió el vino por coca-cola en la sacristía y pintó con carmín los labios del solemne cuadro del Padre Fundador. Cinco minutos después todo siguió su curso, aunque la oración se interrumpió por un grito agudo que el padre Fabián liberó por los altavoces al verse en semejante facha.

Funcionaba. En secreto había comprobado que su prototipo cumplía con sus expectativas por lo que, convencido, lo presentaría para subir nota en Tecnología.

Cuando Adrián explicó detenidamente ante sus compañeros de clase las virtudes de su prototipo la carcajada fue unánime, Carlos, su fiel amigo, le tiró una pelota de papel que le dio entre las cejas, mientras la Señorita Clara, desconcertada sentía que le estaba tomando el pelo.

Sin embargo, dos días después Adrián sacó un diez en tecnología cuando aparecieron las notas en el panel del instituto y Carlos se quitaba un tutú de bailarina con el que inexplicablemente apareció en el partido de fútbol del domingo.

martes, 4 de marzo de 2008

El locutor y la oyente

En la habitación del fondo, que nunca ocupó nadie, descansaba el viejo Severino, llenando de barba la almohada. Rodeado de baúles y cajas apiladas permanecía con los ojos encogidos mirando al techo. Había un cierto olor a humedad.

Por el pasillo caminaba inquieta Marina apretando los dedos de una mano con los de la otra. Hacía años que había conocido su voz, y en aquella cita había conocido su rostro tanto tiempo escondido tras un micrófono en el 109.3 Esa voz de roca, apenas quebrada, casi susurrante que le acompañó tantas noches en vela, procedía de un cuerpo gastado y quebradizo de un hombre ya mayor.

Severino conducía un programa de historias de dos, una especie de consultorio sentimental que Marina escuchaba fielmente todas las noches antes de dormir.

Había conseguido la cita con el locutor ganando el concurso de cartas de desamor del espacio, cuyo premio era una cena para dos, y ella le escogió a él.

Cuando se saludaron, a Marina le resultó imposible conciliar aquella voz tan familiar con ese rostro tan desconocido. Él sonrió ligeramente.

La cena había transcurrido a gran velocidad, mientras él hablaba, tan pausadamente como lo hacía por la radio, ella apenas pronunciaba el nombre de los platos, o asentía. Cuando trataba de argumentarle, él ya estaba en otra conversación. Lo único dulce fue la nata salpicada de nueces que compartieron. El exceso de vino, aunque fue del bueno, dejó un poco aturdido al viejo Severino. Quiso Marina, confundida, que el café lo tomasen en su casa como había imaginado, y él al llegar, quiso descansar un rato.

En la espera, todas las palabras que Marina había pensado para aquella ocasión se le revolvían desordenadas, como un viento fuerte que se lleva las guirnaldas preparadas para una fiesta. Ya no le importaban las arrugas del vestido, o el flequillo que se le venía sobre los ojos durante la cena.

Desde ese mismo rincón de su casa por el que daba vueltas había recitado cien veces, casi dando voces, unos versos de Neruda que esa noche habría querido dirigirle:

Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera.

No pudo. Se sintió incapaz de mirarle a los ojos y recitar con intención aquellos versos. Ella se los habría recitado a aquella voz que le arropaba, pero no a aquel hombre que descansaba el la habitación del fondo.

Severino, mientras tanto, la besaba en sus ensoñaciones mirando al techo de la habitación húmeda. Las múltiples cartas que Marina le había enviado durante los cuatro años de programa habían marcado el ritmo de sus semanas, alimentando con una sabia ajena las emociones de su voz. La había imaginado tal cual era, juvenil y serena, fuerte y tierna al mismo tiempo, distante, amable. Pálida como la luna, incluso esto lo había imaginado.

Cuando Severino abrió la puerta entró un haz de luz seco que le obligó a entornar los ojos. Se acercó a ella, despacio, posando su huesuda mano sobre el hombro escotado de Marina que reflejamente retiró.

- ¿Qué te pasa? - Preguntó, - estás fría.

- Nada, - respondió ella falsamente y tras una pausa agregó: Es tarde, ¿quiere que le acompañe a tomar un taxi?

- ¿Das por concluida nuestra velada? - Pronunció el locutor mientras recogía su abrigo de encima de un sillón.

Ella asintió sin pronunciar.

Una semana después fue el último programa de historias de dos. Severino se despedía de sus oyentes invisibles con una voz de corcho. Contó la historia de un hombre enamorado de la luna que se ahogó en un lago nocturno al intentar besarla.

