En la mitad de
la tapia que linda con la calle Mayor hay una gran puerta siempre
cerrada. La madera carcomida y astillada que la forma, se aferra entre si,
lanzando crujidos por sus múltiples remaches oxidados. Por limen hay un
gran adoquín de granito y un pequeño orificio, como una herida permanentemente
abierta, deja pasar la luz del otro lado. No hay más vanos visibles en toda la
tapia.
Un muchacho de
no más de 14 observa desde la otra acera de la calle. Hace calor.
Una vieja de
negro y gris pasa por delante de la puerta y mirando al suelo, se santigua
nerviosa tres veces seguidas.
Más tarde un
hombre enjuto se alza sobre el adoquín y cerrando el ojo derecho apoya el
izquierdo sobre el orificio de la puerta. Se vuelve en un instante tapando con
sus huesudas manos la boca desencajada. Corre en todas direcciones.
El muchacho
observa.
Dos mujeres
que han visto la escena, no pueden evitar mirar en turnos a través de la
puerta. A los pocos instantes, una de las mujeres grita en dos escalas mientras
la otra parece desmayarse.
- ¡No mires!, ¡No mires! - Imploran
al muchacho en su huida.
El niño de
pie, está asustado. Escucha el ladrido de dos canes que parecen seis cuando los
devuelve la tapia.
Indeciso
piensa: - Haga lo que haga me voy a arrepentir.
