En la habitación del fondo, que nunca ocupó nadie, descansaba el viejo Severino, llenando de barba la almohada. Rodeado de baúles y cajas apiladas permanecía con los ojos encogidos mirando al techo. Había un cierto olor a humedad.
Por el pasillo caminaba inquieta Marina apretando los dedos de una mano con los de la otra. Hacía años que había conocido su voz, y en aquella cita había conocido su rostro tanto tiempo escondido tras un micrófono en el 109.3 Esa voz de roca, apenas quebrada, casi susurrante que le acompañó tantas noches en vela, procedía de un cuerpo gastado y quebradizo de un hombre ya mayor.
Severino conducía un programa de historias de dos, una especie de consultorio sentimental que Marina escuchaba fielmente todas las noches antes de dormir.
Había conseguido la cita con el locutor ganando el concurso de cartas de desamor del espacio, cuyo premio era una cena para dos, y ella le escogió a él.
Cuando se saludaron, a Marina le resultó imposible conciliar aquella voz tan familiar con ese rostro tan desconocido. Él sonrió ligeramente.
La cena había transcurrido a gran velocidad, mientras él hablaba, tan pausadamente como lo hacía por la radio, ella apenas pronunciaba el nombre de los platos, o asentía. Cuando trataba de argumentarle, él ya estaba en otra conversación. Lo único dulce fue la nata salpicada de nueces que compartieron. El exceso de vino, aunque fue del bueno, dejó un poco aturdido al viejo Severino. Quiso Marina, confundida, que el café lo tomasen en su casa como había imaginado, y él al llegar, quiso descansar un rato.
En la espera, todas las palabras que Marina había pensado para aquella ocasión se le revolvían desordenadas, como un viento fuerte que se lleva las guirnaldas preparadas para una fiesta. Ya no le importaban las arrugas del vestido, o el flequillo que se le venía sobre los ojos durante la cena.
Desde ese mismo rincón de su casa por el que daba vueltas había recitado cien veces, casi dando voces, unos versos de Neruda que esa noche habría querido dirigirle:
Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera.
No pudo. Se sintió incapaz de mirarle a los ojos y recitar con intención aquellos versos. Ella se los habría recitado a aquella voz que le arropaba, pero no a aquel hombre que descansaba el la habitación del fondo.
Severino, mientras tanto, la besaba en sus ensoñaciones mirando al techo de la habitación húmeda. Las múltiples cartas que Marina le había enviado durante los cuatro años de programa habían marcado el ritmo de sus semanas, alimentando con una sabia ajena las emociones de su voz. La había imaginado tal cual era, juvenil y serena, fuerte y tierna al mismo tiempo, distante, amable. Pálida como la luna, incluso esto lo había imaginado.
Cuando Severino abrió la puerta entró un haz de luz seco que le obligó a entornar los ojos. Se acercó a ella, despacio, posando su huesuda mano sobre el hombro escotado de Marina que reflejamente retiró.
- ¿Qué te pasa? - Preguntó, - estás fría.
- Nada, - respondió ella falsamente y tras una pausa agregó: Es tarde, ¿quiere que le acompañe a tomar un taxi?
- ¿Das por concluida nuestra velada? - Pronunció el locutor mientras recogía su abrigo de encima de un sillón.
Ella asintió sin pronunciar.
Una semana después fue el último programa de historias de dos. Severino se despedía de sus oyentes invisibles con una voz de corcho. Contó la historia de un hombre enamorado de la luna que se ahogó en un lago nocturno al intentar besarla.
Marina, al otro lado, no pudo evitar dos lágrimas.