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lunes, 12 de abril de 2010

La pluma del Jilguero


- ¡Tú, el único superviviente! Gritó el Rey, rojo de cólera.
-¿Cómo es posible? - Preguntaba, con el puño prieto como si fuese una granada, mientras iba y venía deprisa sobre la tarima.
- ¡Ya has perdido los Dominios de Lejandía, los Valles de Extremandía, y las huestes enemigas rodean Proximandía!

Los muros de piedra del palacio devolvían como una gran garganta los ecos de su voz, y las velas proyectaban sobre el fondo una sombra agigantada y terca. En aquel lugar tan amplio, tan frío, sólo habían quedado los dos: Javier de León, con la sangre seca de sus heridas cubriendo el rostro, y el todopoderoso Samuel I Rey de Todastierras.

Javier de León, inmóvil, parecía un guisante en medio del Palacio. ¿Dónde estaba ahora aquél caballero robusto y sereno vencedor de tantas batallas? Miraba desconcertado a sus manos pesadas que no habían sido capaces de sostener siquiera, las riendas de su fiel caballo. Levantó lentamente la mirada que no movió del suelo desde que se cerró el portón tras su llegada. La visión de aquel hombre ruidoso que otrora fuese su gran valedor le desgarraba más que sus propias heridas.

- No se que decirle mi señor, balbuceó Javier.
- ¡Nada has de decirme! Interrumpió el monarca.
- No hay palabras que justifiquen tu torpeza, prosiguió,
- ¡Ya no me vales! No me sirves para nada…
- ¡Guardias! Gritó el colérico Rey.

Al instante entraron por el fondo de la estancia dos hombres cubiertos con armaduras y sendas lanzas plateadas.

- ¡Llevaos a este hombre! Les indicó con el mismo enfado.
-¿A que lugar desea su Alteza que lo acompañemos? - Preguntó uno de los guardias.
- ¡No he pedido que lo acompañen, sino que lo lleven! ¡Este hombre, si es que merece tal aprecio, desde hoy no es ciudadano de este Reino! ¡Al destierro! ¡Envíenlo al destierro!
- Pero... su Majestad, este hombre es Don Javier de León, vencedor de mil batallas, admirado por todo el pueblo.
- ¡No me digáis quien fue! De sobra lo conozco, pero ya no es digno de que sus suelas profanen mi Reino. ¡Obedeced!, Buscad al mendigo más harapiento de la Villa, traed sus andrajos y despojad a este individuo de cuanto lleva para que vista como merece. ¡Vamos!

Javier permaneció tres días con sus tres noches encerrado en una mazmorra en algún lugar perdido del vasto Reino, sin luz ni comida, apenas un pocillo con agua cada doce horas. Fue despojado de su cota, su loriga y su brial de caballero. También perdió su espada y la ensilladura de su caballo muerto. Así, con tan solo los andrajos del último harapiento y un mendrugo de pan duro, fruto de la piedad de uno de los guardias, fue dejado en medio de un lugar sin caminos, ni montañas.

Anduvo lo que pudo, lentamente, arrastrando sus pies desnudos entre el polvo de nadie, y la única compañía de su sombra que hasta en ocasiones parecía burlarse de él.

Cayó la noche, solo el cielo sin luna cubrió su cuerpo y durmió. El fresco del amanecer le empujó a levantarse. ¿Qué hacer desde ahora? ¿Hacia dónde ir? Sólo sus pies descalzos y sus manos. Acostumbrado a caminar con tanta armadura, sentía, pese a la incertidumbre de su tiempo inmediato, un cierto alivio.

Llevaba algo más de siete horas caminando cuando creyó reconocer al final de una hondonada una mancha verdosa. Se fue aproximando, y aquel borrón iba adquiriendo matices, perfiles, sombras y reconoció matojos, arbustos y algún árbol espinoso. No corrió, dando un paso tras otro, llegó a aquel pequeño oasis en cuyo centro manaba un pequeño reguero de agua escurridiza y transparente. Contempló aquella escena, como quien observa un altar levantado ante un vitral. Sacó de aquel reguero medio celemín de agua que portó en el seno de sus manos y la llevó a los labios. Se detuvo en el recorrido que el líquido siguió por su garganta, comió unos cuantos frutos secos y algunas yerbas conocidas y sobre una piedra, se sentó, contemplando el discurrir del agua, y la exuberante vida vegetal que rodeaba su pequeño cauce.

