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lunes, 14 de noviembre de 2011

La Conferencia


Las oscuras tardes de otoño se hacían largas cuando Martina no tenía tareas que hacer. Como aun no hacía demasiado frío, de vez en cuando daba una vuelta por el barrio. Miraba los escaparates, se hacía la encontradiza con algún vecino y se liaba a charlar o si no se topaba con nadie, se metía en la iglesia donde pasaba un rato sentada y calentita.

            Una de estas tardes de paseo en las que amenazaba la lluvia, Martina vio luces encendidas y escuchó mucho barullo en un local cercano. Como la puerta estaba entreabierta, se puso a fisgar por la rendija. De pronto un golpe de viento se llevó su sombrero de flores y al tratar de agarrarlo se dio un resbalón que la introdujo por completo en la sala. Un joven la agarró del brazo.

        Hola, ¿puedo ayudarle en algo?
        Ehm, hola,  estaba buscando mi gorro. - Titubeó Martina
        Lo tiene usted en la mano, - respondió el joven.

Y cuando quiso darse cuenta estaba sentada sobre una incómoda silla plegable en medio de un gran salón escuchando atentamente la exposición de un hombre gordo de mediana edad que se había presentado como Gaspar Figueres.

            La democratización de la estupidez. Ponía en letras grandes en un cartel al fondo. Confundida se dejó seducir por unas pastas de te que pasaban en una bandeja. Hacía calorcito por lo que decidió quedarse un rato.

            El orador paseaba de un lado a otro de un pequeño escenario mientras un potente foco lo alumbraba.

- ¡Con la democratización del crédito y el avance de la tecnología se ha generalizado    la estupidez!  - Gritaba el tal Gaspar.
            - Realmente no es que ahora haya más estúpidos- prosiguió,
- Sino que ahora muchos más pueden demostrar que lo son. Cuantitativamente la estupidez sigue siendo la misma, pero ahora ¡es mucho más visible!

            Martina no sabía si estaba entendiendo bien lo que aquel hombre quería decir y  observaba atenta el recorrido de las pastas mientras el resto de del auditorio asentía con mucha seguridad.

            - ¡Tomemos un ejemplo! - Gritó el conferenciante.

            - ¡Probad a dar un paseo en vuestro coche! especialmente un viernes, y veréis la cantidad de estúpidos que se empeñan en hacer ostentación de su gran estupidez. Conducen en zig-zag, realizan bruscas maniobras o adelantamientos sin sentido, acosan a otros vehículos y hacen rugir sus motores de cientos de caballos. ¡Son cientos, miles quizá! los que se empeñan en enseñar al mundo que ellos también son estúpidos, que son estúpidos ¡porque pueden serlo!

            Todas las personas aplaudían con furia, algunos incluso se levantaban y proferían gritos de conformidad. Martina aplaudía tímidamente y le decía en voz alta al chico joven que se había sentado a su lado, que ella no conducía porque no tenía carnet.

            - ¡Si amigas y amigos! Con las tarjetas de crédito, la estupidez se ha democratizado. Ya cualquiera accede a un coche potente, a un teléfono móvil de última generación o a un televisor más grande que las paredes de su propia casa. ¡Antiguamente era sólo una minoría elegida la que podía lucir la estupidez! Eran estúpidos y además eran ricos.

Las tarjetas de crédito son pues revolucionarias, ¡más que Marx, que Gandhi o que el mismo Jesucristo!

¡Hoy, los ricos y los pobres pueden demostrar al mundo lo estúpidos que son! 

            El auditorio en pie aplaudía enfervorizado las palabras de Gaspar. Martina, que también se había puesto en pie, realmente para seguir viendo más que para participar en la ovación, estaba un poco asustada y había decidido volverse ya a casa. A lo tonto había echado la tarde y se había entretenido suficiente.

            Estaba saliendo del local cuando el chico que le hizo entrar le volvió a tomar del brazo mientras le preguntaba que qué tal. Ella contestó con un parco bien, bien, mientras tiraba en dirección a la puerta. Él insistió, y tampoco se trataba de empezar a jugar al tirasoga con su brazo, por lo que con una sonrisa de circunstancias, Martina habló un rato con el muchacho mientras miraba de reojo a la salida.

