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jueves, 18 de agosto de 2011

El coleccionista de San Pedro

El constante y abundante fluir del agua del manantial resulta inexplicable en una tierra tan tórrida. La cala de San Pedro, de fina arena, encajonada entre redondeadas montañas gastadas por la erosión, el calor y la falta de vegetación, da la bienvenida al mar tranquilo y limpio que la baña. Uno de los últimos refugios para la vida libre en Europa, por lo menos eso anuncian, en varios idiomas, unos maderos dispuestos a modo de tablón, gravados con cautín o algo similar por el último pirata que allí vive. Solo es posible el acceso en barco o por un largo camino a pie.

Bartolomé tiene los ojos casi en blanco y sostiene en la mano, que le cuelga, un cartón de vino casi terminado. Sentado sobre una piedra, entre las sombras de una higuera que cubre de olor el paisaje frente al manar del agua, pasa espesamente los minutos. Hace calor, y las chicharras no dan tregua.

Una gota de saliva cae por la comisura de sus labios entreabiertos hasta el suelo, y levanta, al posarse, un poco de polvo gris.

Por la playa, descalza, camina una mujer con un par de alpargatas de lona roja y suela de esparto colgando entre sus dedos. El aire cálido marca el pecho en su vestido de gasa que va dejando una estela a su paso. El pelo negro rizado, se agita en una melena que juega contra el viento.

Son probablemente cerca de las seis de la tarde.

Bartolomé se tambalea al elevarse de la piedra en la que ha permanecido sentado un tiempo indeterminado. Recoge del suelo el cartón de vino casi vacío que se le había desprendido de entre los dedos y camina con pasos torpes siguiendo entre las rocas el sendero finísimo que baja hasta la playa. Llegado, se tira boca abajo. Sus labios se llenan de arena y los mechones rubios de su cabeza cubren sus facciones eslavas. Las olas apenas rozan sus talones cuarteados.

Al fondo, una gaviota pasa.

Sobre un lanchar abalconado en el mar la mujer está sentada, con las piernas cruzadas y los brazos extendidos. El sol rubio de la tarde festeja sus facciones bronceadas mientras ella respira profundamente con los ojos cerrados sumida en una meditación profunda.

La marea mece en la orilla las algas arrancadas.

De vuelta, la mujer encuentra tendido a Bartolomé, como un naufrago arrastrado por las olas. En cuclillas le susurra algo al oído. Él se gira y balbucea unas palabras. Ella extiende el faldón de flores de su vestido sobre la arena y se sienta a su lado. Coge la mano de aquel naufrago. Lleva un anillo dorado que ha quedado para siempre atrapado en la mitad dedo anular. El muestra sus ojos claros, bañados en un rubor tan evidente como las alpargatas de la mujer. Su aliento derrama uvas fermentadas. Ella es capaz de hablarle durante un tiempo, palabras de algodón y pan. El se incorpora, retira su mano y se deja caer sobre el vientre de la mujer. Ella juega con los mechones rubios de aquel naufrago.

La sombra de las montañas avanza sobre la cala. Un perro ladra a las olas que se retiran en la orilla. La mujer y Bartolomé están juntos sobre la arena, y ésta se entremezcla con ellos. Han pasado casi la tarde.

Ella se incorpora bruscamente. El agarra su vestido que cede y rasga. Ella se retira en un salto. El se incorpora con dificultad y grita palabras en un idioma ininteligible. Ella chilla como una puerta oxidada y trata de huir. El perro ladra a otros perros. El arrastra los pies y estira su brazo derecho asiendo el aire.

Una barca neumática, la última, está a punto de zarpar con los pocos visitantes que quedan en la playa. Ella salta como puede a su interior, y sus pies quedan colgando mientras su pecho se oprime con la loneta. Él, con medio cuerpo en el agua, ha atrapado uno de sus tobillos. Ella logra zafarse. El patrón del barco empuja a Bartolomé que tropieza y cae. Ella se protege tras el marino.

La barca deja una estela de espuma en el agua y se va haciendo diminuta en el horizonte.

Bartolomé grita en esa dirección.

El perro ha rescatado una alpargata roja que flotaba en el agua, y la aproxima a su par que quedó en la arena.

Bartolomé Espinoza colecciona zapatillas rojas en la cala de San Pedro.


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