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miércoles, 16 de enero de 2008

LORD BYRON

George nació con una cajita azul entre las manos. Siempre, sin darse cuenta, la llevaba consigo.

Cuando se sentaba en la acera a mirar a las hormigas la cajita azul estaba a su lado como un acompañante. Por las noches la dejaba bajo la almohada, se hacía el dormido y se quedaba a medio tapar para que su madre lo arropase. Pasaba la noche en vela, y en la mitad George abría los ojos y mirando al techo oscuro, recitaba alguna estrofa de un poema que leyó en la biblioteca de su padre:

Tuve un sueño
que no era del todo un sueño
El sol se había extinguido y las estrellas
apagadas recorrían el eterno espacio
sin rayos, sin rumbo
y la tierra helada
daba vueltas, ciega y negra, en un aire
sin luna. La mañana llegó y se fue y volvió
Pero no trajo el día.

Entonces, George sentía miedo de dormir y no despertarse, pero metía el miedo en su cajita azul y dormía plácidamente hasta muy tarde.

Ya de niño dormía sólo, sin siquiera la compañía de algún peluche, porque decía que le hacían estornudar. No tenía amigos, los chicos de su edad decían que escuchaba música rara y vestía con ropas de enterrador. A George no le importaba, porque era más alto que los demás niños. Sólo sonreía cuando se miraba en el espejo y cuando hablaba con el descifrador de sueños.

Ya a George le salía voz de trueno y bailaba sin parar cuando el descifrador de sueños le habló de Andrea. Andrea era la única persona que había tenido en sus manos la cajita azul de George, una tarde que se puso a llover y George metió los pies en un charco. Al descalzarse pidió a Andrea que sostuviese la cajita un momento, y en ese instante, George sintió algo raro. Miró a Andrea, y un escalofrío corrió por su vientre. Quiso besarla, pero Andrea le devolvió la cajita azul, y se le pasaron las ganas de besar a Andrea, ni a nadie, ni volvió a sentir escalofríos por el vientre.

El descifrador de sueños le advirtió de Andrea, pero George metió su inquietud en su cajita azul y no pasó nada.

Y pasaron los días y las noches y George cantaba solo sentado en su escritorio resolviendo ecuaciones y formulando compuestos químicos no inventados, hasta que una tarde, después de salir de la ducha, con la cajita en la mano, una corriente de aire le hizo estornudar. De la convulsión, su cajita azul cayó al suelo violentamente. Tanto, que se abrió. George pareció marearse, sintió frío y miedo, estornudó de nuevo y se agachó a recoger la cajita abierta en el suelo. Se vio desnudo y sintió vergüenza. Se acordó de Andrea y se puso a llorar. Intentó infructuosamente meter el frío, el miedo el llanto y la vergüenza en la cajita, pero ésta ya no se cerraba. La tiró al cesto de la ropa sucia, se vistió rápido y fue corriendo en busca de Andrea.

La encontró en el portal de su casa, deshaciéndose en un beso apasionado con un joven transparente. Ahora notaba un pinchazo a la altura del pecho que casi no le dejaba respirar. Ahora despacio no contiene sus lágrimas y va gritando por la calle:


Secos están mis ojos, extinguida
mi voz, pero al dejarte, de mi vida
se adueña para siempre un gran dolor.
Aunque el pesar y la pasión torturan
mi corazón, quejarse no le es dado...
Yo sólo sé que en vano hemos amado...
Sólo puedo sentir... ¡Adiós! adiós.

Y se fue en busca del descifrador se sueños, y ya no estaba.

2 comentarios:

Diana Puig dijo...

Cuantas veces hemos perdido algo, cosas, personas por mantener una cajita azul siempre entre las manos y no querer soltarla por miedo a vivir experiencias que no conocemos, por miedo a que conozcan nuestros sentimientos, nuestra mayor vulnerabilidad, ¿quien no necesita amor?; Preciosa historia, realmente muy bella, espero que el mensaje que lleva lo sepamos usar, un grandísimo abrazo, didi.

Keko dijo...

Nos lamentaremos por lo que no hicimos, por lo que no dimos, por lo que no supimos amar... Gracias por tus palabras didi.