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viernes, 14 de marzo de 2008

Despertar

Llegué a casa, contento por haber estado contigo,

impregnado de tus olores y abrazos.

Me desnudé, me metí en la cama, y traicionero morfeo me besó,

me hizo violentamente el amor y me entregué plenamente a él.

La puerta al mundo que abrí timidamente para ver el horizonte se quedó entornada.

Estrenado el día, no me dejaba escapar. Luché con todas mis fuerzas y al final vencí,

portando aun las sensaciones de un sueño de rostros y bailes.

Víspera de mañana, futuro de ayer.

Me gusta estar a tu lado...

sábado, 8 de marzo de 2008

Paisaje sin ti.

La monotonía ordenada forma hileras idénticas de individuos únicos,

devorados por el horizonte.

Te busco entre la arena roja y no te encuentro.

Al fondo, los árboles se esconden tímidos tras la niebla.

Tengo frío, pero no logro descifrar de donde viene este viento.

Mientras, el cielo se va tiñendo de pastel.

5 Minutos

La voz de la señorita Clara era casi tan desagradable como el sonido del despertador por las mañanas.

- ¡Cinco minutos más! ¡Cinco minutos!, - suplicaba en baja voz Adrián tratando de prolongar el tiempo del examen de tecnología.

Pero la señorita Clara era implacable, a la hora en punto arrancaba de la mesa los exámenes y Adrián terminaba todos con un rayón desde la última palabra escrita que atravesaba el folio y continuaba en parte de la mesa.

Para Adrián sería fantástico que vendiesen tretrabrick con cinco minutos dentro. Tendría de todos los sabores: Cinco minutos de limón para llegar a casa sin prisa las noches de los viernes. Cinco minutos de menta, para gastarlos en la ducha sin que le pregunten desde fuera que qué hace. Cinco minutos de fresa, para decirle a Elena lo que siente por ella y nunca encuentra el momento. No tenía claro si iba a aprobar tecnología. Si quería pasar de curso tendría que lucirse en el trabajo final de tecnología.

Un prototipo. Adrián, como sus compañeros, tenía que fabricar un prototipo de una máquina inventada por ellos.

Era el día de su 15 cumpleaños, se levantó tarde y entre legañas salió de su habitación expectante. ¡Ahí tienes tu regalo! Le gritó su madre desde la cocina. Era una caja pequeña que pesaba mucho.

- ¡Un reloj! - Gritó a coro el resto de su familia.

Adrián, que no sabe nadar, recibía por su cumpleaños un reloj sumergible hasta los cien metros. Ya tenía tres.

Sin embargo, al ver aquel reloj tan sofisticado tuvo una idea. Con el dinero del regalo de su padrino, se iba a comprar una caja de herramientas de precisión y destripando su nuevo reloj, iba a construir su prototipo.

Adrián había conseguido fabricar un reloj capaz de parar el tiempo. Apretaba al número cinco y todo se quedaba como estaba, sin movimiento, paralizado. Cinco minutos después todo volvería a la normalidad y nadie se daría cuenta de lo que había ocurrido. Nadie excepto él, que disponía de esos cinco minutos para hacer todo lo que nunca le había dado tiempo.

Los primeros cinco minutos los utilizó para retozar en la cama ante la mirada paralizada y el dedo en alto de su madre. Los siguientes cinco cambió de sitio las letras del teclado del ordenador de su hermana que desconcertada tendrá que mirarlas como hace él, una a una. Esta vez no presumirá de ser la Fernando Alonso del teclado.

Era la hora del recreo, las doce en punto, y los altavoces repartidos por todo el colegio invitaban al Angelus, Adrián apretó el número cinco con fuerza. La voz grave que había iniciado la plegaria enmudeció. Todo el mundo se quedó paralizado como si fuesen estatuas de bronce. Fue corriendo al oratorio en el que el padre Fabián, el mismo del que huía en cada recreo para evitar ser acorralado entre sus dos brazos y cuestionado sobre su virtud, se mantenía pegado al micrófono con la boca abierta. Con destreza dio la vuelta a su levita, desabotonó el tercio inferior, ahora en la espalda, dejando al viento dos solapas hasta la altura de los calzoncillos, cambió el vino por coca-cola en la sacristía y pintó con carmín los labios del solemne cuadro del Padre Fundador. Cinco minutos después todo siguió su curso, aunque la oración se interrumpió por un grito agudo que el padre Fabián liberó por los altavoces al verse en semejante facha.

