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martes, 19 de febrero de 2008

El diagnóstico

El olor a cloroformo le hacía llorar los ojos, por eso dudaba de su hallazgo.

El pobre Canelo, un chucho sin collar, yacía con los brazos en cruz en la camilla del quirófano con las tripas abiertas y gesto indiferente. Su pecho se elevaba y se hundía lentamente y el minutero de un reloj en la pared parecía marcar el compás de sus latidos.

Ofelia enjuagaba sus lágrimas de veterinaria con un puñado de gasas y abría los ojos como desagües de bañera tratando de reconocer la naturaleza del objeto.

El diagnóstico era claro. Canelo padecía disfunción gástrica por ingesta de botella con mensaje de amor.

martes, 12 de febrero de 2008

Cenando con los Rosch

Mira Jacinto, que vergüenza me has hecho pasar. No vuelvo a ir contigo a casa de los Rosch. ¡Que bochorno! No sabía donde meterme.

¿Desde cuando comes las croquetas con las manos? En mi presencia nunca, no sé que harás cuando te juntas con los amigotes del golf, porque en los lunch que nos prepara la doncella no se incluyen las croquetas, que te engordan una barbaridad y me parecen súper vulgares. ¡Te has comido cinco seguidas! Cuando la señora de Rosch quiso tomar una, casi se la quitas de la mano, y era la última. Y traga antes de beber, ¡por favor! que la mezcla de Chateau d’Yquem con pasta de croqueta no es solo un atentado al paladar y el buen gusto, sino a la vista también, especialmente entre los empastes dorados de tu boca. Cuando parecía que disimuladamente tosía ¡es que me daban arcadas!

Lo mismo de siempre con el pan, te he dicho todas las veces del mundo que tu pieza es la de la izquierda. Le has dejado a Maripi sin pan. Cuando ha querido hacer uso de él, no veas la cara que ha puesto, lo ha buscado hasta debajo de la mesa., y al final, por no molestar al servicio, ha empujado con una patata parisien, que aunque discreta, me he dado cuenta.

¿Y que me dices cuando le pediste al cocinero que te pasase más la carne?. ¡Me quedé muerta!. Él te dijo muy educadamente que era un carpaccio, y tú como si nada, insistiendo. Pues si no te gusta la carne cruda no la comas, pero no me montes el numerito.

Y menos mal que la segunda botella de champaña no nos la bebimos, si no, te tengo que traer a rastras. La mitad distribuida por aspersión entre los comensales, todos empapados, cuando trataste de evitar que se saliese la espuma tapando la botella con la palma de la mano ¡A quien se le ocurre! Y la otra mitad contaminada por los trozos de cristal de tu copa, a ver si brindas un poco mas suave, el cristal de Murano es carísimo y cuesta reponer piezas iguales. Eso sí, por lo menos, el champaña disimuló los lamparones que te caíste con la salsa Bernaise. No te compro más corbatas de seda, estás avisado, que se lavan muy mal y cuando no la metes en la vichyssoise, te salpicas con cualquier cosa. ¡Y no me pongas esa cara de póquer que tenías que estar afectadísimo! Seguro que los Rosch están aún hablando de nosotros.

Anda, cámbiate de ropa, vamos primero al club y esos pantalones te vienen anchos y se te suben hasta el pecho.

Hablando de pecho, ¿Crees que es adecuado un escote palabra de honor que llevaba Maripi para una cena? Desde luego no se quien es su modisto, pero está muy mal aconsejada. ¿Estarás de acuerdo conmigo no? Porque lo que es mirarle el escote si que lo hacías muy bien. ¿Verdad?

¿Verdad?

¡Jacinto!

No me lo puedo creer, te has quedado dormido encima de mi abrigo de astracan, ¡Levanta! Y cámbiate de prisa que llegamos tarde.

Por cierto, hoy cenamos con los Rivadavia en Horcher.

sábado, 9 de febrero de 2008

Mentiras y tú

Un viento azucarado de mentiras,
revolotea entre todas las banderas.
Ciego de mirar al sol sin anteojos,
se abren contigo mis pupilas.

