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martes, 29 de enero de 2008

Cuestión de protocolo

El presidente tenía prohibido estornudar. Todos los manuales de protocolo lo subrayaban: nunca una autoridad puede estornudar en público. Sí le estaba permitido bostezar, nunca inconscientemente, y siempre de forma discreta.

Sin embargo ante aquel encuentro bilateral el presidente sentía unas terribles ganas de estornudar. Se había tomado, siguiendo las instrucciones de su asistente, todos los medicamentos inhibidores de estornudos.

El encuentro, lejos de tener un gran contenido, era más bien parte de la campaña electoral. Iba dirigido al pueblo llano, lo que lograse de aquel mandatario seco y prepotente de cabeza afeitada no tenía trascendencia.

Todas las televisiones habían desplazado unidades móviles para retransmitirlo, y el país entero estaba pendiente de aquella entrevista. No en vano el mandatario era reconocido internacionalmente por el incumplimiento de los derechos humanos y su gratuita crueldad.

A mitad de la entrevista, un ligero cosquilleo en la punta de la nariz del presidente le presagia lo más temido. Cada inspiración aumenta la sensación de picor, por lo que trata de disminuir la frecuencia respiratoria y se encoje en el sillón. Nota cada vez más intenso el hormigueo, los ojos se le tornan vidriosos y se acomoda, sin dejar de mirar al mandatario seco, ni de dejar de sonreír. Empieza a frotar la lengua contra el paladar como medida disuasoria. Estira los brazos como ajustándose las mangas. El roce palatino se muestra insuficiente, y los ojos se inyectan cada vez más. Pinza disimuladamente con el índice y el pulgar izquierdos su nariz, pero el fenómeno parece adquirir un camino de no retorno. La sonrisa del presidente se vuelve forzada, pareciendo casi un bostezo torcido. Trata de respirar hondo abriendo magníficamente sus ollares. Los ojos también se abren como claraboyas. Se revuelve en el sillón cambiando tres veces seguidas la orientación del cruce de las piernas. Mientras, el mandatario seco prosigue su discurso y mirando a las cámaras muestra cara de confusión. El presidente se pone rojo como el vino, hincha plena e involuntariamente los pulmones y levantando totalmente las cejas cierra los ojos, abre la boca y se echa hacia atrás.

El realizador da la orden para que entre la publicidad.

No dio tiempo.

Un estruendo resonó en el Salón de Visitas del Palacio de Gobierno. El mandatario seco saltó de la butaca hacia atrás como si de un atentado se tratase, y una lluvia de finas gotas impactó en el objetivo de las cámaras dejando un mosaico de lunares transparentes en las pantallas de todas las televisiones del país.

Cuentan que el mandatario, recompuesto, pronunció: “Salud” atusando la americana y el presidente, perdió las elecciones.

sábado, 26 de enero de 2008

La herida


Ayer, cuando llegé a casa, el suelo estaba inundado. A fin de cuentas, todo tiene su lado estético, incluso un contratiempo. Menos mal que vino el fontanero. ¿Hay fontaneros para las heridas del espíritu?

martes, 22 de enero de 2008

Federico Luppi

"La tozudez por llenar la existencia de cosas que no existen es una de las utopías más hermosas"

jueves, 17 de enero de 2008

Allá se va la paloma,
de la frente fría,
y voz de hoguera.
Allá se va.
De vuelta a sus nortes,
y nos va dejando,
una estela de lágrimas de cristal
Quién nos cubrió
la piel de terciopelo.

" Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo bien llamado porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria
es ni será jamas la tuya,
porque en ningún país
puede arraigar tu corazón deshabitado"


miércoles, 16 de enero de 2008

LORD BYRON

George nació con una cajita azul entre las manos. Siempre, sin darse cuenta, la llevaba consigo.

Cuando se sentaba en la acera a mirar a las hormigas la cajita azul estaba a su lado como un acompañante. Por las noches la dejaba bajo la almohada, se hacía el dormido y se quedaba a medio tapar para que su madre lo arropase. Pasaba la noche en vela, y en la mitad George abría los ojos y mirando al techo oscuro, recitaba alguna estrofa de un poema que leyó en la biblioteca de su padre:

Tuve un sueño
que no era del todo un sueño
El sol se había extinguido y las estrellas
apagadas recorrían el eterno espacio
sin rayos, sin rumbo
y la tierra helada
daba vueltas, ciega y negra, en un aire
sin luna. La mañana llegó y se fue y volvió
Pero no trajo el día.

Entonces, George sentía miedo de dormir y no despertarse, pero metía el miedo en su cajita azul y dormía plácidamente hasta muy tarde.

Ya de niño dormía sólo, sin siquiera la compañía de algún peluche, porque decía que le hacían estornudar. No tenía amigos, los chicos de su edad decían que escuchaba música rara y vestía con ropas de enterrador. A George no le importaba, porque era más alto que los demás niños. Sólo sonreía cuando se miraba en el espejo y cuando hablaba con el descifrador de sueños.