Funcionaba. En secreto había comprobado que su prototipo cumplía con sus expectativas por lo que, convencido, lo presentaría para subir nota en Tecnología.

Cuando Adrián explicó detenidamente ante sus compañeros de clase las virtudes de su prototipo la carcajada fue unánime, Carlos, su fiel amigo, le tiró una pelota de papel que le dio entre las cejas, mientras la Señorita Clara, desconcertada sentía que le estaba tomando el pelo.

Sin embargo, dos días después Adrián sacó un diez en tecnología cuando aparecieron las notas en el panel del instituto y Carlos se quitaba un tutú de bailarina con el que inexplicablemente apareció en el partido de fútbol del domingo.

martes, 4 de marzo de 2008

El locutor y la oyente

En la habitación del fondo, que nunca ocupó nadie, descansaba el viejo Severino, llenando de barba la almohada. Rodeado de baúles y cajas apiladas permanecía con los ojos encogidos mirando al techo. Había un cierto olor a humedad.

Por el pasillo caminaba inquieta Marina apretando los dedos de una mano con los de la otra. Hacía años que había conocido su voz, y en aquella cita había conocido su rostro tanto tiempo escondido tras un micrófono en el 109.3 Esa voz de roca, apenas quebrada, casi susurrante que le acompañó tantas noches en vela, procedía de un cuerpo gastado y quebradizo de un hombre ya mayor.

Severino conducía un programa de historias de dos, una especie de consultorio sentimental que Marina escuchaba fielmente todas las noches antes de dormir.

Había conseguido la cita con el locutor ganando el concurso de cartas de desamor del espacio, cuyo premio era una cena para dos, y ella le escogió a él.

Cuando se saludaron, a Marina le resultó imposible conciliar aquella voz tan familiar con ese rostro tan desconocido. Él sonrió ligeramente.

La cena había transcurrido a gran velocidad, mientras él hablaba, tan pausadamente como lo hacía por la radio, ella apenas pronunciaba el nombre de los platos, o asentía. Cuando trataba de argumentarle, él ya estaba en otra conversación. Lo único dulce fue la nata salpicada de nueces que compartieron. El exceso de vino, aunque fue del bueno, dejó un poco aturdido al viejo Severino. Quiso Marina, confundida, que el café lo tomasen en su casa como había imaginado, y él al llegar, quiso descansar un rato.

En la espera, todas las palabras que Marina había pensado para aquella ocasión se le revolvían desordenadas, como un viento fuerte que se lleva las guirnaldas preparadas para una fiesta. Ya no le importaban las arrugas del vestido, o el flequillo que se le venía sobre los ojos durante la cena.

Desde ese mismo rincón de su casa por el que daba vueltas había recitado cien veces, casi dando voces, unos versos de Neruda que esa noche habría querido dirigirle:

Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera.

No pudo. Se sintió incapaz de mirarle a los ojos y recitar con intención aquellos versos. Ella se los habría recitado a aquella voz que le arropaba, pero no a aquel hombre que descansaba el la habitación del fondo.

Severino, mientras tanto, la besaba en sus ensoñaciones mirando al techo de la habitación húmeda. Las múltiples cartas que Marina le había enviado durante los cuatro años de programa habían marcado el ritmo de sus semanas, alimentando con una sabia ajena las emociones de su voz. La había imaginado tal cual era, juvenil y serena, fuerte y tierna al mismo tiempo, distante, amable. Pálida como la luna, incluso esto lo había imaginado.

Cuando Severino abrió la puerta entró un haz de luz seco que le obligó a entornar los ojos. Se acercó a ella, despacio, posando su huesuda mano sobre el hombro escotado de Marina que reflejamente retiró.

- ¿Qué te pasa? - Preguntó, - estás fría.

- Nada, - respondió ella falsamente y tras una pausa agregó: Es tarde, ¿quiere que le acompañe a tomar un taxi?

- ¿Das por concluida nuestra velada? - Pronunció el locutor mientras recogía su abrigo de encima de un sillón.

Ella asintió sin pronunciar.

Una semana después fue el último programa de historias de dos. Severino se despedía de sus oyentes invisibles con una voz de corcho. Contó la historia de un hombre enamorado de la luna que se ahogó en un lago nocturno al intentar besarla.

Marina, al otro lado, no pudo evitar dos lágrimas.