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sábado, 8 de marzo de 2008

5 Minutos

La voz de la señorita Clara era casi tan desagradable como el sonido del despertador por las mañanas.

- ¡Cinco minutos más! ¡Cinco minutos!, - suplicaba en baja voz Adrián tratando de prolongar el tiempo del examen de tecnología.

Pero la señorita Clara era implacable, a la hora en punto arrancaba de la mesa los exámenes y Adrián terminaba todos con un rayón desde la última palabra escrita que atravesaba el folio y continuaba en parte de la mesa.

Para Adrián sería fantástico que vendiesen tretrabrick con cinco minutos dentro. Tendría de todos los sabores: Cinco minutos de limón para llegar a casa sin prisa las noches de los viernes. Cinco minutos de menta, para gastarlos en la ducha sin que le pregunten desde fuera que qué hace. Cinco minutos de fresa, para decirle a Elena lo que siente por ella y nunca encuentra el momento. No tenía claro si iba a aprobar tecnología. Si quería pasar de curso tendría que lucirse en el trabajo final de tecnología.

Un prototipo. Adrián, como sus compañeros, tenía que fabricar un prototipo de una máquina inventada por ellos.

Era el día de su 15 cumpleaños, se levantó tarde y entre legañas salió de su habitación expectante. ¡Ahí tienes tu regalo! Le gritó su madre desde la cocina. Era una caja pequeña que pesaba mucho.

- ¡Un reloj! - Gritó a coro el resto de su familia.

Adrián, que no sabe nadar, recibía por su cumpleaños un reloj sumergible hasta los cien metros. Ya tenía tres.

Sin embargo, al ver aquel reloj tan sofisticado tuvo una idea. Con el dinero del regalo de su padrino, se iba a comprar una caja de herramientas de precisión y destripando su nuevo reloj, iba a construir su prototipo.

Adrián había conseguido fabricar un reloj capaz de parar el tiempo. Apretaba al número cinco y todo se quedaba como estaba, sin movimiento, paralizado. Cinco minutos después todo volvería a la normalidad y nadie se daría cuenta de lo que había ocurrido. Nadie excepto él, que disponía de esos cinco minutos para hacer todo lo que nunca le había dado tiempo.

Los primeros cinco minutos los utilizó para retozar en la cama ante la mirada paralizada y el dedo en alto de su madre. Los siguientes cinco cambió de sitio las letras del teclado del ordenador de su hermana que desconcertada tendrá que mirarlas como hace él, una a una. Esta vez no presumirá de ser la Fernando Alonso del teclado.

Era la hora del recreo, las doce en punto, y los altavoces repartidos por todo el colegio invitaban al Angelus, Adrián apretó el número cinco con fuerza. La voz grave que había iniciado la plegaria enmudeció. Todo el mundo se quedó paralizado como si fuesen estatuas de bronce. Fue corriendo al oratorio en el que el padre Fabián, el mismo del que huía en cada recreo para evitar ser acorralado entre sus dos brazos y cuestionado sobre su virtud, se mantenía pegado al micrófono con la boca abierta. Con destreza dio la vuelta a su levita, desabotonó el tercio inferior, ahora en la espalda, dejando al viento dos solapas hasta la altura de los calzoncillos, cambió el vino por coca-cola en la sacristía y pintó con carmín los labios del solemne cuadro del Padre Fundador. Cinco minutos después todo siguió su curso, aunque la oración se interrumpió por un grito agudo que el padre Fabián liberó por los altavoces al verse en semejante facha.

Funcionaba. En secreto había comprobado que su prototipo cumplía con sus expectativas por lo que, convencido, lo presentaría para subir nota en Tecnología.

Cuando Adrián explicó detenidamente ante sus compañeros de clase las virtudes de su prototipo la carcajada fue unánime, Carlos, su fiel amigo, le tiró una pelota de papel que le dio entre las cejas, mientras la Señorita Clara, desconcertada sentía que le estaba tomando el pelo.

Sin embargo, dos días después Adrián sacó un diez en tecnología cuando aparecieron las notas en el panel del instituto y Carlos se quitaba un tutú de bailarina con el que inexplicablemente apareció en el partido de fútbol del domingo.

2 comentarios:

Juan dijo...

Quiero cinco minutos de chocolate. LOs míos serían de chocolate, negro, dulce a la vez, con trazas de frutos secos, como dicen los envoltorios... Serían cinco minutos que daría extra a mucha gente (obispos y civiles) para que repensasen su voto. Cinco minutos para quererla aún más delo que la quiero, o no la quiero... De chocolate siempre. Con trazas de frutos secos...

Diana Puig dijo...

Realmente no de esta forma pero si de otras hay que utilizar la imaginación para poder tener muchas veces cinco minutos...el tiempo vuela y no es porque corra es que nosotros somos incapaces de tener claro en que consiste el tiempo y para que lo queremos; También a veces esos cinco minutos se convierten en largos y hasta inolvidables, por otra parte no me gustaría tener una máquina para parar el tiempo, estoy segura que modificaría hasta lo bello y eso es bello porque tal vez solo dura cinco minutos; Un abrazo de cinco minutos para ti keko, didi.