Padre nuestro que estás en el cielo…
Estas palabras que tantas veces he repetido tienen desde hace unos días un sentido adicional.
Doy gracias a Dios por mi padre.
Él no solo me dio la vida, sino me transmitió la sabiduría y las herramientas para afrontarla y amarla en todas sus expresiones.
Me dio la sensibilidad para reconocer la belleza, para vibrar con la música, para nunca saciar la sed de conocimiento.
Me enseñó la alegría, la ilusión y la fuerza necesaria para hacer de cada día un día especial.
Me indicó con su ejemplo el valor supremo de la justicia, la honestidad, la fidelidad, el esfuerzo y el compromiso.
Su trascendencia silenciosa me sugirió preguntas hasta para lo que no hay respuesta. Las aguas de su pensamiento nunca estaban mansas, en contraste continuo, en cuestión vital, en discusión utópica y pragmática.
Me dio seguridad, sencillez, humildad y orgullo al mismo tiempo.
Me mostró la compasión, la solidaridad y la generosidad de anteponer las necesidades ajenas a las propias.
Esta es su herencia, esta es nuestra riqueza y aspiración.
Doy gracias por su vida, por su estar, su ser y sentir.
Doy gracias por el modo en que vivió su enfermedad, tan heroica y optimista.
Doy gracias por su muerte inoportuna, tan serena, que nos subraya el sentido de estar vivos, de lo que es importante, de que todo es transición y en ella estamos, de que no hay motivos para postergar lo debido ni lo amado.
Papá era una canción, un discurso, un pulso a la vida, un espectador intransigente, un río torrencial, un remanso sereno, un actor de comedia y drama.
Mi mejor consejero, amado y admirado, mi padre.
Gracias.
Bienvenido, bienvenida,
Si algo te conmueve o te sugiere alguna idea, te doy las gracias por compartirla.
Besos y/o abrazos.
Si algo te conmueve o te sugiere alguna idea, te doy las gracias por compartirla.
Besos y/o abrazos.
lunes, 12 de mayo de 2008
lunes, 5 de mayo de 2008
José Antonio Navarro Vega
La muerte abrazaba a papá en el que resultó ser su último baile.
Le robaba el aliento y él se rebelaba.
La ciencia no podía tener la última palabra.
26 de abril de 2.008
Aún no había amanecido,
y el cielo se rasgó en un grito silencioso.
Cuatro caballos alados
y una dama blanca
le arrancaron del pecho la vida
y regaron las estrellas con su alma.
No habrá más abrazos ni besos,
sí otra presencia y consuelo.
Te quiero, papá.
Le robaba el aliento y él se rebelaba.
La ciencia no podía tener la última palabra.
26 de abril de 2.008
Aún no había amanecido,
y el cielo se rasgó en un grito silencioso.
Cuatro caballos alados
y una dama blanca
le arrancaron del pecho la vida
y regaron las estrellas con su alma.
No habrá más abrazos ni besos,
sí otra presencia y consuelo.
Te quiero, papá.
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