El retrato que sobre la pared del fondo preside la habitación parece incompleto. Una mujer mayor, sentada en una robusta butaca tapizada, dirige la punta de sus pies y el resto de su pequeño cuerpo hacia el centro de la foto, mientras a su lado, otra butaca igual de robusta, aparece vacía, como si un ocupante reciente hubiese escapado de la escena en el momento en que se disparaba el flash.
La foto ha dejado un cerco oscuro en el entelado que cubre la pared, indicando: - este es mi sitio.
Martina es una anciana de costumbres. Se levanta temprano. Primero descuelga y confirma que el teléfono tiene línea, después toca el timbre de la puerta. Sonríe ligeramente cuando escucha el ding-dong.
Prepara el desayuno. Toma dos tazas, dos platos pequeños y dos vasos para zumo. Calienta un cazo de leche mientras coloca con mimo los dos juegos de desayuno y saca cuatro magdalenas de una caja de latón. Cuando la leche humea, la retira del fuego y sirve uno de los vasos dejando el resto de leche caliente en el cazo. Toma asiento, y desnuda primero una y luego otra de las magdalenas mientras mira de hito en hito la silla vacía de enfrente.
La mujer limpia el polvo todos los días, incluyendo el enorme marco de la fotografía y, también a diario, pasa los paños sobre el parqué, caminando despacito de un extremo a otro de la casa. De vez en cuando se mira en un gran espejo que deforma la imagen y se ve danzando con un apuesto caballero.
Sale a media mañana, y hace la compra para dos en el mercado, pero cocina para ella sola.
Sobre la mesa camilla hay una caja de costura abierta y un pantalón de caballero lleno de remiendos. Lo compró hace muchos años en un mercadillo y de vez en cuando le añade un zurcido, al calor del brasero. Lo plancha y lo vuelve a guardar hasta la próxima ocasión en la que volverá a repetir la misma operación.
Por las noches, después de recoger el juego de platos sobre los que ha cenado, y el otro juego intacto que completaba la mesa, entra en el baño, cierra el pestillo, se lava la cara, se enjuaga la boca, deshace el moño y se empapa de Álvarez Gómez. Se mete en la cama y ocupa solo el lado izquierdo, dejando el lado derecho libre, con el embozo abierto.
Sabe que las mujeres solteras organizan tanto su vida para la soledad que no dejan sitio para un hombre cuando llega. Sin embargo ella lo tiene preparado. Ha dejado libre medio armario en su habitación y en cada mesita hay un cajón vacío.
El único inconveniente es que todos los hombres interesantes que ha conocido a lo largo de su vida, quieren dormir en el lazo izquierdo de la cama, y ese es, indefectiblemente, el lado de Martina.

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