Marina, al otro lado, no pudo evitar dos lágrimas.

martes, 19 de febrero de 2008

El diagnóstico

El olor a cloroformo le hacía llorar los ojos, por eso dudaba de su hallazgo.

El pobre Canelo, un chucho sin collar, yacía con los brazos en cruz en la camilla del quirófano con las tripas abiertas y gesto indiferente. Su pecho se elevaba y se hundía lentamente y el minutero de un reloj en la pared parecía marcar el compás de sus latidos.

Ofelia enjuagaba sus lágrimas de veterinaria con un puñado de gasas y abría los ojos como desagües de bañera tratando de reconocer la naturaleza del objeto.

El diagnóstico era claro. Canelo padecía disfunción gástrica por ingesta de botella con mensaje de amor.

martes, 12 de febrero de 2008

Cenando con los Rosch

Mira Jacinto, que vergüenza me has hecho pasar. No vuelvo a ir contigo a casa de los Rosch. ¡Que bochorno! No sabía donde meterme.

¿Desde cuando comes las croquetas con las manos? En mi presencia nunca, no sé que harás cuando te juntas con los amigotes del golf, porque en los lunch que nos prepara la doncella no se incluyen las croquetas, que te engordan una barbaridad y me parecen súper vulgares. ¡Te has comido cinco seguidas! Cuando la señora de Rosch quiso tomar una, casi se la quitas de la mano, y era la última. Y traga antes de beber, ¡por favor! que la mezcla de Chateau d’Yquem con pasta de croqueta no es solo un atentado al paladar y el buen gusto, sino a la vista también, especialmente entre los empastes dorados de tu boca. Cuando parecía que disimuladamente tosía ¡es que me daban arcadas!

Lo mismo de siempre con el pan, te he dicho todas las veces del mundo que tu pieza es la de la izquierda. Le has dejado a Maripi sin pan. Cuando ha querido hacer uso de él, no veas la cara que ha puesto, lo ha buscado hasta debajo de la mesa., y al final, por no molestar al servicio, ha empujado con una patata parisien, que aunque discreta, me he dado cuenta.

¿Y que me dices cuando le pediste al cocinero que te pasase más la carne?. ¡Me quedé muerta!. Él te dijo muy educadamente que era un carpaccio, y tú como si nada, insistiendo. Pues si no te gusta la carne cruda no la comas, pero no me montes el numerito.

Y menos mal que la segunda botella de champaña no nos la bebimos, si no, te tengo que traer a rastras. La mitad distribuida por aspersión entre los comensales, todos empapados, cuando trataste de evitar que se saliese la espuma tapando la botella con la palma de la mano ¡A quien se le ocurre! Y la otra mitad contaminada por los trozos de cristal de tu copa, a ver si brindas un poco mas suave, el cristal de Murano es carísimo y cuesta reponer piezas iguales. Eso sí, por lo menos, el champaña disimuló los lamparones que te caíste con la salsa Bernaise. No te compro más corbatas de seda, estás avisado, que se lavan muy mal y cuando no la metes en la vichyssoise, te salpicas con cualquier cosa. ¡Y no me pongas esa cara de póquer que tenías que estar afectadísimo! Seguro que los Rosch están aún hablando de nosotros.

Anda, cámbiate de ropa, vamos primero al club y esos pantalones te vienen anchos y se te suben hasta el pecho.

Hablando de pecho, ¿Crees que es adecuado un escote palabra de honor que llevaba Maripi para una cena? Desde luego no se quien es su modisto, pero está muy mal aconsejada. ¿Estarás de acuerdo conmigo no? Porque lo que es mirarle el escote si que lo hacías muy bien. ¿Verdad?

¿Verdad?

¡Jacinto!

No me lo puedo creer, te has quedado dormido encima de mi abrigo de astracan, ¡Levanta! Y cámbiate de prisa que llegamos tarde.

Por cierto, hoy cenamos con los Rivadavia en Horcher.

sábado, 9 de febrero de 2008

Mentiras y tú

Un viento azucarado de mentiras,
revolotea entre todas las banderas.
Ciego de mirar al sol sin anteojos,
se abren contigo mis pupilas.

Pensamientos tejidos con ideas,
visten de enunciado las consignas.
Perdido en el naufragio de los días,
gobiernas con mimo mis mareas.

Doctrinas conservadas en almíbar,
desvelan la pobreza de sus siglas.
Errante en los caminos de las piedras,
tus guiños me dejan sin acíbar.

