El presidente tenía prohibido estornudar. Todos los manuales de protocolo lo subrayaban: nunca una autoridad puede estornudar en público. Sí le estaba permitido bostezar, nunca inconscientemente, y siempre de forma discreta. Sin embargo ante aquel encuentro bilateral el presidente sentía unas terribles ganas de estornudar. Se había tomado, siguiendo las instrucciones de su asistente, todos los medicamentos inhibidores de estornudos.
El encuentro, lejos de tener un gran contenido, era más bien parte de la campaña electoral. Iba dirigido al pueblo llano, lo que lograse de aquel mandatario seco y prepotente de cabeza afeitada no tenía trascendencia.
Todas las televisiones habían desplazado unidades móviles para retransmitirlo, y el país entero estaba pendiente de aquella entrevista. No en vano el mandatario era reconocido internacionalmente por el incumplimiento de los derechos humanos y su gratuita crueldad.
A mitad de la entrevista, un ligero cosquilleo en la punta de la nariz del presidente le presagia lo más temido. Cada inspiración aumenta la sensación de picor, por lo que trata de disminuir la frecuencia respiratoria y se encoje en el sillón. Nota cada vez más intenso el hormigueo, los ojos se le tornan vidriosos y se acomoda, sin dejar de mirar al mandatario seco, ni de dejar de sonreír. Empieza a frotar la lengua contra el paladar como medida disuasoria. Estira los brazos como ajustándose las mangas. El roce palatino se muestra insuficiente, y los ojos se inyectan cada vez más. Pinza disimuladamente con el índice y el pulgar izquierdos su nariz, pero el fenómeno parece adquirir un camino de no retorno. La sonrisa del presidente se vuelve forzada, pareciendo casi un bostezo torcido. Trata de respirar hondo abriendo magníficamente sus ollares. Los ojos también se abren como claraboyas. Se revuelve en el sillón cambiando tres veces seguidas la orientación del cruce de las piernas. Mientras, el mandatario seco prosigue su discurso y mirando a las cámaras muestra cara de confusión. El presidente se pone rojo como el vino, hincha plena e involuntariamente los pulmones y levantando totalmente las cejas cierra los ojos, abre la boca y se echa hacia atrás.
El realizador da la orden para que entre la publicidad.
No dio tiempo.
Un estruendo resonó en el Salón de Visitas del Palacio de Gobierno. El mandatario seco saltó de la butaca hacia atrás como si de un atentado se tratase, y una lluvia de finas gotas impactó en el objetivo de las cámaras dejando un mosaico de lunares transparentes en las pantallas de todas las televisiones del país.


