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lunes, 19 de septiembre de 2011

La Gallinita Ciega y la Empresa de Oro, o Viceversa

Cuenta la leyenda, que en una Villa del norte de Europa Tomás, un campesino que se dedicaba con ilusión a la cría de gallinas, encontró una mañana, sobre una de las camas del grupo de ponedoras, un huevo diferente. Sorprendido de lo llamativo que resultaba sobre el nido de paja acudió presto a recogerlo. El huevo era mucho más pesado que un huevo normal, y sobre la superficie dorada de su cubierta el campesino vio reflejado su rostro deformado. Se trataba de un huevo de oro.

Desde aquel día, cada mañana, sobre la misma cama de las ponedoras aparecía un huevo de oro. Agradecido, Tomás aumentó moderadamente la ración de todas las gallinas, dedicó los primeros ingresos que le proporcionó la venta de los huevos, incluidos los de oro, a reformar el gallinero, mejorando el tejado, tapando las rendijas por las que entraba el viento y cambió los bebederos que estaban oxidados. Había logrado identificar a la gallina que producía aquellos singulares y valiosos huevos, sin embargo fue generoso con todas pues intuía que el confort de ésta también dependía del bienestar del resto.

Cada tarde, antes de ponerse el sol, contemplaba satisfecho como las gallinas escarbaban sus nidos para dormir.

Pasaron los meses y los años, las gallinas felices cada vez ponían más huevos, y casi todos los días, excepto en el tiempo de la muda de las plumas, uno de los huevos era de oro. Tomás el campesino logró juntar una buena fortuna. Ya mayor decidió vender la granja con sus gallinas y retirarse a un país más cálido y soleado del sur en el que poder descansar con su mujer y pintar, su gran pasión, mirando al mar.

Se interesó por la granja una empresa de productos lácteos que quería diversificar su actividad. No sin una dura negociación, que ambas partes terminaron por considerar justa, llegaron el campesino y el representante de la empresa láctea a un acuerdo, y el gallinero, con todas sus gallinas, incluida la gallina que ponía los huevos de oro, pasó a ser propiedad de Lecherías del Norte S.A. La existencia de una gallina ponedora de huevos de oro era de sobra conocida por la empresa, y no en vano pagó una alta suma por lo que todos pensaban que solo era una granja de gallinas ponedoras.

Poco tiempo después pasaron por el gallinero varios técnicos con sus trajes y corbatas. Un ingeniero trazó varios planos sobre la distribución de los corrales, un veterinario clasificó las gallinas por su fase productiva, su calidad genética y su estado de salud. Un hombre con cara de mal genio al que los demás llamaban gerente miraba a todos lados, incluidos los granos caídos en el suelo. Poco tiempo después se formó un comité en el que se valoraron los proyectos de modernización de las instalaciones que, entre otras cosas, contemplaban el ahorro de energía, la optimización en los desplazamientos de los cuidadores, la racionalización de las dietas de las gallinas, la colocación de bombillas para aumentar las horas de luz y la introducción de nuevas líneas genéticas.

Durante todo este tiempo, las gallinas siguieron poniendo huevos, ajenas a las discusiones, planes y decisiones. Únicamente sintieron la molestia de ser tatuadas con tinta azul indeleble en sus muslos con un sello en el que con cierta dificultad se leía: Lecherías del Norte S.A. Al día siguiente del tatuaje la producción de huevos bajó a la mitad, incluso no se encontró ningún huevo de oro sobre la paja. No importaba, este descenso, incluso la falta del huevo de oro, estaba previsto en los planes de los nuevos dueños, sería una lógica consecuencia al estrés sufrido por las gallinas durante su tatuado.

Una mañana de noviembre, las gallinas aparecieron juntas en una de las esquinas del corral. La noche había sido especialmente fría y no se habían encendido las resistencias hasta que la temperatura no hubo bajado bastante. Cuando llegó el cuidador del turno de mañana, que era nuevo, y no conocía a las gallinas, se enfadó mucho, pues no solo la puesta había sido muy baja, sino que además por apretarse todas en una zona del corral, una buena parte de los huevos se había roto.

Para evitar estos problemas el gerente de la granja decidió meter a las gallinas en jaulas individuales. De esta manera se controlarían mejor las que ponían los huevos más grandes, no gastarían energía inútilmente recorriendo el corral y los huevos caerían en unas rejillas evitando que se rompan.