Entonces, Javier lloró. Lloró con la misma intensidad con que lo hizo de niño cuando escapó el jilguero que rescató de los zarzales y que con tanto cuidado dio de comer y dio de beber. Con el mismo miedo de entonces, cuando pensaba que sin sus cuidados el pájaro se moriría y como entonces, sintió sobre sus mejillas el cosquilleo de las lagrimas. Aquella había sido la última vez que había llorado, y aquí estaba, hoy, sentado sobre una piedra, llorando como entonces.

Tal vez se quedó dormido, o tal vez meditando como le enseño su maestro, cuando notó el peso de una mano que se apoyaba sobre su hombro derecho. Sobresaltado se giró y ante si se presentó un anciano encorvado y silencioso. Los ojos de aquel hombre arrugado se abrían en sus cuencas hundidos como dos pedacitos de cristal azul. Posó su mirada sobre la mirada aún vidriosa de Javier de León y sonrió. El anciano le tendió una mano arrugada como el pergamino y tirando ligeramente lo alzó y se dirigieron hacia un techado de ramas secas tras unas rocas. Señaló un taburete de piel de cabra, y Javier se sentó. El viejo tomó una taza, añadió unas hojas secas y sobre ellas un chorro de agua hirviendo de una tetera que balbuceaba sobre las brasas. Le ofreció, también sin mediar palabra, la taza de infusión caliente. Ambos permanecieron un largo rato en silencio, sorbiendo de vez en cuando, mientras se miraban uno al otro. El anciano acomodó unas pajas que cubrió con una tela fuerte. Javier se recostó en ellas y pudo descansar profundamente.

A la mañana siguiente sobre una mesa de piedra había un cuenco con leche de cabra y miel. No había rastro del anciano alrededor.

Mediado el día el hombre mayor volvió. Traía algo de leña y un pequeño atillo con frutos secos. Al encontrarse con Javier, volvió a sonreír y preguntó:

- ¿Para qué ha venido?

Javier de León, desconcertado, no supo que contestar. El anciano, sentándose a su lado, repitió más despacio:

- ¿Para qué ha venido?
- Mis pies me trajeron hasta aquí, no sabía a dónde iba caminé en todas direcciones.

Pasado un tiempo, al anciano volvió a hablar:

- No le pregunté que cómo vino, ni hacia dónde iba, solo quiero que me cuente para que vino aquí, donde yo vivo.
- No lo se, amable anciano, no le puedo contestar, vi una mancha verde a lo lejos y me dirigí hacia ella, y usted me encontró.
¿Fui yo el que le encontré a usted?
- Bueno, usted vino a mi y me tomó la mano.
 Se equivoca, buen hombre, yo solo le sugerí que se levantase de la piedra sobre la que se encontraba, había un escorpión debajo. Usted me agarró la mano y me siguió.

Javier de León aumentaba su confusión.

 Pero… usted me ofreció una infusión, y luego me preparó un lecho para descansar.
Suelo ser cortés con las visitas, así me enseñaron mis padres. El lecho lo preparé para mi, y usted lo ocupó.
 Oh, discúlpeme, no era mi intención, yo entendí…
- No es importante, continuó el anciano, usted miró mis acciones con los ojos que traía… Tiene usted un buen concepto de las personas, por lo menos de los ancianos je je je - rió el viejo.
- No le entiendo…
- En cualquier caso es importante que me diga para que ha venido hasta mi casa, no sabré si podré ayudarle si no me dice que es lo que ha venido a buscar.
- Venerable anciano, sólo caminaba. Fui desterrado del Reino para el que serví fiel y con todas mis energías. Las últimas batallas que libré no ayudaron a consolidar nuestras fronteras, y el destierro ha sido el pago a tanta vida de esfuerzo.
- Comprendo... finalizó el viejo y cerró los ojos. ¿Me permite que le haga otra pregunta? - Rompió el silencio, mientras volvía nuevamente a mirarle.
- Sin duda, pregúnteme usted lo que desee – Contestó Javier.
- ¿Libró usted solo aquellas batallas?
- No, vive Dios que no, un ejército de bravos guerreros a mi cargo se enfrentaban con entrega.
- ¿Puede decirme, si lo conoce, qué le hizo a usted ganar tantas batallas?
- Una buena estrategia, un ejercito numeroso, fuerte y unido y bien pertrechado…Éramos invencibles, los enemigos casi huían nada más vernos, Ya solo la polvareda que levantaban nuestros caballos y el brillo de nuestras protecciones les imponía. Mi espada invencible, de hierro bien forjado, la encargó mi padre en cuanto supo que su primogénito sería un varón, y solo con su peso, al caer, era capaz de atravesar una hornacina de bronce.

