El Duende de los Bosques de Lluvia habitaba en una pequeña cabaña sin camino, toda de madera, envejecida como el casco carcomido de un velero hundido.
Todos los inviernos, cuando la luz se hacía de ceniza y la escarcha cubría los troncos desnudos de los arces dejando en pausa la vida, Ananiel rompía su soledad convocando a todos los duendes de los bosques a pasar juntos la fría estación. Al duende, como a muchos humanos, no le gusta la soledad cuando la naturaleza se queda en silencio.
Así, año tras año, con la amenaza de las primeras nieves, los duendes iban llegando cada uno de un lugar diferente, abandonando por un tiempo sus aficiones favoritas, muy propias de su condición.
Gael venía del Bosque del Sur, y como más se divertía era apagando las velas de los candelabros en la oscuridad de la noche.
Fail, vivía el resto del año en los Bosques de las Lagunas donde la niebla baja cada tarde a acariciar la hierba y se entretenía ayudando a los niños perdidos a encontrar su camino de regreso.
El avieso Enaim venía del Bosque del Viento y desde el Bosque del Mar hacía su viaje Danalek, que de vez en cuando ponía moneditas en el suelo para que las encontrasen los niños pobres.
Croel, el viejo duende de los Bosques de Setas, cuando se cansaba de recordar canciones a la gente para que no se les fuesen de la cabeza, comprendía que había llegado la hora de emprender su viaje.
Y el último en llegar era siempre Bladir el duende que esconde las cosas para que no las encuentres cuando las necesitas, que venía de los Bosques del Norte.
Juntos se lo pasaban muy bien durante todo el invierno, contando aventuras de sus respectivos bosques, gastándose bromas entre ellos y cantando viejas canciones junto al fuego. Cuando las nieves empezaban a derretirse llenando con fuerza los ríos, hacían una gran fiesta de despedida tras la cual cada uno volvía de donde vino, para cuidar de la primavera y repartir los olores de las flores por todos los rincones del país.
Hace dos inviernos, como otros años, celebraron la gran fiesta de despedida. Las yemas de los cerezos, de los manzanos y de los perales estaban a punto de abrirse por lo que los duendes no podían retrasarse más. Cenaron, rieron, bailaron, cantaron todas las canciones que se sabían, brindaron con néctar de las uvas del otoño y se fueron cansados pero satisfechos a dormir, cada uno en su cama de paja y helechos. Al día siguiente tenían que madrugar para ir saliendo poco a poco a sus respectivos bosques, dejando a Ananiel otra vez sólo para cuidar el Bosque de Lluvia.
A la mañana siguiente, todos sin excepción, al despertar, se llevaron una dulce sorpresa: Cada duende, debajo de su almohada de tela de araña, envuelta en hojas de menta, encontró una onza de chocolate.

Gael, nada más levantarse, puso los ojos como platos al descubrir la onza de chocolate. Enseguida miró al resto de los duendes para ver si dormían, y comprobó que así era por sus seis ronquidos simultáneos. Sin hacer nada de ruido para que ninguno se despertase, escondió la onza muy deprisa dentro de un calcetín en lo más profundo del hatillo. Salió con cuidado de la cabaña, sujetando la puerta para que al cerrarse no hiciese ruido y mirando desconfiado a todos los lados, inicio su trayecto hacia el Bosque del Sur. Todo el camino fue intranquilo, evitando las rutas de otros duendes para que no descubriesen su onza de chocolate y se la quisiesen quitar. Tan nervioso estaba que una corneja que lo seguía desde el cielo se percató de su temor.
- ¿Tienes algo valioso en tu hatillo? – Se dirigió a Gael la corneja.
- ¿Cómo lo sabes? No tengo nada que pueda interesarte, - Respondió con voz temblorosa el duende.
- No temas, - siguió la corneja, - mi fino olfato me indica que llevas una onza de chocolate con menta, pero no te preocupes, a las cornejas no nos gusta el chocolate. Si quieres puedo ayudarte.
- ¿De que manera? - Preguntó Gael
- Yo te llevaré la onza en mi pico por el cielo, así nadie te la podrá quitar.
- De acuerdo. - Contestó el duende con cara de satisfacción.
Sacó su onza del calcetín y se la puso en el pico a la corneja. Esta, nada más recibirla, remontó el vuelo, subió a lo alto del cielo y se fue en dirección opuesta donde otras cornejas, entre carcajadas, estaban esperando ansiosas. A Gael le ocurrió lo que tanto temía, le quitaron su onza de chocolate.
Fail, el duende de los Bosques de las Lagunas, se despertó un rato después y de un salto bajo de la cama. El olor del chocolate con la menta le llamó enseguida la atención. Olfateó como un sabueso de nariz afilada hasta encontrar ese aromático tesoro.
- ¡Ohhh! ¡una onza de dulce chocolate! - Exclamó.