Candidatos a sueldo del partido,
ostentan sonriendo sus disfraces.
Titiritero en un parque sin guiñol,
soy tu marioneta sin hilo.

Mercaderes gratuitos de promesas,
venden un futuro ya perverso.
Aturdido por el ruido de sus voces,
tu silencio abastece mis despensas.

Subasteros de supuesta ideología,
engruesan abultados sus bolsillos.
Cansado y rabiado de lo injusto,
tu parnaso me seduce cada día.

Habitantes de esta tierra dolorida,
cabalguemos con el peto y la celada,
desnudemos sus falsas seducciones,
renunciemos al poder de quien nos roba.
Pensemos en compartir la sopa,
y amémonos a cuerpo cierto.
Bailemos hasta que muera el día,
¡Gritemos para que nos oigan!

martes, 5 de febrero de 2008

La bofetada

Tres puntos de vista

Don Ramón.

¡Marujita! Le he gritado a Marujita, pero es que me pone de los nervios. Es incapaz de esperar cinco minutos al autobús sin descalificar al Concejal de Transporte del Ayuntamiento. ¡Tendrá él la culpa de que todo el mundo quiera ir de un lado a otro a la misma hora!

Evidentemente no son maneras tampoco lo del hombre ese, ¡Qué torta le ha pegado al caballero! Se ha aprovechado que tenía las manos ocupadas con las bolsas. Ha debido ser un ajuste de cuentas, de los que dicen en las noticias. El otro se ha quedado con la cara marcada y sin reaccionar. Cuando uno recibe lo que se merece, no le pilla por sorpresa. Será un asunto de drogas. ¡Qué país!

Federico

Y va el tonto y me da la torta a mí. Sólo estoy esperando al autobús en esta parada, como todos los días, sin entretenerme para que mi mujer no se enfade. Lo de mariquita lo ha gritado el abuelo ese, yo ni he abierto la boca, por muchos ademanes con brazos y pies que venía haciendo el menda. Que cada uno haga lo que quiera con su vida, ese no es asunto mío, no soy homófobo, pero la torta me la ha dado a mi. Porque llevo la compra en las manos, que si no se la devuelvo. ¡Bueno soy yo! Ahora a ver como vuelvo a casa, con la cara marcada, mi mujer me va a poner el otro carrillo simétrico, está obsesionada con que todo el mundo me toma por el pito del sereno, y no es así, soy vigilante del estacionamiento regulado y eso no es cualquier cosa. Encima que le llevo la compra. Me he quedado con su cara, mañana me traigo un spray paralizante, y como pase por aquí le dejo tieso. ¡Bueno soy yo!

Paco

A ver como le explicaba yo a este tío que la torta no era para él. Le he dejado todo el carrillo inflamado, reconocería cada uno de mis dedos impresos en medio de su cara.

¡Maldita avispa! Nunca he podido evitarlo, sé que me descontrolo, pero es superior a mí. Veo una avispa y parece que me está mirando con cara de picarme. Y lo peor es que me pican, por más que trato de espantarlas con brazos y pies siempre vuelven a mí. Me lo dice mi mujer: “Paco, contrólate, que el grande de los dos eres tú, y no la avispa”. Qué vergüenza con este hombre, por otro lado tan blando, se me ha hundido la mano en su cara. Menos mal que es regordete y bajito, que si no, creo que me la devuelve. No voy a dar la vuelta no sea que me la devuelva, o peor, me pida explicaciones y no me atrevo a confesarle el pánico a las avispas que tengo, parecería ridículo a mi edad. También podía tener un poco de agilidad y esquivarme, ¡Qué se me veía venir!

martes, 29 de enero de 2008

Cuestión de protocolo

El presidente tenía prohibido estornudar. Todos los manuales de protocolo lo subrayaban: nunca una autoridad puede estornudar en público. Sí le estaba permitido bostezar, nunca inconscientemente, y siempre de forma discreta.

Sin embargo ante aquel encuentro bilateral el presidente sentía unas terribles ganas de estornudar. Se había tomado, siguiendo las instrucciones de su asistente, todos los medicamentos inhibidores de estornudos.

El encuentro, lejos de tener un gran contenido, era más bien parte de la campaña electoral. Iba dirigido al pueblo llano, lo que lograse de aquel mandatario seco y prepotente de cabeza afeitada no tenía trascendencia.

Todas las televisiones habían desplazado unidades móviles para retransmitirlo, y el país entero estaba pendiente de aquella entrevista. No en vano el mandatario era reconocido internacionalmente por el incumplimiento de los derechos humanos y su gratuita crueldad.