Ya a George le salía voz de trueno y bailaba sin parar cuando el descifrador de sueños le habló de Andrea. Andrea era la única persona que había tenido en sus manos la cajita azul de George, una tarde que se puso a llover y George metió los pies en un charco. Al descalzarse pidió a Andrea que sostuviese la cajita un momento, y en ese instante, George sintió algo raro. Miró a Andrea, y un escalofrío corrió por su vientre. Quiso besarla, pero Andrea le devolvió la cajita azul, y se le pasaron las ganas de besar a Andrea, ni a nadie, ni volvió a sentir escalofríos por el vientre.

El descifrador de sueños le advirtió de Andrea, pero George metió su inquietud en su cajita azul y no pasó nada.

Y pasaron los días y las noches y George cantaba solo sentado en su escritorio resolviendo ecuaciones y formulando compuestos químicos no inventados, hasta que una tarde, después de salir de la ducha, con la cajita en la mano, una corriente de aire le hizo estornudar. De la convulsión, su cajita azul cayó al suelo violentamente. Tanto, que se abrió. George pareció marearse, sintió frío y miedo, estornudó de nuevo y se agachó a recoger la cajita abierta en el suelo. Se vio desnudo y sintió vergüenza. Se acordó de Andrea y se puso a llorar. Intentó infructuosamente meter el frío, el miedo el llanto y la vergüenza en la cajita, pero ésta ya no se cerraba. La tiró al cesto de la ropa sucia, se vistió rápido y fue corriendo en busca de Andrea.

La encontró en el portal de su casa, deshaciéndose en un beso apasionado con un joven transparente. Ahora notaba un pinchazo a la altura del pecho que casi no le dejaba respirar. Ahora despacio no contiene sus lágrimas y va gritando por la calle:


Secos están mis ojos, extinguida
mi voz, pero al dejarte, de mi vida
se adueña para siempre un gran dolor.
Aunque el pesar y la pasión torturan
mi corazón, quejarse no le es dado...
Yo sólo sé que en vano hemos amado...
Sólo puedo sentir... ¡Adiós! adiós.

Y se fue en busca del descifrador se sueños, y ya no estaba.

Cuarto aniversario

Se fueron los días,
se deshicieron las tardes en noche,
y tú estabas.

Empezamos a caminar,
y ya voy solo.
De tres flores sembraste primaveras,
y mil abrazos.
Había sitio para los dos,
en tu butaca.
Hilo a hilo y con dedal,
coses mi historia.
Miro loco a la pared,
y me sonríes.
Hago mío ese refrán,
que me prestaste.
Vamos juntos a Girón,
que hay magdalenas.
Mira ese como va,
que prisa tiene.
Pierdo el tiempo en escuchar,
¿por qué te has ido?

Gota a gota se hizo el río,
y caminó entre valles.
Hoja a hoja se desnudó el arce,
y tapizó los suelos.
Año a año y sin edad,
tu biografía.
Beso a beso un te querré,
te echo de menos.

lunes, 14 de enero de 2008

Risas compartidas


Enteras, trasnparentes, universales.
Sólo hay ahora, hoy, ya.

viernes, 11 de enero de 2008

Tu herencia

Que me has dejado, más allá de esta canción rota,
Unas flores secas del último perdón,
Y una camiseta naranja que guardo sin lavar.
Te llevaste sin embargo mis ojos tras tu rastro,
Los pies fríos de antes de dormir,
Y un billete combinado de 10 viajes sin gastar.

Qué me has dejado, más allá del sabor de tus te quieros
Una mirada en el espejo entre tinieblas de vapor
Y una taza de café, fría, a medio terminar.
Te llevaste sin embargo nuestras tardes de domingo,
Los planes a mitad del próximo verano,
Y las llaves del candado del estuche de afeitar.

Qué me has dejado, más allá del aroma de tu pecho,
Tu colección de excusas sin sentido,
Y un silencio que no logro descifrar.
Te llevaste sin embargo mis recetas de la risa,
Nuestro diccionario de palabras inventadas,
Y una historia repetida que me ibas a contar.

Qué me has dejado, más allá de 500 noches sin luna,
Esta almohada de tus sueños compartidos,
Y los pañuelos perfumados de llorar.
Te llevaste sin embargo los guiños escondidos de papel
Las fotos sin revelar del último viaje,
Y la melena que me hacía estornudar.

Qué me has dejado, más allá de la marca de tus labios,
Unas tardes sembradas de cosquillas
Y una carta sin remite que mandar.
Te llevaste sin embargo el paraguas de mis miedos,
Tu mano lanzabesos
Y tres camisas sin planchar.

Que me has dejado, más allá del cuadro que pintamos,
Seis cuerdas sin guitarra,
Y un calendario a la mitad.
Te llevaste sin embargo un saco de ilusiones,
Las cien canciones de viajes,
Y mis ganas de cantar.