- Con lo que a mi me gusta el chocolate… Lo partiré en trocitos y cada día me comeré una parte, y podré disfrutar de esta onza durante mucho tiempo.
Y dicho y hecho, Fail partió la onza de chocolate en setenta trocitos diminutos todos del mismo tamaño, y durante diez semanas enteras, justo antes de dormir, se tomaba el trocito de chocolate que apenas le dejaba sabor en la boca.
- Para mañana tengo otro trocito. – Se decía antes de cerrar los ojos, y dormía plácidamente.
El tercero de los duendes en despertarse fue Enaim. Tenía la sensación de no haber dormido apenas cuando el pitido agudo de un mochuelo le sacó de una gran pesadilla. Estaba soñando que todos los duendes del mundo formaban un círculo alrededor suyo y le hacían burla apuntándole con el dedo por haber perdido su gorro de franela gris. Se moría de vergüenza en su sueño viendo su cabeza de duende desnuda. Malhumorado y entre bostezos bajó de la cama. El suelo de la casa le parecía tan helado que le hizo estornudar. En ese instante escuchó que caía al suelo algo procedente de debajo de su almohada. Movido por la curiosidad se agacho sin muchas ganas, y advirtió que se trataba de una onza de chocolate.
- ¿Una onza de chocolate? Ya podía ser una moneda de oro - Pensó, balbuceando algunas sílabas.
La guardó en la pequeña bolsita de cuero que colgaba de su pantalón y pensativo salió de la casa.
El camino hacia los Bosques del Viento era prácticamente cuesta a bajo, por lo que en cinco horas, a velocidad de duende, llegaría más que de sobra.
Pero poco antes de entrar en el bosque se acordó de aquella onza de chocolate. También recordó que en los Bosques del Viento, al ser primer martes de mes, se celebraba mercado. Enaim pensó que quizá podría tratar de vender su onza en alguno de los puestos ambulantes. Tras varios intentos de cambiar la onza por unos zapatos, un par de calabazas y un diente de oro, al final logró cambiarla por una gallina ponedora.
Satisfecho, Enaim alimento con hierbas y semillas de los Bosques a la gallina, que fue poniendo día tras día un huevo tras otro. Así logró juntar unas docenas, que pronto llevó al mercado. Cambió las docenas de huevos por toda una tableta de chocolate negro.
No había salido del mercado cuando pensativo volvió sobre sus pasos y de nuevo cambio la tableta de chocolate. Esta vez por tres gallinas.
Estas gallinas y la gallina que había comprado antes, pasado un tiempo le dieron un montón de huevos frescos, que Enaim cambió en el mercado de los Bosques del Viento por nueve tabletas del chocolate más puro. Así, vez tras vez, juntando más huevos en cada ocasión y cambiándolos por más chocolate, repitió la misma compraventa toda la primavera, el caluroso verano, y el otoño entero.
Cuando al acercarse el invierno se preparó para volver de nuevo a la vieja casa de madera del Bosque de Lluvia, Enaim tenía más de 25 gallinas que tuvo que dejarlas escapar porque no podría cuidarlas y se dio cuenta de que no había probado siquiera una onza de chocolate durante todo ese tiempo.
El más perezoso de los duendes era Danalek. Escuchó el chirrido que hizo la puerta al salir Fael, y el fuerte estornudo Enaim al poner el pie desnudo en el suelo frío, pero no quería levantarse. Abrazaba una y otra vez su almohada de telas de araña y si no es porque en una de las vueltas tropezaron sus dedos con la dulce onza de chocolate envuelta en hojas de menta, posiblemente el Bosque del Mar, aún lo estaría esperando.
Lentamente acarició la onza, sin retirarle apenas las hojas de menta. Casi parecía abrazarla. La metió en el bolsillo de su ancho pantalón azul, recogió su hatillo con un poco de melancolía por dejar de ver a sus compañeros hasta el próximo invierno, pero ilusionado por reencontrarse con sus gaviotas y el olor a sal del Bosque del Mar, y salió despacito de la casita de madera.
Iba Danalek sonriendo por el camino, recordando las bromas de los otros duendes y tarareando las canciones que bailaron la noche anterior, cuando en el borde del camino distinguió a una niña encogida y tiritando de frío.
- ¿Puedo ayudarte en algo? - Preguntó el duende con cara de pena.
Al escucharle, la pequeña dio un respingo que hizo balancear sus dos largas trenzas rubias.
- Tengo hambre y frío, - le dijo balbuceando la niña de las trenzas a Danalek.
El duende, conmovido, se quitó su capa de alas de mariposa y la puso sobre los hombros de la niña. Buscó en su bolsillo la onza de chocolate y
con una caricia, la dejó en su mano. La niña le dio las gracias en bajito y se la comió de un mordisco. Da nalek siguió caminando, dando saltos entre los árboles, recordando nuevamente la noche anterior a lo que se sumaba una placentera sensación de armonía universal.

