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lunes, 14 de noviembre de 2011

La Conferencia


Las oscuras tardes de otoño se hacían largas cuando Martina no tenía tareas que hacer. Como aun no hacía demasiado frío, de vez en cuando daba una vuelta por el barrio. Miraba los escaparates, se hacía la encontradiza con algún vecino y se liaba a charlar o si no se topaba con nadie, se metía en la iglesia donde pasaba un rato sentada y calentita.

            Una de estas tardes de paseo en las que amenazaba la lluvia, Martina vio luces encendidas y escuchó mucho barullo en un local cercano. Como la puerta estaba entreabierta, se puso a fisgar por la rendija. De pronto un golpe de viento se llevó su sombrero de flores y al tratar de agarrarlo se dio un resbalón que la introdujo por completo en la sala. Un joven la agarró del brazo.

        Hola, ¿puedo ayudarle en algo?
        Ehm, hola,  estaba buscando mi gorro. - Titubeó Martina
        Lo tiene usted en la mano, - respondió el joven.

Y cuando quiso darse cuenta estaba sentada sobre una incómoda silla plegable en medio de un gran salón escuchando atentamente la exposición de un hombre gordo de mediana edad que se había presentado como Gaspar Figueres.

            La democratización de la estupidez. Ponía en letras grandes en un cartel al fondo. Confundida se dejó seducir por unas pastas de te que pasaban en una bandeja. Hacía calorcito por lo que decidió quedarse un rato.

            El orador paseaba de un lado a otro de un pequeño escenario mientras un potente foco lo alumbraba.

- ¡Con la democratización del crédito y el avance de la tecnología se ha generalizado    la estupidez!  - Gritaba el tal Gaspar.
            - Realmente no es que ahora haya más estúpidos- prosiguió,
- Sino que ahora muchos más pueden demostrar que lo son. Cuantitativamente la estupidez sigue siendo la misma, pero ahora ¡es mucho más visible!

            Martina no sabía si estaba entendiendo bien lo que aquel hombre quería decir y  observaba atenta el recorrido de las pastas mientras el resto de del auditorio asentía con mucha seguridad.

            - ¡Tomemos un ejemplo! - Gritó el conferenciante.

            - ¡Probad a dar un paseo en vuestro coche! especialmente un viernes, y veréis la cantidad de estúpidos que se empeñan en hacer ostentación de su gran estupidez. Conducen en zig-zag, realizan bruscas maniobras o adelantamientos sin sentido, acosan a otros vehículos y hacen rugir sus motores de cientos de caballos. ¡Son cientos, miles quizá! los que se empeñan en enseñar al mundo que ellos también son estúpidos, que son estúpidos ¡porque pueden serlo!

            Todas las personas aplaudían con furia, algunos incluso se levantaban y proferían gritos de conformidad. Martina aplaudía tímidamente y le decía en voz alta al chico joven que se había sentado a su lado, que ella no conducía porque no tenía carnet.

            - ¡Si amigas y amigos! Con las tarjetas de crédito, la estupidez se ha democratizado. Ya cualquiera accede a un coche potente, a un teléfono móvil de última generación o a un televisor más grande que las paredes de su propia casa. ¡Antiguamente era sólo una minoría elegida la que podía lucir la estupidez! Eran estúpidos y además eran ricos.

Las tarjetas de crédito son pues revolucionarias, ¡más que Marx, que Gandhi o que el mismo Jesucristo!

¡Hoy, los ricos y los pobres pueden demostrar al mundo lo estúpidos que son! 

            El auditorio en pie aplaudía enfervorizado las palabras de Gaspar. Martina, que también se había puesto en pie, realmente para seguir viendo más que para participar en la ovación, estaba un poco asustada y había decidido volverse ya a casa. A lo tonto había echado la tarde y se había entretenido suficiente.

            Estaba saliendo del local cuando el chico que le hizo entrar le volvió a tomar del brazo mientras le preguntaba que qué tal. Ella contestó con un parco bien, bien, mientras tiraba en dirección a la puerta. Él insistió, y tampoco se trataba de empezar a jugar al tirasoga con su brazo, por lo que con una sonrisa de circunstancias, Martina habló un rato con el muchacho mientras miraba de reojo a la salida.

            No se arrepintió de haberse colado en aquella charla, ni de la docena de pastas de té que se comió. En cambio si que le pesó haber dado el teléfono de casa al chico que, durante varios meses, no paró de llamarla para que volviese al local a escuchar otra conferencia y por supuesto para hacerse socia del Club de la Ciencia para un Mundo Nuevo.