A mitad de la entrevista, un ligero cosquilleo en la punta de la nariz del presidente le presagia lo más temido. Cada inspiración aumenta la sensación de picor, por lo que trata de disminuir la frecuencia respiratoria y se encoje en el sillón. Nota cada vez más intenso el hormigueo, los ojos se le tornan vidriosos y se acomoda, sin dejar de mirar al mandatario seco, ni de dejar de sonreír. Empieza a frotar la lengua contra el paladar como medida disuasoria. Estira los brazos como ajustándose las mangas. El roce palatino se muestra insuficiente, y los ojos se inyectan cada vez más. Pinza disimuladamente con el índice y el pulgar izquierdos su nariz, pero el fenómeno parece adquirir un camino de no retorno. La sonrisa del presidente se vuelve forzada, pareciendo casi un bostezo torcido. Trata de respirar hondo abriendo magníficamente sus ollares. Los ojos también se abren como claraboyas. Se revuelve en el sillón cambiando tres veces seguidas la orientación del cruce de las piernas. Mientras, el mandatario seco prosigue su discurso y mirando a las cámaras muestra cara de confusión. El presidente se pone rojo como el vino, hincha plena e involuntariamente los pulmones y levantando totalmente las cejas cierra los ojos, abre la boca y se echa hacia atrás.

El realizador da la orden para que entre la publicidad.

No dio tiempo.

Un estruendo resonó en el Salón de Visitas del Palacio de Gobierno. El mandatario seco saltó de la butaca hacia atrás como si de un atentado se tratase, y una lluvia de finas gotas impactó en el objetivo de las cámaras dejando un mosaico de lunares transparentes en las pantallas de todas las televisiones del país.

Cuentan que el mandatario, recompuesto, pronunció: “Salud” atusando la americana y el presidente, perdió las elecciones.

sábado, 26 de enero de 2008

La herida


Ayer, cuando llegé a casa, el suelo estaba inundado. A fin de cuentas, todo tiene su lado estético, incluso un contratiempo. Menos mal que vino el fontanero. ¿Hay fontaneros para las heridas del espíritu?

martes, 22 de enero de 2008

Federico Luppi

"La tozudez por llenar la existencia de cosas que no existen es una de las utopías más hermosas"

jueves, 17 de enero de 2008

Allá se va la paloma,
de la frente fría,
y voz de hoguera.
Allá se va.
De vuelta a sus nortes,
y nos va dejando,
una estela de lágrimas de cristal
Quién nos cubrió
la piel de terciopelo.

" Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo bien llamado porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria
es ni será jamas la tuya,
porque en ningún país
puede arraigar tu corazón deshabitado"


miércoles, 16 de enero de 2008

LORD BYRON

George nació con una cajita azul entre las manos. Siempre, sin darse cuenta, la llevaba consigo.

Cuando se sentaba en la acera a mirar a las hormigas la cajita azul estaba a su lado como un acompañante. Por las noches la dejaba bajo la almohada, se hacía el dormido y se quedaba a medio tapar para que su madre lo arropase. Pasaba la noche en vela, y en la mitad George abría los ojos y mirando al techo oscuro, recitaba alguna estrofa de un poema que leyó en la biblioteca de su padre:

Tuve un sueño
que no era del todo un sueño
El sol se había extinguido y las estrellas
apagadas recorrían el eterno espacio
sin rayos, sin rumbo
y la tierra helada
daba vueltas, ciega y negra, en un aire
sin luna. La mañana llegó y se fue y volvió
Pero no trajo el día.

Entonces, George sentía miedo de dormir y no despertarse, pero metía el miedo en su cajita azul y dormía plácidamente hasta muy tarde.

Ya de niño dormía sólo, sin siquiera la compañía de algún peluche, porque decía que le hacían estornudar. No tenía amigos, los chicos de su edad decían que escuchaba música rara y vestía con ropas de enterrador. A George no le importaba, porque era más alto que los demás niños. Sólo sonreía cuando se miraba en el espejo y cuando hablaba con el descifrador de sueños.

Ya a George le salía voz de trueno y bailaba sin parar cuando el descifrador de sueños le habló de Andrea. Andrea era la única persona que había tenido en sus manos la cajita azul de George, una tarde que se puso a llover y George metió los pies en un charco. Al descalzarse pidió a Andrea que sostuviese la cajita un momento, y en ese instante, George sintió algo raro. Miró a Andrea, y un escalofrío corrió por su vientre. Quiso besarla, pero Andrea le devolvió la cajita azul, y se le pasaron las ganas de besar a Andrea, ni a nadie, ni volvió a sentir escalofríos por el vientre.