El habitante de los Bosques de Setas, Croel, pese a ser el mas viejo de los duendes, (dicen que los duendes no tienen edad, sino que tienen experiencia) se despertó con más energías que ninguno. Quiso cantar a pleno pulmón como hacía cada mañana en sus bosques poblados de setas, pero apenas brotó de su boca el la y el do, se dio cuenta de que aún en las camas del fondo descansaban dos de sus compañeros, por lo que con la mano sobre sus labios se dirigió hacia la ventana para hacer la matutina bendición del día.
Croel daba siempre gracias por el día nuevo, por haber descansado, por encontrarse con salud suficiente y vitalidad de sobra para aprender mil cosas nuevas que le contaban los animalillos del bosque, pues al viejo también le gustaba mucho escuchar, y nunca tuvo complejo por tener las orejas algo más grandes de lo que es normal en los duendes, que ya por naturaleza tienen unas orejas significadas. Estaba listo y perfumado, casi preparado para salir, cuando atusando los helechos y golpeando las pajas de su colchón descubrió una onza de chocolate envuelta, como las demás, en hojitas de menta fresca.
- ¡Hoy voy a tener un día de suerte! - Exclamó
Y tomando la onza desnuda en su mano como un pintor mira un cuadro acercando el pincel a su nariz, imaginó en ella la silueta de dos amantes.
- Aquí se esconde algo, - pensó.
Cogió su diminuta navaja de recortar líquenes y talló en la onza, como si la onza fuese de arcilla, a dos jóvenes que entrelazaban sus manos. Dejó un pequeño orificio en la parte superior por el que hizo pasar un cordón de hiedra que anudó a su garganta.
– Con este amuleto – se decía a si mismo – esta primavera será un poquito más especial y cogió su hatillo y salió solemne rumbo a sus Bosques de Setas, mientras el amuleto de chocolate se balanceaba sobre su pecho.
El sexto de los duendes, Bladir, no tuvo que abrir los ojos para ponerse sus lentes circulares pues las había dejado perfectamente colocadas en el suelo a la caída de su mano derecha. Iba a incorporarse de la cama, cuando notó un pequeño bulto en la almohada, justo donde terminaba la nuca. Palpó cuidadosamente con sus largos dedos y agarró con cautela una onza de chocolate cubierta por hojas de menta ligeramente aromática. La observó detenidamente, tratando de deducir como había llegado aquella onza a aquel lugar, y sobre todo, como no se había dado cuenta del momento en que alguien la depositaba, ¡con el sueño tan ligero que tiene!
Ordenó meticulosamente su hatillo y dirigiendo una última mirada por si olvidaba algo abandonó la cabaña.
Nada más salir pensó comerse la onza de chocolate, pues al verla se le había abierto el apetito, sin embargo se detuvo un momento y pensó guardarla para una ocasión más especial. Le parecía que era algo demasiado valioso para darle fin como si tal cosa.
Decidió guardarla debajo del abedul que crecía a la entrada de la casa. De este modo, cuando en el próximo invierno volviese de los Bosques del Norte para juntarse con los demás duendes, aun tendría la onza de chocolate y quizá entonces encontrase un momento especial para comérsela. Arañó la tierra con sus uñas afiladas de duende y en un hoyo muy profundo escondió la onza.
Lo que no acertó a sospechar Bladir es que con el calor del verano y la lluvia del otoño el chocolate se derretiría primero y se desharía después mezclándose con la arena. No habría onza para una mejor ocasión, y mucho menos especial.

El primer rayo de sol que apenas entraba por las rendijas entreveradas de la persiana, se reflejó en las pupilas de Ananiel como el brillo de un diamante, lo que le hizo despertar. La casa estaba vacía, y un poco vacío se sentía también Ananiel, después del avivado trajín de los últimos tres meses, con todos los duendes alrededor suyo.
Él duende gordinflón, que se divertía haciendo creer a los niños que no comían bien, que la comida crecía en el plato cuanto más tardaban en comérsela, sabia que debajo de su almohada se escondía una onza de chocolate.
Con mucho cuidado también había dispuesto bajo la suya otra onza cuidadosamente envuelta en hojas de menta. La desenvolvió con gran ceremonia y cerrando los ojos la introdujo en su boca disfrutando cómo el cacao, al calentarse, se deshacía lentamente por su paladar convirtiéndose en fina crema de mil aromas, ligeramente mentolada. Consideró aquel momento como único y eterno. Espléndido, abrió de par en par las cubreventanas, también de madera, observó como una primera flor se rompió en el manzano del jardín y su perfume hizo cerrar de nuevo los ojos al duende de los Bosques de Lluvia.
La primavera estaba a punto de estallar.