            No se arrepintió de haberse colado en aquella charla, ni de la docena de pastas de té que se comió. En cambio si que le pesó haber dado el teléfono de casa al chico que, durante varios meses, no paró de llamarla para que volviese al local a escuchar otra conferencia y por supuesto para hacerse socia del Club de la Ciencia para un Mundo Nuevo.

Ella insistía en que aunque las pastas eran muy ricas, no tenía coche, no sabía conducir y a su edad  ya no se iba a sacar el carnet.

viernes, 4 de noviembre de 2011

La elección

No tenía riquezas heredadas, ni fortuna adquirida. Apenas disponía de una pequeña pensión que el estado ingresaba en su cartilla de ahorro, y ella estiraba, como una masa de hacer empanadillas, para llegar a fin de mes. 
Disponía sin embargo de ciencia, incluso arte según algunos, en la cocina.  

Recuerda que no hace tanto tiempo, cada mañana antes de hacer la compra, se acercaba al parque del Sur donde Raimundo esperaba entre cartones y mantas resobadas su ración diaria de comida. Guisar para ella sola, aunque fuesen dos raciones, tenía poco agradecimiento y ella necesitaba confirmar de vez en cuando que seguía siendo maestra de las patatas con níscalos o de los callos con garbanzos, entre otros suculentos platos.

Raimundo se había convertido en su pobre de cabecera, y le tenía aprecio, aunque apenas cambiaron unas palabras. Ella descontaba el agradecimiento retirando la escudilla rebañada antes de dejarle un nuevo y abundante guiso.

A la hora de dormir siempre tenía en sus oraciones presente a Raimundo que, pese al cuidado de sus platos, seguía siendo tan pobre como el día que lo escuchó por primera vez, sentado en el mismo banco y gritando desordenadamente a sus perros.

            Fue entonces cuando una noche no pudo conciliar el sueño. Había mentado a Raimundo en su padrenuestro, pero le había surgido un dilema y no estaba tranquila. Le daba vueltas y vueltas sin encontrar una solución que le permitiese descansar. A su sobrino mayor, después de diez años trabajados para un famoso constructor, le habían echado a la calle sin indemnización ni hasta luego. Como protesta él y varios compañeros despedidos habían decidido instalarse en tiendas de campaña enfrente de la sede de la constructora y denunciar públicamente el atropello. El frío y las incomodidades se compensaban por la ayuda solidaria de los vecinos, familiares y simpatizantes con la causa. Martina sentía que debía apoyar a su sobrino y a sus compañeros. Era una causa justa y además era su sobrino.

Tenía que elegir entre llevar su guiso diario al campamento como signo y contribución solidaria, dejando a Raimundo sin colación o seguir llevándoselo a éste privando de su apoyo al campamento.  Su platito de potaje no era en si mismo tan valioso, pero ella sentía que podía convertir su ración en una herramienta de resistencia que ayudaría a luchar contra la injusticia.

            Pero ¿Quién se encargaría de Raimundo? ¿Se moriría de hambre? ¿Habría otro alma caritativa que compartiese sus habichuelas, aunque no fuesen tan ricas como las que ella cocinaba?

            Al fin, Martina no sólo decidió llevar cada mañana el plato de puerros con estofado o las lentejas con chorizo a su sobrino, sino que al cabo de una semana aceptó ser la cocinera del campamento, para alegría de los resistentes y sus allegados.

            Los días fueron pasando, eran cada vez  más las tiendas de campaña alineadas en la calle, y el censo de activistas se hacía más numeroso. Martina iba temprano a diario a organizar la intendencia y a dar consuelo a aquellos estómagos luego agradecidos.

El malvado constructor claudicó. Los obreros despedidos siguieron despedidos, pero fueron indemnizados, y en el aire quedó una cierta sensación de posibilidad. Resistiendo había sido posible la justicia. Martina pensaba que su ración primero y que su ciencia y su conciencia después, habían participado en aquel logro.

