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miércoles, 9 de abril de 2008

En el cementerio

Hacía frío. La cercellada había tapizado de blanco la ciudad, pero el sol, victorioso, había llenado de luz el cielo, pintándolo de un azul intenso. Caían pequeños copos empujados por el viento, que al posarse en las mejillas de Daniel se derretían haciéndole cosquillas.

Caminaba despacio, lejos del ruido de los coches, con las manos metidas en los bolsillos de su zamarra de pana casi verde, envuelto en una bufanda negra que olía a él, y que conjuntaba con un gorro de lana, también negra. Sus ojos pequeños, se achicaban aún más por el frío, y el mismo viento que movía los copos, le hacía lagrimear.

En aquel lugar se sentía tranquilo, por eso lo visitaba de vez en cuando. Últimamente con más frecuencia. Las lápidas grises, abigarradas, enraizadas en la tierra dura, formaban un collage casi uniforme vistas desde lejos. Caminando por el cementerio podía escuchar los quejidos de la arena en cada paso y un mirlo negro, ya conocido, anunciaba al resto de las aves su presencia con un ¡cui!, ¡cui! ¡cui! intenso.

Daniel recorría los caminos de cipreses casi siempre en el mismo orden, saludando con la mirada a los muertos de siempre, cuyos nombres ya había aprendido, y estos le devolvían con su silencio aquel reencuentro.

Siempre evitaba moverse por la zona nueva del cementerio, los muertos que le llenaban de paz, eran los muertos olvidados.

El cementerio estaba vivo, incorporando como un goteo cadente nuevos nombres y llantos estrenados o repetidos.

Llegó como en cada ocasión, al final del lado Este, a los pies de una lápida desgastada de la familia Rico – Guevara. Sobre ella, tallados, los nombres de hombres y mujeres Rico o Guevara con dos fechas imborrables a continuación. Aún quedaba sitio para alguna inscripción más, ya hacía muchos años que se esculpió la última: Amanda Gil Guevara, 17 de septiembre de 1973 – 14 de abril de 1982.

Con Amanda Daniel tenía sus conversaciones más intimas. Posiblemente sólo con ella. Ella sabía que Daniel, pese al sonido grave y articulado de sus palabras, era un ser frágil. Alguna vez había llegado a la sepultura con la mejilla marcada y le contaba cómo su padre había perdido los nervios. Otras veces no era capaz de describirle un motivo, por el que había sido golpeado. Esa niña tranquila conocía, a través de la voz trémula, de Daniel los gritos, insultos y amenazas que como hitos jalonaban su biografía. No era un inútil, ni un ser despreciable. Para Amanda, Daniel era un fiel compañero, un aliado, un muchacho al que comprendía, y así se sentía él cuando le hablaba.

Ensimismado en su monólogo, Daniel no advirtió la presencia de otra persona a su lado. Había aparecido de repente, y sólo el perfume de unas lilas le distrajo. A su derecha, un hombre de mediana edad, vestido de negro, pero no de luto, apretaba entre sus dedos casi congelados, un ramillete de lilas nazarenas, como recién arrancadas. Debía llevar allí unos minutos. Cuando sus ojos se encontraron, aquél hombre le saludó parcamente. Ninguno de los dos sintió necesidad de dar explicaciones. Permanecieron en silencio, mirando simultáneamente el granito gastado de la lápida. El hombre puso sobre el nombre de Amanda aquel ramillete delicado. Se volvió a Daniel, y se despidió con un susurrante “adiós, buen día”.

Daniel tardó un tiempo en reaccionar, el hombre dibujaba su silueta menuda entre las hileras de los cipreses, a lo lejos, cuando lo alcanzó. Detenidos a la altura de la verja de acceso del cementerio, sofocado, Daniel le preguntó:

- ¿Quien era Amanda?

- La niña de ojos verdes de la primera fila. – Le contestó aquel hombre. – Hubo un tiempo en el que fui maestro. - Continuó.

- ¿Por qué se fue? Le preguntó tras una pausa.

- Se la llevó la primavera, quiso respirarse todas las flores. – Respondió el hombre de negro, pero no de luto.

Daniel puso ojos de necesitar más palabras. El hombre añadió:

- A veces, el cuerpo no distingue amigos de enemigos, y el polen de la primavera le dejó sin respiración, sus pulmones pelearon sin descanso casi media hora, pero el aire no quería entrar. Cerró sus ojos verdes en mis brazos, camino del hospital. Desde entonces, no había vuelto a este lugar. Hoy mi hija cumple 9 años y me acordé de ella.

Daniel no quiso preguntar más. Abrazó a aquel hombre vestido de negro que aún conservaba el olor de las lilas en sus manos, y así permanecieron durante varios minutos. En la proximidad ambos percibieron que sus corazones latían con fuerza. Se sonrieron y el hombre se alejó de espaldas pausadamente.

1 comentario:

Diana Puig dijo...

Que puedo decirte si no va a ser más hermosa que tu historia, que el amor, que el cariño, que la tristeza me iba consumiendo poco a poco mientras leía, que puedo decirte de tu historia que no sea halago,,,he sentido el frío en la cara de Daniel apoyada en la cuna de su confidencia, el sabor de sus lagrimas, he sentido y visto a su conciencia ya muerta, he sentido su rabia también por las marcas que su padre le deja, que puedo decirte keko, que es bella y humana...también he sentido la desolación de un señor que vio morir a una doncella en sus brazos y que el paso del tiempo no le ha borrado esa impotencia que recuerda;
yo también tuve a una profesora que me cuidaba en mis crisis asmáticas, la temporada de la primavera bella, bella pero a veces ahoga, eso lo se yo :).
He de decirte que para mi las lilas son no mis preferidas son algo más y no entiendo, es como si siempre las llevará en mi, en un rinconcito de mi de lo que soy y forma parte de mi, me transmiten nostalgia y vida a la vez, su olor hoy inunda mi casa, he ido a visitar familia al pueblo y me he traído lilas.
Ya estaba echando de menos tus letras, un abrazo muy fuerte, didi.