El anciano comprendió porque le habían puesto el sobrenombre de León cuando observaba a aquel hombre emocionado narrando sus batallas.

 Ahora, era diferente… continuó Javier.
- ¿Diferente? Le interrumpió amablemente el viejo.

Javier tardó un tiempo en contestar,

Mis hombres llegaban a las posiciones, pero yo no lo lograba hacer a tiempo, emboscada tras emboscada nos fueron reduciendo, en la última contienda apenas pudimos llegar antes del saqueo a la ciudad y ya estábamos agotados.
- ¿ Intentó algo para llegar antes?
- Probamos a colocar los centinelas a más distancia de las ciudades, levantamos muros alrededor, fabricamos lanzas más largas… pero seguíamos perdiendo yo no conseguía llegar a tiempo a mis posiciones.
- ¿Había algo que le impedía llegar?
- Mi caballo, Visionario, no podía correr más.
- ¿Por qué no cambió de caballo, tanto quería a ese caballo que le hacía llegar tarde?
- Visionario era el caballo más veloz, cuando les hacíamos correr por los prados era el primero en llegar al abrevadero. Sin embargo, cuando me preparaba para la batalla y cargaba todas las armas y defensas era el primero en agotarse.
- ¿Llevaba usted algo que sus soldados no llevasen?
- Yo… titubeó Javier, yo era el Vasallo de mayor rango, debía llevar la mejor armadura, y la fuerte espada que me entregó mi padre, el escudo de armas, y...cuantas distinciones acumulé en tantas guerras.
- Cargas muy pesadas incluso para el caballo más veloz ¿no cree?

Javier se quedó en silencio. Luego dijo:

- Quizá tenga usted razón, tanto peso agotaba a Visionario… cuando caminaba por el desierto, pese a la sed, pese al sol ardiente, me sentía ligero...

El anciano se levantó del taburete de piel de cabra y sirvió un te caliente. Aquella tarde, Javier de León acompañó al anciano a pacer las cabras.

Permaneció allí el tiempo de dos lunas llenas, recuperó la salud, la vida del campo le robusteció y el silencio de aquel oasis le aportó paz en su espíritu. Por primera vez en mucho tiempo se vio una parte del Universo, una parte hermosa.

Sintió que era tiempo de partir. La noche anterior a su marcha, el anciano y Javier cenaron junto a la hoguera. El viejo quiso hacerle un pequeño regalo.

- Javier, bien me dijiste que eras un hombre perseverante, con unos altos ideales y nobles intenciones. En estos días me diste oportunidad de comprobarlo, Quiero entregarte estas tres piedras: Esta roja, para cuando necesites fortaleza, esta verde, para cuando necesites quietud, y esta azul, para cuando quieras plantarte con firmeza y con piedad ante alguien o ante algo.

El anciano dejó caer las piedras una a una sobre la mano abierta de Javier y se retiró a su taburete. Luego prosiguió,

- Quizá viniste aquí para descubrir que debes llevar menos peso para librar tus batallas je je je y este viejo loco no hace sino darte piedras… No hace falta que las lleves contigo, cuando encuentres un lugar en el que guardarlas, déjalas allí, pero no las olvides, y tócalas de vez en cuando, especialmente cuando necesites alguna de sus propiedades… poco a poco, no te hará falta tocarlas. Pasaron la última noche juntos, ambos escucharon el silencio y disfrutaron de la mutua compañía. Brindaron con licor de higos antes de acostarse.

Temprano, Javier juntó las tres piedras, meditó unos minutos y tomó un camino que nacía junto al río, el cual, según aquel anciano, a 10 días de distancia, alcanzaba una aldea tranquila, a las puertas de Nuevatierra. Javier de León ya se imaginaba en la ciudad presidiendo el Gran Consejo mientras clavaba sus sandalias en la arena.

A mitad del camino, atravesando un bosque de abedules, cayó sobre sus narices una pluma amarilla. Miró hacia arriba, sobre la copa de un alto abedul canturreaba un jilguero a la primavera.








1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bonito!!