Se sentía un poco culpable por Raimundo. ¿Qué habría sido de él sin su plato diario?

            Otro día fue a visitarlo al parque, y allí seguía, como si el tiempo no hubiese transcurrido, acurrucado junto a sus tres perros sarnosos, sus cartones y sus mantas resobadas.

            Algo había cambiado sin embargo en Martina.

En aquel campamento solidario, había conocido a Juliana, una trabajadora social que daba clases para adultos en un centro de mujeres maltratadas. Y también había conocido a Ernesto, coordinador de un centro okupado en el barrio de Prosperidad donde vivía en una comunidad de dieciséis personas que organizaban actividades y talleres de teatro para el barrio.

Las excelencias culinarias de Martina fueron tan bien evaluadas, que ahora se debatía ante una nueva disyuntiva: Colaborar como cocinera en el centro de mujeres a cambio de unas perrillas que nada mal le iban a venir, o participar en el centro okupa cocinando para la comunidad. En el centro okupa no recibiría nada a cambio, podría participar en las actividades del centro, pero eso también podría hacerlo sin cocinar para ellos.

            Martina volvió a no poder conciliar el sueño. 

            Desde muy joven había querido cambiar las cosas de un mundo injusto y tenía otra vez que tomar una decisión sobre cómo hacerlo, mientras iba incorporando los nombres de más personas en sus oraciones.

jueves, 27 de octubre de 2011

El Lado Izquierdo de la Cama

          El retrato que sobre la pared del fondo preside la habitación parece incompleto. Una mujer mayor, sentada en una robusta butaca tapizada, dirige la punta de sus pies y el resto de su pequeño cuerpo hacia el centro de la foto, mientras a su lado, otra butaca igual de robusta, aparece vacía, como si un ocupante reciente hubiese escapado de la escena en el momento en que se disparaba el flash.

            La foto ha dejado un cerco oscuro en el entelado que cubre la pared, indicando: - este es mi sitio.

Martina es una anciana de costumbres. Se levanta temprano. Primero descuelga y confirma que el teléfono tiene línea, después toca el timbre de la puerta. Sonríe ligeramente cuando escucha el ding-dong.

Prepara el desayuno. Toma dos tazas, dos platos pequeños y dos vasos para zumo. Calienta un cazo de leche mientras coloca con mimo los dos juegos de desayuno y saca cuatro magdalenas de una caja de latón. Cuando la leche humea, la retira del fuego y sirve uno de los vasos dejando el resto de leche caliente en el cazo. Toma asiento, y desnuda primero una y luego otra de las magdalenas mientras mira de hito en hito la silla vacía de enfrente.

La mujer limpia el polvo todos los días, incluyendo el enorme marco de la fotografía  y, también a diario, pasa los paños sobre el parqué, caminando despacito de un extremo a otro de la casa. De vez en cuando se mira en un gran espejo que deforma la imagen y se ve danzando con un apuesto caballero.

Sale a media mañana, y hace la compra para dos en el mercado, pero cocina para ella sola.

Sobre la mesa camilla hay una caja de costura abierta y un pantalón de caballero lleno de remiendos. Lo compró hace muchos años en un mercadillo y de vez en cuando le añade un zurcido, al calor del brasero. Lo plancha y lo vuelve a guardar hasta la próxima ocasión en la que volverá a repetir la misma operación.

Por las noches, después de recoger el juego de platos sobre los que ha cenado, y el otro juego intacto que completaba la mesa, entra en el baño, cierra el pestillo, se lava la cara, se enjuaga la boca, deshace el moño y se empapa de Álvarez Gómez. Se mete en la cama y ocupa solo el lado izquierdo, dejando el lado derecho libre, con el embozo abierto.

Sabe que las mujeres solteras organizan tanto su vida para la soledad que no dejan sitio para un hombre cuando llega. Sin embargo ella lo tiene preparado. Ha dejado libre medio armario en su habitación y en cada mesita hay un cajón vacío.

