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viernes, 20 de julio de 2012

La puerta


En la mitad de la tapia que linda con la calle Mayor hay una gran puerta siempre cerrada. La madera carcomida y astillada que la forma, se aferra entre si, lanzando crujidos por sus múltiples remaches oxidados. Por limen hay un gran adoquín de granito y un pequeño orificio, como una herida permanentemente abierta, deja pasar la luz del otro lado. No hay más vanos visibles en toda la tapia.

Un muchacho de no más de 14 observa desde la otra acera de la calle. Hace calor.

Una vieja de negro y gris pasa por delante de la puerta y mirando al suelo, se santigua nerviosa tres veces seguidas.

Más tarde un hombre enjuto se alza sobre el adoquín y cerrando el ojo derecho apoya el izquierdo sobre el orificio de la puerta. Se vuelve en un instante tapando con sus huesudas manos la boca desencajada. Corre en todas direcciones.

El muchacho observa.

Dos mujeres que han visto la escena, no pueden evitar mirar en turnos a través de la puerta. A los pocos instantes, una de las mujeres grita en dos escalas mientras la otra parece desmayarse.

- ¡No mires!, ¡No mires!  - Imploran al muchacho en su huida.

El niño de pie, está asustado. Escucha el ladrido de dos canes que parecen seis cuando los devuelve la tapia.

Indeciso piensa: - Haga lo que haga me voy a arrepentir.