Las oscuras tardes de otoño se hacían largas cuando Martina no tenía tareas que hacer. Como aun no hacía demasiado frío, de vez en cuando daba una vuelta por el barrio. Miraba los escaparates, se hacía la encontradiza con algún vecino y se liaba a charlar o si no se topaba con nadie, se metía en la iglesia donde pasaba un rato sentada y calentita.
Una de estas tardes de paseo en las que amenazaba la lluvia, Martina vio luces encendidas y escuchó mucho barullo en un local cercano. Como la puerta estaba entreabierta, se puso a fisgar por la rendija. De pronto un golpe de viento se llevó su sombrero de flores y al tratar de agarrarlo se dio un resbalón que la introdujo por completo en la sala. Un joven la agarró del brazo.
– Hola, ¿puedo ayudarle en algo?
– Ehm, hola, estaba buscando mi gorro. - Titubeó Martina
– Lo tiene usted en la mano, - respondió el joven.
Y cuando quiso darse cuenta estaba sentada sobre una incómoda silla plegable en medio de un gran salón escuchando atentamente la exposición de un hombre gordo de mediana edad que se había presentado como Gaspar Figueres.
La democratización de la estupidez. Ponía en letras grandes en un cartel al fondo. Confundida se dejó seducir por unas pastas de te que pasaban en una bandeja. Hacía calorcito por lo que decidió quedarse un rato.
El orador paseaba de un lado a otro de un pequeño escenario mientras un potente foco lo alumbraba.
- ¡Con la democratización del crédito y el avance de la tecnología se ha generalizado la estupidez! - Gritaba el tal Gaspar.
- Realmente no es que ahora haya más estúpidos- prosiguió,
- Sino que ahora muchos más pueden demostrar que lo son. Cuantitativamente la estupidez sigue siendo la misma, pero ahora ¡es mucho más visible!
Martina no sabía si estaba entendiendo bien lo que aquel hombre quería decir y observaba atenta el recorrido de las pastas mientras el resto de del auditorio asentía con mucha seguridad.
- ¡Tomemos un ejemplo! - Gritó el conferenciante.
- ¡Probad a dar un paseo en vuestro coche! especialmente un viernes, y veréis la cantidad de estúpidos que se empeñan en hacer ostentación de su gran estupidez. Conducen en zig-zag, realizan bruscas maniobras o adelantamientos sin sentido, acosan a otros vehículos y hacen rugir sus motores de cientos de caballos. ¡Son cientos, miles quizá! los que se empeñan en enseñar al mundo que ellos también son estúpidos, que son estúpidos ¡porque pueden serlo!
Todas las personas aplaudían con furia, algunos incluso se levantaban y proferían gritos de conformidad. Martina aplaudía tímidamente y le decía en voz alta al chico joven que se había sentado a su lado, que ella no conducía porque no tenía carnet.
- ¡Si amigas y amigos! Con las tarjetas de crédito, la estupidez se ha democratizado. Ya cualquiera accede a un coche potente, a un teléfono móvil de última generación o a un televisor más grande que las paredes de su propia casa. ¡Antiguamente era sólo una minoría elegida la que podía lucir la estupidez! Eran estúpidos y además eran ricos.
Las tarjetas de crédito son pues revolucionarias, ¡más que Marx, que Gandhi o que el mismo Jesucristo!
¡Hoy, los ricos y los pobres pueden demostrar al mundo lo estúpidos que son!
El auditorio en pie aplaudía enfervorizado las palabras de Gaspar. Martina, que también se había puesto en pie, realmente para seguir viendo más que para participar en la ovación, estaba un poco asustada y había decidido volverse ya a casa. A lo tonto había echado la tarde y se había entretenido suficiente.
Estaba saliendo del local cuando el chico que le hizo entrar le volvió a tomar del brazo mientras le preguntaba que qué tal. Ella contestó con un parco bien, bien, mientras tiraba en dirección a la puerta. Él insistió, y tampoco se trataba de empezar a jugar al tirasoga con su brazo, por lo que con una sonrisa de circunstancias, Martina habló un rato con el muchacho mientras miraba de reojo a la salida.
No se arrepintió de haberse colado en aquella charla, ni de la docena de pastas de té que se comió. En cambio si que le pesó haber dado el teléfono de casa al chico que, durante varios meses, no paró de llamarla para que volviese al local a escuchar otra conferencia y por supuesto para hacerse socia del Club de la Ciencia para un Mundo Nuevo.
Ella insistía en que aunque las pastas eran muy ricas, no tenía coche, no sabía conducir y a su edad ya no se iba a sacar el carnet.