El único inconveniente es que todos los hombres interesantes que ha conocido a lo largo de su vida, quieren dormir en el lazo izquierdo de la cama, y ese es, indefectiblemente, el lado de Martina.

viernes, 21 de octubre de 2011

Comentario al libro NAUFRAGIOS (Akira Yoshimura)

            Paseando por la Librería Alberti, de Madrid, me llamó la atención el título del libro y, especialmente, su autor Japonés. Después de dedicar la lectura de todo el verano a libros de ensayo me apetecía una novela breve de estilo oriental, pausado, descriptivo y en cierta medida transcendente.  No me equivoqué, si bien el libro tiene una  carga de tristeza más alta de lo que esperaba. 

Las artes de pesca, los cambios de color que provoca el paso de las estaciones en un paisaje estático, el hambre, las relaciones entre los miembros de la aldea aislada prácticamente del resto del mundo, forman un cuadro que se va sucediendo durante todo el relato como la melodía de una cajita de música, que pasa por las mismas notas cada cierto tiempo. 
            
              Narra el tiempo en el que Isaku, aun un niño, debe ocuparse de traer el alimento a casa para su madre y sus tres hermanos, mientras su padre trabaja durante tres años como esclavo fuera de la aldea. Debe comportarse como un adulto, aunque su cuerpo le recuerda casi a diario que aun no lo es.  

              Los naufragios no sólo dan el título a la novela, sino que constituyen los puntos de inflexión del relato. O-fune-sama, el espíritu del mar mantiene la esperanza del pueblo y es el que, según la tradición,  trae cada cierto tiempo la fortuna a la orilla.

            Es un libro para pensar y especialmente para comentar. Útil para organizar una tertulia y debatir sobre la ética y la supervivencia. Sobre lo legítimo y lo ilegítimo en esta lid de vivir cuando ello implica el sacrificio de otros.

También invita a reflexionar sobre la posibilidad de un universo en equilibrio dinámico, el bien frente al mal, una moral universal o una moral contextual,  Puede concluir con una pregunta abierta ¿Existe fortuna sin precio?


Akira Yoshimura

lunes, 19 de septiembre de 2011

La Gallinita Ciega y la Empresa de Oro, o Viceversa

Cuenta la leyenda, que en una Villa del norte de Europa Tomás, un campesino que se dedicaba con ilusión a la cría de gallinas, encontró una mañana, sobre una de las camas del grupo de ponedoras, un huevo diferente. Sorprendido de lo llamativo que resultaba sobre el nido de paja acudió presto a recogerlo. El huevo era mucho más pesado que un huevo normal, y sobre la superficie dorada de su cubierta el campesino vio reflejado su rostro deformado. Se trataba de un huevo de oro.

Desde aquel día, cada mañana, sobre la misma cama de las ponedoras aparecía un huevo de oro. Agradecido, Tomás aumentó moderadamente la ración de todas las gallinas, dedicó los primeros ingresos que le proporcionó la venta de los huevos, incluidos los de oro, a reformar el gallinero, mejorando el tejado, tapando las rendijas por las que entraba el viento y cambió los bebederos que estaban oxidados. Había logrado identificar a la gallina que producía aquellos singulares y valiosos huevos, sin embargo fue generoso con todas pues intuía que el confort de ésta también dependía del bienestar del resto.

Cada tarde, antes de ponerse el sol, contemplaba satisfecho como las gallinas escarbaban sus nidos para dormir.

Pasaron los meses y los años, las gallinas felices cada vez ponían más huevos, y casi todos los días, excepto en el tiempo de la muda de las plumas, uno de los huevos era de oro. Tomás el campesino logró juntar una buena fortuna. Ya mayor decidió vender la granja con sus gallinas y retirarse a un país más cálido y soleado del sur en el que poder descansar con su mujer y pintar, su gran pasión, mirando al mar.