Ella insistía en que aunque las pastas eran muy ricas, no tenía coche, no sabía conducir y a su edad  ya no se iba a sacar el carnet.

viernes, 4 de noviembre de 2011

La elección

No tenía riquezas heredadas, ni fortuna adquirida. Apenas disponía de una pequeña pensión que el estado ingresaba en su cartilla de ahorro, y ella estiraba, como una masa de hacer empanadillas, para llegar a fin de mes. 
Disponía sin embargo de ciencia, incluso arte según algunos, en la cocina.  

Recuerda que no hace tanto tiempo, cada mañana antes de hacer la compra, se acercaba al parque del Sur donde Raimundo esperaba entre cartones y mantas resobadas su ración diaria de comida. Guisar para ella sola, aunque fuesen dos raciones, tenía poco agradecimiento y ella necesitaba confirmar de vez en cuando que seguía siendo maestra de las patatas con níscalos o de los callos con garbanzos, entre otros suculentos platos.

Raimundo se había convertido en su pobre de cabecera, y le tenía aprecio, aunque apenas cambiaron unas palabras. Ella descontaba el agradecimiento retirando la escudilla rebañada antes de dejarle un nuevo y abundante guiso.

A la hora de dormir siempre tenía en sus oraciones presente a Raimundo que, pese al cuidado de sus platos, seguía siendo tan pobre como el día que lo escuchó por primera vez, sentado en el mismo banco y gritando desordenadamente a sus perros.

            Fue entonces cuando una noche no pudo conciliar el sueño. Había mentado a Raimundo en su padrenuestro, pero le había surgido un dilema y no estaba tranquila. Le daba vueltas y vueltas sin encontrar una solución que le permitiese descansar. A su sobrino mayor, después de diez años trabajados para un famoso constructor, le habían echado a la calle sin indemnización ni hasta luego. Como protesta él y varios compañeros despedidos habían decidido instalarse en tiendas de campaña enfrente de la sede de la constructora y denunciar públicamente el atropello. El frío y las incomodidades se compensaban por la ayuda solidaria de los vecinos, familiares y simpatizantes con la causa. Martina sentía que debía apoyar a su sobrino y a sus compañeros. Era una causa justa y además era su sobrino.

Tenía que elegir entre llevar su guiso diario al campamento como signo y contribución solidaria, dejando a Raimundo sin colación o seguir llevándoselo a éste privando de su apoyo al campamento.  Su platito de potaje no era en si mismo tan valioso, pero ella sentía que podía convertir su ración en una herramienta de resistencia que ayudaría a luchar contra la injusticia.

            Pero ¿Quién se encargaría de Raimundo? ¿Se moriría de hambre? ¿Habría otro alma caritativa que compartiese sus habichuelas, aunque no fuesen tan ricas como las que ella cocinaba?

            Al fin, Martina no sólo decidió llevar cada mañana el plato de puerros con estofado o las lentejas con chorizo a su sobrino, sino que al cabo de una semana aceptó ser la cocinera del campamento, para alegría de los resistentes y sus allegados.

            Los días fueron pasando, eran cada vez  más las tiendas de campaña alineadas en la calle, y el censo de activistas se hacía más numeroso. Martina iba temprano a diario a organizar la intendencia y a dar consuelo a aquellos estómagos luego agradecidos.

El malvado constructor claudicó. Los obreros despedidos siguieron despedidos, pero fueron indemnizados, y en el aire quedó una cierta sensación de posibilidad. Resistiendo había sido posible la justicia. Martina pensaba que su ración primero y que su ciencia y su conciencia después, habían participado en aquel logro.

Se sentía un poco culpable por Raimundo. ¿Qué habría sido de él sin su plato diario?

            Otro día fue a visitarlo al parque, y allí seguía, como si el tiempo no hubiese transcurrido, acurrucado junto a sus tres perros sarnosos, sus cartones y sus mantas resobadas.

            Algo había cambiado sin embargo en Martina.

En aquel campamento solidario, había conocido a Juliana, una trabajadora social que daba clases para adultos en un centro de mujeres maltratadas. Y también había conocido a Ernesto, coordinador de un centro okupado en el barrio de Prosperidad donde vivía en una comunidad de dieciséis personas que organizaban actividades y talleres de teatro para el barrio.

Las excelencias culinarias de Martina fueron tan bien evaluadas, que ahora se debatía ante una nueva disyuntiva: Colaborar como cocinera en el centro de mujeres a cambio de unas perrillas que nada mal le iban a venir, o participar en el centro okupa cocinando para la comunidad. En el centro okupa no recibiría nada a cambio, podría participar en las actividades del centro, pero eso también podría hacerlo sin cocinar para ellos.

            Martina volvió a no poder conciliar el sueño. 

            Desde muy joven había querido cambiar las cosas de un mundo injusto y tenía otra vez que tomar una decisión sobre cómo hacerlo, mientras iba incorporando los nombres de más personas en sus oraciones.