El descifrador de sueños le advirtió de Andrea, pero George metió su inquietud en su cajita azul y no pasó nada.

Y pasaron los días y las noches y George cantaba solo sentado en su escritorio resolviendo ecuaciones y formulando compuestos químicos no inventados, hasta que una tarde, después de salir de la ducha, con la cajita en la mano, una corriente de aire le hizo estornudar. De la convulsión, su cajita azul cayó al suelo violentamente. Tanto, que se abrió. George pareció marearse, sintió frío y miedo, estornudó de nuevo y se agachó a recoger la cajita abierta en el suelo. Se vio desnudo y sintió vergüenza. Se acordó de Andrea y se puso a llorar. Intentó infructuosamente meter el frío, el miedo el llanto y la vergüenza en la cajita, pero ésta ya no se cerraba. La tiró al cesto de la ropa sucia, se vistió rápido y fue corriendo en busca de Andrea.

La encontró en el portal de su casa, deshaciéndose en un beso apasionado con un joven transparente. Ahora notaba un pinchazo a la altura del pecho que casi no le dejaba respirar. Ahora despacio no contiene sus lágrimas y va gritando por la calle:


Secos están mis ojos, extinguida
mi voz, pero al dejarte, de mi vida
se adueña para siempre un gran dolor.
Aunque el pesar y la pasión torturan
mi corazón, quejarse no le es dado...
Yo sólo sé que en vano hemos amado...
Sólo puedo sentir... ¡Adiós! adiós.

Y se fue en busca del descifrador se sueños, y ya no estaba.

Cuarto aniversario

Se fueron los días,
se deshicieron las tardes en noche,
y tú estabas.

Empezamos a caminar,
y ya voy solo.
De tres flores sembraste primaveras,
y mil abrazos.
Había sitio para los dos,
en tu butaca.
Hilo a hilo y con dedal,
coses mi historia.
Miro loco a la pared,
y me sonríes.
Hago mío ese refrán,
que me prestaste.
Vamos juntos a Girón,
que hay magdalenas.
Mira ese como va,
que prisa tiene.
Pierdo el tiempo en escuchar,
¿por qué te has ido?

Gota a gota se hizo el río,
y caminó entre valles.
Hoja a hoja se desnudó el arce,
y tapizó los suelos.
Año a año y sin edad,
tu biografía.
Beso a beso un te querré,
te echo de menos.

lunes, 14 de enero de 2008

Risas compartidas


Enteras, trasnparentes, universales.
Sólo hay ahora, hoy, ya.

viernes, 11 de enero de 2008

Tu herencia

Que me has dejado, más allá de esta canción rota,
Unas flores secas del último perdón,
Y una camiseta naranja que guardo sin lavar.
Te llevaste sin embargo mis ojos tras tu rastro,
Los pies fríos de antes de dormir,
Y un billete combinado de 10 viajes sin gastar.

Qué me has dejado, más allá del sabor de tus te quieros
Una mirada en el espejo entre tinieblas de vapor
Y una taza de café, fría, a medio terminar.
Te llevaste sin embargo nuestras tardes de domingo,
Los planes a mitad del próximo verano,
Y las llaves del candado del estuche de afeitar.

Qué me has dejado, más allá del aroma de tu pecho,
Tu colección de excusas sin sentido,
Y un silencio que no logro descifrar.
Te llevaste sin embargo mis recetas de la risa,
Nuestro diccionario de palabras inventadas,
Y una historia repetida que me ibas a contar.

Qué me has dejado, más allá de 500 noches sin luna,
Esta almohada de tus sueños compartidos,
Y los pañuelos perfumados de llorar.
Te llevaste sin embargo los guiños escondidos de papel
Las fotos sin revelar del último viaje,
Y la melena que me hacía estornudar.

Qué me has dejado, más allá de la marca de tus labios,
Unas tardes sembradas de cosquillas
Y una carta sin remite que mandar.
Te llevaste sin embargo el paraguas de mis miedos,
Tu mano lanzabesos
Y tres camisas sin planchar.

Que me has dejado, más allá del cuadro que pintamos,
Seis cuerdas sin guitarra,
Y un calendario a la mitad.
Te llevaste sin embargo un saco de ilusiones,
Las cien canciones de viajes,
Y mis ganas de cantar.