Se interesó por la granja una empresa de productos lácteos que quería diversificar su actividad. No sin una dura negociación, que ambas partes terminaron por considerar justa, llegaron el campesino y el representante de la empresa láctea a un acuerdo, y el gallinero, con todas sus gallinas, incluida la gallina que ponía los huevos de oro, pasó a ser propiedad de Lecherías del Norte S.A. La existencia de una gallina ponedora de huevos de oro era de sobra conocida por la empresa, y no en vano pagó una alta suma por lo que todos pensaban que solo era una granja de gallinas ponedoras.

Poco tiempo después pasaron por el gallinero varios técnicos con sus trajes y corbatas. Un ingeniero trazó varios planos sobre la distribución de los corrales, un veterinario clasificó las gallinas por su fase productiva, su calidad genética y su estado de salud. Un hombre con cara de mal genio al que los demás llamaban gerente miraba a todos lados, incluidos los granos caídos en el suelo. Poco tiempo después se formó un comité en el que se valoraron los proyectos de modernización de las instalaciones que, entre otras cosas, contemplaban el ahorro de energía, la optimización en los desplazamientos de los cuidadores, la racionalización de las dietas de las gallinas, la colocación de bombillas para aumentar las horas de luz y la introducción de nuevas líneas genéticas.

Durante todo este tiempo, las gallinas siguieron poniendo huevos, ajenas a las discusiones, planes y decisiones. Únicamente sintieron la molestia de ser tatuadas con tinta azul indeleble en sus muslos con un sello en el que con cierta dificultad se leía: Lecherías del Norte S.A. Al día siguiente del tatuaje la producción de huevos bajó a la mitad, incluso no se encontró ningún huevo de oro sobre la paja. No importaba, este descenso, incluso la falta del huevo de oro, estaba previsto en los planes de los nuevos dueños, sería una lógica consecuencia al estrés sufrido por las gallinas durante su tatuado.

Una mañana de noviembre, las gallinas aparecieron juntas en una de las esquinas del corral. La noche había sido especialmente fría y no se habían encendido las resistencias hasta que la temperatura no hubo bajado bastante. Cuando llegó el cuidador del turno de mañana, que era nuevo, y no conocía a las gallinas, se enfadó mucho, pues no solo la puesta había sido muy baja, sino que además por apretarse todas en una zona del corral, una buena parte de los huevos se había roto.

Para evitar estos problemas el gerente de la granja decidió meter a las gallinas en jaulas individuales. De esta manera se controlarían mejor las que ponían los huevos más grandes, no gastarían energía inútilmente recorriendo el corral y los huevos caerían en unas rejillas evitando que se rompan.

Ese invierno las gallinas pasaron un poco más de frío que los años anteriores.

El veterinario decidió adecuar las dietas a la producción. De esta forma a las gallinas que pusiesen los huevos más grandes les correspondería mejor ración, las que pusiesen huevos pequeños una ración más baja y a la gallina que ponía huevos de oro, la mejor comida de todas.

Al cabo de un mes el gerente con cara de mal genio se reunión con el veterinario. Estaba exultante. Había conseguido, gracias al ajuste de raciones, un ahorro importante en el pienso y por lo tanto en los gastos de la granja. Pidió al veterinario un ajuste mayor, especialmente en el maíz que había subido mucho de precio en la última subasta. El veterinario, satisfecho, evitó comentar la mayor fragilidad de las cáscaras de los huevos, el menor tamaño de los huevos de oro, así como los continuos estornudos que se escuchaban al caer la tarde entre las sombras del corral. Preguntó sin obtener respuesta por las gallinas superponedoras que hace un año se iban a adquirir para mejorar la estirpe y las lámparas de luz que tampoco se habían instalado en las dependencias.

Poco tiempo después hubo una reunión en las oficinas de la granja. Una reunión importante, pues había venido el jefe de producción, el administrador y el contable de Lecherías del Norte, que hablaron durante muchas horas con el jefe de producción, el veterinario y el gerente del corral, ese hombre siempre enfadado.

Los precios de los huevos caían en picado. Los ingresos habían bajado un 10% y las gallinas cada vez ponían menos huevos, y encima más pequeños. La gallina de los huevos de oro, a la que incluso le habían puesto rejillas térmicas para que tuviese mejor temperatura que el resto, ponía los huevos cada vez más pequeños.