Pensamientos tejidos con ideas,
visten de enunciado las consignas.
Perdido en el naufragio de los días,
gobiernas con mimo mis mareas.

Doctrinas conservadas en almíbar,
desvelan la pobreza de sus siglas.
Errante en los caminos de las piedras,
tus guiños me dejan sin acíbar.

Candidatos a sueldo del partido,
ostentan sonriendo sus disfraces.
Titiritero en un parque sin guiñol,
soy tu marioneta sin hilo.

Mercaderes gratuitos de promesas,
venden un futuro ya perverso.
Aturdido por el ruido de sus voces,
tu silencio abastece mis despensas.

Subasteros de supuesta ideología,
engruesan abultados sus bolsillos.
Cansado y rabiado de lo injusto,
tu parnaso me seduce cada día.

Habitantes de esta tierra dolorida,
cabalguemos con el peto y la celada,
desnudemos sus falsas seducciones,
renunciemos al poder de quien nos roba.
Pensemos en compartir la sopa,
y amémonos a cuerpo cierto.
Bailemos hasta que muera el día,
¡Gritemos para que nos oigan!

martes, 5 de febrero de 2008

La bofetada

Tres puntos de vista

Don Ramón.

¡Marujita! Le he gritado a Marujita, pero es que me pone de los nervios. Es incapaz de esperar cinco minutos al autobús sin descalificar al Concejal de Transporte del Ayuntamiento. ¡Tendrá él la culpa de que todo el mundo quiera ir de un lado a otro a la misma hora!

Evidentemente no son maneras tampoco lo del hombre ese, ¡Qué torta le ha pegado al caballero! Se ha aprovechado que tenía las manos ocupadas con las bolsas. Ha debido ser un ajuste de cuentas, de los que dicen en las noticias. El otro se ha quedado con la cara marcada y sin reaccionar. Cuando uno recibe lo que se merece, no le pilla por sorpresa. Será un asunto de drogas. ¡Qué país!

Federico

Y va el tonto y me da la torta a mí. Sólo estoy esperando al autobús en esta parada, como todos los días, sin entretenerme para que mi mujer no se enfade. Lo de mariquita lo ha gritado el abuelo ese, yo ni he abierto la boca, por muchos ademanes con brazos y pies que venía haciendo el menda. Que cada uno haga lo que quiera con su vida, ese no es asunto mío, no soy homófobo, pero la torta me la ha dado a mi. Porque llevo la compra en las manos, que si no se la devuelvo. ¡Bueno soy yo! Ahora a ver como vuelvo a casa, con la cara marcada, mi mujer me va a poner el otro carrillo simétrico, está obsesionada con que todo el mundo me toma por el pito del sereno, y no es así, soy vigilante del estacionamiento regulado y eso no es cualquier cosa. Encima que le llevo la compra. Me he quedado con su cara, mañana me traigo un spray paralizante, y como pase por aquí le dejo tieso. ¡Bueno soy yo!

Paco

A ver como le explicaba yo a este tío que la torta no era para él. Le he dejado todo el carrillo inflamado, reconocería cada uno de mis dedos impresos en medio de su cara.

¡Maldita avispa! Nunca he podido evitarlo, sé que me descontrolo, pero es superior a mí. Veo una avispa y parece que me está mirando con cara de picarme. Y lo peor es que me pican, por más que trato de espantarlas con brazos y pies siempre vuelven a mí. Me lo dice mi mujer: “Paco, contrólate, que el grande de los dos eres tú, y no la avispa”. Qué vergüenza con este hombre, por otro lado tan blando, se me ha hundido la mano en su cara. Menos mal que es regordete y bajito, que si no, creo que me la devuelve. No voy a dar la vuelta no sea que me la devuelva, o peor, me pida explicaciones y no me atrevo a confesarle el pánico a las avispas que tengo, parecería ridículo a mi edad. También podía tener un poco de agilidad y esquivarme, ¡Qué se me veía venir!