Ese invierno las gallinas pasaron un poco más de frío que los años anteriores.

El veterinario decidió adecuar las dietas a la producción. De esta forma a las gallinas que pusiesen los huevos más grandes les correspondería mejor ración, las que pusiesen huevos pequeños una ración más baja y a la gallina que ponía huevos de oro, la mejor comida de todas.

Al cabo de un mes el gerente con cara de mal genio se reunión con el veterinario. Estaba exultante. Había conseguido, gracias al ajuste de raciones, un ahorro importante en el pienso y por lo tanto en los gastos de la granja. Pidió al veterinario un ajuste mayor, especialmente en el maíz que había subido mucho de precio en la última subasta. El veterinario, satisfecho, evitó comentar la mayor fragilidad de las cáscaras de los huevos, el menor tamaño de los huevos de oro, así como los continuos estornudos que se escuchaban al caer la tarde entre las sombras del corral. Preguntó sin obtener respuesta por las gallinas superponedoras que hace un año se iban a adquirir para mejorar la estirpe y las lámparas de luz que tampoco se habían instalado en las dependencias.

Poco tiempo después hubo una reunión en las oficinas de la granja. Una reunión importante, pues había venido el jefe de producción, el administrador y el contable de Lecherías del Norte, que hablaron durante muchas horas con el jefe de producción, el veterinario y el gerente del corral, ese hombre siempre enfadado.

Los precios de los huevos caían en picado. Los ingresos habían bajado un 10% y las gallinas cada vez ponían menos huevos, y encima más pequeños. La gallina de los huevos de oro, a la que incluso le habían puesto rejillas térmicas para que tuviese mejor temperatura que el resto, ponía los huevos cada vez más pequeños.

Había que mantener la rentabilidad de la granja a toda costa. Los inversores necesitaban garantías de que el dinero que habían puesto para adquirir la granja y para que esta funcione generaba más intereses que si el dinero lo hubiesen invertido en una plantación de chopos, que se criaban solos y además estaban dando muy buenos dividendos. En aquella reunión importante se tomaron varias decisiones.

Había que bajar los costes de forma inminente. La primera medida fue eliminar el 20% de las gallinas que ponían huevos más pequeños. De esta forma, no sólo se ahorraba en pienso, sino que además se contaría con unos ingresos extra por la carne y las plumas vendidas. También serviría de lección a las otras gallinas para que se esforzasen más y no descuidasen su producción.

Un mes después los resultados seguían siendo preocupantes. Los costes se habían reducido menos de lo esperado, pues aunque las raciones cada vez eran más baratas, el precio de las vacunas se había duplicado y la electricidad seguía su escalada alcista. Las gallinas ponían cada vez menos, según decían los cuidadores de cada turno muchas tiritaban durante todo el día pues la temperatura del corral era más baja de lo habitual, por la falta de climatización y la reducción del 20% de animales. La gallina de los huevos de oro llevaba varios días sin comer, y eso que a ella se le había mantenido el maíz y su ración era inmejorable. El gerente soltó una carcajada sonora cuando el veterinario le hizo llegar su diagnóstico: depresión.

El gerente, indignado y para dar una lección ejemplar al resto, dio la orden de sacar a la gallina de los huevos de oro de su jaula, cortarle la cabeza y sacarle todos los huevos del abdomen. Cuando el veterinario fue informado de ello se tiraba de los pelos. ¡Cómo podrían ser tan brutos! Efectivamente en el interior de la gallina no había ningún huevo de oro y la gallina decapitada se llevaba el secreto de su producción a la tumba.

La granja cerró a los pocos meses, cuando las pérdidas eran ya inevitables. Unas escavadoras tiraron los corrales y un año después filas de chopos jóvenes se juntaban en el horizonte.

En un apartamento de la costa mediterránea, Tomás, al conocer la noticia se preguntaba: ¿Cómo es posible que él y su mujer hubiesen vivido de la granja 35 años, criado 5 hijos, juntado una buena fortuna y una empresa de gente que tiene estudios y sabe, en 3 años la hubiese arruinado? mientras, mirando al mar, copiaba con gran precisión el cuadro de La Gallinita Ciega de Francisco de Goya.