Había que mantener la rentabilidad de la granja a toda costa. Los inversores necesitaban garantías de que el dinero que habían puesto para adquirir la granja y para que esta funcione generaba más intereses que si el dinero lo hubiesen invertido en una plantación de chopos, que se criaban solos y además estaban dando muy buenos dividendos. En aquella reunión importante se tomaron varias decisiones.

Había que bajar los costes de forma inminente. La primera medida fue eliminar el 20% de las gallinas que ponían huevos más pequeños. De esta forma, no sólo se ahorraba en pienso, sino que además se contaría con unos ingresos extra por la carne y las plumas vendidas. También serviría de lección a las otras gallinas para que se esforzasen más y no descuidasen su producción.

Un mes después los resultados seguían siendo preocupantes. Los costes se habían reducido menos de lo esperado, pues aunque las raciones cada vez eran más baratas, el precio de las vacunas se había duplicado y la electricidad seguía su escalada alcista. Las gallinas ponían cada vez menos, según decían los cuidadores de cada turno muchas tiritaban durante todo el día pues la temperatura del corral era más baja de lo habitual, por la falta de climatización y la reducción del 20% de animales. La gallina de los huevos de oro llevaba varios días sin comer, y eso que a ella se le había mantenido el maíz y su ración era inmejorable. El gerente soltó una carcajada sonora cuando el veterinario le hizo llegar su diagnóstico: depresión.

El gerente, indignado y para dar una lección ejemplar al resto, dio la orden de sacar a la gallina de los huevos de oro de su jaula, cortarle la cabeza y sacarle todos los huevos del abdomen. Cuando el veterinario fue informado de ello se tiraba de los pelos. ¡Cómo podrían ser tan brutos! Efectivamente en el interior de la gallina no había ningún huevo de oro y la gallina decapitada se llevaba el secreto de su producción a la tumba.

La granja cerró a los pocos meses, cuando las pérdidas eran ya inevitables. Unas escavadoras tiraron los corrales y un año después filas de chopos jóvenes se juntaban en el horizonte.

En un apartamento de la costa mediterránea, Tomás, al conocer la noticia se preguntaba: ¿Cómo es posible que él y su mujer hubiesen vivido de la granja 35 años, criado 5 hijos, juntado una buena fortuna y una empresa de gente que tiene estudios y sabe, en 3 años la hubiese arruinado? mientras, mirando al mar, copiaba con gran precisión el cuadro de La Gallinita Ciega de Francisco de Goya.

jueves, 18 de agosto de 2011

El coleccionista de San Pedro

El constante y abundante fluir del agua del manantial resulta inexplicable en una tierra tan tórrida. La cala de San Pedro, de fina arena, encajonada entre redondeadas montañas gastadas por la erosión, el calor y la falta de vegetación, da la bienvenida al mar tranquilo y limpio que la baña. Uno de los últimos refugios para la vida libre en Europa, por lo menos eso anuncian, en varios idiomas, unos maderos dispuestos a modo de tablón, gravados con cautín o algo similar por el último pirata que allí vive. Solo es posible el acceso en barco o por un largo camino a pie.

Bartolomé tiene los ojos casi en blanco y sostiene en la mano, que le cuelga, un cartón de vino casi terminado. Sentado sobre una piedra, entre las sombras de una higuera que cubre de olor el paisaje frente al manar del agua, pasa espesamente los minutos. Hace calor, y las chicharras no dan tregua.

Una gota de saliva cae por la comisura de sus labios entreabiertos hasta el suelo, y levanta, al posarse, un poco de polvo gris.

Por la playa, descalza, camina una mujer con un par de alpargatas de lona roja y suela de esparto colgando entre sus dedos. El aire cálido marca el pecho en su vestido de gasa que va dejando una estela a su paso. El pelo negro rizado, se agita en una melena que juega contra el viento.

Son probablemente cerca de las seis de la tarde.

Bartolomé se tambalea al elevarse de la piedra en la que ha permanecido sentado un tiempo indeterminado. Recoge del suelo el cartón de vino casi vacío que se le había desprendido de entre los dedos y camina con pasos torpes siguiendo entre las rocas el sendero finísimo que baja hasta la playa. Llegado, se tira boca abajo. Sus labios se llenan de arena y los mechones rubios de su cabeza cubren sus facciones eslavas. Las olas apenas rozan sus talones cuarteados.

Al fondo, una gaviota pasa.

Sobre un lanchar abalconado en el mar la mujer está sentada, con las piernas cruzadas y los brazos extendidos. El sol rubio de la tarde festeja sus facciones bronceadas mientras ella respira profundamente con los ojos cerrados sumida en una meditación profunda.

La marea mece en la orilla las algas arrancadas.

De vuelta, la mujer encuentra tendido a Bartolomé, como un naufrago arrastrado por las olas. En cuclillas le susurra algo al oído. Él se gira y balbucea unas palabras. Ella extiende el faldón de flores de su vestido sobre la arena y se sienta a su lado. Coge la mano de aquel naufrago. Lleva un anillo dorado que ha quedado para siempre atrapado en la mitad dedo anular. El muestra sus ojos claros, bañados en un rubor tan evidente como las alpargatas de la mujer. Su aliento derrama uvas fermentadas. Ella es capaz de hablarle durante un tiempo, palabras de algodón y pan. El se incorpora, retira su mano y se deja caer sobre el vientre de la mujer. Ella juega con los mechones rubios de aquel naufrago.

La sombra de las montañas avanza sobre la cala. Un perro ladra a las olas que se retiran en la orilla. La mujer y Bartolomé están juntos sobre la arena, y ésta se entremezcla con ellos. Han pasado casi la tarde.

Ella se incorpora bruscamente. El agarra su vestido que cede y rasga. Ella se retira en un salto. El se incorpora con dificultad y grita palabras en un idioma ininteligible. Ella chilla como una puerta oxidada y trata de huir. El perro ladra a otros perros. El arrastra los pies y estira su brazo derecho asiendo el aire.

Una barca neumática, la última, está a punto de zarpar con los pocos visitantes que quedan en la playa. Ella salta como puede a su interior, y sus pies quedan colgando mientras su pecho se oprime con la loneta. Él, con medio cuerpo en el agua, ha atrapado uno de sus tobillos. Ella logra zafarse. El patrón del barco empuja a Bartolomé que tropieza y cae. Ella se protege tras el marino.

La barca deja una estela de espuma en el agua y se va haciendo diminuta en el horizonte.

Bartolomé grita en esa dirección.

El perro ha rescatado una alpargata roja que flotaba en el agua, y la aproxima a su par que quedó en la arena.

Bartolomé Espinoza colecciona zapatillas rojas en la cala de San Pedro.


martes, 19 de abril de 2011

De Nuevo Abril

Te sobrevivió la primavera,
por cuarto abril consecutivo,
y aromas renovados tiñen indecentes el paisaje
como un cuadro infinito de Renoir.

Te sobrevivieron
los cielos recogidos de rojos, violetas y amarillos
desvistiéndose la tarde
en los tejados múltiples de antenas de Moratalaz.

También lo hicieron los puentes sobre la M-30,
las esquinas y farolas de esta calle,
las acacias, sus espinas,
y quizá alguna de esas palomas que ahora arrullan.

Han cambiado sin embargo
el adoquinado áspero de la acera
por la que despacio y cuesta arriba
alguna vez volviste de algún paseo.

El mismo sol, la misma luna, la misma brisa.

Te ha sobrevivido el silencio,
el silencio impertinente rasgado
por tu última voz trémula
que retumba rota tras la persiana,
de vez en cuando.

¿Cuándo vas a volver?
Te sigo preguntando,
como entonces de niño en los viajes.

Vuelve a subir la marea
y vuelve a empaparse el día,
y la luna llena de Semana Santa
pinta la noche de soledad azul.